Para sorpresa de pocos, o asombro de muchos si abrazamos esa mentalidad de que los estereotipos no se tienen por qué cumplir, Loira, aldea costera de la localidad pontevedresa de Marín, nos recibió con los brazos abiertos… de lluvia. Sin embargo, tampoco podemos ser hipócritas y quejarnos de la meteorología gallega y, a la vez, entonar en voz alta lo bonito que es el paisaje verde del territorio.. De cualquier manera, los tópicos causan risa floja hasta un punto. Porque, si bien es cierto que «sequía gallega» suena a oxímoron, Arantza Portabales no recuerda sus veranos por la comunidad autónoma, como tampoco lo hace un servidor, bajo una nube gris intermitente. «Yo venía de Donosti, donde nos bañábamos con lluvia porque no había otra opción, y llegaba a aquí y todo era sol y luz», recuerda, pues esta tierra es la última en Europa en adentrarse en la noche durante el periodo estival.. A pesar de que nació y vivió en la capital guipuzcoana como resultado de los movimientos migratorios gallegos, que son aún más certeros que las concepciones climáticas, finalmente la «morriña» venció y su familia se afincó en su región de origen, más también admite que «algo me peta en el corazón» cuando recuerda la playa de La Concha. Actualmente vive cerca de Santiago de Compostela, y aunque estudió Derecho y se sacó unas oposiciones, sustituyó el papeleo administrativo por el literario. Empezó en 2015 con «A Celeste la compré en un rastrillo», una colección de microrrelatos. En 10 años se ha posicionado dentro del género que, sin lugar a dudas, ha aterrizado con más fuerza en Galicia: la novela negra. «La gente estaba cansada de que todo pasara en Madrid y Barcelona. Salir de escenarios grandes e irnos a otros más pequeños crea microuniversos con realidades más reconocibles», explica la autora sobre las razones por las que cree que se dio ese nicho narrativo-geográfico.. Ella desarrolla su carrera en español y gallego, más prefiere no especificar en cuál de ambas escribe primero, pues «una lengua no puede ser un elemento de confrontación». Ahora ha publicado «Asesinato en el Molino del Cura», editada en castellano por Lumen y en gallego por Galaxia. Es el segundo tomo de su saga autoconclusiva «Los crímenes de Loeiro». En esta nueva trama, la detective Iria Santaclara y el comisario jubilado César Araujo investigarán el caso de Alba, una mujer con amnesia que no recuerda nada de su infancia… Porque quizá fue supuestamente asesinada. La historia se desarrolla en el pueblo de los recuerdos infantiles de la escritora, cambiando su denominación a «Loeiro». A pesar de la modificación nominal, el relato se abastece de los recuerdos que una niña de 9 años almacena, a diferencia de la protagonista, de sus idilios estivales. «Me extrañaba ese cambio entre San Sebastián, dónde a todo el mundo le dabas igual, al de esta aldea en la que todos saben quién eres», explica.. «Eso de que la lluvia es arte es mentira, la lluvia en Galicia es una mierda». Arantza Portabales. Si bien los correteos por la orilla o la música de la orquesta sonando hasta tarde son una postal envidiable, Portabales también encuentra necesario ofrecer una imagen del rural alejada del buenismo. «El rural es cruel, pues todo se magnifica e importa más. La gente quedó sorprendida al ver “As bestas”, pero no parecen recordar que es una historia real», sentencia. Aunque, como buena gallega, también ve el «depende» detrás de cada situación: «El rural da una visión natural del mundo. Yo ya con 10 años presencié la matanza de un cerdo».. Argumentos adictivos. En esa búsqueda de la cara menos visible de un fenómeno es donde reside su pluma. «La literatura son tópicos, y yo abuso de ellos, pues permiten que el lector entre de lleno en la trama, pero también me encanta desmontarlos», estipula. Por eso mismo procura que sus novelas no muestren constantemente una Galicia lluviosa. «Aquí existe un nivel de suicidios del que no se habla, y se debe única y exclusivamente al clima. Ese rollo de “En Galicia la lluvia es arte”… Que llueva es una mierda», confiesa sin filtros.. Portabales no solo se encuentra dentro del noir gallego, también del resurgir de la cultura en el idioma autóctono. No le gusta hacer «épica» sobre el asunto, no obstante considera «importante normalizar el escribir y leer en gallego». «He ido a institutos y me han dicho cosas terribles como “Tus libros son tan chulos que no parece que estén en gallego”. Tenemos que acercarnos a la juventud con temas interesantes», comenta.. Ella es consciente de la necesidad de proporcionar argumentos adictivos, pues la cita con la que da comienzo su libro es de la maestra de la intriga y del entretenimiento, Agatha Christie. «Me da muchísima rabia el movimiento que existió para denostarla por ser considerada una autora poco profunda. Su arquitectura narrativa era muy sólida». exterioriza la escritora. Para ella, el «pacto lector», como lo define, consiste en eso: hablar la misma lengua que tus lectores para que vean verosímil aquello que no lo es. Por lo tanto, que se escriba un nuevo crimen. Gallego, a poder ser.
La escritora ha sacado el segundo tomo de su saga «Los crímenes de Loeiro», titulado «Asesinato en el Molino del Cura», en el que suspense y entretenimiento son aliados
Para sorpresa de pocos, o asombro de muchos si abrazamos esa mentalidad de que los estereotipos no se tienen por qué cumplir, Loira, aldea costera de la localidad pontevedresa de Marín, nos recibió con los brazos abiertos… de lluvia. Sin embargo, tampoco podemos ser hipócritas y quejarnos de la meteorología gallega y, a la vez, entonar en voz alta lo bonito que es el paisaje verde del territorio.. De cualquier manera, los tópicos causan risa floja hasta un punto. Porque, si bien es cierto que «sequía gallega» suena a oxímoron, Arantza Portabales no recuerda sus veranos por la comunidad autónoma, como tampoco lo hace un servidor, bajo una nube gris intermitente. «Yo venía de Donosti, donde nos bañábamos con lluvia porque no había otra opción, y llegaba a aquí y todo era sol y luz», recuerda, pues esta tierra es la última en Europa en adentrarse en la noche durante el periodo estival.. A pesar de que nació y vivió en la capital guipuzcoana como resultado de los movimientos migratorios gallegos, que son aún más certeros que las concepciones climáticas, finalmente la «morriña» venció y su familia se afincó en su región de origen, más también admite que «algo me peta en el corazón» cuando recuerda la playa de La Concha. Actualmente vive cerca de Santiago de Compostela, y aunque estudió Derecho y se sacó unas oposiciones, sustituyó el papeleo administrativo por el literario. Empezó en 2015 con «A Celeste la compré en un rastrillo», una colección de microrrelatos. En 10 años se ha posicionado dentro del género que, sin lugar a dudas, ha aterrizado con más fuerza en Galicia: la novela negra. «La gente estaba cansada de que todo pasara en Madrid y Barcelona. Salir de escenarios grandes e irnos a otros más pequeños crea microuniversos con realidades más reconocibles», explica la autora sobre las razones por las que cree que se dio ese nicho narrativo-geográfico.. Ella desarrolla su carrera en español y gallego, más prefiere no especificar en cuál de ambas escribe primero, pues «una lengua no puede ser un elemento de confrontación». Ahora ha publicado «Asesinato en el Molino del Cura», editada en castellano por Lumen y en gallego por Galaxia. Es el segundo tomo de su saga autoconclusiva «Los crímenes de Loeiro». En esta nueva trama, la detective Iria Santaclara y el comisario jubilado César Araujo investigarán el caso de Alba, una mujer con amnesia que no recuerda nada de su infancia… Porque quizá fue supuestamente asesinada. La historia se desarrolla en el pueblo de los recuerdos infantiles de la escritora, cambiando su denominación a «Loeiro». A pesar de la modificación nominal, el relato se abastece de los recuerdos que una niña de 9 años almacena, a diferencia de la protagonista, de sus idilios estivales. «Me extrañaba ese cambio entre San Sebastián, dónde a todo el mundo le dabas igual, al de esta aldea en la que todos saben quién eres», explica.. «Eso de que la lluvia es arte es mentira, la lluvia en Galicia es una mierda». Si bien los correteos por la orilla o la música de la orquesta sonando hasta tarde son una postal envidiable, Portabales también encuentra necesario ofrecer una imagen del rural alejada del buenismo. «El rural es cruel, pues todo se magnifica e importa más. La gente quedó sorprendida al ver “As bestas”, pero no parecen recordar que es una historia real», sentencia. Aunque, como buena gallega, también ve el «depende» detrás de cada situación: «El rural da una visión natural del mundo. Yo ya con 10 años presencié la matanza de un cerdo».. En esa búsqueda de la cara menos visible de un fenómeno es donde reside su pluma. «La literatura son tópicos, y yo abuso de ellos, pues permiten que el lector entre de lleno en la trama, pero también me encanta desmontarlos», estipula. Por eso mismo procura que sus novelas no muestren constantemente una Galicia lluviosa. «Aquí existe un nivel de suicidios del que no se habla, y se debe única y exclusivamente al clima. Ese rollo de “En Galicia la lluvia es arte”… Que llueva es una mierda», confiesa sin filtros.. Portabales no solo se encuentra dentro del noir gallego, también del resurgir de la cultura en el idioma autóctono. No le gusta hacer «épica» sobre el asunto, no obstante considera «importante normalizar el escribir y leer en gallego». «He ido a institutos y me han dicho cosas terribles como “Tus libros son tan chulos que no parece que estén en gallego”. Tenemos que acercarnos a la juventud con temas interesantes», comenta.. Ella es consciente de la necesidad de proporcionar argumentos adictivos, pues la cita con la que da comienzo su libro es de la maestra de la intriga y del entretenimiento, Agatha Christie. «Me da muchísima rabia el movimiento que existió para denostarla por ser considerada una autora poco profunda. Su arquitectura narrativa era muy sólida». exterioriza la escritora. Para ella, el «pacto lector», como lo define, consiste en eso: hablar la misma lengua que tus lectores para que vean verosímil aquello que no lo es. Por lo tanto, que se escriba un nuevo crimen. Gallego, a poder ser.
Noticias de cultura en La Razón
