Hubiera cumplido don Mario los noventa años el pasado 28 de marzo, en vísperas del Domingo de Ramos. Se fue con 89, tal fecha como hoy, un día de la Semana Santa de 2025 en el que llovía y a ratos salía el sol en Madrid, en Cádiz y en Lima. En Málaga creo que procesionaba Nuestro Padre Jesús «El Rico». Me quedé entonces –de asueto– con la espina de escribir sobre el maestro –ya se lo curraron mis compañeros– y hoy me la puedo quitar.. Pasé muy buenos ratos leyendo a [[LINK:TAG|||tag|||63361be687d98e3342b2768f|||Vargas Llosa]], el último –hasta la fecha– este verano cuando me «zampé» esa monumental novela –se extiende en torno a las mil páginas– que escribió «nuestro» último Nobel de Literatura sobre el Brasil de fines del XIX: «La guerra del fin del mundo» en edición de Alfaguara. En su día no fui capaz de pasar de las 80 páginas, quizás sobrepasado por el tamaño de la obra, pero tomada con tiempo –con tres semanas de vacaciones, uno se atreve con todo: de «La montaña mágica» a «Fortunata y Jacinta»– me sumergí hasta el fondo en esa legendaria historia de repúblicas, Canudos, tribus, profetas, sertones, desiertos donde se habla portugués, bandoleros, putas y personajes brutales como Joao Grande, Joao Abade, Pajeú o el redentor Antonio Conselheiro. Puro goze lector. Seguí luego, enganchado a la prosa del escritor hispano-peruano, con «El sueño del Celta», pero las peripecias del peligroso idealista irlandés en el África Colonial no me conquistaron al punto que tuve que dejarla a medias. Quizás le dé otra oportunidad.. Me gustaron mucho, lo confieso, sus dos últimas novelas. Dicen que «Les dedico mi silencio» es una obra menor, pero a mí, sin ser espectacular como la citada «Guerra del fin del mundo», me pareció gustosa, redondita, dulce con su vals peruano al compás de las olas del mar, el entrañable Lalo Molfino, su criollismo, la costa de Piura, Chabuca Granda, etcétera. Y qué decir de «Tiempos recios», título tomado de la frase de Santa Teresa. La he leído hasta en tres ocasiones y con cada una me he reafirmado en que, para mí, es un libro más interesante que «La fiesta del Chivo», con la que me he puesto sendas veces sin llegar hasta la culminación de la emboscada que le tienden a Leónidas Trujillo, sobre quien Mario tiene la habilidad de meternos es sus calzoncillos, ni saber qué pasa finalmente con Uranita Cabral.. Una chica polaca especialista en Bolaño con la que intimé me explicó la técnica –creo que eran las cajas chinas– con la que Vargas Llosa compuso «Conversación en la Catedral», novela a la que no consigo cogerle el punto pero que me ofrece ese recurso de parafrasear la famosa frase de «cuándo se había jodido el Perú, Zabalita». «La ciudad y los perros», perdónenme, pero la tengo pendiente. «Pantaleón y las visitadoras», «Los jefes» y «Los cachorros» los tomé prestados de la biblioteca de mi abuela. Gratas lecturas. Pero para mí, Vargas Llosa era también un liberal como debe ser un liberal, sin apellidos. Cómo vibré escuchando su discurso en octubre de 2017 en Barcelona: «Ciudad medieval asediada por la peste», dijo del nacionalismo. Coincidí, por cierto, con él en los toros. Domingo de Resurrección. Toreaba Roca Rey en La Maestranza.
El 13 de abril de 2025 murió a la edad de 89 años el Premio Nobel de Literatura
Hubiera cumplido don Mario los noventa años el pasado 28 de marzo, en vísperas del Domingo de Ramos. Se fue con 89, tal fecha como hoy, un día de la Semana Santa de 2025 en el que llovía y a ratos salía el sol en Madrid, en Cádiz y en Lima. En Málaga creo que procesionaba Nuestro Padre Jesús «El Rico». Me quedé entonces –de asueto– con la espina de escribir sobre el maestro –ya se lo curraron mis compañeros– y hoy me la puedo quitar.. Pasé muy buenos ratos leyendo a Vargas Llosa, el último –hasta la fecha– este verano cuando me «zampé» esa monumental novela –se extiende en torno a las mil páginas– que escribió «nuestro» último Nobel de Literatura sobre el Brasil de fines del XIX: «La guerra del fin del mundo» en edición de Alfaguara. En su día no fui capaz de pasar de las 80 páginas, quizás sobrepasado por el tamaño de la obra, pero tomada con tiempo –con tres semanas de vacaciones, uno se atreve con todo: de «La montaña mágica» a «Fortunata y Jacinta»– me sumergí hasta el fondo en esa legendaria historia de repúblicas, Canudos, tribus, profetas, sertones, desiertos donde se habla portugués, bandoleros, putas y personajes brutales como Joao Grande, Joao Abade, Pajeú o el redentor Antonio Conselheiro. Puro goze lector. Seguí luego, enganchado a la prosa del escritor hispano-peruano, con «El sueño del Celta», pero las peripecias del peligroso idealista irlandés en el África Colonial no me conquistaron al punto que tuve que dejarla a medias. Quizás le dé otra oportunidad.. Me gustaron mucho, lo confieso, sus dos últimas novelas. Dicen que «Les dedico mi silencio» es una obra menor, pero a mí, sin ser espectacular como la citada «Guerra del fin del mundo», me pareció gustosa, redondita, dulce con su vals peruano al compás de las olas del mar, el entrañable Lalo Molfino, su criollismo, la costa de Piura, Chabuca Granda, etcétera. Y qué decir de «Tiempos recios», título tomado de la frase de Santa Teresa. La he leído hasta en tres ocasiones y con cada una me he reafirmado en que, para mí, es un libro más interesante que «La fiesta del Chivo», con la que me he puesto sendas veces sin llegar hasta la culminación de la emboscada que le tienden a Leónidas Trujillo, sobre quien Mario tiene la habilidad de meternos es sus calzoncillos, ni saber qué pasa finalmente con Uranita Cabral.. Una chica polaca especialista en Bolaño con la que intimé me explicó la técnica –creo que eran las cajas chinas– con la que Vargas Llosa compuso «Conversación en la Catedral», novela a la que no consigo cogerle el punto pero que me ofrece ese recurso de parafrasear la famosa frase de «cuándo se había jodido el Perú, Zabalita». «La ciudad y los perros», perdónenme, pero la tengo pendiente. «Pantaleón y las visitadoras», «Los jefes» y «Los cachorros» los tomé prestados de la biblioteca de mi abuela. Gratas lecturas. Pero para mí, Vargas Llosa era también un liberal como debe ser un liberal, sin apellidos. Cómo vibré escuchando su discurso en octubre de 2017 en Barcelona: «Ciudad medieval asediada por la peste», dijo del nacionalismo. Coincidí, por cierto, con él en los toros. Domingo de Resurrección. Toreaba Roca Rey en La Maestranza.
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