Un documental narra la historia de la mítica sala de conciertos del barrio de El Carmen (Ciudad Lineal) en Madrid: el gran templo del rock y contrapeso de la Movida
Un documental narra la historia de la mítica sala de conciertos del barrio de El Carmen (Ciudad Lineal) en Madrid: el gran templo del rock y contrapeso de la Movida
Madrid, 1985. Toda la ciudad (y todo el país) está inundado por la Movida y sus grupos de pop refrescantes y vanguardistas. ¿Toda? No, una numerosa tribu se mueve a contracorriente y ajena al interés mediático, ávida de rock y heavy metal, que empieza a ofrecer sus mejores frutos. Son mucho más numerosos que los nuevos modernos, y, para no pocos analistas de aquel periodo, representaron la verdadera movida. Siguen a una larguísima lista de grupos nacionales (Leño, Ñu, Asfalto, Obús, Topo, Burning, Barón Rojo…) e internacionales (Mötorhead, AC/DC, Iron Maiden,Judas Priest, Whitesnake, Guns N’Roses…) en contraste con la exigua nómina de la corriente en boga. Los miembros de esta legión, de todas partes de la ciudad y aledaños, confluían en un templo: la Sala Canciller, en el barrio de El Carmen, junto al Parque Calero (Ciudad Lineal) era como las pirámides de Egipto, como descubrir la tumba de Tutankamón: una espectacular discoteca y sala de conciertos de dos mil metros cuadrados con el mejor equipo de sonido, la iluminación más puntera y hasta vídeos musicales en un tiempo en que a duras penas se sintonizaban dos canales de televisión. Una historia que cuenta con ternura y emoción Vicente Martín Terán en el documental «Canciller. El templo del rock».. La sala nació como la sucesora de la discoteca Barrabás, un centro de rock en el barrio hermano de Vicálvaro, donde se vuelve tremendamente popular. El dueño de aquel bar con terraza, Juan Antonio Rodríguez, vio la oportunidad de ampliar un negocio desbordado de público gracias a la misma fidelidad militante de que han disfrutado siempre las bandas de heavy metal. No se imaginaba que iba a levantar una catedral para los chicos de barrio a los que la Movida no les decía nada. «La idea del documental era reivindicar lo que fue la sala históricamente, la importancia que tuvo frente a otras cosas que, no lo vamos a negar, también fueron importantes, como Rockola, por ejemplo, que sí ha sido reconocida al contrario que la Canciler», dice el director de la película, que lamenta que solo haya trascendido esa escena moderna de aquellos años, cuando la rockera fue mucho más numerosa. «Algunos que han visto el documental me reprochan que sea Jesús Ordovás el que dice en la película lo importante que fue el heavy en aquellos años. Pero yo quería que fuese alguien del, y pon muchas comillas en esto, “enemigo” quien reconociese la realidad: que el heavy era la música que más seguidores arrastraba, con diferencia». En aquellos tiempos había una convivencia de escenas y de tribus basada en el respeto. «Convivíamos heavies, punkis, rockers, modernos o babosos, pero no nos mezclábamos», explica el director del documental, que asistió a la sala en varias ocasiones pero no era un asiduo. «Yo era más seguidor del rock progresivo y algún día ponían un rato de esa música, pero no era lo normal. Iba, porque tenía amigos que no fallaban ni un fin de semana. Bajabas por las escaleras y escuchabas esa música, ese estruendo que te dejaba paralizado», rememora Martín.. Una vez dentro, «te quedabas hipnotizado mirando la pantalla, la iluminación, que era más de concierto que de discoteca. La pista de baile estaba siempre llena hasta arriba. Y todo el mundo haciendo air guitar», evoca Martín con una sonrisa. Y encima había futbolín, hamburguesas y olor a laca en los baños. Si eso no es el Valhalla heavy, se le parece mucho. Porque, aunque pueda parecer que solo los modernos se maqueaban, la magia de la melena del rock duro no llega por gracia divina. «El Canci era un sitio para exhibirse. Tú eras una estrella del rock y dentro te comportabas como tal. Llevabas los pantalones más llamativos, el cinturón de balas y toda la parafernalia», evoca en la cinta Juanjo Melero, guitarrista de Sangre Azul. Chupas con parches si eras heavy de manual, pelo ahuecado si mirabas a las nuevas generaciones de Los Ángeles. En el baño, tanto ellos como ellas sacaban sus esprays de laca Elnett de 800 mililitros en envase dorado, el mismo que las señoras mayores.. Pero no nos despistemos: el Canci era el Disneylandia rockero porque estaba dirigido a gente hambrienta por la música, un público que quería conocer, escuchar, compartir y vivir en todas aquellas bandas. «Yo era de barrio y no me faltaba de nada, pero no me sobraba tampoco. Acceder a la música era complicado. Había poca información y la gente se sabía los nombres de los guitarristas, de los bajistas, se hablaba mucho de música. Ahora es una forma de consumo y antes era una manera de vida. Te identificabas con lo que escuchabas», explica Martín, que pone el acento en otra variable fundamental, la clase social. «En aquella época, el rock era de clase obrera. Menos abiertos en mentalidad, por ejemplo, que la gente de la Movida en algunos temas, como la homosexualidad, algo que venía asociado a un acceso diferente a una cierta educación». Hay un cliché en torno al seguidor del rock duro: encerrar los sentimientos en el sótano y limitarse a sentir la electricidad en los dedos. También sufrían el menosprecio y el rechazo de una sociedad que se quedaba en «sus pintas». Ambas cosas le pasaban al dueño de la sala, Juan Antonio Rodríguez, que trabaja en un banco de día mientras el Canci abre por la noche, pero lo oculta. Siente que el rechazo que sufren sus clientes es el mismo que él padece. Y ve en esa música la misma liberación que sintió él mismo cuando escuchaba a Los Brincos o Raphael tras deja el pueblo de Extremadura donde había nacido para llegar, algo acomplejado, a Madrid. Rodríguez encontró una familia entre esos rockeros de aspecto tan amenazante. «Muchos de mis clientes estaban marginados socialmente», dice en la película.. Por la Sala Canciller pasaron los más grandes: de Iron Maiden a Rory Gallagher, de Black Crowes a Ramones y de Manowar a Barón Rojo a lo largo de más de 450 conciertos. Incluso unos aspirantes Extremoduro. La sala era perfecta para el rock, tenía una vibración espectacular y abría todos los días, ya fuera de discoteca o para conciertos, hasta el alba. Allí se hermanó una generación de rockeros proletarios durante 11 años. Sin embargo, el éxito y las quejas vecinales fueron decisivos para su abrupto y kafkiano final con la colaboración de un concejal del distrito que tenía a la sala en su punto de mira. «Se juntan muchas cosas –explica el director del documental–. Está la cuestión burocrática, pero ocurrieron cosas que, en otros casos, no se resuelven de esa manera tan drástica». El concejal levanta un muro de ladrillos de la noche a la mañana porque la sala tiene equipos que no constan en la licencia. Equipos que no existían cuando se concedió esa licencia. No se permite la renovación y llegan los pleitos, que se alargan años. «A finales de los 80, la música cambia. El heavy entra en una especie de crisis y aparece el grunge y otros sonidos. Abren otros locales y la gente se olvida de la sala». Reabren, pero el público ya está en otro lugar. El dueño recuerda con amargura que sus heavies, a los que tanto ha querido, le han abandonado. Puede que entonces, sí. Pero ni uno solo de ellos ha olvidado el Canci.
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