El 10 de mayo, en torno al mediodía, el rugido de los cazabombarderos se escuchó sobre el mercado de Tumfa, en el estado de Zamfara, Nigeria. El suelo tembló. Volvió a escucharse ese rugido dos horas más tarde. Pero esta vez soltaron sus bombas. Y cuando descargaron su letal contenido en un mercado lleno de comerciantes, al menos 117 personas murieron entre las explosiones. La mayoría de las víctimas eran mujeres y niñas. Y esto se ha sabido días después de lo sucedido, solo gracias a la denuncia hecha por Amnistía Internacional.. Este es el segundo mercado del norte de Nigeria que ha sido bombardeado por su propia Fuerza Aérea en menos de un mes. El 11 de abril, en Jilli, estado de Yobe, los cazas alcanzaron otro mercado semanal: las cifras oscilan en ese caso entre los 100 y 200 muertos. Y el mismo día del bombardeo de Tumfa, a cientos de kilómetros, otra aeronave militar mataba al menos a 12 civiles en Guradnayi, en el estado de Níger, cuando estos huían precisamente de los terroristas que el ejército debía estar persiguiendo.. Una rutina trágica. Lo que en otro país sería un escándalo nacional, en Nigeria es una rutina. Solo en los primeros cinco meses de 2026, los ataques aéreos del propio ejército nigeriano han matado a más de 230 civiles. La cifra resulta especialmente perturbadora cuando se compara con la que generan los grupos terroristas a los que esos bombardeos pretendían combatir: Boko Haram, su facción JAS y el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP) acumulan entre 220 y 250 víctimas civiles en el mismo periodo, incluyendo la masacre de 170 personas en las aldeas de Nuku y Woro (3 de febrero), los atentados suicidas múltiples de Maiduguri (16 de marzo) y un ataque de ISWAP a una aldea del noreste el 28 de abril.. Es decir: en lo que va de año, el Estado nigeriano ha matado por error a tantos civiles, o más, que la insurgencia yihadista. Es una catástrofe.. Pero tampoco es un fenómeno reciente. Según el think tank SBM Intelligence, al menos 400 civiles han muerto en bombardeos militares en el norte de Nigeria desde 2017. Y habría que sumarle los 230 de este año. La lista es larga y geográficamente dispersa, lo que da una incómoda sensación de asfixia: 20 pescadores en el Lago Chad (septiembre 2021), 64 muertos en Zamfara (diciembre 2022), más de 40 pastores en Nasarawa (enero 2023), entre 85 y 120 fieles musulmanes, en su mayoría mujeres y niños, en Kaduna (diciembre 2023) durante una celebración del Maulud… y sigue una lista que se conoce que aumentará en los próximos meses.. Las explicaciones oficiales se repiten con la crueldad de la burocracia. Se habla de “inteligencia creíble”, de “operaciones rutinarias contra terroristas”, se emiten escuetos “lamentamos profundamente” que no rellenan la pérdida de nadie y que siguen a una sacudida de manos antes de pasar la página. Y las causas reales, lo que omiten los comunicados vacíos, también se repiten: deficiencias graves de inteligencia, drones que confunden civiles con bandidos y una ausencia dramática de coordinación entre fuerzas aéreas y terrestres.. El mito de la compensación. También se repite la ausencia de rendición de cuentas. Nadie parece responsable de los descalabros. A nadie se le exige que lo sea.. Suele citarse en defensa del Estado que 109 senadores nigerianos donaron un mes de salario, en total 109 millones de nairas, a las víctimas de Tudun Biri, el caso más mediático de la última década. Pero conviene aclarar que fue una donación voluntaria, individual y simbólica que los legisladores hicieron como personas, no fue una compensación estatal estructurada. Y no es lo mismo. Y las víctimas lo saben.. Una donación es un acto de caridad privada; una compensación es el reconocimiento institucional de una responsabilidad legal. El Estado nigeriano, como institución responsable de la muerte de aquellas 120 personas, no ha pagado indemnizaciones individuales formales, no ha publicado el informe de su propia investigación interna, y los dos oficiales procesados ante consejo de guerra siguen en un proceso del que apenas trasciende información.. Es el patrón general. Solo en el bombardeo de Navidad de 2024 en Sokoto la Fuerza Aérea pagó algo a las familias, y lo hizo casi un año después, en respuesta a una petición formal y a la presión pública. Para las víctimas de Jilli, Tumfa, Doma, Mutumji, Buhari o Kunkuna no consta ninguna reparación. Las familias de Tudun Biri terminaron demandando al Estado por 33.000 millones de nairas y el caso sigue sin sentencia. Suma y sigue.. La semilla de Boko Haram. ¿Importa esto más allá del drama humano? Importa, y mucho. El Center for Civilians in Conflict, una organización especializada en protección de civiles en zonas de guerra, lleva años advirtiendo que los ataques aéreos nigerianos, al carecer de armamento de precisión y golpear de forma indiscriminada, crean más desconfianza y alimentan la radicalización de los individuos.. Para colmo, Boko Haram, recicla además munición sin detonar del propio ejército para fabricar artefactos explosivos improvisados contra civiles y soldados. El armamento estatal se vuelve, literalmente, contra el Estado. Pocos casos hay en el mundo donde un ejército consigue con tan excelentes resultados matar a sus civiles y armar a los terroristas contra quienes combaten al mismo tiempo.. Cada mercado bombardeado en Zamfara, cada celebración religiosa pulverizada en Kaduna, cada familia que entierra hijos sin recibir respuesta del Estado, planta una semilla que Boko Haram riega, abona y cosecha cuando la fruta está madura. Nadie duda de que los terroristas islámicos son un enemigo por batir, pero lo que suena absolutamente aterrador es encontrarse en manos de un Estado que asesina a sus propios civiles en el proceso y sin asumir un ápice de la responsabilidad debida.
El 10 de mayo, en torno al mediodía, el rugido de los cazabombarderos se escuchó sobre el mercado de Tumfa, en el estado de Zamfara, Nigeria. El suelo tembló. Volvió a escucharse ese rugido dos horas más tarde. Pero esta vez soltaron sus bombas. Y cuando descargaron su letal contenido en un mercado lleno de comerciantes, al menos 117 personas murieron entre las explosiones. La mayoría de las víctimas eran mujeres y niñas. Y esto se ha sabido días después de lo sucedido, solo gracias a la denuncia hecha por Amnistía Internacional.. Este es el segundo mercado del norte de Nigeria que ha sido bombardeado por su propia Fuerza Aérea en menos de un mes. El 11 de abril, en Jilli, estado de Yobe, los cazas alcanzaron otro mercado semanal: las cifras oscilan en ese caso entre los 100 y 200 muertos. Y el mismo día del bombardeo de Tumfa, a cientos de kilómetros, otra aeronave militar mataba al menos a 12 civiles en Guradnayi, en el estado de Níger, cuando estos huían precisamente de los terroristas que el ejército debía estar persiguiendo.. Una rutina trágica. Lo que en otro país sería un escándalo nacional, en Nigeria es una rutina. Solo en los primeros cinco meses de 2026, los ataques aéreos del propio ejército nigeriano han matado a más de 230 civiles. La cifra resulta especialmente perturbadora cuando se compara con la que generan los grupos terroristas a los que esos bombardeos pretendían combatir: Boko Haram, su facción JAS y el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP) acumulan entre 220 y 250 víctimas civiles en el mismo periodo, incluyendo la masacre de 170 personas en las aldeas de Nuku y Woro (3 de febrero), los atentados suicidas múltiples de Maiduguri (16 de marzo) y un ataque de ISWAP a una aldea del noreste el 28 de abril.. Es decir: en lo que va de año, el Estado nigeriano ha matado por error a tantos civiles, o más, que la insurgencia yihadista. Es una catástrofe.. Pero tampoco es un fenómeno reciente. Según el think tank SBM Intelligence, al menos 400 civiles han muerto en bombardeos militares en el norte de Nigeria desde 2017. Y habría que sumarle los 230 de este año. La lista es larga y geográficamente dispersa, lo que da una incómoda sensación de asfixia: 20 pescadores en el Lago Chad (septiembre 2021), 64 muertos en Zamfara (diciembre 2022), más de 40 pastores en Nasarawa (enero 2023), entre 85 y 120 fieles musulmanes, en su mayoría mujeres y niños, en Kaduna (diciembre 2023) durante una celebración del Maulud… y sigue una lista que se conoce que aumentará en los próximos meses.. Las explicaciones oficiales se repiten con la crueldad de la burocracia. Se habla de “inteligencia creíble”, de “operaciones rutinarias contra terroristas”, se emiten escuetos “lamentamos profundamente” que no rellenan la pérdida de nadie y que siguen a una sacudida de manos antes de pasar la página. Y las causas reales, lo que omiten los comunicados vacíos, también se repiten: deficiencias graves de inteligencia, drones que confunden civiles con bandidos y una ausencia dramática de coordinación entre fuerzas aéreas y terrestres.. El mito de la compensación. También se repite la ausencia de rendición de cuentas. Nadie parece responsable de los descalabros. A nadie se le exige que lo sea.. Suele citarse en defensa del Estado que 109 senadores nigerianos donaron un mes de salario, en total 109 millones de nairas, a las víctimas de Tudun Biri, el caso más mediático de la última década. Pero conviene aclarar que fue una donación voluntaria, individual y simbólica que los legisladores hicieron como personas, no fue una compensación estatal estructurada. Y no es lo mismo. Y las víctimas lo saben.. Una donación es un acto de caridad privada; una compensación es el reconocimiento institucional de una responsabilidad legal. El Estado nigeriano, como institución responsable de la muerte de aquellas 120 personas, no ha pagado indemnizaciones individuales formales, no ha publicado el informe de su propia investigación interna, y los dos oficiales procesados ante consejo de guerra siguen en un proceso del que apenas trasciende información.. Es el patrón general. Solo en el bombardeo de Navidad de 2024 en Sokoto la Fuerza Aérea pagó algo a las familias, y lo hizo casi un año después, en respuesta a una petición formal y a la presión pública. Para las víctimas de Jilli, Tumfa, Doma, Mutumji, Buhari o Kunkuna no consta ninguna reparación. Las familias de Tudun Biri terminaron demandando al Estado por 33.000 millones de nairas y el caso sigue sin sentencia. Suma y sigue.. La semilla de Boko Haram. ¿Importa esto más allá del drama humano? Importa, y mucho. El Center for Civilians in Conflict, una organización especializada en protección de civiles en zonas de guerra, lleva años advirtiendo que los ataques aéreos nigerianos, al carecer de armamento de precisión y golpear de forma indiscriminada, crean más desconfianza y alimentan la radicalización de los individuos.. Para colmo, Boko Haram, recicla además munición sin detonar del propio ejército para fabricar artefactos explosivos improvisados contra civiles y soldados. El armamento estatal se vuelve, literalmente, contra el Estado. Pocos casos hay en el mundo donde un ejército consigue con tan excelentes resultados matar a sus civiles y armar a los terroristas contra quienes combaten al mismo tiempo.. Cada mercado bombardeado en Zamfara, cada celebración religiosa pulverizada en Kaduna, cada familia que entierra hijos sin recibir respuesta del Estado, planta una semilla que Boko Haram riega, abona y cosecha cuando la fruta está madura. Nadie duda de que los terroristas islámicos son un enemigo por batir, pero lo que suena absolutamente aterrador es encontrarse en manos de un Estado que asesina a sus propios civiles en el proceso y sin asumir un ápice de la responsabilidad debida.
En lo que va de año, el Estado nigeriano ha matado por error a tantos civiles, o más, que la insurgencia yihadista. Es una catástrofe
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