Nadie los convocó ni les indicó adónde ir. Sin embargo, cientos de familias que perdieron sus viviendas en La Guaira tras el doble terremoto que sacudió a Venezuela el pasado 24 de junio encontraron en el Parque del Oeste de Caracas un lugar donde reagruparse. Lo que comenzó como un punto de encuentro espontáneo se ha convertido, días después, en un asentamiento improvisado que ya reúne a más de 6.000 personas.En el terreno, civiles voluntarios y autoridades han organizado zonas de pernocta, consultas médicas, espacios de recreación infantil y puntos de distribución de alimentos e insumos personales. La procedencia de esa ayuda, sin embargo, divide opiniones entre quienes hoy conviven en el parque. Unos atribuyen la asistencia a la solidaridad ciudadana; otros reivindican la labor del Estado.«El mismo pueblo ayuda al pueblo, y eso es lo que se está haciendo aquí», resume Rebeca Méndez, una de las damnificadas. Greta Gómez, en cambio, sostiene que «desde el día 1 están todas las instituciones gubernamentales, también la alcaldía». Ernesto Guerra prefiere destacar el esfuerzo colectivo: «Ha sido un poquito duro, pero entre todos nos hemos apoyado». En medio de la incertidumbre, otros vecinos del campamento intentan aportar certezas sobre el paradero de familiares y conocidos: «Los que están en las hojas blancas son personas que las tenemos aquí en el parque. Otras listas nos las están trayendo de los hospitales», explicó una voluntaria dedicada a la elaboración de censos improvisados.Denuncias de abusosEl parque no está exento de tensiones más graves. Entre la población refugiada circulan denuncias de presuntos abusos sexuales (hubo un detenido el martes en la noche) y testimonios de mujeres que dicen sentir miedo dentro del propio recinto, principalmente de los funcionarios militares. Organizaciones feministas han distribuido pitos y protocolos de uso para que las mujeres den la alarma cuando se presenten situaciones de peligro.A ello se suma una necesidad urgente de insumos básicos que, según los propios damnificados, no llega en cantidad suficiente: «Aquí estamos necesitando productos de higiene personal, de limpieza, jabón, champú, enjuague, papel toilet, afeitadoras, toallitas diarias, paños, colchones», enumeró una de las mujeres que permanece en el lugar.Tres campamentosSamantha, estudiante de Psicología que se desempeña como voluntaria en el Parque del Oeste, ofrece una radiografía de cómo se ha organizado el espacio. Según su relato, existen tres campamentos diferenciados. El primero se ubica en la entrada principal, con unas 30 carpas que alojan a familias de cinco personas o más. Un segundo grupo, las llamadas carpas naranjas, donde ella misma presta apoyo, suma unas 80 tiendas ocupadas mayoritariamente por parejas con tres hijos, aunque también hay padres solos a cargo de hasta cinco menores. El tercer punto, situado en el estacionamiento que da hacia la autopista, funciona como centr
Nadie los convocó ni les indicó adónde ir. Sin embargo, cientos de familias que perdieron sus viviendas en La Guaira tras el doble terremoto que sacudió a Venezuela el pasado 24 de junio encontraron en el Parque del Oeste de Caracas un lugar donde reagruparse. Lo que comenzó como un punto de encuentro espontáneo se ha convertido, días después, en un asentamiento improvisado que ya reúne a más de 6.000 personas. En el terreno, civiles voluntarios y autoridades han organizado zonas de pernocta, consultas médicas, espacios de recreación infantil y puntos de distribución de alimentos e insumos personales. La procedencia de esa ayuda, sin embargo, divide opiniones entre quienes hoy conviven en el parque. Unos atribuyen la asistencia a la solidaridad ciudadana; otros reivindican la labor del Estado. «El mismo pueblo ayuda al pueblo, y eso es lo que se está haciendo aquí», resume Rebeca Méndez, una de las damnificadas. Greta Gómez, en cambio, sostiene que «desde el día 1 están todas las instituciones gubernamentales, también la alcaldía». Ernesto Guerra prefiere destacar el esfuerzo colectivo: «Ha sido un poquito duro, pero entre todos nos hemos apoyado». En medio de la incertidumbre, otros vecinos del campamento intentan aportar certezas sobre el paradero de familiares y conocidos: «Los que están en las hojas blancas son personas que las tenemos aquí en el parque. Otras listas nos las están trayendo de los hospitales», explicó una voluntaria dedicada a la elaboración de censos improvisados. Denuncias de abusos El parque no está exento de tensiones más graves. Entre la población refugiada circulan denuncias de presuntos abusos sexuales (hubo un detenido el martes en la noche) y testimonios de mujeres que dicen sentir miedo dentro del propio recinto, principalmente de los funcionarios militares. Organizaciones feministas han distribuido pitos y protocolos de uso para que las mujeres den la alarma cuando se presenten situaciones de peligro. A ello se suma una necesidad urgente de insumos básicos que, según los propios damnificados, no llega en cantidad suficiente: «Aquí estamos necesitando productos de higiene personal, de limpieza, jabón, champú, enjuague, papel toilet, afeitadoras, toallitas diarias, paños, colchones», enumeró una de las mujeres que permanece en el lugar. Tres campamentos Samantha, estudiante de Psicología que se desempeña como voluntaria en el Parque del Oeste, ofrece una radiografía de cómo se ha organizado el espacio. Según su relato, existen tres campamentos diferenciados. El primero se ubica en la entrada principal, con unas 30 carpas que alojan a familias de cinco personas o más. Un segundo grupo, las llamadas carpas naranjas, donde ella misma presta apoyo, suma unas 80 tiendas ocupadas mayoritariamente por parejas con tres hijos, aunque también hay padres solos a cargo de hasta cinco menores. El tercer punto, situado en el estacionamiento que da hacia la autopista, funciona com
LA RAZÓN visita el Parque del Oeste, donde más de 6.000 personas se organizan para sobrevivir
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