No quedaba rastro de la espléndida sonrisa de Zohran Mandani durante la vigilia en recuerdo de las víctimas israelíes del atentado de Hamás que se celebraba el otro día en la Union Square de Nueva York. El alcalde sostenía con gesto grave una vela en uno de esos anocheceres tenebristas de la ciudad, cuando la escasa iluminación pública de las calles contrasta con el resplendor de los escaparates y uno puede sentirse como un sonámbulo en el interior de un gran acuario. A su alrededor compartían la vigilia los miembros de un grupo llamado Israelis for Peace-New York, muchos también con velas, otros con carteles en hebreo o en inglés que decían escuetamente, “Ni una vida más”. Union Square es el corazón de las rebeliones cívicas en una ciudad con una larga tradición de luchas obreras y protestas políticas. En las fotos de principios del siglo XX se ven multitudes de trabajadoras de las fábricas textiles con pancartas en todos los idiomas de la inmigración, entre ellos el yiddish. En Union Square había manifestaciones y colectas a favor de la República española en tiempos de nuestra guerra, y contra el maccarthismo en la Guerra Fría, en defensa de los Rosenberg, de los derechos civiles, contra la guerra de Vietnam, contra la de Irak. Recuerdo concentraciones en memoria de los muertos en las Torres Gemelas, cuando el silencio y la claridad de las velas alumbrando manos y rostros expresaban el luto con tanta elocuencia como una música de réquiem.. Seguir leyendo
El alcalde de Nueva York ha recibido desprecio por ponerse del lado de las víctimas del ataque del 7 de octubre
No quedaba rastro de la espléndida sonrisa de Zohran Mandani durante la vigilia en recuerdo de las víctimas israelíes del atentado de Hamás que se celebraba el otro día en la Union Square de Nueva York. El alcalde sostenía con gesto grave una vela en uno de esos anocheceres tenebristas de la ciudad, cuando la escasa iluminación pública de las calles contrasta con el resplendor de los escaparates y uno puede sentirse como un sonámbulo en el interior de un gran acuario. A su alrededor compartían la vigilia los miembros de un grupo llamado Israelis for Peace-New York, muchos también con velas, otros con carteles en hebreo o en inglés que decían escuetamente, “Ni una vida más”. Union Square es el corazón de las rebeliones cívicas en una ciudad con una larga tradición de luchas obreras y protestas políticas. En las fotos de principios del siglo XX se ven multitudes de trabajadoras de las fábricas textiles con pancartas en todos los idiomas de la inmigración, entre ellos el yiddish. En Union Square había manifestaciones y colectas a favor de la República española en tiempos de nuestra guerra, y contra el maccarthismo en la Guerra Fría, en defensa de los Rosenberg, de los derechos civiles, contra la guerra de Vietnam, contra la de Irak. Recuerdo concentraciones en memoria de los muertos en las Torres Gemelas, cuando el silencio y la claridad de las velas alumbrando manos y rostros expresaban el luto con tanta elocuencia como una música de réquiem.. El otro día, en Union Square, ese silencio no fue posible. Contenida por un cordón de policía, una multitud de manifestantes agitaba banderas y pancartas palestinas y gritaba insultos contra los agrupados en silencio, y en particular contra el alcalde Mamdani, al que arrojaban los improperios de rigor en una situación así: traidor, vendido, cómplice del sionismo, chaquetero. El héroe sonriente que paseaba a pie su popularidad por una ciudad de caminantes tuvo que retirarse escoltado por la policía hasta uno de esos coches negros y blindados que aceleran bruscamente en previsión de un ataque. El aire general de la gente que lo abucheaba era el mismo de los que asistían a sus mítines electorales y los que se organizaban en grupos de voluntarios entusiastas para apoyar su candidatura al ayuntamiento, compensando así los muchos millones suministrados a sus adversarios de campaña por los tiburones de Wall Street.. Desde esa misma mañana los ataques venían arreciando contra Mamdani con parecida virulencia, aunque desde la dirección contraria. El vendido al sionismo de por la tarde fue por la mañana un enemigo jurado de Israel incapaz de mostrar compasión hacia las víctimas de Hamas, y hasta sospechoso de complicidad o cuando menos simpatía con el terrorismo islamista, según le había acusado sin ningún escrúpulo unas semanas antes el exalcalde Giuliani, tan borracho, corrupto y senil que hasta sus antiguos aliados trumpistas ya le dan de lado. Para Giuliani es una afrenta a las víctimas del 11 de septiembre que un musulmán sea ahora alcalde de Nueva York. Para un cierto número de líderes judíos de Nueva York, el mensaje que emitió Mamdani por la mañana no mostraba simpatía hacia los muertos y secuestrados del 7 de octubre, al mencionar el “devastador genocidio puesto en marcha por el gobierno israelí contra el pueblo palestino”. En el mismo comunicado, y con la misma claridad, Mamdani se refería a los “horrendos crímenes de guerra cometidos por Hamas el 7 de octubre”. Ese detalle no apaciguó a los portavoces de algunas organizaciones judías, pero contribuyó a enardecer a los manifestantes de por la tarde en Union Square, algunos de los cuales no hacían el menor esfuerzo por distinguir entre la defensa de la causa palestina y la de una organización terrorista y opresora de sus propios ciudadanos a la que corresponde su parte de terrible responsabilidad en la crecida de destrucción y matanza que no ha cesado desde hace tres años.. Mamdani une provechosamente la agudeza política al idealismo: el acto al que eligió asistir lo organizaba uno de esos grupos civiles israelíes, admirables y minoritarios, que a diferencia de la inmensa mayoría de sus conciudadanos siguen creyendo posible una paz basada en el reconocimiento de los derechos del pueblo palestino, y siguen negándose a la ceguera colectiva que prefiere no ver los crímenes en Gaza y en los territorios ocupados. La templanza es menos fotogénica que la ira: a un lado del cordón policial, bajo los árboles de Union Square que aún no empiezan a cambiar la hoja, los participantes en la vigilia bajaban la cabeza con las velas en la mano, como en un acto religioso, o miraban al frente en silencio, sosteniendo esas pancartas tan razonables, tan lacónicas, Ni una vida más; del otro, los gritos a coro, las banderas ondeantes, con ese aire de embestida que tienen las banderas cuando alguien las agita, las consignas en favor de Hamas, prevaleciendo sobre los activistas que defendieran la causa palestina con menos estridencia, que seguramente los habría. Mamdani, que tiene tanto don de palabra, prefirió callar, y prefirió irse, cavilando tras los cristales tintados de su coche oficial, viendo deslizarse la Nueva York nocturna, con sus luces hirientes y sus coágulos de oscuridad, sus extensiones de desolación y lejanía. Su mensaje de esa mañana terminaba con unas palabras que quizás ahora le parecerían superfluas, o pueriles, en vista de la cosecha del día: “Para honrar a los muertos tenemos que luchar por un mundo en el que cada persona pueda vivir en libertad, seguridad y dignidad”.. Una bofetada duele siempre, pero duele más todavía cuando viene a continuación de otra igual de repentina. La ceguera política es inseparable de la dureza y la frialdad de corazón, y puede brotar bajo cualquier signo. Quien ve con más claridad la injusticia y el crimen puede sufrir una ceguera intermitente que no le deja ver las injusticias y los crímenes cometidos en nombre de la causa que reconoce como suya; o los ve y no le parece que lo sean, o que sean para tanto. Fui joven en una época en la que ciertas formas de violencia criminal eran exaltadas como herramientas en la lucha por la liberación de los pueblos, y en la que había genocidas legítimos y genocidas culpables, tiranos despóticos y tiranos ejemplares, muertos por los que guardar luto y muertos que incluso en la tumba seguían siendo culpables. De aquellas fiebres algunos de mis contemporáneos contumaces no se curaron nunca.. Leyendo libros de historia, conversando con testigos y supervivientes, uno va corrigiendo ciertos desatinos, ciertas frialdades inhumanas. Los años del terrorismo etarra, tan frívolamente olvidados ahora, nos educaron en el horror concreto del crimen, y en la hipocresía helada de quienes no lo veían, lo explicaban, lo justificaban. De los diez mandamientos el “No matarás” es el más claro y contundente, pero había sacerdotes y hasta obispos que en el cadáver de tu terrorista a terrorista veían un trasunto del Cristo en la cruz, y en el de un guardia civil o un concejal tan solo a un cómplice de la opresión que no merecía ni un entierro religioso. Uno de los fracasos de la democracia española es la incapacidad de honrar por igual a las víctimas inocentes de la represión en un bando y en otro, en los primeros meses de la guerra civil; y un fracaso y una vergüenza de la derecha española es su expresa determinación de olvido y desdén hacia los asesinados y los perseguidos de la dictadura de Franco.. A no excusar ningún crimen se le llama despectivamente equidistancia. Como ha descubierto Zohran Mamdani, no es una postura confortable. Pero de equidistancia nada: es ponerse del lado de las víctimas y de los inocentes, y en contra, siempre, de los que matan y destruyen, sin excepciones ni excusas.
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