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  Cultura  Charles Burney, el hombre que quiso escuchar toda la música del mundo
CulturaMúsica

Charles Burney, el hombre que quiso escuchar toda la música del mundo

8 de abril de 2026
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Hay viajeros que recorren países en busca de paisajes y hay viajeros que los recorren en busca de sonidos. Charles Burney pertenecía a esta segunda especie, más rara y más obstinada. En 1770, con cuarenta y cuatro años cumplidos y una determinación impropia de su época, embarcó hacia Francia e Italia con un cuaderno de notas, el oído afinado y la certeza de que nadie había hecho todavía lo que él se proponía: escribir la primera historia completa de la música occidental. El proyecto era descomunal y la ejecución resultó admirable.. Burney nació en Shrewsbury el 7 de abril de 1726, un tercer centenario que este año pasará sin demasiada fanfarria pública, lo cual dice bastante de nuestra memoria musical colectiva. Fue aprendiz de órgano en Chester bajo la tutela de su hermanastro, pasó luego a Londres con Thomas Arne -el compositor del Rule, Britannia!- y terminó instalándose en la corte de la música inglesa del siglo XVIII con credenciales de organista, compositor y, sobre todo, hombre de una curiosidad insaciable. Algo de ingeniero también había en él, aunque nunca se doctoró en ninguna facultad. Su método era empírico y su laboratorio Europa entera.. Porque Burney no escribió su Historia General de la Música desde un escritorio, sino desde las carreteras. Viajó dos veces al continente -Italia y Francia en 1770; Alemania, los Países Bajos y Austria en 1772- tomando notas en directo, entrevistando a músicos, asistiendo a óperas y conciertos, discutiendo con maestros de capilla en ciudades donde el correo tardaba semanas y la reputación viajaba aún más despacio. El resultado de aquellas expediciones fueron dos libros de viajes musicales que publicó antes que la propia Historia: crónicas vivas, nerviosas, llenas del polvo del camino. Hay páginas suyas sobre la ópera napolitana o sobre el Orfeo de Gluck que siguen siendo lectura indispensable para quien quiera entender cómo sonaba aquella Europa antes de que Beethoven lo cambiara todo.. La «General History of Music» apareció en cuatro volúmenes entre 1776 y 1789. Era una empresa casi simultánea a la de su rival John Hawkins, con quien compartió carrera y se disputó la primacía del género. Hawkins publicó primero, en 1776, pero fue Burney quien ganó la batalla: su prosa era más viva, su método más curioso y su mirada menos escolástica.. Como compositor, Burney fue competente sin ser genial. Escribió sinfonías, conciertos, música de cámara y varias obras vocales que se interpretaron con éxito en su tiempo y que hoy duermen en los archivos. No importa porque su mayor legado fue otro. No es deshonroso: muchos grandes críticos han sido creadores modestos. La capacidad de escuchar a los demás con lucidez no siempre coexiste con el don de inventar algo propio. Burney lo entendió y apostó por la crónica.. Su círculo era el de los grandes del siglo: amigo de Samuel Johnson, de Joshua Reynolds, de David Garrick. Su hija Frances -Fanny Burney- se convertiría en una de las novelistas más importantes de la Inglaterra georgiana. La familia entera respiraba cultura como otros respiran aire. Cuando en 1773 Haydn llegó a Londres, fue Burney quien lo acogió, lo presentó y lo celebró con un entusiasmo que el propio compositor agradeció de por vida. Pocos gestos definen mejor a un musicógrafo: reconocer el genio ajeno antes de que la historia lo confirme.. Murió en 1814, con ochenta y ocho años, habiendo visto nacer a Mozart y sobrevivido a él en más de dos décadas. Había asistido, en suma, a casi todo el siglo que transformó la música de arte aristocrático en lenguaje universal. Lo contó con rigor, con elegancia y con esa pasión del testigo que sabe que está viendo algo irrepetible.. Trescientos años después, su Historia sigue consultándose y sus diarios de viaje siguen citándose. Su nombre, en cambio, apenas suena. Es la condena de los que escriben sobre la música de otros: la inmortalidad, si llega, llega más tarde y en voz más baja.

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Embarcó hacia Francia e Italia con un cuaderno de notas, el oído afinado y la certeza de que nadie había hecho todavía lo que él se proponía: escribir la primera historia completa de la música occidental

  

Hay viajeros que recorren países en busca de paisajes y hay viajeros que los recorren en busca de sonidos. Charles Burney pertenecía a esta segunda especie, más rara y más obstinada. En 1770, con cuarenta y cuatro años cumplidos y una determinación impropia de su época, embarcó hacia Francia e Italia con un cuaderno de notas, el oído afinado y la certeza de que nadie había hecho todavía lo que él se proponía: escribir la primera historia completa de la música occidental. El proyecto era descomunal y la ejecución resultó admirable.. Burney nació en Shrewsbury el 7 de abril de 1726, un tercer centenario que este año pasará sin demasiada fanfarria pública, lo cual dice bastante de nuestra memoria musical colectiva. Fue aprendiz de órgano en Chester bajo la tutela de su hermanastro, pasó luego a Londres con Thomas Arne -el compositor del Rule, Britannia!- y terminó instalándose en la corte de la música inglesa del siglo XVIII con credenciales de organista, compositor y, sobre todo, hombre de una curiosidad insaciable. Algo de ingeniero también había en él, aunque nunca se doctoró en ninguna facultad. Su método era empírico y su laboratorio Europa entera.. Porque Burney no escribió su Historia General de la Música desde un escritorio, sino desde las carreteras. Viajó dos veces al continente -Italia y Francia en 1770; Alemania, los Países Bajos y Austria en 1772- tomando notas en directo, entrevistando a músicos, asistiendo a óperas y conciertos, discutiendo con maestros de capilla en ciudades donde el correo tardaba semanas y la reputación viajaba aún más despacio. El resultado de aquellas expediciones fueron dos libros de viajes musicales que publicó antes que la propia Historia: crónicas vivas, nerviosas, llenas del polvo del camino. Hay páginas suyas sobre la ópera napolitana o sobre el Orfeo de Gluck que siguen siendo lectura indispensable para quien quiera entender cómo sonaba aquella Europa antes de que Beethoven lo cambiara todo.. La «General History of Music» apareció en cuatro volúmenes entre 1776 y 1789. Era una empresa casi simultánea a la de su rival John Hawkins, con quien compartió carrera y se disputó la primacía del género. Hawkins publicó primero, en 1776, pero fue Burney quien ganó la batalla: su prosa era más viva, su método más curioso y su mirada menos escolástica.. Como compositor, Burney fue competente sin ser genial. Escribió sinfonías, conciertos, música de cámara y varias obras vocales que se interpretaron con éxito en su tiempo y que hoy duermen en los archivos. No importa porque su mayor legado fue otro. No es deshonroso: muchos grandes críticos han sido creadores modestos. La capacidad de escuchar a los demás con lucidez no siempre coexiste con el don de inventar algo propio. Burney lo entendió y apostó por la crónica.. Su círculo era el de los grandes del siglo: amigo de Samuel Johnson, de Joshua Reynolds, de David Garrick. Su hija Frances -Fanny Burney- se convertiría en una de las novelistas más importantes de la Inglaterra georgiana. La familia entera respiraba cultura como otros respiran aire. Cuando en 1773 Haydn llegó a Londres, fue Burney quien lo acogió, lo presentó y lo celebró con un entusiasmo que el propio compositor agradeció de por vida. Pocos gestos definen mejor a un musicógrafo: reconocer el genio ajeno antes de que la historia lo confirme.. Murió en 1814, con ochenta y ocho años, habiendo visto nacer a Mozart y sobrevivido a él en más de dos décadas. Había asistido, en suma, a casi todo el siglo que transformó la música de arte aristocrático en lenguaje universal. Lo contó con rigor, con elegancia y con esa pasión del testigo que sabe que está viendo algo irrepetible.. Trescientos años después, su Historia sigue consultándose y sus diarios de viaje siguen citándose. Su nombre, en cambio, apenas suena. Es la condena de los que escriben sobre la música de otros: la inmortalidad, si llega, llega más tarde y en voz más baja.

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