«Imaginemos lo que hubiera pasado con el barroco sevillano si la vida de Murillo, Zurbarán y Velázquez hubiera sido segada a los 30 años y no hubieran podido desarrollar sus cabezas maduras», plantea Pablo González Tornel, director del Museo de Bellas Artes de Valencia, que utiliza esta hipótesis para contextualizar a Juan Ribalta, un niño prodigio del primer barroco cuya muerte por tifus en 1628, con apenas treinta años, privó a España de una de sus carreras más prometedoras.. El Museo Carmen Thyssen Málaga acoge hasta el 4 de octubre en la Sala Noble del Palacio de Villalón «Los Ribalta y el barroco naturalista», una exposición que reúne diez obras procedentes de la pinacoteca valenciana. La propuesta, organizada en torno a cinco pinturas de Francisco Ribalta y cinco de su hijo Juan Ribalta, recorre el papel de ambos en la introducción del naturalismo barroco en la pintura religiosa española.. Sobre los pintores, González recuerda que Francisco Ribalta (1565), pertenece a una generación anterior, mientras que Juan Ribalta coincide con la de Velázquez y Zurbarán. En esa transición del siglo XVI al XVII, «aunque Sevilla despunta como sede de los intercambios comerciales con América, Valencia era una de las ciudades más ricas», adelanta. «Para entender esa España policéntrica y compleja es necesario reclamar todas las escuelas», sostiene el comisario, para añadir a continuación que «aunque son poco conocidos porque los grandes artistas tienden a eclipsarlo todo, no son menos importantes».. El recorrido de la exposición se centra en Valencia, donde, de la mano del arzobispo san Juan de Ribera (1532-1611), comienzan a afianzarse las ideas artísticas de la Contrarreforma y Francisco Ribalta se convierte en figura de referencia a la hora de introducir el naturalismo barroco en la pintura religiosa. Su pintura pasó del gusto tardomanierista a un lenguaje más directo, emocional y cercano al natural.. Además, en 1607 Francisco Ribalta «es una de las primeras personas que crea un colegio de pintores, más allá de un gremio profesional, como un espacio que vigilara la calidad de la pintura, para cuidar el alto nivel de la escuela valenciana», recuerda el director del museo.. Juan Ribalta, la gran revelación de la muestra. Por su parte, Juan Ribalta aparece como una gran revelación. González destaca su «enormísima calidad y precocidad» y afirma que «podría haber sido una de las grandes figuras de la historia de la pintura barroca, al mismo nivel que sus coetáneos, Zurbarán o Velázquez». Su fallecimiento en 1628, el mismo año que su padre, truncó una evolución que ya mostraba rasgos propios, con composiciones dramáticas, figuras monumentales y un tratamiento de la luz de gusto italiano.. El centro de la Sala Noble lo ocupa «Preparativos para la Crucifixión», pintado en 1615 para el monasterio valenciano de San Miguel de los Reyes. El comisario lo define como «la pieza más grande pintada por Juan Ribalta» y subraya que fue realizada cuando el artista tenía «apenas 17 años». El cuadro sorprende también por el tema. Ribalta imagina un episodio que no aparece en los Evangelios y lo sitúa entre el expolio de Cristo y la crucifixión, en el instante previo a ser amarrado y clavado. Desde luego, uno de los platos fuertes de la muestra. En un siglo en el que «el 80% de las personas no sabía leer», la pintura actuaba como lenguaje visual para transmitir los misterios de la fe, añade González, para aclarar el por qué del enorme simbolismo de las obras expuestas.. En la parte inferior izquierda de este lienzo, por ejemplo, aparecen unos dados, que no corresponden todavía al momento representado, sino a lo que ocurrirá después, cuando los soldados se repartan «al azar» las vestiduras de Cristo tras la crucifixión. No era habitual hacer esto, pero aquel joven, que ni si quiera estaba «examinado por el gremio» ya lo hacía. Fue un adelantado y un pintor de enorme singularidad llamado a haber sido otro Velázquez. Aquí, quizá, el gran atractivo de la muestra.. Ahora en Málaga, el joven Juan Ribalta y su padre muestran hasta qué punto el barroco español fue más amplio, complejo y plural que sus nombres más conocidos.
El Thyssen de Málaga acoge hasta el 4 de octubre una exposición con diez obras de los Ribalta prestadas por el Bellas Artes de Valencia
«Imaginemos lo que hubiera pasado con el barroco sevillano si la vida de Murillo, Zurbarán y Velázquez hubiera sido segada a los 30 años y no hubieran podido desarrollar sus cabezas maduras», plantea Pablo González Tornel, director del Museo de Bellas Artes de Valencia, que utiliza esta hipótesis para contextualizar a Juan Ribalta, un niño prodigio del primer barroco cuya muerte por tifus en 1628, con apenas treinta años, privó a España de una de sus carreras más prometedoras.. El Museo Carmen Thyssen Málaga acoge hasta el 4 de octubre en la Sala Noble del Palacio de Villalón «Los Ribalta y el barroco naturalista», una exposición que reúne diez obras procedentes de la pinacoteca valenciana. La propuesta, organizada en torno a cinco pinturas de Francisco Ribalta y cinco de su hijo Juan Ribalta, recorre el papel de ambos en la introducción del naturalismo barroco en la pintura religiosa española.. Sobre los pintores, González recuerda que Francisco Ribalta (1565), pertenece a una generación anterior, mientras que Juan Ribalta coincide con la de Velázquez y Zurbarán. En esa transición del siglo XVI al XVII, «aunque Sevilla despunta como sede de los intercambios comerciales con América, Valencia era una de las ciudades más ricas», adelanta. «Para entender esa España policéntrica y compleja es necesario reclamar todas las escuelas», sostiene el comisario, para añadir a continuación que «aunque son poco conocidos porque los grandes artistas tienden a eclipsarlo todo, no son menos importantes».. El recorrido de la exposición se centra en Valencia, donde, de la mano del arzobispo san Juan de Ribera (1532-1611), comienzan a afianzarse las ideas artísticas de la Contrarreforma y Francisco Ribalta se convierte en figura de referencia a la hora de introducir el naturalismo barroco en la pintura religiosa. Su pintura pasó del gusto tardomanierista a un lenguaje más directo, emocional y cercano al natural.. Además, en 1607 Francisco Ribalta «es una de las primeras personas que crea un colegio de pintores, más allá de un gremio profesional, como un espacio que vigilara la calidad de la pintura, para cuidar el alto nivel de la escuela valenciana», recuerda el director del museo.. Juan Ribalta, la gran revelación de la muestra. Por su parte, Juan Ribalta aparece como una gran revelación. González destaca su «enormísima calidad y precocidad» y afirma que «podría haber sido una de las grandes figuras de la historia de la pintura barroca, al mismo nivel que sus coetáneos, Zurbarán o Velázquez». Su fallecimiento en 1628, el mismo año que su padre, truncó una evolución que ya mostraba rasgos propios, con composiciones dramáticas, figuras monumentales y un tratamiento de la luz de gusto italiano.. El centro de la Sala Noble lo ocupa «Preparativos para la Crucifixión», pintado en 1615 para el monasterio valenciano de San Miguel de los Reyes. El comisario lo define como «la pieza más grande pintada por Juan Ribalta» y subraya que fue realizada cuando el artista tenía «apenas 17 años». El cuadro sorprende también por el tema. Ribalta imagina un episodio que no aparece en los Evangelios y lo sitúa entre el expolio de Cristo y la crucifixión, en el instante previo a ser amarrado y clavado. Desde luego, uno de los platos fuertes de la muestra. En un siglo en el que «el 80% de las personas no sabía leer», la pintura actuaba como lenguaje visual para transmitir los misterios de la fe, añade González, para aclarar el por qué del enorme simbolismo de las obras expuestas.. En la parte inferior izquierda de este lienzo, por ejemplo, aparecen unos dados, que no corresponden todavía al momento representado, sino a lo que ocurrirá después, cuando los soldados se repartan «al azar» las vestiduras de Cristo tras la crucifixión. No era habitual hacer esto, pero aquel joven, que ni si quiera estaba «examinado por el gremio» ya lo hacía. Fue un adelantado y un pintor de enorme singularidad llamado a haber sido otro Velázquez. Aquí, quizá, el gran atractivo de la muestra.. Ahora en Málaga, el joven Juan Ribalta y su padre muestran hasta qué punto el barroco español fue más amplio, complejo y plural que sus nombres más conocidos.
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