Casas encantadas en mitad del bosque, asesinos con un estuche entero de armas blancas o monstruos con ganas de alimentarse de sangre humana son algunas de las muchas posibilidades que el género de terror puede ofrecer. Sin embargo, el proceso de filmación de una película siempre será para el equipo una simbiosis entre el drama lacrimógeno y el miedo más claustrofóbico, pues sacar adelante una proyecto está hecho para aquellos que, paradójicamente, serían los únicos que sobrevivirían en un slasher.. A pesar no de no ser una «scream queen», aunque recordemos que en “Posesión infernal” el adolescente protagonista era un chico, Bruce Campbell para ser exactos, Sergio Oksman seguramente sería ese superviviente. Realizador brasileño, para su última obra consiguió financiación “presentando un buen dossier”, como él dice, que le permitió poder vivir un poco lo que debe ser una producción hollywoodiense. El resultado se estrena ahora en cines. Aunque el título puede generar confusión, “Una película de miedo” está lejos de provocar en el espectador un salto sobre la butaca. “El título es irónico, lo que vemos son la escenificación de mis propios miedos como director”, explica el artífice.. En esta propuesta, Oksman actúa de sí mismo junto a su hijo. Ambos pasan un verano en un hotel abandonado en Lisboa, lugar con gran parecido al escenario de “El resplandor”. Ese espacio inhóspito será el lugar indicado para pasar tiempo juntos mientras algunas obsesiones del progenitor (un asesino en serie de la capital portuguesa, la relación con su padre, que le abandonó siendo él pequeño) van saliendo a la luz. A pesar de que este tono documental podría hacernos pensar que estamos ante un diario de memorias, su autor evita la categorización. “No trato de informar ni de concluir nada, sino que abro muchas puertas, pues nuestras propias vidas están fragmentadas, así que yo dejo en manos del espectador completar la película”, explica.. Así mismo, empezamos a colocar las piezas del puzzle y vemos que, cual acto de “arrebato”, que diría Iván Zulueta, estamos ante un ejemplo de metacine. Oksman incluye extractos de proyectos que nunca acabó para completar un conjunto donde la fabulación y la realidad van de la mano. Una vez depositados todos sus materiales, el “frankenstein” cobra vida propia y ya no es potestad del equipo su “destino final”. “Es en el montaje cuando construyes la narración de tu historia, que puede distar mucho de tu propósito inicial”, explica el realizador.. Función no terapéutica. Y aunque su hijo, Nuno Oksman, que aún no ha visualizado el trabajo, en la película muere de curiosidad por descubrir qué se esconde en una habitación del hotel a la que le ha prohibido entrar, el verdadero espectro sin identificar reside en la propia creación artística. “Nuestro oficio está lleno de fantasmas, pues nuestra imagen sabemos que va a sobrevivir al paso del tiempo”, habla el cineasta sobre la inmortalidad del séptimo arte.. Puede resultar desesperante que tu arte no consiga ser rematado, pero Oksman no concibe la labor cinematográfica desde la sanación: “Las películas deben responder a preguntas cinematográficas, y el psicólogo las que tengan que ver con terapia. Si bien el cine a la larga puede tener una función terapéutica, no debe ser la motivación primigenia”. Así, estima que el séptimo arte debería ser considerado un juego, pues “tendría que permitirte experimentar el asombro de un niño cuando ve algo por primera vez y que así puedas redescubrir el mundo”.. Esa función lúdica es la que inunda su metraje y la que intenta inculcar a sus alumnos, pues también da clases en la ECAM, la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid. ¿Y qué miedos tiene sobre su alumnado? “Que vean el mundo a través de una pantalla, y que esto haga que sus relatos sean limitados y que caigan en el olvido”. No obstante, hay esperanza, pues los audiovisuales que le entregan los define como “maravillas”. Hay “fantasmas” por encontrar.
Esta película de Sergio Oksman mezcla realidad y fabulación para crear una obra de metacine
Casas encantadas en mitad del bosque, asesinos con un estuche entero de armas blancas o monstruos con ganas de alimentarse de sangre humana son algunas de las muchas posibilidades que el género de terror puede ofrecer. Sin embargo, el proceso de filmación de una película siempre será para el equipo una simbiosis entre el drama lacrimógeno y el miedo más claustrofóbico, pues sacar adelante una proyecto está hecho para aquellos que, paradójicamente, serían los únicos que sobrevivirían en un slasher.. A pesar no de no ser una «scream queen», aunque recordemos que en “Posesión infernal” el adolescente protagonista era un chico, Bruce Campbell para ser exactos, Sergio Oksman seguramente sería ese superviviente. Realizador brasileño, para su última obra consiguió financiación “presentando un buen dossier”, como él dice, que le permitió poder vivir un poco lo que debe ser una producción hollywoodiense. El resultado se estrena ahora en cines. Aunque el título puede generar confusión, “Una película de miedo” está lejos de provocar en el espectador un salto sobre la butaca. “El título es irónico, lo que vemos son la escenificación de mis propios miedos como director”, explica el artífice.. En esta propuesta, Oksman actúa de sí mismo junto a su hijo. Ambos pasan un verano en un hotel abandonado en Lisboa, lugar con gran parecido al escenario de “El resplandor”. Ese espacio inhóspito será el lugar indicado para pasar tiempo juntos mientras algunas obsesiones del progenitor (un asesino en serie de la capital portuguesa, la relación con su padre, que le abandonó siendo él pequeño) van saliendo a la luz. A pesar de que este tono documental podría hacernos pensar que estamos ante un diario de memorias, su autor evita la categorización. “No trato de informar ni de concluir nada, sino que abro muchas puertas, pues nuestras propias vidas están fragmentadas, así que yo dejo en manos del espectador completar la película”, explica.. Así mismo, empezamos a colocar las piezas del puzzle y vemos que, cual acto de “arrebato”, que diría Iván Zulueta, estamos ante un ejemplo de metacine. Oksman incluye extractos de proyectos que nunca acabó para completar un conjunto donde la fabulación y la realidad van de la mano. Una vez depositados todos sus materiales, el “frankenstein” cobra vida propia y ya no es potestad del equipo su “destino final”. “Es en el montaje cuando construyes la narración de tu historia, que puede distar mucho de tu propósito inicial”, explica el realizador.. Y aunque su hijo, Nuno Oksman, que aún no ha visualizado el trabajo, en la película muere de curiosidad por descubrir qué se esconde en una habitación del hotel a la que le ha prohibido entrar, el verdadero espectro sin identificar reside en la propia creación artística. “Nuestro oficio está lleno de fantasmas, pues nuestra imagen sabemos que va a sobrevivir al paso del tiempo”, habla el cineasta sobre la inmortalidad del séptimo arte.. Puede resultar desesperante que tu arte no consiga ser rematado, pero Oksman no concibe la labor cinematográfica desde la sanación: “Las películas deben responder a preguntas cinematográficas, y el psicólogo las que tengan que ver con terapia. Si bien el cine a la larga puede tener una función terapéutica, no debe ser la motivación primigenia”. Así, estima que el séptimo arte debería ser considerado un juego, pues “tendría que permitirte experimentar el asombro de un niño cuando ve algo por primera vez y que así puedas redescubrir el mundo”.. Esa función lúdica es la que inunda su metraje y la que intenta inculcar a sus alumnos, pues también da clases en la ECAM, la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid. ¿Y qué miedos tiene sobre su alumnado? “Que vean el mundo a través de una pantalla, y que esto haga que sus relatos sean limitados y que caigan en el olvido”. No obstante, hay esperanza, pues los audiovisuales que le entregan los define como “maravillas”. Hay “fantasmas” por encontrar.
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