Más de una vez lo he pensado, que si alguien me preguntara qué es lo que he aprendido en estos ya bastantes años de vida, apenas sabría qué responder: tal vez que a enseñar a mis alumnos lo que debían aprender, y, medianamente, solo medianamente, a escribir… Y pocas cosas más hay que sepa hacer o que valga la pena nombrar, como no sean las que aprendí de niño, la mayoría referidas a la vida campesina y a las labores de la agricultura y del pastoreo.. Bien poco todo ello si se compara con la generación que me precedió, con los hombres del campo, labradores y pastores, que fueron los que yo traté, y de los que vengo, y a los que he profesado siempre admiración y respeto, pues todos, quien más quien menos, y con mayor o menor pericia, sabían tantas cosas: arar y sembrar las tierras, podar los árboles –e injertar, en el caso de los frutales–, recoger y trillar las mieses, uncir y guiar la yunta, apacentar rebaños, curar las heridas de un animal, desollar una res y destazarla, segar la hierba con guadaña y con hoz el trigo o el centeno, reparar herramientas, hacer la leña, retejar un tejado, distinguir por su nombre todos los árboles y plantas, reconocer el canto de todos los pájaros, orientarse y calcular la hora por el sol o las estrellas… Y tan útiles todas, no como las que se aprenden en los libros.. Porque si ahora de repente –y es una suposición que, tal como están los tiempos, no se puede desechar: una guerra, un apagón como el del año pasado por estas fechas, una emergencia de cualquier tipo– tuviéramos que apañárnoslas por nosotros mismos, ¿seríamos capaces de sobrevivir? Me refiero a la supervivencia diaria, con las habilidades y conocimientos que conlleva: proveerse de alimentos, procurarse un cobijo, arreglar los desperfectos, defenderse de las inclemencias, sobrellevar la intemperie…. ¿Nos ayudarían en algo las destrezas informáticas, las aptitudes para la mecánica, la pericia en el uso de las máquinas (cualquier clase de máquinas), la soltura para manejarse con las pantallas y navegar por la realidad virtual? Y la IA, ¿nos sería de algún provecho? Y es que, en general, y salvo excepciones, ¿qué es lo que sabemos ahora?, ¿cuáles son nuestros saberes? Saberes prácticos, quiero decir, saberes aplicables a la vida y la supervivencia en caso de necesidad…. Todo lo cual me trae a la memoria la frase que Francisco Giner de los Ríos, el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, le oyó decir a un pastor soriano: “Todo lo sabemos entre todos”. Sabio y hermoso lema, digno de figurar en todas las instituciones dedicadas a la transmisión y enseñanza del saber, que acaso pueda servirnos también como paño de consuelo y tranquilidad.
“Todo lo sabemos entre todos”. Sabio y hermoso lema
Más de una vez lo he pensado, que si alguien me preguntara qué es lo que he aprendido en estos ya bastantes años de vida, apenas sabría qué responder: tal vez que a enseñar a mis alumnos lo que debían aprender, y, medianamente, solo medianamente, a escribir… Y pocas cosas más hay que sepa hacer o que valga la pena nombrar, como no sean las que aprendí de niño, la mayoría referidas a la vida campesina y a las labores de la agricultura y del pastoreo.. Bien poco todo ello si se compara con la generación que me precedió, con los hombres del campo, labradores y pastores, que fueron los que yo traté, y de los que vengo, y a los que he profesado siempre admiración y respeto, pues todos, quien más quien menos, y con mayor o menor pericia, sabían tantas cosas: arar y sembrar las tierras, podar los árboles –e injertar, en el caso de los frutales–, recoger y trillar las mieses, uncir y guiar la yunta, apacentar rebaños, curar las heridas de un animal, desollar una res y destazarla, segar la hierba con guadaña y con hoz el trigo o el centeno, reparar herramientas, hacer la leña, retejar un tejado, distinguir por su nombre todos los árboles y plantas, reconocer el canto de todos los pájaros, orientarse y calcular la hora por el sol o las estrellas… Y tan útiles todas, no como las que se aprenden en los libros.. Porque si ahora de repente –y es una suposición que, tal como están los tiempos, no se puede desechar: una guerra, un apagón como el del año pasado por estas fechas, una emergencia de cualquier tipo– tuviéramos que apañárnoslas por nosotros mismos, ¿seríamos capaces de sobrevivir? Me refiero a la supervivencia diaria, con las habilidades y conocimientos que conlleva: proveerse de alimentos, procurarse un cobijo, arreglar los desperfectos, defenderse de las inclemencias, sobrellevar la intemperie…. ¿Nos ayudarían en algo las destrezas informáticas, las aptitudes para la mecánica, la pericia en el uso de las máquinas (cualquier clase de máquinas), la soltura para manejarse con las pantallas y navegar por la realidad virtual? Y la IA, ¿nos sería de algún provecho? Y es que, en general, y salvo excepciones, ¿qué es lo que sabemos ahora?, ¿cuáles son nuestros saberes? Saberes prácticos, quiero decir, saberes aplicables a la vida y la supervivencia en caso de necesidad…. Todo lo cual me trae a la memoria la frase que Francisco Giner de los Ríos, el fundador de la Institución Libre de Enseñanza, le oyó decir a un pastor soriano: “Todo lo sabemos entre todos”. Sabio y hermoso lema, digno de figurar en todas las instituciones dedicadas a la transmisión y enseñanza del saber, que acaso pueda servirnos también como paño de consuelo y tranquilidad.
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