Tiene su gracia pensar en la figura de un criptofascista obscenamente rico como Elon Musk reconvertido en perro biónico: desprovisto de la capacidad de mando, privado de poder, protagonista de una jerarquía invertida, a cuatro patas, jadeando, corriendo detrás de una pelota sostenido sobre unas raquíticas extremidades tecnológicas mientras babea, reducido de manera excitante a un complemento inofensivo. De entre todos los animales posibles, tal vez el del mejor amigo del hombre sea el más acertado comparativamente en términos metafóricos de supeditación, dependencia y sumisión si pensamos en la relación del magnate estadounidense con Trump antes de protagonizar esas sonadas matrimoniadas ocurridas el verano pasado que terminaron en divorcio. Pero si nos atenemos a una precisión más física, cualquier anfibio (nos sirven los ajolotes, los tritones o algún subtipo de rana) parecería más ajustado.. Exactitudes biológicas y taxonomías satíricas aparte, resulta estimulante, decíamos, imaginar los movimientos alienados de un canino robotizado con su cara y lo que es más preocupante: distópicamente factible. En un mundo algorítmico cada vez más empujado a la convivencia inminente –en algunos casos susceptible de convertirse de forma directa en un escenario de reemplazo– con la aplicación generalizada de la IA, sólo era cuestión de tiempo que supervillanos neoliberales cocreadores de toda esta realidad escaneada como Mark Zuckerberg, Jeff Bezos o el propio Musk terminaran convertidos en divertidas réplicas de sus propias ambiciones empresariales.. Actualmente la Neue Nationalgalerie de Berlín alberga «Regular Animals», una instalación interactiva del artista Mike Winkelmann protagonizada por perros robot equipados con cabezas de silicona hiperrealistas de figuras como las mencionadas anteriormente pero también de Kim Jong Un o artistas como Warhol y Picasso. Conocido artísticamente como Beeple, el creador digital, diseñador gráfico y animador norteamericano es conocido por incluir en la producción de sus obras configuraciones de futuros distópicos enlazados con alusiones políticas y sociales que se vertebran a través de la incorporación de figuras pop. En estos momentos, pocas caras más pop que las de Musk o Bezos, al que recientemente se ha caricaturizado de manera relativa en una suerte de trasunto de multimillonario ridículo en «El diablo viste de Prada 2».. «Ahora nuestra visión del mundo la moldean los multimillonarios tecnológicos que poseen potentes algoritmos que deciden qué vemos y qué no vemos». Mike Winkelmann. Por si fuera poco entretenido contemplar la hibridación anatómica resultante, estas máquinas inquietas que deambulan por la sala –con una energía a medio camino entre la inocencia dosmilera de Pipi Max y la escalofriante deshumanización de los replicantes de «Blade Runner»–, cada robot está equipado con cámaras que capturan su entorno y luego lo procesan en imágenes impresas transformadas por la IA (y tamizadas por el estilo del personaje representado en cuestión), que expulsan imitando la digestión. De esta manera el «perro Picasso» defeca fragmentos de realidad en clave cubista o el «perro Warhol» lo hace al estilo pop art, convirtiendo la vigilancia tecnológica en una diatriba artística sobre el legado y la percepción.. Según Winkelmann, la muestra reflexiona sobre cómo nuestras percepciones se moldean a través de algoritmos y plataformas tecnológicas, y de los multimillonarios tecnológicos que son sus propietarios. «En el pasado, nuestra visión del mundo se configuraba en parte por cómo los artistas lo veían, cómo pintaba Picasso cambió cómo veíamos el mundo, cómo Warhol hablaba del consumismo y la cultura pop cambió cómo veíamos esas cosas. Ahora nuestra visión del mundo la moldean los multimillonarios tecnológicos que poseen potentes algoritmos que deciden qué vemos y qué no vemos», explica el artista. Y qué poco nos gusta lo visto. Por muchos huesos que nos sigan tirando.
El artista digital Beeple presenta una inquietante muestra en Berlín con cabezas hiperrealistas de silicona de Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos sobre cuerpos de perros robotizados
Tiene su gracia pensar en la figura de un criptofascista obscenamente rico como Elon Musk reconvertido en perro biónico: desprovisto de la capacidad de mando, privado de poder, protagonista de una jerarquía invertida, a cuatro patas, jadeando, corriendo detrás de una pelota sostenido sobre unas raquíticas extremidades tecnológicas mientras babea, reducido de manera excitante a un complemento inofensivo. De entre todos los animales posibles, tal vez el del mejor amigo del hombre sea el más acertado comparativamente en términos metafóricos de supeditación, dependencia y sumisión si pensamos en la relación del magnate estadounidense con Trump antes de protagonizar esas sonadas matrimoniadas ocurridas el verano pasado que terminaron en divorcio. Pero si nos atenemos a una precisión más física, cualquier anfibio (nos sirven los ajolotes, los tritones o algún subtipo de rana) parecería más ajustado.. Exactitudes biológicas y taxonomías satíricas aparte, resulta estimulante, decíamos, imaginar los movimientos alienados de un canino robotizado con su cara y lo que es más preocupante: distópicamente factible. En un mundo algorítmico cada vez más empujado a la convivencia inminente –en algunos casos susceptible de convertirse de forma directa en un escenario de reemplazo– con la aplicación generalizada de la IA, sólo era cuestión de tiempo que supervillanos neoliberales cocreadores de toda esta realidad escaneada como Mark Zuckerberg, Jeff Bezos o el propio Musk terminaran convertidos en divertidas réplicas de sus propias ambiciones empresariales.. Actualmente la Neue Nationalgalerie de Berlín alberga «Regular Animals», una instalación interactiva del artista Mike Winkelmann protagonizada por perros robot equipados con cabezas de silicona hiperrealistas de figuras como las mencionadas anteriormente pero también de Kim Jong Un o artistas como Warhol y Picasso. Conocido artísticamente como Beeple, el creador digital, diseñador gráfico y animador norteamericano es conocido por incluir en la producción de sus obras configuraciones de futuros distópicos enlazados con alusiones políticas y sociales que se vertebran a través de la incorporación de figuras pop. En estos momentos, pocas caras más pop que las de Musk o Bezos, al que recientemente se ha caricaturizado de manera relativa en una suerte de trasunto de multimillonario ridículo en «El diablo viste de Prada 2».. «Ahora nuestra visión del mundo la moldean los multimillonarios tecnológicos que poseen potentes algoritmos que deciden qué vemos y qué no vemos». Por si fuera poco entretenido contemplar la hibridación anatómica resultante, estas máquinas inquietas que deambulan por la sala –con una energía a medio camino entre la inocencia dosmilera de Pipi Max y la escalofriante deshumanización de los replicantes de «Blade Runner»–, cada robot está equipado con cámaras que capturan su entorno y luego lo procesan en imágenes impresas transformadas por la IA (y tamizadas por el estilo del personaje representado en cuestión), que expulsan imitando la digestión. De esta manera el «perro Picasso» defeca fragmentos de realidad en clave cubista o el «perro Warhol» lo hace al estilo pop art, convirtiendo la vigilancia tecnológica en una diatriba artística sobre el legado y la percepción.. Según Winkelmann, la muestra reflexiona sobre cómo nuestras percepciones se moldean a través de algoritmos y plataformas tecnológicas, y de los multimillonarios tecnológicos que son sus propietarios. «En el pasado, nuestra visión del mundo se configuraba en parte por cómo los artistas lo veían, cómo pintaba Picasso cambió cómo veíamos el mundo, cómo Warhol hablaba del consumismo y la cultura pop cambió cómo veíamos esas cosas. Ahora nuestra visión del mundo la moldean los multimillonarios tecnológicos que poseen potentes algoritmos que deciden qué vemos y qué no vemos», explica el artista. Y qué poco nos gusta lo visto. Por muchos huesos que nos sigan tirando.
Noticias de cultura en La Razón
