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  Opinión  Conocer la religión para poder conocernos
Opinión

Conocer la religión para poder conocernos

16 de abril de 2026
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Los tiempos pasaron a ser inequívocamente modernos cuando a nadie le podía caber ya ninguna duda de que la física había destronado a la teología como reina de las ciencias. Mucho puede discutirse sobre si ese reinado se mantiene y sobre si, por tanto, seguimos siendo modernos o no, pero hay una manera muy tranquilizadora de despachar la cuestión: basta con proclamar que las ciencias, democráticas de por sí, casan mal con la metáfora de un Gobierno monárquico y rehúyen toda jerarquía. Ellas son —se dirá con la altisonancia de quien afirma algo que lo consagra como persona razonable— ciudadanas iguales y libres de la república del conocimiento, y el auditorio aplaudirá a continuación, aunque quizá lo haga con invencible tedio. No faltará quien sospeche que todos esos redobles de tambor son el ruido con que se incordia para celebrar que las ciencias estén sujetas al señorío tecnológico, incluida la única que no parece ser sierva de nadie, a saber, la que Thomas Carlyle llamó la dismal science: ni siquiera, en efecto, la ciencia lúgubre de la economía se libra de estar gobernada por las máquinas que tantos favores le deben.. Seguir leyendo

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Las creencias religiosas están en el centro de las ciencias de la cultura si estas quieren enseñar las raíces del malestar humano

  

Los tiempos pasaron a ser inequívocamente modernos cuando a nadie le podía caber ya ninguna duda de que la física había destronado a la teología como reina de las ciencias. Mucho puede discutirse sobre si ese reinado se mantiene y sobre si, por tanto, seguimos siendo modernos o no, pero hay una manera muy tranquilizadora de despachar la cuestión: basta con proclamar que las ciencias, democráticas de por sí, casan mal con la metáfora de un Gobierno monárquico y rehúyen toda jerarquía. Ellas son —se dirá con la altisonancia de quien afirma algo que lo consagra como persona razonable— ciudadanas iguales y libres de la república del conocimiento, y el auditorio aplaudirá a continuación, aunque quizá lo haga con invencible tedio. No faltará quien sospeche que todos esos redobles de tambor son el ruido con que se incordia para celebrar que las ciencias estén sujetas al señorío tecnológico, incluida la única que no parece ser sierva de nadie, a saber, la que Thomas Carlyle llamó la dismal science: ni siquiera, en efecto, la ciencia lúgubre de la economía se libra de estar gobernada por las máquinas que tantos favores le deben.. La modernidad europea y americana, y después la planetaria, hija de la globalización y nieta de la expansión colonial, metabolizó el cristianismo convirtiéndolo en parte del ajuar sentimental privado (ese es el principal valor que a la religión dan los tópicos culturales vigentes), pero no pudo evitar que los contenidos de aquella fe, sometidos a una inquietante alquimia, anidasen en el corazón mismo del sistema circulatorio moderno. Cuando Dios se transfiguró en el soberano político (primero monarca y después pueblo), la redención en la revolución, la providencia en el progreso, el milagro en la transgresión y la bienaventuranza en el bienestar, los modernos ya podían presumir de estar debidamente secularizados, pero quizá entonces su dependencia de los dogmas cristianos, inconsciente por fuerza, pasó a ser más implacable que nunca.. Cada cual puede presumir de ser todo lo laico que quiera, pero lo hará bajo los efectos de una explosiva mezcla religiosa en la que se amontonan caóticamente la secularización cristiana (la cual no deja de afectar a apenas ningún aspecto de la vida), los intentos de resistencia a secularizarse emprendidos por otras religiones monoteístas y la supervivencia de sabidurías y religiones orientales, convertidas a menudo en material terapeútico con que impregnar la esponja cultural de Occidente una vez desecadas todas las fuentes de lo que se llamó espíritu. Quizá no haya mucha gente en condiciones de hacerse cargo de la ironía religiosa de nuestro tiempo: ni los creyentes admitirán de buen grado que su religión es la larva de metamorfosis irreconocibles ni quienes presumen de laicos tolerarán la insinuación de que toda su visión del mundo es religión metabolizada, aunque a menudo no muy bien digerida.. En cierto momento del proceso de secularización, algunos países juzgaron que la supresión de los estudios teológicos en las universidades civiles era un requisito modernizador obligado. No se había cumplido un mes de la revolución de septiembre de 1868, cuando un decreto suprimía las tres facultades de Teología que subsistían en España (en la Universidad Central y en Salamanca y Sevilla, con siete profesores en la primera y cinco en cada una de las otras dos). Al Estado, decía el decreto ministerial con argumentos que suenan muy actuales siglo y medio después, le “compete únicamente cumplir fines temporales de la vida” y debe, por tanto, “permanecer extraño a la enseñanza del dogma y dejar que los diocesanos la dirijan en sus seminarios con la independencia debida. La ciencia universitaria y la teología tienen cada cual su criterio propio, y conviene que ambas se mantengan independientes”. En aquel entonces, las universidades públicas de varios lugares de Italia se habían adelantado a España, y las de Francia la secundarían no mucho después. Conviene añadir, sin embargo, que no ocurrió lo mismo ni en Alemania ni en el mundo anglosajón, donde todavía en nuestros días perviven la Theologische Fakultät (evangélica o católica) y la School of Divinity, sin que nadie se escandalice por ello.. Contra lo que a primera vista parece, la supresión de los estudios religiosos en las universidades civiles es (con las excepciones alemana y austríaca) un fenómeno católico y bien católico. Puede que gran parte de la opinión pública española se dé por contenta con la manera de razonar imperante en 1868, pero los resultados están muy lejos de ser saludables. Cuando las universidades civiles rehúyen el estudio de la religión, es posible que el prurito laicista se salga con la suya, pero el ceder en exclusiva tales enseñanzas a los establecimientos confesionales produce resultados no siempre felices. La religión es la gramática oculta, inconsciente como toda gramática, de la mayor parte de lo pensado y dicho, y el examen de esta circunstancia debería estar en el centro de las ciencias humanas y del pensamiento. Las huellas de la religión se pueden encontrar en todas partes y no solo en los lugares sagrados, y lo sagrado no les quita su condición de huella.. Puede que los estudios de Ciencias de las Religiones implantados hace poco en alguna universidad española no congreguen a un número desmesurado de alumnos, y eso permitirá siempre, como es natural, argüir que dichas ciencias son caras y ociosas, y suprimirlas precipitadamente en aras de una administración rigurosa de los caudales públicos. Es cierto que algunas enseñanzas no serán nunca multitudinarias (no lo serán, por ejemplo, los dobles grados en Matemáticas y Física, estudios hiperselectivos que, con toda razón, nadie se propone eliminar), pero es probable que quienes sigan con provecho el grado en Ciencias de las Religiones tengan una capacidad de influencia muy superior a lo sugerido por su modesto número, y esto no deberían ignorarlo los gestores universitarios, a veces demasiado fascinados por la ciencia lúgubre antes referida. Hay estudios gregariamente seguidos que se consumen en su propia nadería y estudios minoritarios cuyos efectos se multiplican de manera insospechada.. La religión está en el centro de las ciencias de la cultura si lo que en estas se quiere enseñar son las raíces del malestar humano y no un compendio de audioguías turísticas. Cuando decimos que algo es un calvario, que alguien está cargando con una cruz o que lo que ha hecho fulano es lavarse las manos no empleamos frases hechas que pudieran sustituirse por otras, sino que estamos participando sin querer en la migración de lo religioso desde lo literal a lo figurado, y lo cierto es que los mortales habitamos un mundo de imágenes en el que actuamos como figuras evanescentes, harto propensas a desdibujarse. También quien cree que la verdad es lo producido por la técnica y lo conveniente para la economía se vale de palabras que alguna vez fueron religiosas, con capas de significado que alguien debería saber desentrañar. No es necesario que sean millones. Basta con que haya unos pocos (quizá poquísimos) que nos libren de la ceguera y de la estupidez. En realidad, la conciencia lúcida de las cosas suele ser el resultado de la acción de muy pocos, que además no constituyen una élite exquisita, sino que pasan la mayor parte de la vida peleando para no ser eliminados por motivos de conveniencia más o menos bárbara. El papel de las religiones en nuestras vidas no es un asunto cómodo de examinar ni de asimilar, y seguramente su noticia producirá toda clase de malestares, pero necesitamos esa conciencia para no ser unos idiotas perfectos o, por lo menos, para que nuestra inevitable idiotez se mantenga entre los límites del decoro y deje abiertas algunas grietas por las que, llegado el caso, pueda infiltrarse algún agente exterior.. Antonio Valdecantos es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Su último libro es El desdichado final de la compañera Q ( Guillermo Escolar Editor).

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