La convivencia histórica de dos lenguas que forman parte de nuestra identidad colectiva es una riqueza silenciosa, profundamente arraigada y extraordinariamente valiosa que tenemos todos los que vivimos en nuestra Comunitat. Valenciano y castellano, lejos de ser trincheras culturales o herramientas de confrontación política, deberían ser una expresión de la pluralidad de un pueblo que ha aprendido a vivir entre dos formas de expresarse.. Una vez más, el debate lingüístico ha vuelto a situarse en el centro de la actualidad, tras el respaldo judicial a la Ley de Libertad Educativa impulsada por la Generalitat Valenciana, y el modelo que defiende la capacidad de las familias para elegir la lengua base de la enseñanza de sus hijos. Pero yendo más allá de la batalla política y jurídica, la reflexión serena debería centrarse en acerca de qué modelo de convivencia lingüística queremos construir para las próximas generaciones.. La respuesta, probablemente, no esté ni en la imposición ni en el abandono, sino en el equilibrio. Durante demasiado tiempo, el debate sobre la lengua se ha planteado desde posiciones maximalistas, como si amar una lengua exigiera necesariamente rechazar la otra o como si sentirse valenciano estuviera condicionado por el idioma que utilizamos al entrar en una cafetería, hablar con nuestras familias o pedir un taxi. Y esa idea, sencillamente, no responde a la realidad de nuestra tierra.. Son muchos los valencianos castellanohablantes y no por ello se sienten menos valencianos. Quienes han nacido en Utiel, Orihuela, Segorbe o en buena parte de los municipios del área metropolitana de Valencia no necesitan acreditar valencianía a través de una lengua determinada. Su sentimiento de pertenencia está basado en las tradiciones compartidas, la historia común, las fiestas, la gastronomía, el paisaje y en una manera particular de entender la convivencia. Y eso es más que suficiente para ser y sentirse valenciano, sin necesidad de hacer un constante examen identitario.. Con esto, la defensa del valenciano debe plantearse desde el orgullo y no desde la sospecha. Nuestra lengua autóctona merece ser cuidada, protegida y fortalecida, como patrimonio cultural que ha sobrevivido siglos y que forma una parte esencial del alma de esta tierra. Defenderlo no puede ser una opción ideológica, sino una responsabilidad colectiva.. Cuidar la lengua propia ante cualquier agresión, interna o externa, que pretenda subordinarla a cualquier otra es otra obligación compartida y referida a ese sentimiento de pertenencia. Esto implica rechazar cualquier intento de diluir la singularidad lingüística valenciana o de convertirla en un elemento subsidiario de proyectos ajenos a nuestra realidad cultural e histórica. El valenciano tiene valor por sí mismo, por su tradición literaria, por su arraigo social y por su capacidad de seguir siendo vehículo de comunicación y cultura entre generaciones.. Pero proteger una lengua nunca puede confundirse con instrumentalizarla, desde el conocimiento del principio elemental de que el aprecio a una lengua no nace de la obligación, sino del vínculo emocional con ella.. La historia muestra una evidencia difícilmente discutible: imponiendo una lengua no se consigue aprecio ni identidad. La identidad no se decreta, se construye, y nadie termina estimando aquello que percibe como una imposición administrativa, una obligación burocrática o un elemento de confrontación política.. Cuando el aprendizaje de una lengua se vive desde la naturalidad, la utilidad y el orgullo compartido, el resultado suele ser positivo. Pero cuando se presenta como un requisito coercitivo o como un mecanismo para dividir entre valencianos «completos» y valencianos «insuficientes», el efecto suele ser el contrario: rechazo, desafección y polarización.. Los ciudadanos de la Comunitat Valenciana no necesitan elegir entre valenciano y castellano. Todos los pueblos de la Tierra tienen una lengua propia y eso, aún siendo un factor identitario, no constituye una diferenciación patrimonial. La verdadera riqueza consiste precisamente en tener dos y permitirles convivir entre ellas. Y esa riqueza, lejos de debilitarnos, debería fortalecernos.. En un mundo globalizado donde cada vez más sociedades valoran el multilingüismo como una ventaja competitiva, resulta paradójico que todavía existan quienes planteen nuestras dos lenguas como un problema. Hablar valenciano y castellano debería ser visto como un privilegio cultural, educativo y social, una capacidad añadida y una puerta más abierta al conocimiento y a la diversidad.. El reto de las instituciones públicas no debería consistir en construir ciudadanos homogéneos, sino en garantizar que cualquier valenciano, independientemente de cuál sea su lengua habitual, pueda sentirse igualmente respetado, reconocido e integrado en el proyecto común de esta tierra. No se trata de enfrentar derechos lingüísticos, sino de armonizarlos.. Por eso el reciente respaldo judicial a la Ley de Libertad Educativa abre también una oportunidad para rebajar el tono del debate. No para abandonar la defensa del valenciano, que debe seguir siendo firme, sino para replantearla desde una lógica de consenso y no de confrontación. La lengua no puede convertirse permanentemente en un campo de batalla política porque cuando eso ocurre pierde quien más debería ganar: la sociedad valenciana.. La Comunitat Valenciana ha demostrado saber convivir en la diversidad. Aquí conviven acentos distintos, tradiciones locales diversas, identidades comarcales profundamente arraigadas y maneras muy diferentes de vivir lo valenciano. Esa pluralidad no es una amenaza, sino una fortaleza y el bilingüismo forma parte estructural de esa riqueza.. Quizá haya llegado el momento de abandonar las trincheras ideológicas para asumir algo mucho más sencillo. El valenciano necesita protección, pero también cariño. Y, junto a esto, el castellano forma parte igualmente de nuestra realidad social y ningún valenciano debería sentirse señalado por usar una u otra lengua.. La mejor forma de defender nuestra identidad no es obligando a sentirla, sino generando razones para quererla. Y pueden encontrarse pocas razones más poderosas que entender que la Comunitat Valenciana tiene la suerte de expresarse en dos lenguas sin dejar de tener una sola personalidad.
El secretario general del PP en la Comunitat Valenciana defiende que «la mejor forma de defender nuestra identidad no es obligando a sentirla, sino generando razones para quererla»
La convivencia histórica de dos lenguas que forman parte de nuestra identidad colectiva es una riqueza silenciosa, profundamente arraigada y extraordinariamente valiosa que tenemos todos los que vivimos en nuestra Comunitat. Valenciano y castellano, lejos de ser trincheras culturales o herramientas de confrontación política, deberían ser una expresión de la pluralidad de un pueblo que ha aprendido a vivir entre dos formas de expresarse.. Una vez más, el debate lingüístico ha vuelto a situarse en el centro de la actualidad, tras el respaldo judicial a la Ley de Libertad Educativa impulsada por la Generalitat Valenciana, y el modelo que defiende la capacidad de las familias para elegir la lengua base de la enseñanza de sus hijos. Pero yendo más allá de la batalla política y jurídica, la reflexión serena debería centrarse en acerca de qué modelo de convivencia lingüística queremos construir para las próximas generaciones.. La respuesta, probablemente, no esté ni en la imposición ni en el abandono, sino en el equilibrio. Durante demasiado tiempo, el debate sobre la lengua se ha planteado desde posiciones maximalistas, como si amar una lengua exigiera necesariamente rechazar la otra o como si sentirse valenciano estuviera condicionado por el idioma que utilizamos al entrar en una cafetería, hablar con nuestras familias o pedir un taxi. Y esa idea, sencillamente, no responde a la realidad de nuestra tierra.. Son muchos los valencianos castellanohablantes y no por ello se sienten menos valencianos. Quienes han nacido en Utiel, Orihuela, Segorbe o en buena parte de los municipios del área metropolitana de Valencia no necesitan acreditar valencianía a través de una lengua determinada. Su sentimiento de pertenencia está basado en las tradiciones compartidas, la historia común, las fiestas, la gastronomía, el paisaje y en una manera particular de entender la convivencia. Y eso es más que suficiente para ser y sentirse valenciano, sin necesidad de hacer un constante examen identitario.. Con esto, la defensa del valenciano debe plantearse desde el orgullo y no desde la sospecha. Nuestra lengua autóctona merece ser cuidada, protegida y fortalecida, como patrimonio cultural que ha sobrevivido siglos y que forma una parte esencial del alma de esta tierra. Defenderlo no puede ser una opción ideológica, sino una responsabilidad colectiva.. Cuidar la lengua propia ante cualquier agresión, interna o externa, que pretenda subordinarla a cualquier otra es otra obligación compartida y referida a ese sentimiento de pertenencia. Esto implica rechazar cualquier intento de diluir la singularidad lingüística valenciana o de convertirla en un elemento subsidiario de proyectos ajenos a nuestra realidad cultural e histórica. El valenciano tiene valor por sí mismo, por su tradición literaria, por su arraigo social y por su capacidad de seguir siendo vehículo de comunicación y cultura entre generaciones.. Pero proteger una lengua nunca puede confundirse con instrumentalizarla, desde el conocimiento del principio elemental de que el aprecio a una lengua no nace de la obligación, sino del vínculo emocional con ella.. La historia muestra una evidencia difícilmente discutible: imponiendo una lengua no se consigue aprecio ni identidad. La identidad no se decreta, se construye, y nadie termina estimando aquello que percibe como una imposición administrativa, una obligación burocrática o un elemento de confrontación política.. Cuando el aprendizaje de una lengua se vive desde la naturalidad, la utilidad y el orgullo compartido, el resultado suele ser positivo. Pero cuando se presenta como un requisito coercitivo o como un mecanismo para dividir entre valencianos «completos» y valencianos «insuficientes», el efecto suele ser el contrario: rechazo, desafección y polarización.. Los ciudadanos de la Comunitat Valenciana no necesitan elegir entre valenciano y castellano. Todos los pueblos de la Tierra tienen una lengua propia y eso, aún siendo un factor identitario, no constituye una diferenciación patrimonial. La verdadera riqueza consiste precisamente en tener dos y permitirles convivir entre ellas. Y esa riqueza, lejos de debilitarnos, debería fortalecernos.. En un mundo globalizado donde cada vez más sociedades valoran el multilingüismo como una ventaja competitiva, resulta paradójico que todavía existan quienes planteen nuestras dos lenguas como un problema. Hablar valenciano y castellano debería ser visto como un privilegio cultural, educativo y social, una capacidad añadida y una puerta más abierta al conocimiento y a la diversidad.. El reto de las instituciones públicas no debería consistir en construir ciudadanos homogéneos, sino en garantizar que cualquier valenciano, independientemente de cuál sea su lengua habitual, pueda sentirse igualmente respetado, reconocido e integrado en el proyecto común de esta tierra. No se trata de enfrentar derechos lingüísticos, sino de armonizarlos.. Por eso el reciente respaldo judicial a la Ley de Libertad Educativa abre también una oportunidad para rebajar el tono del debate. No para abandonar la defensa del valenciano, que debe seguir siendo firme, sino para replantearla desde una lógica de consenso y no de confrontación. La lengua no puede convertirse permanentemente en un campo de batalla política porque cuando eso ocurre pierde quien más debería ganar: la sociedad valenciana.. La Comunitat Valenciana ha demostrado saber convivir en la diversidad. Aquí conviven acentos distintos, tradiciones locales diversas, identidades comarcales profundamente arraigadas y maneras muy diferentes de vivir lo valenciano. Esa pluralidad no es una amenaza, sino una fortaleza y el bilingüismo forma parte estructural de esa riqueza.. Quizá haya llegado el momento de abandonar las trincheras ideológicas para asumir algo mucho más sencillo. El valenciano necesita protección, pero también cariño. Y, junto a esto, el castellano forma parte igualmente de nuestra realidad social y ningún valenciano debería sentirse señalado por usar una u otra lengua.. La mejor forma de defender nuestra identidad no es obligando a sentirla, sino generando razones para quererla. Y pueden encontrarse pocas razones más poderosas que entender que la Comunitat Valenciana tiene la suerte de expresarse en dos lenguas sin dejar de tener una sola personalidad.
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