La pintora Concha Ybarra (Sevilla, 1957) apura los últimos días de su exposición “Una habitación propia” en el Espacio Santa Clara de Sevilla. Comisariada por Cristina García, la muestra lanza la vista sobre la producción de una creadora audaz a lo largo de los últimos 25 años. Una carrera singular, cargada de personalidad, en la que la autora ha intentado contar con una voz propia dentro del panorama estético andaluz, a medio camino de dos potentes generaciones pictóricas. La que nació en Sevilla durante los años 80 y la que tomó fuerza en la década del 2000. Es cierto que el guiño al libro de la escritora Virginia Woolf impone un aura sobre la muestra, aunque entiendo que Ybarra rompe las paredes propuestas por la autora del célebre ensayo feminista. Es más, yo diría que salta la tapia del jardín, pero sin salir de ese «hortus conclusus» donde existe tanto su pintura como el taller donde desarrolla su trabajo. Una disciplina que entiende como tal, sin complejos, viéndola como una suerte de jornada laboral durante la que hay que producir. Así lo explica en la conversación con Francisco L. González-Camaño recogida en el prodigioso catálogo. «Lo importante es la constancia y no desfallecer. Venir aquí todos los días y pintar tiene un gran mérito porque el artista pasa por rachas malas, regulares, y no siempre sabe para qué pinta y para quién». Un universo, trabajo y obra, creado por Concha Ybarra que crece y decrece según las tendencias de una creatividad sencilla, serena, donde lo cotidiano aparece tanto dentro de los cuadros como en los soportes utilizados a lo largo de este cuarto de siglo.. ¿Qué conclusiones saca de esta exposición a punto de acabar?. Estoy muy satisfecha porque me ha impresionado la cantidad de personas que se han acercado a visitarla. Es verdad que, como yo veo los cuadros diariamente, me la tengo bastante vista. En general, las críticas son muy positivas. Es cierto que veo una evolución, desde la parte primera hasta la cerámica, porque es muy variada.. En alguna ocasión me ha comentado que su objetivo es llegar al vacío.. Sí, aunque yo al final soy de llenar bastante todo, pero mi intención es alcanzar el vacío. Creo que en el vacío se encuentran las respuestas, más que en el realismo. Huyo cada vez más del realismo, pero cuando he recorrido ese camino no me ha llenado. A veces incluso he borrado partes para que no sea todo visible.. Por su formación autodidacta, asegura que llega al cuadro mediante el color y la forma.. Sí, porque al principio utilizaba mucho la intuición. En el estudio siempre tengo un breve esquema de lo que quiero hacer, pero soy muy intuitiva. Busco directamente lo que necesita el cuadro y ahí voy encontrando el camino. Algunas veces tengo un boceto pequeño, que no es así, porque se trata de cuadros de ese tamaño. También trabajo con fotos o con collage para iniciar el cuadro.. ¿Dejas que el cuadro siga su propio camino, que se aparte de tu primera intuición?. A veces, sí, y tengo que seguir adelante con lo que me dicta, pero en ese momento continúo. Claro, es necesario el tiempo; antes la gente tenía muchísimo y se nota en la magnífica obra artística que nos han legado. Ahora va todo muy rápido, te dice una galería que debes exponer en junio y te lo piensas. Tampoco hay que dejar pasar el tren, porque lo mismo no te llaman más.. ¿Se han quedado muchas cosas fuera?. Sí, algunas partes de las exposiciones de las que no he encontrado algún cuadro, pero creo que se trata de un buen resumen. En su mayor parte se exponen piezas que no habían salido del estudio y eso me parece interesante, porque gracias a la exposición las va a conocer mucha gente. Ahora tenemos mucha información, no sucede como con las que llevé a Madrid hace 25 años, que casi nadie tenía un móvil y muy pocas personas los vieron.. ¿Cómo fueron esos primeros años?. La verdad es que los recuerdo como una etapa inconsciente en la que yo no tenía nada claro que me quisiera dedicar a esto, ni era ése mi camino. Lo hacía casi por inercia, con Juan Maestre, que era estupendo y me ayudaba mucho, y con Ricardo Cadenas, que ya daba clases en Cuenca. Juan y yo éramos menos experimentados, estábamos investigando todo el día en el estudio o viendo exposiciones. Se trató de una época muy parecida a la de hacer una carrera.. Y cómo entró en la cerámica.. Casi igual, pero sí es cierto que se trata de algo que yo siempre quise hacer. Entonces en Sevilla había muy pocos estudios para aprender cerámica. Empecé con Antonia Jaén, que estaba en la Plaza de España, y comenzamos un curso. Me encantó, me metí de lleno, aunque iba mucho por mi cuenta. En la pintura siempre he ido por mi cuenta, porque yo por edad debía estar con la gente de los años ochenta, lo que sucede es que yo me puse entonces a estudiar la carrera y luego me fui a China.. ¿Por qué ese giro?. Porque entonces estaba como perdida hasta que volví a España, que es cuando comencé a pintar muebles. Luego ya estaba en muchos concursos, pero nunca ganaba porque resulta que Juan Maestre siempre estaba en el jurado. Todos pensaban que me los iba a dar, pero jamás me dio ni un premio, ni me dijo si acababa preseleccionada o finalista. Sólo hice el de las Fiestas de Primavera y el de la Diputación de Sevilla. Era muy indecisa entonces y en el de la primavera tenía dos, pero no sabía cuál elegir, así que llamé a varios amigos pintores a mi casa. Los coloqué en el patio y fueron eligiendo; al final salió el que no me gustaba tanto.. Hay varios cuadros en la exposición que se realizaron en la época de la pandemia.. ¿Cree, como mucha gente, que el confinamiento nos cambió tanto?. Es cierto que hay muchos cuadros de entonces, pero yo los veo distintos. Son más cerrados, pero pinté muchos porque el estudio está al lado de mi casa. Me permitió quedarme en casa y no salir tanto, porque en Sevilla se sale mucho.
Un guiño a Virginia Woolf sirve de pretexto para titular una muestra pictórica que recorre los últimos 25 años de producción de una artista singular
La pintora Concha Ybarra (Sevilla, 1957) apura los últimos días de su exposición “Una habitación propia” en el Espacio Santa Clara de Sevilla. Comisariada por Cristina García, la muestra lanza la vista sobre la producción de una creadora audaz a lo largo de los últimos 25 años. Una carrera singular, cargada de personalidad, en la que la autora ha intentado contar con una voz propia dentro del panorama estético andaluz, a medio camino de dos potentes generaciones pictóricas. La que nació en Sevilla durante los años 80 y la que tomó fuerza en la década del 2000. Es cierto que el guiño al libro de la escritora Virginia Woolf impone un aura sobre la muestra, aunque entiendo que Ybarra rompe las paredes propuestas por la autora del célebre ensayo feminista. Es más, yo diría que salta la tapia del jardín, pero sin salir de ese «hortus conclusus» donde existe tanto su pintura como el taller donde desarrolla su trabajo. Una disciplina que entiende como tal, sin complejos, viéndola como una suerte de jornada laboral durante la que hay que producir. Así lo explica en la conversación con Francisco L. González-Camaño recogida en el prodigioso catálogo. «Lo importante es la constancia y no desfallecer. Venir aquí todos los días y pintar tiene un gran mérito porque el artista pasa por rachas malas, regulares, y no siempre sabe para qué pinta y para quién». Un universo, trabajo y obra, creado por Concha Ybarra que crece y decrece según las tendencias de una creatividad sencilla, serena, donde lo cotidiano aparece tanto dentro de los cuadros como en los soportes utilizados a lo largo de este cuarto de siglo.. ¿Qué conclusiones saca de esta exposición a punto de acabar?. Estoy muy satisfecha porque me ha impresionado la cantidad de personas que se han acercado a visitarla. Es verdad que, como yo veo los cuadros diariamente, me la tengo bastante vista. En general, las críticas son muy positivas. Es cierto que veo una evolución, desde la parte primera hasta la cerámica, porque es muy variada.. En alguna ocasión me ha comentado que su objetivo es llegar al vacío.. Sí, aunque yo al final soy de llenar bastante todo, pero mi intención es alcanzar el vacío. Creo que en el vacío se encuentran las respuestas, más que en el realismo. Huyo cada vez más del realismo, pero cuando he recorrido ese camino no me ha llenado. A veces incluso he borrado partes para que no sea todo visible.. Por su formación autodidacta, asegura que llega al cuadro mediante el color y la forma.. Sí, porque al principio utilizaba mucho la intuición. En el estudio siempre tengo un breve esquema de lo que quiero hacer, pero soy muy intuitiva. Busco directamente lo que necesita el cuadro y ahí voy encontrando el camino. Algunas veces tengo un boceto pequeño, que no es así, porque se trata de cuadros de ese tamaño. También trabajo con fotos o con collage para iniciar el cuadro.. ¿Dejas que el cuadro siga su propio camino, que se aparte de tu primera intuición?. A veces, sí, y tengo que seguir adelante con lo que me dicta, pero en ese momento continúo. Claro, es necesario el tiempo; antes la gente tenía muchísimo y se nota en la magnífica obra artística que nos han legado. Ahora va todo muy rápido, te dice una galería que debes exponer en junio y te lo piensas. Tampoco hay que dejar pasar el tren, porque lo mismo no te llaman más.. ¿Se han quedado muchas cosas fuera?. Sí, algunas partes de las exposiciones de las que no he encontrado algún cuadro, pero creo que se trata de un buen resumen. En su mayor parte se exponen piezas que no habían salido del estudio y eso me parece interesante, porque gracias a la exposición las va a conocer mucha gente. Ahora tenemos mucha información, no sucede como con las que llevé a Madrid hace 25 años, que casi nadie tenía un móvil y muy pocas personas los vieron.. ¿Cómo fueron esos primeros años?. La verdad es que los recuerdo como una etapa inconsciente en la que yo no tenía nada claro que me quisiera dedicar a esto, ni era ése mi camino. Lo hacía casi por inercia, con Juan Maestre, que era estupendo y me ayudaba mucho, y con Ricardo Cadenas, que ya daba clases en Cuenca. Juan y yo éramos menos experimentados, estábamos investigando todo el día en el estudio o viendo exposiciones. Se trató de una época muy parecida a la de hacer una carrera.. Y cómo entró en la cerámica.. Casi igual, pero sí es cierto que se trata de algo que yo siempre quise hacer. Entonces en Sevilla había muy pocos estudios para aprender cerámica. Empecé con Antonia Jaén, que estaba en la Plaza de España, y comenzamos un curso. Me encantó, me metí de lleno, aunque iba mucho por mi cuenta. En la pintura siempre he ido por mi cuenta, porque yo por edad debía estar con la gente de los años ochenta, lo que sucede es que yo me puse entonces a estudiar la carrera y luego me fui a China.. ¿Por qué ese giro?. Porque entonces estaba como perdida hasta que volví a España, que es cuando comencé a pintar muebles. Luego ya estaba en muchos concursos, pero nunca ganaba porque resulta que Juan Maestre siempre estaba en el jurado. Todos pensaban que me los iba a dar, pero jamás me dio ni un premio, ni me dijo si acababa preseleccionada o finalista. Sólo hice el de las Fiestas de Primavera y el de la Diputación de Sevilla. Era muy indecisa entonces y en el de la primavera tenía dos, pero no sabía cuál elegir, así que llamé a varios amigos pintores a mi casa. Los coloqué en el patio y fueron eligiendo; al final salió el que no me gustaba tanto.. Hay varios cuadros en la exposición que se realizaron en la época de la pandemia.. ¿Cree, como mucha gente, que el confinamiento nos cambió tanto?. Es cierto que hay muchos cuadros de entonces, pero yo los veo distintos. Son más cerrados, pero pinté muchos porque el estudio está al lado de mi casa. Me permitió quedarme en casa y no salir tanto, porque en Sevilla se sale mucho.
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