Hace unos días, en un vuelo a São Paulo, entré en el avión muy tarde y, cuando llegué hasta mi plaza, había en el asiento una niña. No era una aparición. Se llamaba Antonela. Era una niña minúscula y morena, de pelo crespo y ojos negrísimos, vestida con un pijama peludo de color rosa tachonado de estrellitas blancas. Tenía un año y medio y viajaba a Brasil con su mamá de vuelta a casa tras haber visitado a unos parientes en Portugal. Al ver a Antonela, que me miraba fijamente, no pude dejar de sucumbir a su desarmante belleza, pero tampoco dejar de pensar con una cierta contrariedad: “Qué viaje tan difícil me espera”.. Seguir leyendo
Por el momento, el ser humano sabe hacer dos cosas que la inteligencia artificial no puede: tener infancia y morir
Hace unos días, en un vuelo a São Paulo, entré en el avión muy tarde y, cuando llegué hasta mi plaza, había en el asiento una niña. No era una aparición. Se llamaba Antonela. Era una niña minúscula y morena, de pelo crespo y ojos negrísimos, vestida con un pijama peludo de color rosa tachonado de estrellitas blancas. Tenía un año y medio y viajaba a Brasil con su mamá de vuelta a casa tras haber visitado a unos parientes en Portugal. Al ver a Antonela, que me miraba fijamente, no pude dejar de sucumbir a su desarmante belleza, pero tampoco dejar de pensar con una cierta contrariedad: “Qué viaje tan difícil me espera”.. No lo fue. Para alivio de su madre, orgullosa y cansada, Antonela acabó sentada entre los dos asientos, jugando alternativamente con cada uno de nosotros. Me tocaba el hombro y con elocuente riqueza de gorjeos y gorgoritos me pedía que liberara su cinturón de seguridad para —una y otra vez, infancia incansable— reenganchar hábil y trabajosamente la lengüeta en la hebilla. Yo me había reservado para el viaje la lectura de la encíclica papal Magnifica humanitas, que me mantenía muy concentrado, pero no me molestaba su juego. Al contrario: cada vez que me interrumpía, vivía su presencia a mi lado como una ilustración de las tesis del texto, que han sido siempre las mías: los límites y la fragilidad del ser humano, digamos, “no son un error a corregir” sino la condición de su “florecimiento”. ¿Puede imaginarse una fragilidad mayor que la de una niña de 18 meses a 10.000 metros de altura, lanzada por el aire en un huevo de acero? ¿Puede imaginarse un límite más acertado e insuperable, más preñado de florecimientos, que una niña que interrumpe con su dedo nuestros pensamientos? ¿Alguien osaría considerar a Antonela “un error a corregir”? Sólo un supercriminal se atrevería, en efecto, a matar a un niño (no digamos a 20.000), pero esa superhumanidad del asesino prueba justamente la relación ontológica entre la humanidad y los límites.. Así que la primera parte de mi viaje a Brasil la pasé leyendo la encíclica papal al lado de una magnifica humanitas, viva y morena, que me interrumpía cada tres minutos para explicarme en su idioma de gorgoritos lo que yo estaba leyendo. De esta manera, Antonela y la encíclica se han acabado mezclando en mi recuerdo, y ahora, al abordar su contenido, no puedo separarlas.. Cuando pensamos en la inteligencia artificial (IA) y en esta nueva encrucijada civilizacional, conviene que nos hagamos —quiero decir— dos preguntas al mismo tiempo: qué cosas aún podemos hacer mejor que la IA y qué cosas conviene que sigamos haciendo, aunque la IA las haga mejor que nosotros. En general, suele preocuparnos más la primera cuestión, como si se tratase de una competición en la que el perdedor quedara para siempre fuera de juego. Digamos la verdad: esa competición ya la hemos perdido. La IA lo hace ya todo mejor que nosotros: calcular, recordar, sintetizar proteínas, fabricar bombas, hacer planos, pintar, redactar ensayos, incluso escribir poemas (o pronto lo hará). Puede hacerlo todo porque todo se lo hemos enseñado nosotros y puede hacerlo todo mejor porque sus recursos cerebrales, al contrario que los nuestros, son infinitos. ¿Todo? Bueno, hay dos cosas que de momento nosotros todavía sabemos hacer y ella no: tener infancia y morirnos.. ¿En qué consiste la infancia? En la alegre y trabajosa adquisición de un cuerpo humano en el choque con la luna y con la madre, con los monstruos nocturnos y con los adultos diurnos. ¿Podemos concebir una inteligencia sin infancia? ¿Sin traumas? ¿Sin la insaciable nostalgia de una caricia? Una inteligencia quizás sí; una inteligencia —aún más— podría memorizar todos los traumas de la humanidad y utilizarlos en una conversación para convencernos de su humanidad; podría incluso fingirse niña (y balbucear gorgoritos) para enternecernos, como nos enternecen los bebés de las películas. Eso es lo que llamamos un psicópata, capaz de remedar los sentimientos humanos para explotarlos o aniquilarlos. Pero si la inteligencia puede disociarse de los cuerpos, los niños no. La infancia es, sobre todo, la presencia corporal de una vulnerabilidad sagrada que mantiene en el mundo el vicio de cuidar. Madre puede ser cualquiera (incluso un hombre, incluso una loba), pero siempre en relación con un cuerpo que nos toca con el dedo y que no nos deja ser sencillamente inteligentes.. ¿Y morirse? ¿Qué ventajas tendría morirse? Lo he escrito otras veces: al menos tres: el pensamiento, el amor y la risa. Gracias a la muerte, podemos pensar, esa cosa que, exclusivamente humana, los humanos hacemos raramente y que, si nos fiamos de Hannah Arendt, sólo sirve para desactivar los protocolos y los excesos de la inteligencia; algunos lo llaman todavía ética o moral. Gracias a la muerte, podemos también amar, ese doloroso interés en la existencia del otro que nos salva de nosotros mismos. Y gracias a la muerte, podemos permitirnos la risa, que es el derecho de los frágiles a tratar en pie de igualdad —y recordárselo— a los que también van a morirse. El pensamiento, el amor y la risa son a su vez las condiciones de la justicia, que Zeus concedió a los humanos desvalidos porque no tenían caparazón como las tortugas ni garras como las águilas ni pinchos como los erizos.. Ahora bien, defender nuestra humanidad no significa sólo defendernos de la IA (o ella o nosotros, en un juego de suma cero); significa seguir haciendo gestos humanos, aunque la IA pueda hacerlos mejor que nosotros. Está bien que haya lavadoras inteligentes que liberan tiempo de ocio y estaría mejor que empleáramos ese tiempo emancipado en algo propio, individual, al margen del ocio proletarizado de la vida digital. Hay máquinas en las que es bueno que deleguemos algunas de nuestras fatigas cotidianas. Pero tenemos que seguir queriendo que nadie, ni cuerpo ni máquina, cuide a nuestras niñas en nuestro lugar. Supongamos que pudiéramos sustituir a las madres por robots; no seríamos ni más felices ni más libres. Nos olvidaríamos sencillamente de cuidarnos. ¿Y la escritura? Hace ya casi dos siglos que por primera vez una locomotora fue más deprisa que un ser humano. No por eso hemos dejado de correr: hacemos footing, corremos maratones y celebramos campeonatos de atletismo en los que no dejamos participar a los bólidos de la fórmula 1. Del mismo modo, cuando la IA escriba mejor que nosotros, tendremos que seguir escribiendo nuestras propias frases. ¿Y por qué crear nuestras propias frases? Porque de otro modo nos olvidaríamos de hablar, esa facultad que nos distingue del resto de los animales. Si el lenguaje dejara de ser nuestro, entonces no podríamos ni alegrarnos ni defendernos ni rebelarnos.. Antonela y su pijama peludo nos recuerdan lo que somos: combinaciones chapuceras, frágiles y analógicas, de carne y de palabra. Ahí deben caber todos los mortales. Y si finalmente una IA corporizada consiguiese ser madre y ser niña y morirse y pensar y amar y reírse, entonces la IA habría sido vencida por la humanidad, y la humanidad así extendida tendría que proteger del racismo y de la explotación a las nuevas máquinas humanizadas. La batalla es esa: o dignidad humana aplicada a todos los que sufren o desaparición de la humanidad en la inteligencia abstracta del poshumanismo. Que cada uno elija su campo. Yo no tengo dudas: apuesto por Antonela y su dedito de flor, subversivo como un beso, fecundo como un soneto.
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