La historia desde abajo, esto es, ajena a los grandes políticos e instituciones, da sorpresas en ocasiones. Muchas veces, esta forma de ver el pasado ha servido para sacar de la «invisibilidad» a las clases populares. Esto ha permitido construir un discurso moral sobre la dominación y la pobreza como justificación de la violencia política de grupos revolucionarios en nombre de los indefensos. Y otras, como es el caso del libro de Alejandro Espejo Fernández, sale a la luz una historia de los crímenes perpetrados por «los de abajo» y sus representantes que desmonta dicho relato.. El autor es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad CEU San Pablo, en Madrid, y analiza lo que denomina «holocausto de la aristocracia» como un fenómeno caracterizado por la persecución y eliminación física de un grupo social que, aunque minoritario, sufrió un impacto proporcionalmente devastador durante la Guerra Civil, tomada por muchos como un proceso revolucionario para liquidar a la España que estorbaba en el camino al paraíso comunista o anarquista. De hecho, la Segunda República identificó a la aristocracia como un obstáculo para lo que veían como una modernización del Estado. Su pecado era el vínculo histórico con la monarquía.. El primer desafío –cuenta Espejo Fernández– fue la reforama agraria del año 1932. La norma contemplaba la expropiación sin indemnización de las tierras de los Grandes de España, lo que generó miedo entre los nobles y un clima de alarma económica. La tensión alcanzó su cenit tras la llegada al poder del Frente Popular en febrero de 1936. En el campo, recuerda el autor, se llevó a cabo una ocupación masiva e ilegal de fincas, y se rompieron las estructuras tradicionales de trabajo. En las ciudades, el ambiente se volvió «irrespirable». El odio de clase era tan evidente que muchas familias de aristócratas optaron por alquilar sus casas a embajadas extranjeras para proteger sus vidas y sus bienes, y otras abandonaron España o se instalaron cerca de la frontera con Francia.. Espejo Fernández destaca que el golpe de Estado contó con una activa «trama civil» en la que participaron destacados nobles. El marqués de Luca de Tena, por ejemplo, fue fundamental en la operación del avión «Dragon Rapide» para trasladar a Franco desde Canarias a Marruecos. Otros, como el conde de los Andes o el marqués de Tamarón, colaboraron estrechamente en la coordinación del alzamiento en sus respectivas provincias. No obstante, también existieron intentos aislados desde la nobleza, como el del marqués de Carvajal, para advertir al presidente Azaña de la conspiración golpista y evitar la guerra civil. Al estallar el conflicto, la división geográfica de España selló la suerte de muchos. El triunfo de los sublevados permitió en ciudades como Sevilla o Pamplona que los nobles estuvieran protegidos y se unieran al esfuerzo bélico. No obstante, en lugares como Madrid, Barcelona y Valencia la aristocracia quedó atrapada y comenzó la liquidación social. El marqués de Amurrio resumió la situación: «El 18 de julio de 1936 pasamos de ser seres normales a convertirnos en una especie de conejos perseguidos sin piedad».. Las cifras no engañan. En julio de 1936, el censo de la nobleza en España estaba compuesto por 1.872 personas. Espejo Fernández cuenta que fallecieron 215 de ellas (el 11,5%), de los cuales 162 fueron asesinados, representando más del 8,5% del total del estamento. Si se incluyen familiares, la cifra de víctimas mortales supera las 450 personas, con un 80% ejecutadas extrajudicialmente. La obra cuenta que la represión se concentró en los meses iniciales del conflicto impulsada por el colapso del orden público y una retórica de deshumanización que tildaba a los nobles de «gérmenes» o «parásitos». Geográficamente, Madrid fue el epicentro con el 70% de los crímenes. Destacan las matanzas de Paracuellos del Jarama, donde se clasificó específicamente a los presos por su condición de «aristócratas» para ser fusilados, como ocurrió con el duque de Almenara Alta. En Aravaca fueron ejecutados los hermanos Borbón (marqueses de Squilache y Balboa), y en Vallecas, el marqués de las Torres de Orán junto a sus hijos.. El martirio de muchos. Valencia registró el 9% de los asesinatos, destacando el martirio de la familia de los marqueses de Laconi. Por su parte, el País Vasco concentró el 8%, con episodios sangrientos en los buques-prisión «Cabo Quilates» y «Altuna Mendi» en Bilbao, donde asesinaron al marqués de Arriluce de Ibarra y al marqués de los Castillejos, entre otros. También se documentan crímenes en Málaga y Pizarra, donde fue diezmada la familia del marqués de Sotomayor. Espejo Fernández llama «holocausto» a esta liquidación sistemática que supuso una mutilación demográfica y social sin precedentes para el estamento nobiliario en la Historia española.. Frente a la barbarie, el asilo diplomático se convirtió en el único salvavidas para miles de perseguidos. La labor humanitaria de diplomáticos como el chileno Aurelio Núñez Morgado o el noruego Felix Schlayer permitió salvar muchas vidas. Espejo Fernández relata cómo en las embajadas, duquesas y criadas compartían tareas domésticas y penurias por el hacinamiento y la falta de alimentos. Hay casos de película, como el de la duquesa de Victoria, que salió de la cárcel por un error administrativo y fue protegida por la embajada argentina. O el de la duquesa de Lerma, rescatada de un prostíbulo por un chequista antes de refugiarse en la legación mexicana. Tampoco faltaron los gestos de humanidad por parte de algunos dirigentes republicanos, como Juan Negrín o Manuel de Irujo, que intervinieron para facilitar canjes o liberaciones de nobles cuyas vidas peligraban.. En la zona sublevada, la aristocracia realizó un alistamiento masivo. La propaganda del régimen, narra Espejo Fernández, presentó esta actitud como una revalidación de las glorias históricas del estamento nobiliario. El periodista Víctor Ruiz Albéniz escribió: «¡Honor a los “sangre azul”! Otra vez en España se viven días de Romancero. Otra vez, como antaño, como siempre, los de más rancio y puro linaje se saben obligados a mostrarse dignos de su prosapia (…) ganando en buena lid el derecho a la supervivencia (…) ¡Nunca fueron más Grandes de España que ahora, que dan la vida por ella!». No obstante, el autor separa el uso propagandístico de la realidad familiar. Por ejemplo, las cartas de despedida de jóvenes como el marqués de Estepa (hijo del duque del Infantado), que aceptaban el sacrificio como una exigencia de Dios y de España, fueron utilizadas para forjar el mito del héroe-mártir nobiliario. Empero, tras la dimensión propagandística de estas muertes existía el dolor íntimo familiar. No faltaron aristócratas que hablaron de una «tercera España» entre «hunos» y «hotros». El marqués de Carvajal, exiliado en Francia, defendió una paz negociada y un armisticio que evitara una victoria cimentada en el odio. Su propuesta le valió ser juzgado por traición por el Cuartel General de Franco, demostrando que la intransigencia no admitía matices.. Una imitación de otras revoluciones. La liquidación social en la España de 1936 imitó a la Revolución Francesa y a la rusa. En Francia, entre los años 1789 y 1790, la Asamblea Nacional abolió los privilegios hereditarios y desmanteló jurídicamente a la nobleza, mientras que el Terror (1793–1794) intensificó la persecución física, con alrededor de 1.300 a 1.600 nobles ejecutados según el historiador Donald Greer, o hasta 10.000 para Simon Schama. También hubo miles de emigrados, como contó François Furet. En Rusia, el holocausto fue todavía más cruel: un decreto de 1917 eliminó los estamentos y confiscó unos 150 millones de hectáreas, en gran parte pertenecientes a los nobles, señala la historiadora Sheila Fitzpatrick en sus investigaciones. Durante la guerra civil y la consolidación bolchevique, hasta la década de 1930, la represión alcanzó niveles masivos: entre 50.000 y 200.000 nobles murieron, según aseguran Orlando Figes y Richard Pipes, y más de 150.000 se exiliaron.
Alejandro Espejo Fernández presenta su libro como «la última matanza» de la que todavía no había dado cuenta la historia oficial. Una obra que aborda la persecución sin piedad de los miembros de la nobleza española
La historia desde abajo, esto es, ajena a los grandes políticos e instituciones, da sorpresas en ocasiones. Muchas veces, esta forma de ver el pasado ha servido para sacar de la «invisibilidad» a las clases populares. Esto ha permitido construir un discurso moral sobre la dominación y la pobreza como justificación de la violencia política de grupos revolucionarios en nombre de los indefensos. Y otras, como es el caso del libro de Alejandro Espejo Fernández, sale a la luz una historia de los crímenes perpetrados por «los de abajo» y sus representantes que desmonta dicho relato.. El autor es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad CEU San Pablo, en Madrid, y analiza lo que denomina «holocausto de la aristocracia» como un fenómeno caracterizado por la persecución y eliminación física de un grupo social que, aunque minoritario, sufrió un impacto proporcionalmente devastador durante la Guerra Civil, tomada por muchos como un proceso revolucionario para liquidar a la España que estorbaba en el camino al paraíso comunista o anarquista. De hecho, la Segunda República identificó a la aristocracia como un obstáculo para lo que veían como una modernización del Estado. Su pecado era el vínculo histórico con la monarquía.. El primer desafío –cuenta Espejo Fernández– fue la reforama agraria del año 1932. La norma contemplaba la expropiación sin indemnización de las tierras de los Grandes de España, lo que generó miedo entre los nobles y un clima de alarma económica. La tensión alcanzó su cenit tras la llegada al poder del Frente Popular en febrero de 1936. En el campo, recuerda el autor, se llevó a cabo una ocupación masiva e ilegal de fincas, y se rompieron las estructuras tradicionales de trabajo. En las ciudades, el ambiente se volvió «irrespirable». El odio de clase era tan evidente que muchas familias de aristócratas optaron por alquilar sus casas a embajadas extranjeras para proteger sus vidas y sus bienes, y otras abandonaron España o se instalaron cerca de la frontera con Francia.. Espejo Fernández destaca que el golpe de Estado contó con una activa «trama civil» en la que participaron destacados nobles. El marqués de Luca de Tena, por ejemplo, fue fundamental en la operación del avión «Dragon Rapide» para trasladar a Franco desde Canarias a Marruecos. Otros, como el conde de los Andes o el marqués de Tamarón, colaboraron estrechamente en la coordinación del alzamiento en sus respectivas provincias. No obstante, también existieron intentos aislados desde la nobleza, como el del marqués de Carvajal, para advertir al presidente Azaña de la conspiración golpista y evitar la guerra civil. Al estallar el conflicto, la división geográfica de España selló la suerte de muchos. El triunfo de los sublevados permitió en ciudades como Sevilla o Pamplona que los nobles estuvieran protegidos y se unieran al esfuerzo bélico. No obstante, en lugares como Madrid, Barcelona y Valencia la aristocracia quedó atrapada y comenzó la liquidación social. El marqués de Amurrio resumió la situación: «El 18 de julio de 1936 pasamos de ser seres normales a convertirnos en una especie de conejos perseguidos sin piedad».. Las cifras no engañan. En julio de 1936, el censo de la nobleza en España estaba compuesto por 1.872 personas. Espejo Fernández cuenta que fallecieron 215 de ellas (el 11,5%), de los cuales 162 fueron asesinados, representando más del 8,5% del total del estamento. Si se incluyen familiares, la cifra de víctimas mortales supera las 450 personas, con un 80% ejecutadas extrajudicialmente. La obra cuenta que la represión se concentró en los meses iniciales del conflicto impulsada por el colapso del orden público y una retórica de deshumanización que tildaba a los nobles de «gérmenes» o «parásitos». Geográficamente, Madrid fue el epicentro con el 70% de los crímenes. Destacan las matanzas de Paracuellos del Jarama, donde se clasificó específicamente a los presos por su condición de «aristócratas» para ser fusilados, como ocurrió con el duque de Almenara Alta. En Aravaca fueron ejecutados los hermanos Borbón (marqueses de Squilache y Balboa), y en Vallecas, el marqués de las Torres de Orán junto a sus hijos.. Valencia registró el 9% de los asesinatos, destacando el martirio de la familia de los marqueses de Laconi. Por su parte, el País Vasco concentró el 8%, con episodios sangrientos en los buques-prisión «Cabo Quilates» y «Altuna Mendi» en Bilbao, donde asesinaron al marqués de Arriluce de Ibarra y al marqués de los Castillejos, entre otros. También se documentan crímenes en Málaga y Pizarra, donde fue diezmada la familia del marqués de Sotomayor. Espejo Fernández llama «holocausto» a esta liquidación sistemática que supuso una mutilación demográfica y social sin precedentes para el estamento nobiliario en la Historia española.. Frente a la barbarie, el asilo diplomático se convirtió en el único salvavidas para miles de perseguidos. La labor humanitaria de diplomáticos como el chileno Aurelio Núñez Morgado o el noruego Felix Schlayer permitió salvar muchas vidas. Espejo Fernández relata cómo en las embajadas, duquesas y criadas compartían tareas domésticas y penurias por el hacinamiento y la falta de alimentos. Hay casos de película, como el de la duquesa de Victoria, que salió de la cárcel por un error administrativo y fue protegida por la embajada argentina. O el de la duquesa de Lerma, rescatada de un prostíbulo por un chequista antes de refugiarse en la legación mexicana. Tampoco faltaron los gestos de humanidad por parte de algunos dirigentes republicanos, como Juan Negrín o Manuel de Irujo, que intervinieron para facilitar canjes o liberaciones de nobles cuyas vidas peligraban.. En la zona sublevada, la aristocracia realizó un alistamiento masivo. La propaganda del régimen, narra Espejo Fernández, presentó esta actitud como una revalidación de las glorias históricas del estamento nobiliario. El periodista Víctor Ruiz Albéniz escribió: «¡Honor a los “sangre azul”! Otra vez en España se viven días de Romancero. Otra vez, como antaño, como siempre, los de más rancio y puro linaje se saben obligados a mostrarse dignos de su prosapia (…) ganando en buena lid el derecho a la supervivencia (…) ¡Nunca fueron más Grandes de España que ahora, que dan la vida por ella!». No obstante, el autor separa el uso propagandístico de la realidad familiar. Por ejemplo, las cartas de despedida de jóvenes como el marqués de Estepa (hijo del duque del Infantado), que aceptaban el sacrificio como una exigencia de Dios y de España, fueron utilizadas para forjar el mito del héroe-mártir nobiliario. Empero, tras la dimensión propagandística de estas muertes existía el dolor íntimo familiar. No faltaron aristócratas que hablaron de una «tercera España» entre «hunos» y «hotros». El marqués de Carvajal, exiliado en Francia, defendió una paz negociada y un armisticio que evitara una victoria cimentada en el odio. Su propuesta le valió ser juzgado por traición por el Cuartel General de Franco, demostrando que la intransigencia no admitía matices.. Una imitación de otras revoluciones. La liquidación social en la España de 1936 imitó a la Revolución Francesa y a la rusa. En Francia, entre los años 1789 y 1790, la Asamblea Nacional abolió los privilegios hereditarios y desmanteló jurídicamente a la nobleza, mientras que el Terror (1793–1794) intensificó la persecución física, con alrededor de 1.300 a 1.600 nobles ejecutados según el historiador Donald Greer, o hasta 10.000 para Simon Schama. También hubo miles de emigrados, como contó François Furet. En Rusia, el holocausto fue todavía más cruel: un decreto de 1917 eliminó los estamentos y confiscó unos 150 millones de hectáreas, en gran parte pertenecientes a los nobles, señala la historiadora Sheila Fitzpatrick en sus investigaciones. Durante la guerra civil y la consolidación bolchevique, hasta la década de 1930, la represión alcanzó niveles masivos: entre 50.000 y 200.000 nobles murieron, según aseguran Orlando Figes y Richard Pipes, y más de 150.000 se exiliaron.
Noticias de cultura en La Razón
