En 1970 no hubo acuerdo entre la empresa gestora de la plaza de Las Ventas y el entonces apoderado de Paco Camino, Manolo Chopera.. Pero el de Camas sí quiso estar en Madrid y se apuntó un tanto al matar en solitario la Corrida de Beneficencia. Y para que no hubiese sospècha de su gesto, eligió toros de seis ganaderías: Miura, Pablo Romero, Juan Pedro Domecq, Carlos Urquijo, Buendía y Manuel Arranz. Como sobreros, uno de Juan Pedro Domecq y otro de Felipe Bartolomé. Y para que no quedasen dudas, Camino cuajó una actuación espectacular en la que, vestido de carmesí y oro, derrochó tanta entrega como torería, llevando en el esportón siete orejas cuando se arrastró al sexto. Y para que nadie se quedase con las ganas, pidió el sobrero, el santacoloma de Felipe Bartolomé, y le cortó otra oreja. ¿Quedaba alguna duda?. Mucho se habló y escribió sobre aquel festejo del 4 de junio de 1970, pero yo siempre recordaré las maravillas que mi padre me contaba de aquella corrida que él definía como perfecta y, sin duda, la mejor que había visto nunca.
La gesta en solitario que marcó la historia de Las Ventas
En 1970 no hubo acuerdo entre la empresa gestora de la plaza de Las Ventas y el entonces apoderado de Paco Camino, Manolo Chopera.. Pero el de Camas sí quiso estar en Madrid y se apuntó un tanto al matar en solitario la Corrida de Beneficencia. Y para que no hubiese sospècha de su gesto, eligió toros de seis ganaderías: Miura, Pablo Romero, Juan Pedro Domecq, Carlos Urquijo, Buendía y Manuel Arranz. Como sobreros, uno de Juan Pedro Domecq y otro de Felipe Bartolomé. Y para que no quedasen dudas, Camino cuajó una actuación espectacular en la que, vestido de carmesí y oro, derrochó tanta entrega como torería, llevando en el esportón siete orejas cuando se arrastró al sexto. Y para que nadie se quedase con las ganas, pidió el sobrero, el santacoloma de Felipe Bartolomé, y le cortó otra oreja. ¿Quedaba alguna duda?. Mucho se habló y escribió sobre aquel festejo del 4 de junio de 1970, pero yo siempre recordaré las maravillas que mi padre me contaba de aquella corrida que él definía como perfecta y, sin duda, la mejor que había visto nunca.
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