Este año se celebrará el centenario de la muerte del checo Rainer Maria Rilke, que falleció el 29 de diciembre de 1926 en Montreux, en el sanatorio de Valmont, de tal modo que a buen seguro, desde el punto de vista editorial, esta onomástica reactivará el interés por su obra, especialmente por textos como las «Elegías de Duino», empezadas en 1912 y finalizadas diez años después, y los «Sonetos a Orfeo». Se trata de un poeta que, tradicionalmente, ha despertado interés en poetas, especialistas en historia literaria germana o intelectuales admiradores de su hermética obra. Pero, a partir de un momento dado, su figura traspasó esa línea para convertirse en un autor próximo, casi popular, gracias a unos escritos no pensados para que se publicaran, las «Cartas a un joven poeta» (1929).. Eran, en efecto, las cartas de contestación que, entre 1903 y 1908, Rilke envió al cadete de la escuela militar Wiener-Neustadt y aspirante a escritor; en ellas, desde Worpswede y París, Rilke reflexionó sobre arte y literatura y aconsejó al muchacho con una delicadeza y sabiduría memorables, como por ejemplo con estas palabras: «No hay medida en el tiempo: no sirve un año, y diez años no son nada; ser artista quiere decir no calcular ni contar (…) Yo lo aprendo diariamente, lo aprendo bajo dolores a los que estoy agradecido. ¡La paciencia lo es todo!».. Frederike, la primera esposa de Stefan Zweig, lo llamó «etéreo e irrepetible hijo de las musas»; un hombre que tuvo la fortuna de librarse de ir al frente en la Gran Guerra y contar con el soporte literario y hasta económico de diversas personas. Una de ellas fue la princesa Maria von Thurn und Taxis, que apoyó al poeta durante los últimos años; por otro lado, estaba la que fue su amante durante una larga temporada, Lou Andreas Salomé, la escritora y psicoanalista rusa tan vinculada a Nietzsche. Por otra parte, el poeta, en su. juventud, cuando vivía en una colonia de artistas cercana a Bremen, conoció a la escultora Clara Westhoff, discípula de Rodin, se casó con ella en 1901 y tuvo una hija de la que se desvinculó pronto. Luego se dedicó a seducir una tras otra a distintas mujeres de diferente posición social en función de las ciudades europeas por las que se movía y en las que se dejaba ver en hoteles suntuosos y en fiestas aristocráticas en aquellos años de guerra.. Poetizar la muerte. Rilke hizo lo necesario, en fin, para disponer de tiempo y acomodo para consagrarse a hacer poesía, lo que lo llevó a cruzar Europa de punta a punta, a instalarse en París y a refugiarse en un torreón medieval de Suiza, concentrado en dar fin a una obra que acabó por culpa de una leucemia. Ahora, parte de esa entrega poética cobra una nueva voz por medio de los traductores Andreu Jaume y Adan Kovacsics, con «Sonetos a Orfeo», que tiene el aliciente además de incluir cartas y poemas inéditos, esbozados o descartados, así como los fragmentos de Ovidio que inspiraron al autor. Estos mismos editores de los textos rilkeanos ya ofrecieron su versión de «Elegías de Duino» hace tres años, y en este momento se encargan de facilitar al lector estos sonetos escritos en 1922, cuyo detonante fue la muerte de una joven bailarina, Wera Ouckama Knoop, a quien el libro está dedicado de forma implícita. Sin embargo, el resultado no es un lamento personal, sino algo más amplio: una meditación sobre la vida, la muerte y la capacidad del lenguaje poético para darles forma.. Rilke reescribe aquí el mito de Orfeo, que con su canto reorganiza, vuelve más habitable la realidad. Por eso en los sonetos aparecen animales, plantas, objetos cotidianos… pero como si hubieran sido afinados por una música invisible. El libro, con todo, no presenta la muerte como negación, sino como una dimensión más de la existencia, pues Orfeo desciende al inframundo simbolizando esa capacidad de atravesar el límite sin destruirlo. La poesía, en este sentido, sería un puente ya que no elimina la pérdida, pero la convierte en forma, y la forma poética es, fundamentalmente, lingüística. Por eso el tono puede parecer a veces enigmático: es una oscuridad que intenta captar lo que normalmente queda fuera del discurso lógico, y tal vez por eso mismo, «Los sonetos a Orfeo» están considerados una de las cimas de la poesía moderna europea.
En diciembre hará cien años de la muerte de Rainer Maria Rilke, el poeta de Bohemia famoso por su poesía críptica y por aprovecharse de las mujeres que lo amaron o admiraron
Este año se celebrará el centenario de la muerte del checo Rainer Maria Rilke, que falleció el 29 de diciembre de 1926 en Montreux, en el sanatorio de Valmont, de tal modo que a buen seguro, desde el punto de vista editorial, esta onomástica reactivará el interés por su obra, especialmente por textos como las «Elegías de Duino», empezadas en 1912 y finalizadas diez años después, y los «Sonetos a Orfeo». Se trata de un poeta que, tradicionalmente, ha despertado interés en poetas, especialistas en historia literaria germana o intelectuales admiradores de su hermética obra. Pero, a partir de un momento dado, su figura traspasó esa línea para convertirse en un autor próximo, casi popular, gracias a unos escritos no pensados para que se publicaran, las «Cartas a un joven poeta» (1929).. Eran, en efecto, las cartas de contestación que, entre 1903 y 1908, Rilke envió al cadete de la escuela militar Wiener-Neustadt y aspirante a escritor; en ellas, desde Worpswede y París, Rilke reflexionó sobre arte y literatura y aconsejó al muchacho con una delicadeza y sabiduría memorables, como por ejemplo con estas palabras: «No hay medida en el tiempo: no sirve un año, y diez años no son nada; ser artista quiere decir no calcular ni contar (…) Yo lo aprendo diariamente, lo aprendo bajo dolores a los que estoy agradecido. ¡La paciencia lo es todo!».. Frederike, la primera esposa de Stefan Zweig, lo llamó «etéreo e irrepetible hijo de las musas»; un hombre que tuvo la fortuna de librarse de ir al frente en la Gran Guerra y contar con el soporte literario y hasta económico de diversas personas. Una de ellas fue la princesa Maria von Thurn und Taxis, que apoyó al poeta durante los últimos años; por otro lado, estaba la que fue su amante durante una larga temporada, Lou Andreas Salomé, la escritora y psicoanalista rusa tan vinculada a Nietzsche. Por otra parte, el poeta, en su. juventud, cuando vivía en una colonia de artistas cercana a Bremen, conoció a la escultora Clara Westhoff, discípula de Rodin, se casó con ella en 1901 y tuvo una hija de la que se desvinculó pronto. Luego se dedicó a seducir una tras otra a distintas mujeres de diferente posición social en función de las ciudades europeas por las que se movía y en las que se dejaba ver en hoteles suntuosos y en fiestas aristocráticas en aquellos años de guerra.. Rilke hizo lo necesario, en fin, para disponer de tiempo y acomodo para consagrarse a hacer poesía, lo que lo llevó a cruzar Europa de punta a punta, a instalarse en París y a refugiarse en un torreón medieval de Suiza, concentrado en dar fin a una obra que acabó por culpa de una leucemia. Ahora, parte de esa entrega poética cobra una nueva voz por medio de los traductores Andreu Jaume y Adan Kovacsics, con «Sonetos a Orfeo», que tiene el aliciente además de incluir cartas y poemas inéditos, esbozados o descartados, así como los fragmentos de Ovidio que inspiraron al autor. Estos mismos editores de los textos rilkeanos ya ofrecieron su versión de «Elegías de Duino» hace tres años, y en este momento se encargan de facilitar al lector estos sonetos escritos en 1922, cuyo detonante fue la muerte de una joven bailarina, Wera Ouckama Knoop, a quien el libro está dedicado de forma implícita. Sin embargo, el resultado no es un lamento personal, sino algo más amplio: una meditación sobre la vida, la muerte y la capacidad del lenguaje poético para darles forma.. Rilke reescribe aquí el mito de Orfeo, que con su canto reorganiza, vuelve más habitable la realidad. Por eso en los sonetos aparecen animales, plantas, objetos cotidianos… pero como si hubieran sido afinados por una música invisible. El libro, con todo, no presenta la muerte como negación, sino como una dimensión más de la existencia, pues Orfeo desciende al inframundo simbolizando esa capacidad de atravesar el límite sin destruirlo. La poesía, en este sentido, sería un puente ya que no elimina la pérdida, pero la convierte en forma, y la forma poética es, fundamentalmente, lingüística. Por eso el tono puede parecer a veces enigmático: es una oscuridad que intenta captar lo que normalmente queda fuera del discurso lógico, y tal vez por eso mismo, «Los sonetos a Orfeo» están considerados una de las cimas de la poesía moderna europea.
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