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  Internacional  China y Pakistán presentan cinco puntos para frenar la guerra
Internacional

China y Pakistán presentan cinco puntos para frenar la guerra

1 de abril de 2026
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Cercado por una frontera afgana en ebullición permanente y por el bloqueo estratégico con India, Pakistán ha decidido que no puede permitirse la convalecencia. El viceprimer ministro y jefe de la diplomacia, Ishaq Dar, aterrizó este martes en Pekín como encarnación de un país que opera al límite de sus fuerzas, obligado a estirar su política exterior mientras intenta con pragmatismo contener, al mismo tiempo, la presión de guerras vecinas y la amenaza de un shock energético que podría desestabilizar aún más su economía.. El cara a cara con Wang Yi, su homólogo chino, se produjo justo cuando el cronómetro de la guerra entre Washington y Teherán tachaba su trigésimo segundo día, elevando la presión sobre una mediación que ya no admite demoras. El Ejecutivo chino ya avaló el arbitraje de Islamabad, felicitó a Dar por “sus esfuerzos en la región” y se comprometió a trabajar de forma coordinada para lograr un alto el fuego. Pero ese respaldo —simbólico, relevante y cuidadosamente publicitado— no ha resuelto lo esencial, que implica mover a Teherán hacia una mesa que Pakistán ha preparado con detalle y que, por ahora, Irán se niega a ocupar.. Ambas partes presentaron una Iniciativa Conjunta de Cinco Puntos que pretende poner orden a la desescalada en el Golfo y Oriente Medio: alto el fuego inmediato, corredores humanitarios y vuelta rápida a la mesa de negociación bajo el principio de soberanía. El plan reclama blindar a la población civil y las infraestructuras, proteger las rutas marítimas críticas y recentrar la gestión de la volatilidad en el multilateralismo y en Naciones Unidas como árbitro principal.. Un plan de quince puntos, mediador al límite y rechazo iraní. En los últimos días, Dar confirmó públicamente que han actuado como correa de transmisión entre Washington y Teherán, entregando a Irán un plan de quince puntos elaborado por la administración Trump. El borrador abarca un abanico de exigencias como el levantamiento gradual de sanciones, cooperación nuclear civil, supervisión del programa atómico por parte del OIEA, límites a los misiles balísticos iraníes, reapertura del estrecho de Ormuz y restricciones a los grupos proxy respaldados por Teherán.. La respuesta iraní ha sido de repulsa absoluta. El ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, niega que exista una negociación formal y ha establecido su pliego de condiciones de un alto el fuego inmediato, garantías de no repetición, compensación económica por los daños de guerra y reconocimiento de la soberanía de Irán sobre el estrecho de Ormuz.. Pese a ese portazo, Islamabad redobló sus movimientos el pasado domingo. Organizó una cumbre cuadrilateral, a puerta cerrada, con los ministros de Exteriores de Turquía, Egipto y Arabia Saudí, sin presencia de las partes en guerra. Ese mismo día, el primer ministro Shehbaz Sharif mantuvo una llamada de 90 minutos con el presidente Masoud Pezeshkian —la segunda en menos de una semana— para intentar desactivar el principal obstáculo que identifica Irán, la desconfianza estructural hacia Washington. Pezeshkian le recordó que Teherán ya negoció en el pasado mientras caían bombas y que no repetirá el experimento sin mecanismos de transparencia.. Efecto mariposa en los mercados. El activismo mediador de Pakistán se explica también por el vértigo de sus cifras. Su economía contaba este año con unos 41.000 millones de dólares en remesas, más de la mitad procedentes de las monarquías del Golfo, donde trabaja buena parte de su diáspora. Solo entre julio y enero, los paquistaníes en Arabia Saudí remitieron cerca de 3.900 millones y los residentes en Emiratos Árabes Unidos otros 4.800 millones. Cualquier alteración duradera en la infraestructura del Golfo —aeropuertos, refinerías, cadenas logísticas y mercados laborales— amenaza con recortar entre un 10% y un 15% esos flujos.. La presión se siente en casa. La bolsa paquistaní acumula caídas desde el inicio del conflicto, mientras el Gobierno de Sharif activa medidas de austeridad energética de emergencia, desde recortes en consumo público hasta restricciones parciales de actividad. Islamabad está atado a un programa de 7.000 millones con el FMI y los economistas alertan de que cada subida de 10 dólares en el barril añade hasta medio punto de inflación interna. Con el crudo acercándose a los 100 dólares y el mayor shock de oferta en décadas, se agotan las salvaguardias.. A todo ello se suma el cierre del estrecho de Ormuz, por donde circula alrededor de una quinta parte del petróleo mundial y que es la arteria por la que llega prácticamente la totalidad del crudo que importa Pakistán. Para Islamabad, la guerra es un riesgo que atraviesa su seguridad energética, su moneda y su equilibrio social.. China, el paraguas y el guión. El apoyo chino es cualquier cosa menos altruista. Pekín es el mayor comprador individual de petróleo iraní y depende del Golfo para cerca del 45% del crudo y gas que importa, buena parte de él canalizado precisamente por Ormuz. En las últimas semanas, varios buques chinos han atravesado el estrecho en un entorno de máxima tensión, y el Ministerio de Exteriores ha agradecido la “asistencia de partes relevantes” para garantizar su seguridad, una fórmula diplomática que apunta a Pakistán como escudo logístico y político en la zona.. La prioridad, según Pekín, es que Estados Unidos e Israel detengan las operaciones militares para evitar una escalada incontrolable, y que se descarte cualquier ataque a instalaciones nucleares por sus “consecuencias inmensurablemente graves”. El Régimen de Xi lleva meses ensayando el papel de pacificador global —ya lo hizo entre Arabia Saudí e Irán— y utiliza esta crisis para reforzar la narrativa de potencia capaz de hablar con todos cuando Washington aparece atrapado en su propio bando. La coreografía apunta a un Pakistán que asume el riesgo operativo sobre el terreno, mientras China pone el paraguas político, diplomático y financiero.. China ya no se conforma con construir puertos y autopistas, quiere blindar el mapa de seguridad de Oriente Medio con sello propio. La alianza con Pakistán es la palanca que convierte la Franja y la Ruta en arquitectura de defensa, asegurando el flujo de crudo y las rutas del mar Arábigo que la conectan con el Golfo. Sobre una relación militar consolidada —Pekín suministra en torno a la mitad del armamento que importa Islamabad—, este eje se perfila como posible columna vertebral de una futura fuerza conjunta del Golfo y países árabes bajo liderazgo chino, capaz de ofrecer plataformas de combate avanzadas, músculo y energia frente a unas garantías occidentales, y en particular estadounidenses, cada vez más cuestionadas.. El gigante con pies de barro. El principal argumento contra la apuesta paquistaní es doméstico. Islamabad gestiona simultáneamente una insurgencia creciente del Tehrik‑i‑Taliban Pakistan desde el refugio afgano, que ha dejado centenares de muertos, y una tensión constante con India por Cachemira y por los choques recurrentes en Baluchistán. Intentar mediar entre dos potencias con el propio ejército en máxima alerta equivale a caminar por la cuerda floja sin red.. A pesar de ese contexto, Pakistán dispone de un activo escaso, con acceso directo, aunque asimétrico tanto a Washington como a Teherán. Acoger conversaciones entre Estados Unidos e Irán supondría una elevación notable de la relevancia estratégica de Islamabad tras años de irrelevancia internacional. Las relaciones con la Casa Blanca han mejorado respecto a ciclos anteriores, con contactos frecuentes entre altos cargos paquistaníes y la administración Trump, que ha llegado a reconocer públicamente los canales discretos abiertos por el jefe del Ejército, Asim Munir, hacia Teherán.. El último rayo de luz. Los plazos se comprimen. El Departamento de Estado insistía el martes en que los contactos con Irán siguen siendo “continuos y productivos”, pero matizaba que algunas informaciones sobre el plan de quince puntos son “solo parcialmente exactas”. Desde la Casa Blanca el mensaje es menos ambiguo. Trump está dispuesto a “escalar militarmente” si Teherán no asume lo que Washington define como la “realidad del campo de batalla”, y en el Pentágono se estudian operaciones anfibias para estrangular aún más las exportaciones iraníes, incluida la opción de intervenir en la isla de Jarg.. En Teherán, el rechazo al documento estadounidense también responde a una lógica interna. Masoud Pezeshkian gobierna bajo la vigilancia permanente de los sectores más duros del régimen, que interpretan cualquier gesto sin garantías previas como una capitulación diferida. Dar lo sabe y ha rebajado el listón de su propia ambición, no aspira a un acuerdo inmediato, sino a una pausa verificable, un primer gesto de desescalada que permita a ambas partes llegar a Islamabad sin perder la cara.. La incógnita es si Pekín es capaz de presionar lo suficiente a Irán para que acepte ese pequeño movimiento. Si finalmente se concreta una reunión en Islamabad entre delegaciones encabezadas por figuras como Marco Rubio y Abbas Araghchi, como han sugerido fuentes regionales, Pakistán podría reclamar el mayor éxito diplomático de su historia reciente.

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Pero ese respaldo —simbólico, relevante y cuidadosamente publicitado— no ha resuelto lo esencial, que implica mover a Teherán hacia una mesa que Pakistán ha preparado con detalle y que, por ahora, Irán se niega a ocupar.. Ambas partes presentaron una Iniciativa Conjunta de Cinco Puntos que pretende poner orden a la desescalada en el Golfo y Oriente Medio: alto el fuego inmediato, corredores humanitarios y vuelta rápida a la mesa de negociación bajo el principio de soberanía. El plan reclama blindar a la población civil y las infraestructuras, proteger las rutas marítimas críticas y recentrar la gestión de la volatilidad en el multilateralismo y en Naciones Unidas como árbitro principal.. Un plan de quince puntos, mediador al límite y rechazo iraní. En los últimos días, Dar confirmó públicamente que han actuado como correa de transmisión entre Washington y Teherán, entregando a Irán un plan de quince puntos elaborado por la administración Trump. El borrador abarca un abanico de exigencias como el levantamiento gradual de sanciones, cooperación nuclear civil, supervisión del programa atómico por parte del OIEA, límites a los misiles balísticos iraníes, reapertura del estrecho de Ormuz y restricciones a los grupos proxy respaldados por Teherán.. La respuesta iraní ha sido de repulsa absoluta. El ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, niega que exista una negociación formal y ha establecido su pliego de condiciones de un alto el fuego inmediato, garantías de no repetición, compensación económica por los daños de guerra y reconocimiento de la soberanía de Irán sobre el estrecho de Ormuz.. Pese a ese portazo, Islamabad redobló sus movimientos el pasado domingo. Organizó una cumbre cuadrilateral, a puerta cerrada, con los ministros de Exteriores de Turquía, Egipto y Arabia Saudí, sin presencia de las partes en guerra. Ese mismo día, el primer ministro Shehbaz Sharif mantuvo una llamada de 90 minutos con el presidente Masoud Pezeshkian —la segunda en menos de una semana— para intentar desactivar el principal obstáculo que identifica Irán, la desconfianza estructural hacia Washington. Pezeshkian le recordó que Teherán ya negoció en el pasado mientras caían bombas y que no repetirá el experimento sin mecanismos de transparencia.. Efecto mariposa en los mercados. El activismo mediador de Pakistán se explica también por el vértigo de sus cifras. Su economía contaba este año con unos 41.000 millones de dólares en remesas, más de la mitad procedentes de las monarquías del Golfo, donde trabaja buena parte de su diáspora. Solo entre julio y enero, los paquistaníes en Arabia Saudí remitieron cerca de 3.900 millones y los residentes en Emiratos Árabes Unidos otros 4.800 millones. Cualquier alteración duradera en la infraestructura del Golfo —aeropuertos, refinerías, cadenas logísticas y mercados laborales— amenaza con recortar entre un 10% y un 15% esos flujos.. La presión se siente en casa. La bolsa paquistaní acumula caídas desde el inicio del conflicto, mientras el Gobierno de Sharif activa medidas de austeridad energética de emergencia, desde recortes en consumo público hasta restricciones parciales de actividad. Islamabad está atado a un programa de 7.000 millones con el FMI y los economistas alertan de que cada subida de 10 dólares en el barril añade hasta medio punto de inflación interna. Con el crudo acercándose a los 100 dólares y el mayor shock de oferta en décadas, se agotan las salvaguardias.. A todo ello se suma el cierre del estrecho de Ormuz, por donde circula alrededor de una quinta parte del petróleo mundial y que es la arteria por la que llega prácticamente la totalidad del crudo que importa Pakistán. Para Islamabad, la guerra es un riesgo que atraviesa su seguridad energética, su moneda y su equilibrio social.. China, el paraguas y el guión. El apoyo chino es cualquier cosa menos altruista. Pekín es el mayor comprador individual de petróleo iraní y depende del Golfo para cerca del 45% del crudo y gas que importa, buena parte de él canalizado precisamente por Ormuz. En las últimas semanas, varios buques chinos han atravesado el estrecho en un entorno de máxima tensión, y el Ministerio de Exteriores ha agradecido la “asistencia de partes relevantes” para garantizar su seguridad, una fórmula diplomática que apunta a Pakistán como escudo logístico y político en la zona.. La prioridad, según Pekín, es que Estados Unidos e Israel detengan las operaciones militares para evitar una escalada incontrolable, y que se descarte cualquier ataque a instalaciones nucleares por sus “consecuencias inmensurablemente graves”. El Régimen de Xi lleva meses ensayando el papel de pacificador global —ya lo hizo entre Arabia Saudí e Irán— y utiliza esta crisis para reforzar la narrativa de potencia capaz de hablar con todos cuando Washington aparece atrapado en su propio bando. La coreografía apunta a un Pakistán que asume el riesgo operativo sobre el terreno, mientras China pone el paraguas político, diplomático y financiero.. China ya no se conforma con construir puertos y autopistas, quiere blindar el mapa de seguridad de Oriente Medio con sello propio. La alianza con Pakistán es la palanca que convierte la Franja y la Ruta en arquitectura de defensa, asegurando el flujo de crudo y las rutas del mar Arábigo que la conectan con el Golfo. 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