Cada recoveco que custodia el interior de una casa presenta una amalgama de vidas pasadas que merecen ser recordadas antes de que el paso del tiempo las transforme en polvo. Selva Almada ha transitado por muchas y lleva toda la vida interesada en conocer qué es lo que sucedió en el domicilio que ahora llama hogar pero que, aunque nuestro narcisismo a veces nos impide reconocerlo, antes lo fue para otra estirpe. Mucho antes de que hiciera las maletas para poder estudiar en la ciudad como muchos jóvenes que también nacieron en pequeños núcleos, ya estaba esa, como la define, «curiosidad infantil». «Las casas abandonadas tienen la misma esencia que las mansiones encantadas de los cuentos. Cuando era chica y visitaba a mi abuelo, uno de mis grandes divertimentos era ir a las “taperas”, que es como llamamos a las casas de campo que quedaron deshabitadas en Argentina», menciona la escritora.. Años de enredaderas parecidas a las que crecen en los sitios que convertimos en inhóspitos la han conducido a su última novela, «Una casa sola». Y, efectivamente, un hogar que ha dejado de serlo es su núcleo narrativo central. Podría ser fácil dirigir esta idea hacia el género policial para averiguar qué fue de los residentes. Sin embargo, no era la intención de la autora, sino «qué es lo que ha pasado con el espacio físico que quedó vacío». A pesar de su aparente bucolismo, ella se decanta por denominarla «novela rural y social».. Obra ingeniada en una residencia de escritores en la villa francesa de Saint-Nazaire, a la que le dedica el tomo, «Una casa sola» comienza con una vivienda en la cual la vegetación ha florecido por no estar cuidada. Alguien recorrió sus interiores, pero eso ya es pasado. Sus páginas investigarán la razón por la que ya no hay nadie en ella y, sobre todo, quiénes fueron los que antes sí estuvieron. Así, Almada presenta como personajes a Lucero y Lorena, los transeúntes que desaparecieron sin dejar huella. No obstante, la protagonista de la obra es una narradora característica: la propia morada. «Inicialmente había un narrador omnisciente en tercera persona, pero con el transcurso de la escritura vi que se colaba una primera persona, por lo que rehice el escrito». Aparte de esta voz, hay otra que describe a los «espectros que siguen viviendo en el monte», escenificando qué es lo que queda en el ambiente cuando ya no hay nadie cuidándolo.. La prosa de Almada, como ya demostró en sus anteriores piezas, no rehúye de la semántica de su país de origen, apostando siempre por el voseo o las variedad lingüísticas. «Hay escritores que trabajan mucho más la trama que el lenguaje, pero a mí me interesa la oralidad y sus variedades regionales. Me encanta encontrar vericuetos de nuestra lengua. A mí me gusta mucho saber que estoy leyendo a un artista de un país concreto y no un español neutro», alega. Ese especial cuidado sobre las formas hace que, además de ser fácilmente identificables sus orígenes, su estilo literario presenta muchas aristas que acercan sus motivos a los de la poesía. Ella reconoce su pasión por los versos, pero no se ve capacitada para dar el paso a ser poetisa, aunque reconoce que «lo he intentado aunque no me haya salido bien». «Que mi prosa sea muy lírica es mi forma de acercarme a la poesía».. 50 años de la dictadura. Aunque su sangre latinoamericana y el embellecimiento a sus letras podría convertirla en sucesora del realismo mágico, se desmarca de él. «Puede que como hispanoamericanos hayamos abusado demasiado de su popularidad, pero también siento que en la última década ha habido un boom hacia el gótico, con autoras como Mónica Ojeda o Mariana Enriquez. A mí me gusta siempre contar algo para que no solamente sea un juego ingenioso con el lenguaje». Contemplando su libro como una pieza única, pues viene de la redacción de la «trilogía de los varones» cuya última parte, «No es un río», fue finalista del Premio Booker, la más reciente publicación de Selva Almada proporciona un remanso de paz en medio de la tormenta. Y no únicamente por desarrollarse en espacios rupestres, sino por la clara alusión que se hace, si se apartan las malezas, a las personas desaparecidas en la nación sudamericana. «Cuando vas al aeropuerto, pasan fotos constantemente de gente que sigue sin aparecer», se lamenta la artista.. Justamente esta conversación tuvo lugar el día en que se cumplieron 50 años del golpe militar que inició la última dictadura que ha vivido el territorio. «Vivimos un presente muy complicado en Argentina, pues nuestro gobierno niega datos sobre los que ya no había discusión para provocar», confiesa Almada. Sin embargo, ella tiene claro su función para que la historia nunca sea olvidada: «Mi manera de atravesar la derecha que lidera es escribiendo libros».
La escritora vuelve con «Una casa sola», un relato hipnótico con la dictadura militar de fondo
Cada recoveco que custodia el interior de una casa presenta una amalgama de vidas pasadas que merecen ser recordadas antes de que el paso del tiempo las transforme en polvo. Selva Almada ha transitado por muchas y lleva toda la vida interesada en conocer qué es lo que sucedió en el domicilio que ahora llama hogar pero que, aunque nuestro narcisismo a veces nos impide reconocerlo, antes lo fue para otra estirpe. Mucho antes de que hiciera las maletas para poder estudiar en la ciudad como muchos jóvenes que también nacieron en pequeños núcleos, ya estaba esa, como la define, «curiosidad infantil». «Las casas abandonadas tienen la misma esencia que las mansiones encantadas de los cuentos. Cuando era chica y visitaba a mi abuelo, uno de mis grandes divertimentos era ir a las “taperas”, que es como llamamos a las casas de campo que quedaron deshabitadas en Argentina», menciona la escritora.. Años de enredaderas parecidas a las que crecen en los sitios que convertimos en inhóspitos la han conducido a su última novela, «Una casa sola». Y, efectivamente, un hogar que ha dejado de serlo es su núcleo narrativo central. Podría ser fácil dirigir esta idea hacia el género policial para averiguar qué fue de los residentes. Sin embargo, no era la intención de la autora, sino «qué es lo que ha pasado con el espacio físico que quedó vacío». A pesar de su aparente bucolismo, ella se decanta por denominarla «novela rural y social».. Obra ingeniada en una residencia de escritores en la villa francesa de Saint-Nazaire, a la que le dedica el tomo, «Una casa sola» comienza con una vivienda en la cual la vegetación ha florecido por no estar cuidada. Alguien recorrió sus interiores, pero eso ya es pasado. Sus páginas investigarán la razón por la que ya no hay nadie en ella y, sobre todo, quiénes fueron los que antes sí estuvieron. Así, Almada presenta como personajes a Lucero y Lorena, los transeúntes que desaparecieron sin dejar huella. No obstante, la protagonista de la obra es una narradora característica: la propia morada. «Inicialmente había un narrador omnisciente en tercera persona, pero con el transcurso de la escritura vi que se colaba una primera persona, por lo que rehice el escrito». Aparte de esta voz, hay otra que describe a los «espectros que siguen viviendo en el monte», escenificando qué es lo que queda en el ambiente cuando ya no hay nadie cuidándolo.. La prosa de Almada, como ya demostró en sus anteriores piezas, no rehúye de la semántica de su país de origen, apostando siempre por el voseo o las variedad lingüísticas. «Hay escritores que trabajan mucho más la trama que el lenguaje, pero a mí me interesa la oralidad y sus variedades regionales. Me encanta encontrar vericuetos de nuestra lengua. A mí me gusta mucho saber que estoy leyendo a un artista de un país concreto y no un español neutro», alega. Ese especial cuidado sobre las formas hace que, además de ser fácilmente identificables sus orígenes, su estilo literario presenta muchas aristas que acercan sus motivos a los de la poesía. Ella reconoce su pasión por los versos, pero no se ve capacitada para dar el paso a ser poetisa, aunque reconoce que «lo he intentado aunque no me haya salido bien». «Que mi prosa sea muy lírica es mi forma de acercarme a la poesía».. Aunque su sangre latinoamericana y el embellecimiento a sus letras podría convertirla en sucesora del realismo mágico, se desmarca de él. «Puede que como hispanoamericanos hayamos abusado demasiado de su popularidad, pero también siento que en la última década ha habido un boom hacia el gótico, con autoras como Mónica Ojeda o Mariana Enriquez. A mí me gusta siempre contar algo para que no solamente sea un juego ingenioso con el lenguaje». Contemplando su libro como una pieza única, pues viene de la redacción de la «trilogía de los varones» cuya última parte, «No es un río», fue finalista del Premio Booker, la más reciente publicación de Selva Almada proporciona un remanso de paz en medio de la tormenta. Y no únicamente por desarrollarse en espacios rupestres, sino por la clara alusión que se hace, si se apartan las malezas, a las personas desaparecidas en la nación sudamericana. «Cuando vas al aeropuerto, pasan fotos constantemente de gente que sigue sin aparecer», se lamenta la artista.. Justamente esta conversación tuvo lugar el día en que se cumplieron 50 años del golpe militar que inició la última dictadura que ha vivido el territorio. «Vivimos un presente muy complicado en Argentina, pues nuestro gobierno niega datos sobre los que ya no había discusión para provocar», confiesa Almada. Sin embargo, ella tiene claro su función para que la historia nunca sea olvidada: «Mi manera de atravesar la derecha que lidera es escribiendo libros».
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