En su segundo mandato, Donald Trump ha colocado nuevamente a Iberoamérica en el centro de la política exterior estadounidense, no a través de una agenda diplomática tradicional, sino mediante una estrategia que prioriza la seguridad, el control migratorio y la proyección de poder. Esta reorientación quedó bien plasmada en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre de 2025, que define al Hemisferio Occidental como la principal prioridad geopolítica de EE UU e introduce un «Corolario Trump» a la «Doctrina Monroe», con el objetivo de asegurar estabilidad regional, limitar la influencia de actores externos y garantizar el acceso a recursos estratégicos, reeditando una lógica de liderazgo hemisférico que muchos en la región consideran un retorno a viejas formas de preeminencia estadounidense.. Funcionarios del Gobierno insisten en que el objetivo no es intervenir de manera indiscriminada, sino prevenir crisis que puedan tener impacto interno en EE UU. Sin embargo, el lenguaje del documento deja claro que Washington se reserva un amplio margen de acción cuando considera que sus intereses están en riesgo.. La administración ha reforzado la cooperación militar y policial con varios países de la región y ha incrementado su presencia naval en el Caribe y el Pacífico oriental. Estas acciones se justifican principalmente como parte de la lucha contra el narcotráfico y las redes criminales transnacionales, pero también responden a una concepción más amplia de control del entorno regional de EE UU.. En los últimos meses, fuerzas estadounidenses han llevado a cabo operaciones contra embarcaciones sospechosas de tráfico de drogas, en lo que el Pentágono describe como una respuesta a la sofisticación creciente de las organizaciones criminales. Para Washington, estas redes representan un problema de salud pública y una amenaza a la seguridad nacional, en la medida en que erosionan la estabilidad institucional de países aliados y alimentan flujos migratorios hacia el norte. En este contexto, Venezuela ha ocupado un lugar central en la retórica de Trump, insistiendo en que el Gobierno de Maduro representa una amenaza para la seguridad regional.. Bloqueo a los petroleros. Además, Trump, anunció el «bloqueo» de todos los petroleros sancionados por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Tesoro de EE UU que entraran o salieran de Venezuela. El 10 de noviembre la Administración actuó por primera vez contra el «Skipper», embarcación que transportaba dos millones de barriles de crudo venezolano. El sábado, la Casa Blanca confirmó una nueva incursión en el petrolero «Centuries»; y ayer, funcionarios estadounidenses aseguraron que Washington había interceptado un tercer barco frente a las costas de Venezuela.. Se trataba del petrolero sancionado «Bella-1», vinculado a la compañía Louis Marine Shipholding Enterprises, relacionada con la Guardia Revolucionaria de Irán y a la que se acusa de haber proporcionado apoyo a la fuerza iraní. El Gobierno venezolano ha denunciado las acciones de EE UU como una violación del derecho internacional y un intento de asfixia económica.. La política de seguridad de Trump también ha generado fricciones con gobiernos que, sin ser abiertamente adversarios, mantienen visiones distintas sobre seguridad y migración. Un caso emblemático es el de Colombia, tradicionalmente el principal socio estratégico de EE UU en América del Sur. Bajo el Gobierno de Gustavo Petro, las relaciones bilaterales han atravesado momentos de tensión, especialmente por las críticas al enfoque represivo de la guerra contra las drogas y su apuesta por políticas alternativas centradas en regulación y desarrollo rural.. Trump ha cuestionado públicamente estas posiciones, sugiriendo que un enfoque «blando» frente al narcotráfico solo fortalece a los cárteles y debilita la cooperación regional. Sin embargo,, Colombia sigue ocupando un lugar clave en la estrategia estadounidense: es un aliado histórico en materia de inteligencia, seguridad y cooperación militar, y un actor central en cualquier esquema de estabilidad regional.. En Washington existe un reconocimiento tácito de que, pese a las diferencias políticas, la relación con Colombia es estructural. Para EE UU, mantener a Bogotá dentro de su órbita estratégica resulta indispensable para el control de rutas del narcotráfico, la gestión migratoria y el equilibrio geopolítico en el norte de Sudamérica. Esa realidad ha obligado a ambas partes a administrar las tensiones sin romper la cooperación.. Migración y seguridad nacional. La migración completa este triángulo de seguridad, drogas y política exterior. Trump ha insistido en que la reducción de la presión migratoria en la frontera sur depende en gran medida de la capacidad –y voluntad– de los gobiernos iberoamericanos para controlar flujos, combatir redes de tráfico de personas y estabilizar sus territorios. En ese marco, la estabilidad política y el alineamiento estratégico de los países de la región adquieren un valor adicional dentro de la visión de seguridad nacional de EE UU.. Aunque no siempre aparece en primer plano, China es un factor determinante en la política de Trump hacia Iberoamérica. En las últimas dos décadas, Pekín se ha convertido en un socio comercial clave para muchos países de la región, y financia grande proyectos de infraestructura y energía. Desde la perspectiva de Washington, este avance plantea riesgos estratégicos.. La Estrategia de Seguridad Nacional señala la necesidad de evitar que «actores hostiles» controlen activos críticos, infraestructuras clave o recursos estratégicos en el hemisferio. En términos prácticos, esto implica una política más activa para contrarrestar la presencia china, tanto a través de incentivos económicos como de presión diplomática. Analistas coinciden en que el énfasis hemisférico de Trump responde a una evaluación realista de las capacidades de EE UU. En lugar de intentar contener a China en todos los frentes, la administración opta por reforzar su liderazgo en su entorno inmediato.. Los líderes de la región. Otro rasgo distintivo del enfoque de Trump 2.0 es su relación directa y explícita con determinados liderazgos políticos de la región. Trump ha mostrado una afinidad abierta con candidatos y presidentes de derecha, particularmente aquellos que promueven agendas de seguridad dura, liberalización económica y confrontación con la izquierda. El caso más visible es el de Argentina. Desde la campaña presidencial de 2023, Trump expresó públicamente su respaldo a Javier Milei. Desde su victoria, el vínculo se ha consolidado con varios encuentros y gestos simbólicos de alineamiento ideológico.. En cuanto a Chile, durante la campaña presidencial que ganó José Antonio Kast, el mandatario estadounidense lo elogió públicamente, lo que fue interpretado en Santiago como una señal clara de preferencia por una alternativa conservadora frente a la izquierda chilena.. Un patrón similar se observó en Honduras, donde declaraciones de Trump y de altos funcionarios de su entorno cuestionaron abiertamente a gobiernos y candidatos considerados poco cooperativos con EE UU en materia migratoria y de seguridad. En entrevistas y actos públicos, Trump llegó a señalar que «algunos países de Centroamérica necesitan líderes que trabajen con EE UU, no contra EE UU», una frase que fue ampliamente leída como un mensaje dirigido al electorado y a las élites políticas de la región.
En su segundo mandato, Donald Trump ha colocado nuevamente a Iberoamérica en el centro de la política exterior estadounidense, no a través de una agenda diplomática tradicional, sino mediante una estrategia que prioriza la seguridad, el control migratorio y la proyección de poder. Esta reorientación quedó bien plasmada en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre de 2025, que define al Hemisferio Occidental como la principal prioridad geopolítica de EE UU e introduce un «Corolario Trump» a la «Doctrina Monroe», con el objetivo de asegurar estabilidad regional, limitar la influencia de actores externos y garantizar el acceso a recursos estratégicos, reeditando una lógica de liderazgo hemisférico que muchos en la región consideran un retorno a viejas formas de preeminencia estadounidense.. Funcionarios del Gobierno insisten en que el objetivo no es intervenir de manera indiscriminada, sino prevenir crisis que puedan tener impacto interno en EE UU. Sin embargo, el lenguaje del documento deja claro que Washington se reserva un amplio margen de acción cuando considera que sus intereses están en riesgo.. La administración ha reforzado la cooperación militar y policial con varios países de la región y ha incrementado su presencia naval en el Caribe y el Pacífico oriental. Estas acciones se justifican principalmente como parte de la lucha contra el narcotráfico y las redes criminales transnacionales, pero también responden a una concepción más amplia de control del entorno regional de EE UU.. En los últimos meses, fuerzas estadounidenses han llevado a cabo operaciones contra embarcaciones sospechosas de tráfico de drogas, en lo que el Pentágono describe como una respuesta a la sofisticación creciente de las organizaciones criminales. Para Washington, estas redes representan un problema de salud pública y una amenaza a la seguridad nacional, en la medida en que erosionan la estabilidad institucional de países aliados y alimentan flujos migratorios hacia el norte. En este contexto, Venezuela ha ocupado un lugar central en la retórica de Trump, insistiendo en que el Gobierno de Maduro representa una amenaza para la seguridad regional.. Bloqueo a los petroleros. Además, Trump, anunció el «bloqueo» de todos los petroleros sancionados por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Tesoro de EE UU que entraran o salieran de Venezuela. El 10 de noviembre la Administración actuó por primera vez contra el «Skipper», embarcación que transportaba dos millones de barriles de crudo venezolano. El sábado, la Casa Blanca confirmó una nueva incursión en el petrolero «Centuries»; y ayer, funcionarios estadounidenses aseguraron que Washington había interceptado un tercer barco frente a las costas de Venezuela.. Se trataba del petrolero sancionado «Bella-1», vinculado a la compañía Louis Marine Shipholding Enterprises, relacionada con la Guardia Revolucionaria de Irán y a la que se acusa de haber proporcionado apoyo a la fuerza iraní. El Gobierno venezolano ha denunciado las acciones de EE UU como una violación del derecho internacional y un intento de asfixia económica.. La política de seguridad de Trump también ha generado fricciones con gobiernos que, sin ser abiertamente adversarios, mantienen visiones distintas sobre seguridad y migración. Un caso emblemático es el de Colombia, tradicionalmente el principal socio estratégico de EE UU en América del Sur. Bajo el Gobierno de Gustavo Petro, las relaciones bilaterales han atravesado momentos de tensión, especialmente por las críticas al enfoque represivo de la guerra contra las drogas y su apuesta por políticas alternativas centradas en regulación y desarrollo rural.. Trump ha cuestionado públicamente estas posiciones, sugiriendo que un enfoque «blando» frente al narcotráfico solo fortalece a los cárteles y debilita la cooperación regional. Sin embargo,, Colombia sigue ocupando un lugar clave en la estrategia estadounidense: es un aliado histórico en materia de inteligencia, seguridad y cooperación militar, y un actor central en cualquier esquema de estabilidad regional.. En Washington existe un reconocimiento tácito de que, pese a las diferencias políticas, la relación con Colombia es estructural. Para EE UU, mantener a Bogotá dentro de su órbita estratégica resulta indispensable para el control de rutas del narcotráfico, la gestión migratoria y el equilibrio geopolítico en el norte de Sudamérica. Esa realidad ha obligado a ambas partes a administrar las tensiones sin romper la cooperación.. Migración y seguridad nacional. La migración completa este triángulo de seguridad, drogas y política exterior. Trump ha insistido en que la reducción de la presión migratoria en la frontera sur depende en gran medida de la capacidad –y voluntad– de los gobiernos iberoamericanos para controlar flujos, combatir redes de tráfico de personas y estabilizar sus territorios. En ese marco, la estabilidad política y el alineamiento estratégico de los países de la región adquieren un valor adicional dentro de la visión de seguridad nacional de EE UU.. Aunque no siempre aparece en primer plano, China es un factor determinante en la política de Trump hacia Iberoamérica. En las últimas dos décadas, Pekín se ha convertido en un socio comercial clave para muchos países de la región, y financia grande proyectos de infraestructura y energía. Desde la perspectiva de Washington, este avance plantea riesgos estratégicos.. La Estrategia de Seguridad Nacional señala la necesidad de evitar que «actores hostiles» controlen activos críticos, infraestructuras clave o recursos estratégicos en el hemisferio. En términos prácticos, esto implica una política más activa para contrarrestar la presencia china, tanto a través de incentivos económicos como de presión diplomática. Analistas coinciden en que el énfasis hemisférico de Trump responde a una evaluación realista de las capacidades de EE UU. En lugar de intentar contener a China en todos los frentes, la administración opta por reforzar su liderazgo en su entorno inmediato.. Los líderes de la región. Otro rasgo distintivo del enfoque de Trump 2.0 es su relación directa y explícita con determinados liderazgos políticos de la región. Trump ha mostrado una afinidad abierta con candidatos y presidentes de derecha, particularmente aquellos que promueven agendas de seguridad dura, liberalización económica y confrontación con la izquierda. El caso más visible es el de Argentina. Desde la campaña presidencial de 2023, Trump expresó públicamente su respaldo a Javier Milei. Desde su victoria, el vínculo se ha consolidado con varios encuentros y gestos simbólicos de alineamiento ideológico.. En cuanto a Chile, durante la campaña presidencial que ganó José Antonio Kast, el mandatario estadounidense lo elogió públicamente, lo que fue interpretado en Santiago como una señal clara de preferencia por una alternativa conservadora frente a la izquierda chilena.. Un patrón similar se observó en Honduras, donde declaraciones de Trump y de altos funcionarios de su entorno cuestionaron abiertamente a gobiernos y candidatos considerados poco cooperativos con EE UU en materia migratoria y de seguridad. En entrevistas y actos públicos, Trump llegó a señalar que «algunos países de Centroamérica necesitan líderes que trabajen con EE UU, no contra EE UU», una frase que fue ampliamente leída como un mensaje dirigido al electorado y a las élites políticas de la región.
La Casa Blanca busca en su patio trasero asegurar la estabilidad regional, limitar la influencia externa y el acceso a recursos estratégicos
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