El sonido del agua se impone mucho antes de que la cascada se deje ver. Entre un bosque espeso, húmedo y siempre verde, el río avanza encajonado, como si se preparase para un último esfuerzo. De pronto, el terreno se abre y el agua cae con violencia desde lo alto del valle, dibujando una cortina blanca que golpea la roca con fuerza. Así aparece la Fervenza de Belelle, uno de los saltos de agua más espectaculares y, al mismo tiempo, más discretos de Galicia.. Quizá no sea la cascada más famosa ni la más fotografiada, pero quienes la visitan coinciden: Belelle tiene algo especial. Una mezcla de naturaleza, historia industrial y silencio, apenas roto por el agua y el ruido expectante que rodea esa ausencia de cualquier otro sonido. Un espacio que parece ajeno al paso del tiempo y que, sin embargo, ha sido durante siglos un motor económico y social para toda la comarca.. El río que vertebra Ferrolterra. El protagonista de este paisaje es el Río Belelle, un curso fluvial que nace en el entorno del Parque Natural de As Fragas do Eume y que, a diferencia del propio Eume, se dirige hacia el nordeste para desembocar en la ría de Ferrol. A lo largo de su recorrido, el Belelle atraviesa municipios como As Pontes de García Rodríguez, A Capela, Fene y Neda, dejando tras de sí molinos, centrales hidroeléctricas y una parte del relato de Ferrolterra.. Es precisamente en Neda donde el río alcanza uno de sus momentos más espectaculares. Al bordear el monte Marraxón, el cauce se encajona en un valle estrecho y sinuoso, obligado a salvar desniveles que dan lugar a pequeñas fervenzas y saltos de agua. Uno de ellos, el más imponente, se precipita desde unos 45 metros de altura, cifra que lleva a comparar la cascada de Belelle con otras gallegas como el salto de Vilagocende o la fervenza del río Toxa.. Un paseo entre molinos. Llegar hasta la cascada forma parte del encanto. El acceso más habitual arranca en el entorno del Pazo de Isabel II, una antigua fábrica textil de velamen para barcos que aprovechaba la fuerza del agua del Belelle para mover sus ruedas hidráulicas. Desde aquí, una ruta sencilla de poco más de dos kilómetros permite adentrarse en uno de los tramos fluviales más bellos de la comarca.. La primera parte discurre por una pista asfaltada que pasa junto al molino de A Barcia, dentro del Parque Micológico del río Belelle. Más adelante aparecen antiguas edificaciones de piedra, viejos molinos hoy restaurados y reconvertidos en espacios para talleres de naturaleza, testigos de una época en la que el río daba pan, luz y trabajo a los vecinos.. Tras superar la antigua central hidroeléctrica —situada a unos 300 metros aguas abajo del salto— el sendero se bifurca y ofrece varias opciones: continuar hasta el pie de la cascada, ascender hasta un mirador de madera que permite contemplar el salto frontalmente o subir hasta el mirador de Viladonelle, desde donde se obtiene una panorámica más amplia del valle y del bosque que lo envuelve.. La belleza de esta época. Aunque el verano convierte a Belelle en un lugar especialmente atractivo —gracias a las pozas naturales que se forman a los pies de la cascada y que invitan al baño— el otoño y el invierno ofrecen, quizá, su versión más impresionante. Con el aumento del caudal, el salto de agua gana fuerza y el espectáculo se multiplica, visible tanto desde los senderos laterales como desde el mirador próximo a la base.. La ruta completa, ida y vuelta, apenas supera los 3,5 kilómetros y puede realizarse en poco más de una hora, lo que la convierte en un plan accesible para familias y senderistas.. Más allá de la cascada. La visita a la Fervenza de Belelle es también una excusa perfecta para descubrir Neda, uno de los municipios con más encanto del norte de la provincia de A Coruña. Punto de paso del Camino Inglés y del Camino a San Andrés de Teixido, la localidad combina patrimonio natural, historia y tradición.. Desde el castro y mirador del monte Ancos, con vistas privilegiadas sobre la ría de Ferrol, hasta el casco histórico, donde conviven cruceiros centenarios, casas con soportales y edificaciones indianas como la Casa das Palmeiras, Neda invita a detenerse y mirar con calma.
Un salto de agua de 45 metros, un río con historia industrial y un entorno inigualable hacen de ella uno de los grandes tesoros de Ferrolterra
El sonido del agua se impone mucho antes de que la cascada se deje ver. Entre un bosque espeso, húmedo y siempre verde, el río avanza encajonado, como si se preparase para un último esfuerzo. De pronto, el terreno se abre y el agua cae con violencia desde lo alto del valle, dibujando una cortina blanca que golpea la roca con fuerza. Así aparece la Fervenza de Belelle, uno de los saltos de agua más espectaculares y, al mismo tiempo, más discretos de Galicia.. Quizá no sea la cascada más famosa ni la más fotografiada, pero quienes la visitan coinciden: Belelle tiene algo especial. Una mezcla de naturaleza, historia industrial y silencio, apenas roto por el agua y el ruido expectante que rodea esa ausencia de cualquier otro sonido. Un espacio que parece ajeno al paso del tiempo y que, sin embargo, ha sido durante siglos un motor económico y social para toda la comarca.. El río que vertebra Ferrolterra. El protagonista de este paisaje es el Río Belelle, un curso fluvial que nace en el entorno del Parque Natural de As Fragas do Eume y que, a diferencia del propio Eume, se dirige hacia el nordeste para desembocar en la ría de Ferrol. A lo largo de su recorrido, el Belelle atraviesa municipios como As Pontes de García Rodríguez, A Capela, Fene y Neda, dejando tras de sí molinos, centrales hidroeléctricas y una parte del relato de Ferrolterra.. Es precisamente en Neda donde el río alcanza uno de sus momentos más espectaculares. Al bordear el monte Marraxón, el cauce se encajona en un valle estrecho y sinuoso, obligado a salvar desniveles que dan lugar a pequeñas fervenzas y saltos de agua. Uno de ellos, el más imponente, se precipita desde unos 45 metros de altura, cifra que lleva a comparar la cascada de Belelle con otras gallegas como el salto de Vilagocende o la fervenza del río Toxa.. Un paseo entre molinos. Llegar hasta la cascada forma parte del encanto. El acceso más habitual arranca en el entorno del Pazo de Isabel II, una antigua fábrica textil de velamen para barcos que aprovechaba la fuerza del agua del Belelle para mover sus ruedas hidráulicas. Desde aquí, una ruta sencilla de poco más de dos kilómetros permite adentrarse en uno de los tramos fluviales más bellos de la comarca.. La primera parte discurre por una pista asfaltada que pasa junto al molino de A Barcia, dentro del Parque Micológico del río Belelle. Más adelante aparecen antiguas edificaciones de piedra, viejos molinos hoy restaurados y reconvertidos en espacios para talleres de naturaleza, testigos de una época en la que el río daba pan, luz y trabajo a los vecinos.. Tras superar la antigua central hidroeléctrica —situada a unos 300 metros aguas abajo del salto— el sendero se bifurca y ofrece varias opciones: continuar hasta el pie de la cascada, ascender hasta un mirador de madera que permite contemplar el salto frontalmente o subir hasta el mirador de Viladonelle, desde donde se obtiene una panorámica más amplia del valle y del bosque que lo envuelve.. La belleza de esta época. Aunque el verano convierte a Belelle en un lugar especialmente atractivo —gracias a las pozas naturales que se forman a los pies de la cascada y que invitan al baño— el otoño y el invierno ofrecen, quizá, su versión más impresionante. Con el aumento del caudal, el salto de agua gana fuerza y el espectáculo se multiplica, visible tanto desde los senderos laterales como desde el mirador próximo a la base.. La ruta completa, ida y vuelta, apenas supera los 3,5 kilómetros y puede realizarse en poco más de una hora, lo que la convierte en un plan accesible para familias y senderistas.. Más allá de la cascada. La visita a la Fervenza de Belelle es también una excusa perfecta para descubrir Neda, uno de los municipios con más encanto del norte de la provincia de A Coruña. Punto de paso del Camino Inglés y del Camino a San Andrés de Teixido, la localidad combina patrimonio natural, historia y tradición.. Desde el castro y mirador del monte Ancos, con vistas privilegiadas sobre la ría de Ferrol, hasta el casco histórico, donde conviven cruceiros centenarios, casas con soportales y edificaciones indianas como la Casa das Palmeiras, Neda invita a detenerse y mirar con calma.
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