Hay leyes científicas que no se discuten. No porque sean dogmas, sino porque funcionan demasiado bien. Entre ellas, pocas tan elegantes y aparentemente inquebrantables, como la tercera ley de Newton: por cada acción, hay una reacción igual y opuesta.. Empujas el agua, al nadar, y avanzas. Un cohete se eleva porque expulsa gases en dirección opuesta. Dos patinadores se separan en el hielo porque se empujan mutuamente. Es una ley de equilibrio, casi de simetría moral: nada ocurre sin compensación. Durante más de tres siglos, esa idea ha sobrevivido intacta. Hasta ahora. Un nuevo experimento con “cristales de tiempo” (una forma extraña de materia que no se repite en el espacio, sino en el tiempo) ha empezado a mostrar comportamientos que, al menos en apariencia, rompen esa simetría fundamental. Los resultados se han publicado en The Physical Journal Letters.. Para entender por qué esto es tan extraño, conviene aclarar el primer concepto. Un cristal normal, como el hielo o el diamante, es una estructura que se repite en el espacio: sus átomos forman patrones ordenados. Un cristal de tiempo, en cambio, repite un patrón… pero en el tiempo. Oscila, se mueve, late con una regularidad interna. No necesita un “empujón” constante. Su ritmo emerge del propio sistema. Es, en cierto sentido, un reloj sin cuerda.. Durante años, estos sistemas solo existían en condiciones extremas, cerca del cero absoluto o en experimentos cuánticos muy controlados. Pero el nuevo trabajo de liderado por Mia C. Morrel de la Universidad de Nueva York cambia el escenario: han creado un cristal de tiempo visible, manipulable… casi cotidiano. Y ahí es donde empieza el problema.. El experimento es, en apariencia, sencillo. Los científicos utilizan un “levitador acústico”: un dispositivo que genera ondas sonoras capaces de atrapar pequeñas partículas en el aire, como si flotaran en pequeños cuencos invisibles de presión. En esos puntos suspenden diminutas esferas de material ligero. Es en ese momento cuando ocurre algo inesperado.. Las partículas empiezan a interactuar entre sí no mediante contacto directo, sino a través de las ondas de sonido que dispersan. Es como si cada una generara pequeñas olas invisibles que afectan a las demás. Pero esas interacciones no son simétricas: una partícula puede influir más en otra de lo que recibe de vuelta. Ahí es donde la tercera ley empieza a resquebrajarse.. En el mundo clásico de Newton, las fuerzas son recíprocas: si A empuja a B, B empuja a A con la misma intensidad y en dirección opuesta. Pero en este sistema mediado por ondas, esa reciprocidad se rompe. Los físicos lo llaman “interacciones no recíprocas”.. “Imagina dos barcos de diferentes tamaños acercándose a un muelle – explica Morrell como ejemplo -. Cada uno genera olas que empujan al otro, pero en distinta medida, dependiendo de su tamaño”. Eso es exactamente lo que ocurre aquí, pero con sonido.. Y es esa asimetría la que permite algo aún más extraño: las partículas comienzan a oscilar de forma espontánea y sostenida, generando un patrón periódico en el tiempo. Es decir, forman un cristal de tiempo visible. A primera vista, todo esto parece una herejía científica. Pero la realidad es más sutil… y más interesante. La tercera ley de Newton no ha dejado de ser válida. Lo que ocurre es que sus condiciones de aplicación se han vuelto más delicadas de lo que creíamos.. En sistemas simples, donde las interacciones son directas y locales, la simetría acción-reacción se mantiene. Pero cuando las fuerzas están mediadas por campos complejos como ondas, fluidos o incluso información, pueden aparecer estos comportamientos no recíprocos. No es que la ley falle. Es que el escenario ha cambiado. Lo más interesante de este experimento no es solo que podamos ver un cristal de tiempo con nuestros propios ojos, flotando en el aire. Es que introduce una idea inquietante: que el movimiento, el equilibrio y la causalidad pueden ser más flexibles de lo que enseñan los libros de texto.. Estos sistemas podrían ayudar a entender desde materiales activos hasta redes biológicas, donde las interacciones tampoco son perfectamente simétricas. Incluso podrían tener aplicaciones en sensores o computación avanzada. Pero, más allá de la tecnología, hay algo más profundo. Durante siglos, la física ha buscado simetrías: leyes que funcionen igual en todas partes, en todo momento, en todas direcciones. Este tipo de descubrimientos no destruye esa búsqueda, pero sí le agrega un matiz que desconocíamos.
El dogma que dicta que, por cada acción, existe una reacción de igual magnitud y dirección, pero en sentido opuesto, se quiebra según un nuevo avance.
Hay leyes científicas que no se discuten. No porque sean dogmas, sino porque funcionan demasiado bien. Entre ellas, pocas tan elegantes y aparentemente inquebrantables, como la tercera ley de Newton: por cada acción, hay una reacción igual y opuesta.. Empujas el agua, al nadar, y avanzas. Un cohete se eleva porque expulsa gases en dirección opuesta. Dos patinadores se separan en el hielo porque se empujan mutuamente. Es una ley de equilibrio, casi de simetría moral: nada ocurre sin compensación. Durante más de tres siglos, esa idea ha sobrevivido intacta. Hasta ahora. Un nuevo experimento con “cristales de tiempo” (una forma extraña de materia que no se repite en el espacio, sino en el tiempo) ha empezado a mostrar comportamientos que, al menos en apariencia, rompen esa simetría fundamental. Los resultados se han publicado en The Physical Journal Letters.. Para entender por qué esto es tan extraño, conviene aclarar el primer concepto. Un cristal normal, como el hielo o el diamante, es una estructura que se repite en el espacio: sus átomos forman patrones ordenados. Un cristal de tiempo, en cambio, repite un patrón… pero en el tiempo. Oscila, se mueve, late con una regularidad interna. No necesita un “empujón” constante. Su ritmo emerge del propio sistema. Es, en cierto sentido, un reloj sin cuerda.. Durante años, estos sistemas solo existían en condiciones extremas, cerca del cero absoluto o en experimentos cuánticos muy controlados. Pero el nuevo trabajo de liderado por Mia C. Morrel de la Universidad de Nueva York cambia el escenario: han creado un cristal de tiempo visible, manipulable… casi cotidiano. Y ahí es donde empieza el problema.. El experimento es, en apariencia, sencillo. Los científicos utilizan un “levitador acústico”: un dispositivo que genera ondas sonoras capaces de atrapar pequeñas partículas en el aire, como si flotaran en pequeños cuencos invisibles de presión. En esos puntos suspenden diminutas esferas de material ligero. Es en ese momento cuando ocurre algo inesperado.. Las partículas empiezan a interactuar entre sí no mediante contacto directo, sino a través de las ondas de sonido que dispersan. Es como si cada una generara pequeñas olas invisibles que afectan a las demás. Pero esas interacciones no son simétricas: una partícula puede influir más en otra de lo que recibe de vuelta. Ahí es donde la tercera ley empieza a resquebrajarse.. En el mundo clásico de Newton, las fuerzas son recíprocas: si A empuja a B, B empuja a A con la misma intensidad y en dirección opuesta. Pero en este sistema mediado por ondas, esa reciprocidad se rompe. Los físicos lo llaman “interacciones no recíprocas”.. “Imagina dos barcos de diferentes tamaños acercándose a un muelle – explica Morrell como ejemplo -. Cada uno genera olas que empujan al otro, pero en distinta medida, dependiendo de su tamaño”. Eso es exactamente lo que ocurre aquí, pero con sonido.. Y es esa asimetría la que permite algo aún más extraño: las partículas comienzan a oscilar de forma espontánea y sostenida, generando un patrón periódico en el tiempo. Es decir, forman un cristal de tiempo visible. A primera vista, todo esto parece una herejía científica. Pero la realidad es más sutil… y más interesante. La tercera ley de Newton no ha dejado de ser válida. Lo que ocurre es que sus condiciones de aplicación se han vuelto más delicadas de lo que creíamos.. En sistemas simples, donde las interacciones son directas y locales, la simetría acción-reacción se mantiene. Pero cuando las fuerzas están mediadas por campos complejos como ondas, fluidos o incluso información, pueden aparecer estos comportamientos no recíprocos. No es que la ley falle. Es que el escenario ha cambiado. Lo más interesante de este experimento no es solo que podamos ver un cristal de tiempo con nuestros propios ojos, flotando en el aire. Es que introduce una idea inquietante: que el movimiento, el equilibrio y la causalidad pueden ser más flexibles de lo que enseñan los libros de texto.. Estos sistemas podrían ayudar a entender desde materiales activos hasta redes biológicas, donde las interacciones tampoco son perfectamente simétricas. Incluso podrían tener aplicaciones en sensores o computación avanzada. Pero, más allá de la tecnología, hay algo más profundo. Durante siglos, la física ha buscado simetrías: leyes que funcionen igual en todas partes, en todo momento, en todas direcciones. Este tipo de descubrimientos no destruye esa búsqueda, pero sí le agrega un matiz que desconocíamos.
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