Durante siglos, la mejor estrategia naval consistía en construir barcos cada vez más grandes. Galeones, acorazados y, más tarde, portaaviones que se convirtieron en símbolos del poder militar de las grandes potencias. Sin embargo, en el siglo XXI ocurre algo paradójico: la tecnología más sofisticada ya no es la que domina la superficie del océano, sino la que consigue desaparecer bajo ella. Así llegamos a una nueva clase de submarinos. Francia acaba de incorporar oficialmente el Tourville, el tercer submarino de ataque nuclear de la nueva clase Barracuda (los dos restantes, el Rubis y Casabianca ya se están construyendo), una generación diseñada para una misión muy distinta a la de sus predecesores: pasar completamente desapercibido. Más que una evolución de los submarinos tradicionales representa un concentrado de ingeniería cuyo objetivo consiste en resolver un único problema: que nadie sepa dónde está. Con cerca de 99 metros de eslora y un desplazamiento de unas 5.800 toneladas cuando navega sumergido, el Tourville podría parecer simplemente un enorme cilindro metálico. Sin embargo, su verdadero valor no reside en su tamaño, sino en la cantidad de tecnología escondida bajo su casco. Porque, en realidad, un submarino moderno no libra sus batallas con la vista, las libra con el oído. En las profundidades del océano apenas existe luz, pero el sonido viaja con enorme eficacia a través del agua: hasta 4 veces más rápido y más lejos que en el aire. Cualquier vibración producida por un motor, una hélice o incluso una bomba hidráulica puede delatar su posición a cientos de kilómetros mediante sofisticados sistemas de sonar. Por eso, buena parte de la ingeniería del Tourville está dedicada a combatir un enemigo invisible: el ruido. Los ingenieros responsables de su diseño han aislado mecánicamente los equipos internos para impedir que las vibraciones alcancen el casco. La forma del submarino ha sido optimizada para reducir la resistencia del agua y su hélice está diseñada para minimizar un fenómeno conocido como cavitación, pequeñas burbujas que aparecen cuando las palas giran demasiado rápido y que producen un sonido fácilmente detectable. Cuanto menos ruido genera un submarino, más difícil resulta localizarlo. El silencio es tan importante que, durante la Guerra Fría, estadounidenses y soviéticos llegaron a invertir miles de millones de dólares en desarrollar hélices capaces de reducir apenas unos decibelios el ruido submarino. En el fondo del océano, una diferencia casi imperceptible para el oído humano podía decidir quién detectaba primero al adversario. La otra gran diferencia respecto a un submarino convencional se encuentra en su sistema de propulsión. Aunque popularmente se habla de «submarino nuclear», esto no significa que transporte necesariamente armas nucleares. El término hace referencia al motor. En lugar de depender de motores diésel que necesitan salir periódicamente a la supe
Así funciona una de las máquinas más silenciosas jamás construidas.
Durante siglos, la mejor estrategia naval consistía en construir barcos cada vez más grandes. Galeones, acorazados y, más tarde, portaaviones que se convirtieron en símbolos del poder militar de las grandes potencias. Sin embargo, en el siglo XXI ocurre algo paradójico: la tecnología más sofisticada ya no es la que domina la superficie del océano, sino la que consigue desaparecer bajo ella.Así llegamos a una nueva clase de submarinos. Francia acaba de incorporar oficialmente el Tourville, el tercer submarino de ataque nuclear de la nueva clase Barracuda (los dos restantes, el Rubis y Casabianca ya se están construyendo), una generación diseñada para una misión muy distinta a la de sus predecesores: pasar completamente desapercibido. Más que una evolución de los submarinos tradicionales representa un concentrado de ingeniería cuyo objetivo consiste en resolver un único problema: que nadie sepa dónde está. Con cerca de 99 metros de eslora y un desplazamiento de unas 5.800 toneladas cuando navega sumergido, el Tourville podría parecer simplemente un enorme cilindro metálico. Sin embargo, su verdadero valor no reside en su tamaño, sino en la cantidad de tecnología escondida bajo su casco. Porque, en realidad, un submarino moderno no libra sus batallas con la vista, las libra con el oído. En las profundidades del océano apenas existe luz, pero el sonido viaja con enorme eficacia a través del agua: hasta 4 veces más rápido y más lejos que en el aire. Cualquier vibración producida por un motor, una hélice o incluso una bomba hidráulica puede delatar su posición a cientos de kilómetros mediante sofisticados sistemas de sonar. Por eso, buena parte de la ingeniería del Tourville está dedicada a combatir un enemigo invisible: el ruido.Los ingenieros responsables de su diseño han aislado mecánicamente los equipos internos para impedir que las vibraciones alcancen el casco. La forma del submarino ha sido optimizada para reducir la resistencia del agua y su hélice está diseñada para minimizar un fenómeno conocido como cavitación, pequeñas burbujas que aparecen cuando las palas giran demasiado rápido y que producen un sonido fácilmente detectable. Cuanto menos ruido genera un submarino, más difícil resulta localizarlo. El silencio es tan importante que, durante la Guerra Fría, estadounidenses y soviéticos llegaron a invertir miles de millones de dólares en desarrollar hélices capaces de reducir apenas unos decibelios el ruido submarino. En el fondo del océano, una diferencia casi imperceptible para el oído humano podía decidir quién detectaba primero al adversario. La otra gran diferencia respecto a un submarino convencional se encuentra en su sistema de propulsión. Aunque popularmente se habla de «submarino nuclear», esto no significa que transporte necesariamente armas nucleares. El término hace referencia al motor.En lugar de depender de motores diésel que necesitan salir periódicamente a la superfi
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