El Louvre sufrió hace más de un siglo una sustracción peor que la sufrida recientemente, la de la joya de su corona
A las siete de la mañana del 21 de agosto de 1911, Vincenzo Peruggia entró en el Louvre vestido con un blusón blanco de trabajador. Unas horas después, saldría del museo con la Mona Lisa escondida bajo la ropa. Nadie le detuvo. Nadie sospechó de él. Y durante los siguientes dos años, la obra de Leonardo da Vinci permanecería en paradero desconocido. Mañana se cumplen 115 años de aquel robo, probablemente el más famoso de la historia del arte.. Peruggia conocía bien el museo. Había trabajado allí limpiando y reenmarcando pinturas y, además, había participado en la construcción de algunas de las vitrinas que protegían las obras. Sabía, por tanto, cómo estaba protegida la Gioconda y cómo desmontarla. Aquella mañana descolgó el cuadro, lo llevó hasta la escalera Visconti, separó la tabla de su marco y salió del Louvre con ella escondida bajo la ropa, para introducirla después en una maleta.. La escena resulta hoy casi inverosímil. La entrada al museo era gratuita y la seguridad dejaba bastante que desear. Cuando el pintor Louis Béroud acudió a la sala y descubrió que el cuadro había desaparecido, avisó a la policía. El Louvre permaneció cerrado durante una semana.. La investigación llegó incluso hasta Pablo Picasso y Guillaume Apollinaire, relacionados con la desaparición anterior de unas esculturas. Ambos fueron interrogados, aunque terminaron demostrando que no tenían nada que ver con el robo. Mientras la policía buscaba a la Gioconda, París asistía a un fenómeno todavía más extraño: miles de personas acudían al Louvre para contemplar el hueco vacío que había dejado el cuadro.. Peruggia no sería detenido hasta dos años y 111 días después. En diciembre de 1913 intentó vender la pintura al director de la Galería de los Uffizi, Alfredo Geri, asegurando que quería devolverla a Italia. Su explicación era patriótica: creía que Napoleón había robado la Mona Lisa y que él estaba simplemente reparando aquella injusticia.. La historia, sin embargo, tenía una grieta. Leonardo había llevado la pintura a Francia por voluntad propia y fue Francisco I quien la adquirió. Napoleón nunca la robó. Peruggia, que probablemente desconocía este detalle, fue condenado a un año y quince días de prisión, pena que después se redujo.. Pero el verdadero efecto del robo fue otro. La Mona Lisa ya era una obra maestra. Después de aquel verano de 1911 se convirtió, además, en un mito. El cuadro que durante siglos había admirado un público relativamente reducido pasó a ocupar titulares, portadas y conversaciones en todo el mundo.. Peruggia quería devolver la Gioconda a Italia. Sin pretenderlo, consiguió algo bastante más importante: convertirla en la pintura más famosa del planeta.
Arte
A las siete de la mañana del 21 de agosto de 1911, Vincenzo Peruggia entró en el Louvre vestido con un blusón blanco de trabajador. Unas horas después, saldría del museo con la Mona Lisa escondida bajo la ropa. Nadie le detuvo. Nadie sospechó de él. Y durante los siguientes dos años, la obra de Leonardo da Vinci permanecería en paradero desconocido. Mañana se cumplen 115 años de aquel robo, probablemente el más famoso de la historia del arte.. Peruggia conocía bien el museo. Había trabajado allí limpiando y reenmarcando pinturas y, además, había participado en la construcción de algunas de las vitrinas que protegían las obras. Sabía, por tanto, cómo estaba protegida la Gioconda y cómo desmontarla. Aquella mañana descolgó el cuadro, lo llevó hasta la escalera Visconti, separó la tabla de su marco y salió del Louvre con ella escondida bajo la ropa, para introducirla después en una maleta.. La escena resulta hoy casi inverosímil. La entrada al museo era gratuita y la seguridad dejaba bastante que desear. Cuando el pintor Louis Béroud acudió a la sala y descubrió que el cuadro había desaparecido, avisó a la policía. El Louvre permaneció cerrado durante una semana.. La investigación llegó incluso hasta Pablo Picasso y Guillaume Apollinaire, relacionados con la desaparición anterior de unas esculturas. Ambos fueron interrogados, aunque terminaron demostrando que no tenían nada que ver con el robo. Mientras la policía buscaba a la Gioconda, París asistía a un fenómeno todavía más extraño: miles de personas acudían al Louvre para contemplar el hueco vacío que había dejado el cuadro.. Peruggia no sería detenido hasta dos años y 111 días después. En diciembre de 1913 intentó vender la pintura al director de la Galería de los Uffizi, Alfredo Geri, asegurando que quería devolverla a Italia. Su explicación era patriótica: creía que Napoleón había robado la Mona Lisa y que él estaba simplemente reparando aquella injusticia.. La historia, sin embargo, tenía una grieta. Leonardo había llevado la pintura a Francia por voluntad propia y fue Francisco I quien la adquirió. Napoleón nunca la robó. Peruggia, que probablemente desconocía este detalle, fue condenado a un año y quince días de prisión, pena que después se redujo.. Pero el verdadero efecto del robo fue otro. La Mona Lisa ya era una obra maestra. Después de aquel verano de 1911 se convirtió, además, en un mito. El cuadro que durante siglos había admirado un público relativamente reducido pasó a ocupar titulares, portadas y conversaciones en todo el mundo.. Peruggia quería devolver la Gioconda a Italia. Sin pretenderlo, consiguió algo bastante más importante: convertirla en la pintura más famosa del planeta.
