El pasado mes, el archipiélago de las Islas Feroe volvió a ser escenario de un controvertido episodio que ha conmocionado a la opinión pública internacional tras la matanza de más de 700 delfines en apenas una jornada. La ejecución de tres cacerías simultáneas, mediante el denominado grindadráp, ha reabierto el debate sobre la legitimidad de esta práctica de origen vikingo que se remonta al siglo IX. Las imágenes, en las que se observa a decenas de cetáceos siendo conducidos a la fuerza hacia la orilla para ser sacrificados mientras el agua se torna carmesí, han vuelto a poner bajo lupa un método que, según denuncian los colectivos conservacionistas, carece de los estándares mínimos de bienestar animal exigibles en la sociedad contemporánea.. Tradición y conflicto en el Atlántico Norte. La organización ecologista Sea Shepherd ha sido la entidad más vocal en su condena tras lo ocurrido el mes pasado, señalando la desproporción de los eventos. En un comunicado oficial, la organización afirmó que «la magnitud de estas matanzas supera ya los dos tercios del total de mamíferos marinos sacrificados en las islas durante todo el año pasado», dato que evidencia un incremento preocupante en la presión sobre las poblaciones de cetáceos. Ante estas críticas, las autoridades feroesas se defienden asegurando que la captura de calderones y otras especies (como los delfines de flancos blancos atlánticos y delfines mulares) no es un ritual festivo, sino una práctica sujeta a normativas específicas destinadas al sustento de la población local.. Valentina Crast, responsable de la campaña de Sea Shepherd en la zona, ha cuestionado duramente la transparencia de estas cacerías, calificándolas de oportunistas al no estar sujetas a procesos de toma de decisiones objetivos. Además, la falta de una legislación de bienestar animal ha derivado en situaciones dramáticas, pues, como reconocieron los propios participantes el mes pasado, la escasez de lanzas espinales obligatorias forzó a que varios ejemplares fueran abatidos únicamente con cuchillos. Esta falta de control se suma a la controversia sobre la necesidad real del consumo de esta carne, que Crast estima en cerca de una tonelada por persona al año, una cifra que, según la ecologista, «no necesitaría matar cientos de delfines y calderones al año».. Una cuestión de ética y ciencia. Desde el ámbito científico, el rechazo a esta práctica es contundente y se aleja de la justificación cultural. El biólogo Bruno Díaz López, director del Instituto para el Estudio de los Delfines Mulares (BDRI), ha subrayado la naturaleza altamente social de estas especies. El experto explica que «estamos hablando de delfines, que son mamíferos superiores altamente sociales, con similitudes enormes con especies como la nuestra, es el equivalente a un primate en el medio terrestre». Para Díaz López, el grindadráp es un vestigio que no encuentra justificación en el contexto actual, pues se trata de tradiciones instauradas como símbolo de identidad nacional pero que carecen de rigor científico.. El científico recuerda, además, que la memoria histórica de España guarda episodios similares, pues en la posguerra e incluso durante los años sesenta, en zonas como la ría de Pontevedra, se celebraban las conocidas como corridas de delfines (una práctica destinada a eliminar a estos animales por considerarlos competidores en la pesca). El experto concluye que, al igual que ocurrió en España, el fin de estas prácticas solo llegará cuando el rechazo emane de la propia sociedad feroesa, fomentando la educación en lugar de depender únicamente de prohibiciones políticas que, en un territorio autónomo fuera de la Unión Europea, carecen de fuerza efectiva.
La organización ecologista Sea Shepherd ha denunciado este método de captura arcaico mientras el Gobierno local sostiene que se trata de una actividad regulada destinada a proveer alimento a la población local
El pasado mes, el archipiélago de las Islas Feroe volvió a ser escenario de un controvertido episodio que ha conmocionado a la opinión pública internacional tras la matanza de más de 700 delfines en apenas una jornada. La ejecución de tres cacerías simultáneas, mediante el denominado grindadráp, ha reabierto el debate sobre la legitimidad de esta práctica de origen vikingo que se remonta al siglo IX. Las imágenes, en las que se observa a decenas de cetáceos siendo conducidos a la fuerza hacia la orilla para ser sacrificados mientras el agua se torna carmesí, han vuelto a poner bajo lupa un método que, según denuncian los colectivos conservacionistas, carece de los estándares mínimos de bienestar animal exigibles en la sociedad contemporánea.. Tradición y conflicto en el Atlántico Norte. La organización ecologista Sea Shepherd ha sido la entidad más vocal en su condena tras lo ocurrido el mes pasado, señalando la desproporción de los eventos. En un comunicado oficial, la organización afirmó que «la magnitud de estas matanzas supera ya los dos tercios del total de mamíferos marinos sacrificados en las islas durante todo el año pasado», dato que evidencia un incremento preocupante en la presión sobre las poblaciones de cetáceos. Ante estas críticas, las autoridades feroesas se defienden asegurando que la captura de calderones y otras especies (como los delfines de flancos blancos atlánticos y delfines mulares) no es un ritual festivo, sino una práctica sujeta a normativas específicas destinadas al sustento de la población local.. Valentina Crast, responsable de la campaña de Sea Shepherd en la zona, ha cuestionado duramente la transparencia de estas cacerías, calificándolas de oportunistas al no estar sujetas a procesos de toma de decisiones objetivos. Además, la falta de una legislación de bienestar animal ha derivado en situaciones dramáticas, pues, como reconocieron los propios participantes el mes pasado, la escasez de lanzas espinales obligatorias forzó a que varios ejemplares fueran abatidos únicamente con cuchillos. Esta falta de control se suma a la controversia sobre la necesidad real del consumo de esta carne, que Crast estima en cerca de una tonelada por persona al año, una cifra que, según la ecologista, «no necesitaría matar cientos de delfines y calderones al año».. Una cuestión de ética y ciencia. Desde el ámbito científico, el rechazo a esta práctica es contundente y se aleja de la justificación cultural. El biólogo Bruno Díaz López, director del Instituto para el Estudio de los Delfines Mulares (BDRI), ha subrayado la naturaleza altamente social de estas especies. El experto explica que «estamos hablando de delfines, que son mamíferos superiores altamente sociales, con similitudes enormes con especies como la nuestra, es el equivalente a un primate en el medio terrestre». Para Díaz López, el grindadráp es un vestigio que no encuentra justificación en el contexto actual, pues se trata de tradiciones instauradas como símbolo de identidad nacional pero que carecen de rigor científico.. El científico recuerda, además, que la memoria histórica de España guarda episodios similares, pues en la posguerra e incluso durante los años sesenta, en zonas como la ría de Pontevedra, se celebraban las conocidas como corridas de delfines (una práctica destinada a eliminar a estos animales por considerarlos competidores en la pesca). El experto concluye que, al igual que ocurrió en España, el fin de estas prácticas solo llegará cuando el rechazo emane de la propia sociedad feroesa, fomentando la educación en lugar de depender únicamente de prohibiciones políticas que, en un territorio autónomo fuera de la Unión Europea, carecen de fuerza efectiva.
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