De la periferia al policentrismo: el Centro Faro Santander, con diseño del estudio de arquitectura de David Chiperfield y la ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao, de Norman Foster, cambian el paradigma
En apenas un mes -8 de septiembre y 6 de octubre, respectivamente-, el mapa español de espacios artísticos experimentará dos grandes incorporaciones: en primer lugar, el Centro Faro Santander, con diseño del estudio de arquitectura de David Chiperfield y promovido por la Fundación Banco Santander; en segundo, la impresionante ampliación del Museo de Bellas de Bilbao, concebida por Norman Foster y Luis María Uriarte, y que supondrá un 45 % más de superficie para mostrar la colección y para albergar grandes exposiciones temporales. En términos amplios, estas dos novedades encadenadas invitan a reflexionar sobre las estrategias culturales que se están implementando desde los territorios “ex -céntricos”, y que parecen conocer un periodo de especial efervescencia. Para esbozar siquiera un marco de discusión que permita comprender el alcance de estos dos nuevos proyectos, es necesario enunciar tres ideas rectoras para, a continuación, cruzarlas y extraer alguna conclusión esclarecedora: 1) nos encontramos ante una “segunda oleada” de implementación de equipamientos culturales, después de aquella primera que se extendió desde la década de 1980 hasta los primeros 2000; 2) a diferencia de esta -caracterizada por la apertura de centros de arte promovidos por las comunidades autónomas: IVAM, CAAM, CGAC, MUSAC, MARCO, CAC Málaga, etc.-, las iniciativas de Santander y Bilbao nacen directamente del sector privado o de la colaboración público-privada; y 3) en contraste con países como Francia -con los paradigmáticos FRAC- o Reino Unido -con la tentacular Tate-, España carece de una red estatal de museos de arte moderno y contemporáneo.. A partir de estas premisas, lo primero que cabe inferir es un cambio de modelo en la relación centro-periferia, en virtud del cual el concepto de “descentralización” se queda muy corto. Ya no se trata -y permítase el reduccionismo- de “repartir” museos fuera de Madrid o de aportar “complementos periféricos” a los grandes programas expositivos localizados en la capital; de lo que se trata ahora, más bien, es de que ciudades como Santander o Bilbao construyan instituciones capaces de generar temporalmente “efectos de centro”. Frente al concepto finisecular de “cultura periférica”, se impone ahora la noción mas apropiada de “policentrismo cultural”. Que una ciudad de 175.000 habitantes como Santander posea espacios artísticos como el Centro Botín, el recientemente inaugurado Lafuente Cultura Material y el flamante y referido Faro Santander pone de manifiesto que nos encontramos ante mucho más que un “apéndice periférico”, y que, en realidad, la capital cántabra ejerce una “centralidad cultural alternativa”.. Además, el impulso corporativo y de colaboración público-privada que se encuentran detrás de los nuevos dispositivos artísticos de Santander y Bilbao evidencian que, en España, la descentralización cultural ya no depende únicamente del Estado. Desde siempre, la proliferación de centros de arte contemporáneos en territorio periféricos españoles ha podido leerse como el reverso de la inexistencia de una política unitaria de descentralización de las prácticas artísticas actuales: allí donde Francia territorializó desde el Estado una red de instituciones, colecciones y circulación artística, España dejó que esa estrategia fuese asumida por comunidades autónomas, administraciones locales y, finalmente, la iniciativa privada. Esta falta de impulso estatal pone de manifiesto que, ante el retraso con el que llega la institución artística central, los territorios periféricos se han visto obligados a producir su propia institución. Y los casos de Santander y Bilbao son los ejemplos más actuales de una práctica que abarca prácticamente todo el periodo democrático.
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En apenas un mes -8 de septiembre y 6 de octubre, respectivamente-, el mapa español de espacios artísticos experimentará dos grandes incorporaciones: en primer lugar, el Centro Faro Santander, con diseño del estudio de arquitectura de David Chiperfield y promovido por la Fundación Banco Santander; en segundo, la impresionante ampliación del Museo de Bellas de Bilbao, concebida por Norman Foster y Luis María Uriarte, y que supondrá un 45 % más de superficie para mostrar la colección y para albergar grandes exposiciones temporales. En términos amplios, estas dos novedades encadenadas invitan a reflexionar sobre las estrategias culturales que se están implementando desde los territorios “ex -céntricos”, y que parecen conocer un periodo de especial efervescencia. Para esbozar siquiera un marco de discusión que permita comprender el alcance de estos dos nuevos proyectos, es necesario enunciar tres ideas rectoras para, a continuación, cruzarlas y extraer alguna conclusión esclarecedora: 1) nos encontramos ante una “segunda oleada” de implementación de equipamientos culturales, después de aquella primera que se extendió desde la década de 1980 hasta los primeros 2000; 2) a diferencia de esta -caracterizada por la apertura de centros de arte promovidos por las comunidades autónomas: IVAM, CAAM, CGAC, MUSAC, MARCO, CAC Málaga, etc.-, las iniciativas de Santander y Bilbao nacen directamente del sector privado o de la colaboración público-privada; y 3) en contraste con países como Francia -con los paradigmáticos FRAC- o Reino Unido -con la tentacular Tate-, España carece de una red estatal de museos de arte moderno y contemporáneo.. A partir de estas premisas, lo primero que cabe inferir es un cambio de modelo en la relación centro-periferia, en virtud del cual el concepto de “descentralización” se queda muy corto. Ya no se trata -y permítase el reduccionismo- de “repartir” museos fuera de Madrid o de aportar “complementos periféricos” a los grandes programas expositivos localizados en la capital; de lo que se trata ahora, más bien, es de que ciudades como Santander o Bilbao construyan instituciones capaces de generar temporalmente “efectos de centro”. Frente al concepto finisecular de “cultura periférica”, se impone ahora la noción mas apropiada de “policentrismo cultural”. Que una ciudad de 175.000 habitantes como Santander posea espacios artísticos como el Centro Botín, el recientemente inaugurado Lafuente Cultura Material y el flamante y referido Faro Santander pone de manifiesto que nos encontramos ante mucho más que un “apéndice periférico”, y que, en realidad, la capital cántabra ejerce una “centralidad cultural alternativa”.. Además, el impulso corporativo y de colaboración público-privada que se encuentran detrás de los nuevos dispositivos artísticos de Santander y Bilbao evidencian que, en España, la descentralización cultural ya no depende únicamente del Estado. Desde siempre, la proliferación de centros de arte contemporáneos en territorio periféricos españoles ha podido leerse como el reverso de la inexistencia de una política unitaria de descentralización de las prácticas artísticas actuales: allí donde Francia territorializó desde el Estado una red de instituciones, colecciones y circulación artística, España dejó que esa estrategia fuese asumida por comunidades autónomas, administraciones locales y, finalmente, la iniciativa privada. Esta falta de impulso estatal pone de manifiesto que, ante el retraso con el que llega la institución artística central, los territorios periféricos se han visto obligados a producir su propia institución. Y los casos de Santander y Bilbao son los ejemplos más actuales de una práctica que abarca prácticamente todo el periodo democrático.
