Veinte años no es nada. ¿O se trata de una trola eso del «nada» y pasa en este caso todo lo contrario, que hablamos de una barbaridad de tiempo porque hemos cambiado tanto que parecen cincuenta? Pero si aún no estaba en el gobierno de España, parece mentira, ni Pedro Sánchez, con lo largo que se está haciendo esto… Son los transcurridos desde que en 2006 David Frankel estrenase, ante una expectación tremenda, «El diablo viste de Prada», cuando provocó que se formaran inmediatamente y ese mismo día en las puertas de los cines largas colas de locos (y locas) por el diseño y el lujo, de admiradores y enganchados de cualquier espécimen a la alta costura.. Y eso que los/las influencers no pintaban aún tanto, qué alegría. Y, también, de los fans y detractores de Anna Wintour, terrible editora jefa de la edición estadounidense de la revista «Vogue» desde 1988 hasta 2025. La entonces temible periodista británica pero que es hoy, según la segunda entrega del filme, una señora mayor muy bien conservada todavía (como Meryl Streep, siempre estupenda ante el personaje que le pongan por delante, aunque este parece que le ha parecido, de nuevo, de los facilitos) y con un tanto de mala leche aunque poseedora de un corazón bajo las ropas carísimas de Armani que no le cabe en el pecho.. Porque si le quedaban dudas de que Wintour estaba detrás del personaje protagonista entonces y ahora, solo hace falta que recuerden la publicidad con la que nos han vendido esta nueva cinta para comprobarlo. Y aquí estamos otra vez, aunque con menos encantadora frivolidad y sarcasmo y más «golpes de pecho» políticos y sociales (las fusiones de grandes corporaciones en este y cualquier sector, los recortes de plantilla, la victoria frente al papel del coloso digital…), o sea, con la historia de Miranda Priestly, leyenda de los trapos caros a la cabeza de «Runway», que se enfrenta ahora a una nueva amenaza: Emily Charlton, ambiciosa exasistente convertida en poderosa ejecutiva de una empresa rival. De Dior, aclaremos, mientras que de nuevo aparece en escena Andy Sachs (Anne Hathaway), otra joven «castigada» por Miranda a la que debe agarrarse como un clavo ardiendo porque la chica tiene muy buenas ideas para que su jefa siga siéndolo.. En un panorama como el antes dicho, con una sociedad infinitamente más pendiente de internet que del quiosco (el que Lady Gaga diga en el filme que haría lo que fuese por no dejar de salir en la portada de la revista no hay ya quien se lo crea), ambas mujeres se enfrentan en una colosal batalla por los ingresos publicitarios. Porque, aunque Miranda se acerca ya a la jubilación con pocas ganas la verdad, sigue luchando por mantener su legado intacto, generando un juego de poder y ambición. Los cameos siguen siendo de órdago (Donatella Versace, Dolce & Gabbana) y Milán sale divina, pero, honestamente, me sigue pareciendo un excelente episodio de «Sexo en Nueva York» que hasta ha perdido aquella primigenia gracia. Y su maldad, tan «chic».
Dirección: David Frankel. Guion: Aline Brosh McKenna (novela de Lauren Weisberger). Intérpretes: Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci. Estados Unidos, 2026. Duración: 119 minutos. Comedia.
Veinte años no es nada. ¿O se trata de una trola eso del «nada» y pasa en este caso todo lo contrario, que hablamos de una barbaridad de tiempo porque hemos cambiado tanto que parecen cincuenta? Pero si aún no estaba en el gobierno de España, parece mentira, ni Pedro Sánchez, con lo largo que se está haciendo esto… Son los transcurridos desde que en 2006 David Frankel estrenase, ante una expectación tremenda, «El diablo viste de Prada», cuando provocó que se formaran inmediatamente y ese mismo día en las puertas de los cines largas colas de locos (y locas) por el diseño y el lujo, de admiradores y enganchados de cualquier espécimen a la alta costura.. Y eso que los/las influencers no pintaban aún tanto, qué alegría. Y, también, de los fans y detractores de Anna Wintour, terrible editora jefa de la edición estadounidense de la revista «Vogue» desde 1988 hasta 2025. La entonces temible periodista británica pero que es hoy, según la segunda entrega del filme, una señora mayor muy bien conservada todavía (como Meryl Streep, siempre estupenda ante el personaje que le pongan por delante, aunque este parece que le ha parecido, de nuevo, de los facilitos) y con un tanto de mala leche aunque poseedora de un corazón bajo las ropas carísimas de Armani que no le cabe en el pecho.. Porque si le quedaban dudas de que Wintour estaba detrás del personaje protagonista entonces y ahora, solo hace falta que recuerden la publicidad con la que nos han vendido esta nueva cinta para comprobarlo. Y aquí estamos otra vez, aunque con menos encantadora frivolidad y sarcasmo y más «golpes de pecho» políticos y sociales (las fusiones de grandes corporaciones en este y cualquier sector, los recortes de plantilla, la victoria frente al papel del coloso digital…), o sea, con la historia de Miranda Priestly, leyenda de los trapos caros a la cabeza de «Runway», que se enfrenta ahora a una nueva amenaza: Emily Charlton, ambiciosa exasistente convertida en poderosa ejecutiva de una empresa rival. De Dior, aclaremos, mientras que de nuevo aparece en escena Andy Sachs (Anne Hathaway), otra joven «castigada» por Miranda a la que debe agarrarse como un clavo ardiendo porque la chica tiene muy buenas ideas para que su jefa siga siéndolo.. En un panorama como el antes dicho, con una sociedad infinitamente más pendiente de internet que del quiosco (el que Lady Gaga diga en el filme que haría lo que fuese por no dejar de salir en la portada de la revista no hay ya quien se lo crea), ambas mujeres se enfrentan en una colosal batalla por los ingresos publicitarios. Porque, aunque Miranda se acerca ya a la jubilación con pocas ganas la verdad, sigue luchando por mantener su legado intacto, generando un juego de poder y ambición. Los cameos siguen siendo de órdago (Donatella Versace, Dolce & Gabbana) y Milán sale divina, pero, honestamente, me sigue pareciendo un excelente episodio de «Sexo en Nueva York» que hasta ha perdido aquella primigenia gracia. Y su maldad, tan «chic».
Noticias de cultura en La Razón
