Interesante y bien urdido concierto en el que se daban cita dos obras bien distintas pero enlazadas por un nexo común: la «Canción de Hiawatha», poema épico de Henry Wordsworth Longfellow en torno a un líder indígena del siglo XV. Distintos compositores se basaron en ese tema, entre ellos el británico Samuel Coleridge Taylor. La excelente prosodia, el hábil empleo de temáticas indígenas, la exquisitez instrumental, las dotes melódicas de su pluma, fueron básicas para edificar una partitura de rara calidez, de un aliento pasajeramente épico, de líneas envolventes.. Un cuadro colorista en el que el coro y la orquesta actúan de manera muy armoniosa y en donde se dejan oír acentos envueltos en un inteligente pentatonismo. Una atmósfera y una cultura que captaron también la atención de Dvorák, que parece pensó en abordar el mismo tema y rendir de esta manera homenaje a los indios y a los negros de América. Para llevar a cabo la aventura se contaba con la directora taiwanesa de 53 años, de curiosa y larga carrera. Por lo que hemos visto y oído en esta presentación, es una artista de excelente formación, de técnica muy suelta y definida. De pequeña estatura, mantiene un movimiento continuo, una especie de baile de San Vito, que la hace ir de izquierda a derecha.. Una movilidad que da resultados y que parece orientar y encauzar a los músicos, aparentemente cómodos. Tras una muy acogedora recreación de la obra de Coleridge, con un no muy complicado solo de tenor a cargo del discreto Nicolas Phan, Chen se arremangó y se enfrentó con decisión a la «Sinfonía» dvorakiana, de la que trató de resaltar sus principales efectos a partir de unos tempi moderados.. Supo destacar con tino y cuidado en medio de su continua agitación física los elementos del folklore norteamericano. También acertó a exponer la conocida melodía del «Largo». El nostálgico Re bemol mayor fue bien destacado. Bien esculpido el brutal contraste con el «Scherzo», en Mi menor, que presenta ese tema tan rítmico y juguetón conectado, como arriba decimos con «La canción de Hiawatha». Todo fluyó con naturalidad, aunque no siempre con claridad. Se acumularon los pasajes algo difusos y las texturas se emborronaron de vez en cuando. Falta de planificación. Algo que empañó la buena interpretación general, las frases vigorosas o los fragmentos de espontáneo lirismo. Todo se cerró con bien pese a lo dicho. Una directora competente, aunque en exceso gesticulante. No exquisita, pero eficaz.
Obras de Coleridge Taylor y Dvorák. Tenor: Nicolas Phan. Directora: Mei-Ann Chen. Coro y Orquesta de la Comunidad de Madrid. Auditorio Nacional, Madrid, 5-V-2026
Interesante y bien urdido concierto en el que se daban cita dos obras bien distintas pero enlazadas por un nexo común: la «Canción de Hiawatha», poema épico de Henry Wordsworth Longfellow en torno a un líder indígena del siglo XV. Distintos compositores se basaron en ese tema, entre ellos el británico Samuel Coleridge Taylor. La excelente prosodia, el hábil empleo de temáticas indígenas, la exquisitez instrumental, las dotes melódicas de su pluma, fueron básicas para edificar una partitura de rara calidez, de un aliento pasajeramente épico, de líneas envolventes.. Un cuadro colorista en el que el coro y la orquesta actúan de manera muy armoniosa y en donde se dejan oír acentos envueltos en un inteligente pentatonismo. Una atmósfera y una cultura que captaron también la atención de Dvorák, que parece pensó en abordar el mismo tema y rendir de esta manera homenaje a los indios y a los negros de América. Para llevar a cabo la aventura se contaba con la directora taiwanesa de 53 años, de curiosa y larga carrera. Por lo que hemos visto y oído en esta presentación, es una artista de excelente formación, de técnica muy suelta y definida. De pequeña estatura, mantiene un movimiento continuo, una especie de baile de San Vito, que la hace ir de izquierda a derecha.. Una movilidad que da resultados y que parece orientar y encauzar a los músicos, aparentemente cómodos. Tras una muy acogedora recreación de la obra de Coleridge, con un no muy complicado solo de tenor a cargo del discreto Nicolas Phan, Chen se arremangó y se enfrentó con decisión a la «Sinfonía» dvorakiana, de la que trató de resaltar sus principales efectos a partir de unos tempi moderados.. Supo destacar con tino y cuidado en medio de su continua agitación física los elementos del folklore norteamericano. También acertó a exponer la conocida melodía del «Largo». El nostálgico Re bemol mayor fue bien destacado. Bien esculpido el brutal contraste con el «Scherzo», en Mi menor, que presenta ese tema tan rítmico y juguetón conectado, como arriba decimos con «La canción de Hiawatha». Todo fluyó con naturalidad, aunque no siempre con claridad. Se acumularon los pasajes algo difusos y las texturas se emborronaron de vez en cuando. Falta de planificación. Algo que empañó la buena interpretación general, las frases vigorosas o los fragmentos de espontáneo lirismo. Todo se cerró con bien pese a lo dicho. Una directora competente, aunque en exceso gesticulante. No exquisita, pero eficaz.
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