La Casita: así se llamaba un puticlub elitista de Sevilla, situado en la antigua carretera de Málaga. Por allí dicen que pasaban a menudo [[LINK:TAG|||tag|||63361afe87d98e3342b27576|||Diego Armando Maradona]] y otros astros del balón que jugaron en alguno de los dos equipos de la ciudad. También se denominaba así un cutre club de carretera situado a la salida de Ayamonte hacia Isla Cristina. De esta segunda Casita fue portero Paulo, un corpulento brasileño que hoy trabaja en el bar de Fernando, en Los Remedios, sirviendo los mejores caracoles y cabrillas de Sevilla –estos llevan la casita a cuestas aunque también babean–. El caso es que Paulo se quejaba el otro día amargamente –como los caracoles cuando pasa San Juan– de que no daba a basto, y es que Fernandito, el hijo del dueño, se había marchado a Madrid a ver a [[LINK:TAG|||tag|||6819fd61aec2397eb67af55e|||Bad Bunny]] y estaba él solo al frente del cotarro. «Ya que está allí que se quede a ver al Papa», le solté con cierta guasa al camarero brasileiro. «No, si a este la religiosidad le importa un carajo; él va por los conejos», me replicó con más retranca aún, jugando con el doble sentido del nombre del animal: Bad Bunny, claro, viene del lepórido Bugs Bunny.. Puedo garantizar que este que escribe nunca ha estado en un club de esos en tanto que no he tenido ningún cargo en cierto partido político español, y aunque no haya pisado ningún club de lucecitas rojas, lejos del abolicionismo histérico y castrador, no tengo nada contra ellos (siempre y cuando no haya trata de personas, claro): que cada uno se divierta como quiera. Tampoco he pisado ningún concierto de Bad Bunny ni creo que lo haga. En cambio, sí estuve el pasado sábado a la salida de la Feria del Libro, mientras Benito daba su primer recital en el Metropolitano, en lo que yo llamo un «putiferio» –o sea, un antro, un garito de mala muerte, que en este caso era un karaoke cutre que hacía esquina entre Avenida de América y Prosperidad– cantando por Nino Bravo: «Un beso y una flor». Yo no debí tirar más fotos, pensé a la mañana siguiente, pero sí debí beber menos cubatas, que el garrafón lo carga el diablo y con lo que cuestan dos copas en Madrid te compras un apartamento en Puerto Real.. Hay quien se queja por no se qué de cuerpos «normativos» o tonterías de la «inclusividad». Creo que directamente la opinión de quien utiliza palabras como «normativo» o «inclusividad» no se debe tener en cuenta. Las hay que viven de tener la piel azul y claman porque en la Casita todas tienen la piel rosa o marrón. Pues ajo y agua, cariño, que a ti te paga la tele pública no porque tengas gracia alguna, sino porque eres la cuota de piel azul que impone la correción política. Dejen que la belleza luzca, que no la cubra la envidia, y que nos siga haciendo felices.. Y si por ver a [[LINK:TAG|||tag|||69b111d36be59607c7245167|||Ester Expósito]] meneando «esas dos cachas» –expresión muy de Cádiz– hay que pagar el peaje de escuchar a la actriz justificándose moralmente, pues no pasa nada. Y si gritan «¡queremos gordas!» en la Casita, aténganse a las consecuencias: en vez de 64 van a caber 32 personas. Además, ¿quién osa hablar de discriminación, cuando allí estaba, detrás de María León y la Expósito, el centrocampista del Rayo Isi Palazón, calvo, calvísimo? Como sigan demonizando la Casita, Benito tendrá que invitar a [[LINK:TAG|||tag|||681ce713aec2397eb67af566|||León XIV ]]a perrear y bendecir el chiringo.
Dejen que la belleza luzca, que no la cubra la envidia, y que nos siga haciendo felices
La Casita: así se llamaba un puticlub elitista de Sevilla, situado en la antigua carretera de Málaga. Por allí dicen que pasaban a menudo Diego Armando Maradona y otros astros del balón que jugaron en alguno de los dos equipos de la ciudad. También se denominaba así un cutre club de carretera situado a la salida de Ayamonte hacia Isla Cristina. De esta segunda Casita fue portero Paulo, un corpulento brasileño que hoy trabaja en el bar de Fernando, en Los Remedios, sirviendo los mejores caracoles y cabrillas de Sevilla –estos llevan la casita a cuestas aunque también babean–. El caso es que Paulo se quejaba el otro día amargamente –como los caracoles cuando pasa San Juan– de que no daba a basto, y es que Fernandito, el hijo del dueño, se había marchado a Madrid a ver a Bad Bunny y estaba él solo al frente del cotarro. «Ya que está allí que se quede a ver al Papa», le solté con cierta guasa al camarero brasileiro. «No, si a este la religiosidad le importa un carajo; él va por los conejos», me replicó con más retranca aún, jugando con el doble sentido del nombre del animal: Bad Bunny, claro, viene del lepórido Bugs Bunny.. Puedo garantizar que este que escribe nunca ha estado en un club de esos en tanto que no he tenido ningún cargo en cierto partido político español, y aunque no haya pisado ningún club de lucecitas rojas, lejos del abolicionismo histérico y castrador, no tengo nada contra ellos (siempre y cuando no haya trata de personas, claro): que cada uno se divierta como quiera. Tampoco he pisado ningún concierto de Bad Bunny ni creo que lo haga. En cambio, sí estuve el pasado sábado a la salida de la Feria del Libro, mientras Benito daba su primer recital en el Metropolitano, en lo que yo llamo un «putiferio» –o sea, un antro, un garito de mala muerte, que en este caso era un karaoke cutre que hacía esquina entre Avenida de América y Prosperidad– cantando por Nino Bravo: «Un beso y una flor». Yo no debí tirar más fotos, pensé a la mañana siguiente, pero sí debí beber menos cubatas, que el garrafón lo carga el diablo y con lo que cuestan dos copas en Madrid te compras un apartamento en Puerto Real.. Hay quien se queja por no se qué de cuerpos «normativos» o tonterías de la «inclusividad». Creo que directamente la opinión de quien utiliza palabras como «normativo» o «inclusividad» no se debe tener en cuenta. Las hay que viven de tener la piel azul y claman porque en la Casita todas tienen la piel rosa o marrón. Pues ajo y agua, cariño, que a ti te paga la tele pública no porque tengas gracia alguna, sino porque eres la cuota de piel azul que impone la correción política. Dejen que la belleza luzca, que no la cubra la envidia, y que nos siga haciendo felices.. Y si por ver a Ester Expósito meneando «esas dos cachas» –expresión muy de Cádiz– hay que pagar el peaje de escuchar a la actriz justificándose moralmente, pues no pasa nada. Y si gritan «¡queremos gordas!» en la Casita, aténganse a las consecuencias: en vez de 64 van a caber 32 personas. Además, ¿quién osa hablar de discriminación, cuando allí estaba, detrás de María León y la Expósito, el centrocampista del Rayo Isi Palazón, calvo, calvísimo? Como sigan demonizando la Casita, Benito tendrá que invitar a León XIV a perrear y bendecir el chiringo.
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