Creo que fue Jorge Valdano quien lo dijo (y lo creo por simple estadística: cuando algo interesante se dice sobre fútbol en mi lengua, Valdano es muy probablemente el responsable). La reflexión venía a ser más o menos ésta: nunca la Copa del Mundo nos había parecido más venal, más mercantilizada, más elitista, más cuestionable en su voluntad de lavarles la cara a las autocracias; y sin embargo comenzará la próxima y los futboleros de todas partes estaremos allí, frente a la pantalla verde, sintiendo las mismas emociones primitivas e irremplazables que hemos sentido desde los tiempos de la inocencia. Así, desde luego, ha acabado por suceder. Este Mundial de los tres países ha comenzado tan bien, con tanto buen fútbol y tantos goles y tantas satisfacciones grandes o pequeñas, que corremos el riesgo de creer que estamos viendo el mismo fútbol de siempre. Pero no es así.. Seguir leyendo
El deporte puede estar perdiendo su naturaleza transformado en una actividad rendida a la explotación económica de sus más mínimos resquicios
Creo que fue Jorge Valdano quien lo dijo (y lo creo por simple estadística: cuando algo interesante se dice sobre fútbol en mi lengua, Valdano es muy probablemente el responsable). La reflexión venía a ser más o menos ésta: nunca la Copa del Mundo nos había parecido más venal, más mercantilizada, más elitista, más cuestionable en su voluntad de lavarles la cara a las autocracias; y sin embargo comenzará la próxima y los futboleros de todas partes estaremos allí, frente a la pantalla verde, sintiendo las mismas emociones primitivas e irremplazables que hemos sentido desde los tiempos de la inocencia. Así, desde luego, ha acabado por suceder. Este Mundial de los tres países ha comenzado tan bien, con tanto buen fútbol y tantos goles y tantas satisfacciones grandes o pequeñas, que corremos el riesgo de creer que estamos viendo el mismo fútbol de siempre. Pero no es así.. Bajo la presidencia de Gianni Infantino, ese personaje nefasto que se ha dedicado a usar el deporte más bello para lavarles la cara a los regímenes más canallescos, la Copa del Mundo se ha organizado en la Rusia de Putin y el Qatar de la sharía, y ahora se organiza en los Estados Unidos de Trump: y el anfitrión que recibe a medio centenar de países es un Gobierno abiertamente xenófobo, que trata todos los días de dinamitar el orden internacional y de arrasar con las instituciones que defienden el multilateralismo. Todo esto es de por sí bastante grotesco: nadie puede desdeñar el riesgo de que el ICE, una estructura paramilitar que asesina a ciudadanos inocentes a plena luz del día, use los estadios de la Copa del Mundo como trampa para cazar inmigrantes; nadie puede ser ajeno al cinismo de un presidente que se embarca en una guerra ilegal contra Irán y luego escribe sobre la selección de ese país: “Pueden jugar la Copa del Mundo, pero no me parece apropiado que lo hagan, por su propia seguridad y su propia vida”.. Ahora bien: hay en este Mundial una ironía que no deja de fascinarme (así lo digo por ser comedido y no decir que me repugna o me asquea). Es la siguiente: el anfitrión de un Mundial que no existiría sin la inmigración latinoamericana es un régimen que persigue, con especial saña o crueldad, a los inmigrantes latinoamericanos. Los que tenemos bajo el cinturón Mundiales suficientes sabemos cuán difícil ha sido interesar al norteamericano medio en este deporte que es profundamente ajeno a sus gustos y prioridades: este deporte donde un partido puede terminar, para escándalo del público basquetbolista, sin que ninguno de los equipos haya marcado un solo tanto; este deporte en cuyos intermedios no hay cantantes, ni rifas, ni grandes muñecos de peluche para que el espectador no corra el riesgo de aburrirse. La lógica del deporte norteamericano, el entretenimiento constante, no rima bien con el fútbol, que para tanta gente ni siquiera es entretenimiento. “Algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte”, decía el viejo Bill Shankly, entrenador del Liverpool. “Me decepciona esa actitud: el fútbol es mucho, mucho más importante”.. A los empresarios del fútbol, que vieron hace tiempo los inagotables potenciales económicos del deporte más popular del mundo, les ha costado décadas meterlo en ese gigantesco shopping mall que es la sociedad norteamericana. Los intentos comenzaron a principios de los setenta, cuando el Cosmos de Nueva York se llevó a Pelé y a Beckenbauer para ver si así lograban sembrar la semilla en esas tierras baldías: no hubo éxito. Unos veinte años después, Estados Unidos organizó el primero de sus Mundiales, y ahora lo recordamos por una de las finales más tediosas de la historia (y por la tragedia vergonzosa de un jugador colombiano asesinado por mafiosos tras haber metido un autogol). Pero ha sido necesario que pasara el tiempo y se sucedieran las olas de inmigración latinoamericana, cuyos hijos han tenido hijos que entienden menos el español que la pelota, para que surgiera de manera genuina todo eso que hace que el fútbol sea lo que es en el resto del mundo: la tradición, la memoria, la lealtad a un equipo que también es la lealtad a una comunidad, o a esa rara forma de la comunidad que es la niñez. En fin: todo eso que es tan difícil explicar a quienes nunca lo han sentido.. El problema es que el fútbol, en el esfuerzo que han hecho sus dueños financieros por meterlo a la fuerza en la cultura norteamericana, pueda estar perdiendo su naturaleza. O mejor: es posible que los mercachifles del fútbol, como el señor Infantino, estén dispuestos por pura codicia a convertir el deporte en algo que no es. No me refiero tan sólo a trofeos imbéciles como el premio de la paz de la FIFA que se inventó Infantino para dárselo a Trump, quizás el acto de lameculismo más bochornoso del siglo. Esto no es estrictamente nuevo: Mussolini se inventó en 1934 la Coppa del Duce para que el verdadero trofeo no le hiciera sombra, y la única diferencia es que no había en ese momento un Infantino que se la diera. Pero me refiero sobre todo a la transformación de este deporte de calle, nacido en descampados y genuinamente popular, en una actividad rendida a la explotación económica de sus más mínimos resquicios. El precio obsceno de las entradas de esta Copa del Mundo es lo de menos: incluso las reglas están cambiando.. Ahora asistimos a partidos divididos en cuatro cuartos —como en el básquetbol— y no en las dos mitades de siempre, y llamarlas pausas de hidratación no alcanza a disimular que son en realidad pausas de consumo: para que las publicidades puedan llenar esos minutos en las transmisiones internacionales. Según nos cuentan, la final de esta Copa del Mundo tendrá un intermedio de 30 minutos y no de 15, y en él habrá un show y se cantarán canciones y bailará la gente para que el fútbol se parezca a la Super Bowl: no importa que mientras tanto los jugadores se enfríen y la tensión se disperse. Cada vez que interviene el VAR para anular un gol porque un computador detectó la punta de una bota al otro lado de una línea, porque un brazo está fuera de juego aunque las piernas partan de más atrás, me digo lo mismo: en un deporte que nació en la calle y en los descampados, lo que no puedan detectar los cuatro pares de ojos de cuatro árbitros bien entrenados no debería existir. El VAR nos ha robado emoción, espontaneidad, picardía; a cambio sólo ha enriquecido a los fabricantes de una tecnología que le hubiera quitado al mundo el gol de Maradona en 1986.. Sí, yo siento —y no estoy solo— que nos están robando algo. La única decisión positiva que han tomado los mercachifles del fútbol para este 2026 ha sido la ampliación de la nómina: con sus 48 equipos, este Mundial es realmente mundial. En un campeonato donde la tradición pesa enormemente —80 equipos han jugado los Mundiales desde 1930, pero sólo ocho han sido campeones—, los nuevos nos han dado más de una satisfacción. El empate de Cabo Verde con España, aunque vaya contra mis intereses, me recordó lo que decía otro entrenador legendario. “La pelota es redonda y los partidos tienen 90 minutos”, dijo Sepp Herberger en 1954. “Hasta aquí las certezas. Lo demás es teoría”.. Juan Gabriel Vásquez es escritor.
Opinión en EL PAÍS
