Desde que surgieron las primeras biomoléculas capaces de autorreplicarse, la vida no ha hecho sino volverse más variada (y compleja), hasta llegar a lo que somos nosotros: una intrincada arquitectura de células de muy diferentes tipos consciente de su propia finitud. A la escala temporal más reducida de la existencia humana, la vida se nos muestra como algo no menos creativo. Cada primavera vemos crecer nuevas hojas en los árboles, los campos se cubren con nuevas cosechas y nidos y cubiles se animan con nuevas crías de todas las especies. La naturaleza parece empeñada en fabricar material novedoso de manera infatigable. Sin embargo, la propia vida solo es posible merced a una tarea no menos perseverante de conservación de lo ya existente. Dejados a su albur, los sistemas vivos acabarían degenerando hasta morir, como se acaba derrumbando la casa que no se repara. Así, en el núcleo celular, diversas enzimas recorren constantemente las hebras del ADN (el libro con las instrucciones para construir nuestro cuerpo y hacer que funcione) con el objetivo de revertir las mutaciones (o erratas) que hayan podido alterar su secuencia, causadas por agentes contaminantes o por la radiación que llega del espacio. De igual modo, existen mecanismos biológicos que inducen la muerte controlada de aquellas células cuya integridad no puede restaurarse o cuyo comportamiento anómalo no puede controlarse, como las tumorales, con la finalidad de que no acaben amenazando la supervivencia del organismo. Nuestro cuerpo es capaz, asimismo, de reparar determinados daños estructurales induciendo una proliferación celular controlada, como sucede cuando las células epiteliales crecen para cubrir una herida. Y a un nivel superior, actividades como el sueño hacen una puesta a punto diaria de todo nuestro cuerpo, para que pueda comenzar una nueva jornada en mejores condiciones que acabó la anterior. Durante el sueño eliminamos, por ejemplo, la información superflua acumulada durante el día y consolidamos aquella otra que resulta importante para nuestra supervivencia, que pasa a integrar lo que llamamos memoria. Consecuentemente, la vida tiene mucho de productividad, pero quizás tenga más aún de preservación de lo ya producido. En pugna con la Segunda Ley de la Termodinámica, según la cual el caos aumenta siempre con el tiempo, la vida lucha por restaurar el orden en el interior de los organismos.. Cuando examinamos nuestras sociedades y las comparamos con las que nos precedieron, llama la atención la cantidad y la diversidad de bienes que poseemos, que no dejan de aumentar con el tiempo, así como la facilidad con la que nos desprendemos de cuanto tenemos para adquirir cosas nuevas. Así, en pocos años hemos sustituido los teléfonos fijos por dispositivos móviles, pero cada vez son más los modelos de móviles y cada vez cambian con mayor rapidez. Es más, los fabricantes han vuelto extremadamente difícil que se puedan seguir utilizando las versiones antiguas, incluso en el improbable caso de que quisiésemos hacerlo. Por un lado, porque las aplicaciones exigen recursos de procesamiento crecientes que solo pueden proporcionar los modelos más recientes. Por otro, porque la propia durabilidad de los componentes que integran los teléfonos se limita de manera intencionada para que dejen de funcionar pasado cierto tiempo (es lo que se conoce como obsolescencia programada). Se llega, incluso, a la paradójica situación de que cueste más reparar un modelo antiguo que adquirir uno nuevo. Sin duda, producir novedades para aumentar los beneficios empresariales es un acicate para la innovación tecnológica, contribuye a crear puestos de trabajo y mejora, en general, la economía de un país. Pero entraña también un gasto creciente de materias primas y de energía, y genera más contaminantes y residuos que es preciso gestionar adecuadamente para no perjudicar al medioambiente y a la salud de las personas. Al mismo tiempo, esta oferta creciente de bienes, diseñados además para durar poco, obliga al ciudadano, por moda o por necesidad, a consumir de modo no menos creciente. Es cierto que hoy reciclamos en mayor medida que hace unos años, pero en cambio, reutilizamos las cosas mucho menos que antes. No solo no reparamos los móviles, sino que tampoco zurcimos la ropa o llevamos las cacerolas deterioradas al calderero. Este nivel de producción, consumo y renovación de bienes era imposible hasta no hace mucho, porque los costes de extracción y procesamiento de las materias primas eran mucho mayores, como también lo eran los de producción y distribución. En paralelo, nuestras sociedades se han vuelto más ricas (y hasta cierto punto, más redistributivas), de modo que más gente puede permitirse hoy adquirir más bienes y con más frecuencia.. Ahora bien, un problema es que este modus operandi, eminentemente económico, ha acabado teniendo consecuencias sociales. Por ejemplo, ha alterado radicalmente la fisionomía de nuestras ciudades, que han dado preeminencia al vehículo sobre el peatón y se han rodeado de un cinturón de áreas industriales y de servicios. Y ha devenido, en último término, en un cambio en la mentalidad de las personas. Las filosofías de vida basadas en el sacrificio, el ahorro, la austeridad o la solidaridad han dejado paso a modos de vivir mucho más individualistas y hedonistas, que consideran que el objetivo principal de la existencia es la satisfacción inmediata de las necesidades propias (y también de los caprichos). Si vivir con poco es ya extraño para el hombre moderno, vivir con algo que no sea nuevo lo es aún más. Ocasionalmente, encuentra uno vestigios del antiguo modo de pensar y de vivir. Así, aunque es una sociedad que adolece como la que más de esta fiebre del consumismo, los japoneses se siguen sintiendo atraídos por la imperfección y valoran todavía el esfuerzo por restaurar lo que se estropea. Hay, de hecho, una palabra en japonés para esto último, «kintsugi», que se refiere a la técnica de recomponer objetos de porcelana o loza a partir de sus fragmentos, pero que, metafóricamente, alude también a una filosofía vital según la cual la adversidad ayuda a forjar el carácter de las personas y a hacerlas más resilientes. Es solo la excepción que confirma la regla, porque casi todos en casi todas partes hemos acabado interiorizando, y volviendo los ejes rectores de nuestras vidas, aquellos principios de oferta ilimitada, consumismo desaforado y obsolescencia programada. Pensemos, por poner el caso, en lo que ocurre con las relaciones de pareja. Tratamos a las personas como a la ropa barata. Las elegimos en catálogos virtuales. Nos vinculamos a ellas por un breve tiempo, sustituyéndolas al poco por otras diferentes. Y desde luego, cuando surge algún problema, pensamos que nos irá mejor abandonando la relación que tratando de enmendar lo que pueda fallar en ella. Es un gran error. Del mismo modo que está convirtiendo nuestro planeta en un lugar más hostil a la vida, la actual sociedad de consumo nos está volviendo a nosotros menos habitables por los demás y a la postre, más infelices. Y es que vivimos ciegos y sordos a la principal enseñanza de la vida, a saber, que vivir es, ante todo, cuidar y restaurar lo que ya existe, y que, como escribió el poeta ruso Ósip Mandelshtam, somos a un tiempo la flor y el jardinero.
«Hoy reciclamos en mayor medida que hace unos años, pero reutilizamos las cosas menos que antes»
Desde que surgieron las primeras biomoléculas capaces de autorreplicarse, la vida no ha hecho sino volverse más variada (y compleja), hasta llegar a lo que somos nosotros: una intrincada arquitectura de células de muy diferentes tipos consciente de su propia finitud. A la escala temporal más reducida de la existencia humana, la vida se nos muestra como algo no menos creativo. Cada primavera vemos crecer nuevas hojas en los árboles, los campos se cubren con nuevas cosechas y nidos y cubiles se animan con nuevas crías de todas las especies. La naturaleza parece empeñada en fabricar material novedoso de manera infatigable. Sin embargo, la propia vida solo es posible merced a una tarea no menos perseverante de conservación de lo ya existente. Dejados a su albur, los sistemas vivos acabarían degenerando hasta morir, como se acaba derrumbando la casa que no se repara. Así, en el núcleo celular, diversas enzimas recorren constantemente las hebras del ADN (el libro con las instrucciones para construir nuestro cuerpo y hacer que funcione) con el objetivo de revertir las mutaciones (o erratas) que hayan podido alterar su secuencia, causadas por agentes contaminantes o por la radiación que llega del espacio. De igual modo, existen mecanismos biológicos que inducen la muerte controlada de aquellas células cuya integridad no puede restaurarse o cuyo comportamiento anómalo no puede controlarse, como las tumorales, con la finalidad de que no acaben amenazando la supervivencia del organismo. Nuestro cuerpo es capaz, asimismo, de reparar determinados daños estructurales induciendo una proliferación celular controlada, como sucede cuando las células epiteliales crecen para cubrir una herida. Y a un nivel superior, actividades como el sueño hacen una puesta a punto diaria de todo nuestro cuerpo, para que pueda comenzar una nueva jornada en mejores condiciones que acabó la anterior. Durante el sueño eliminamos, por ejemplo, la información superflua acumulada durante el día y consolidamos aquella otra que resulta importante para nuestra supervivencia, que pasa a integrar lo que llamamos memoria. Consecuentemente, la vida tiene mucho de productividad, pero quizás tenga más aún de preservación de lo ya producido. En pugna con la Segunda Ley de la Termodinámica, según la cual el caos aumenta siempre con el tiempo, la vida lucha por restaurar el orden en el interior de los organismos.. Cuando examinamos nuestras sociedades y las comparamos con las que nos precedieron, llama la atención la cantidad y la diversidad de bienes que poseemos, que no dejan de aumentar con el tiempo, así como la facilidad con la que nos desprendemos de cuanto tenemos para adquirir cosas nuevas. Así, en pocos años hemos sustituido los teléfonos fijos por dispositivos móviles, pero cada vez son más los modelos de móviles y cada vez cambian con mayor rapidez. Es más, los fabricantes han vuelto extremadamente difícil que se puedan seguir utilizando las versiones antiguas, incluso en el improbable caso de que quisiésemos hacerlo. Por un lado, porque las aplicaciones exigen recursos de procesamiento crecientes que solo pueden proporcionar los modelos más recientes. Por otro, porque la propia durabilidad de los componentes que integran los teléfonos se limita de manera intencionada para que dejen de funcionar pasado cierto tiempo (es lo que se conoce como obsolescencia programada). Se llega, incluso, a la paradójica situación de que cueste más reparar un modelo antiguo que adquirir uno nuevo. Sin duda, producir novedades para aumentar los beneficios empresariales es un acicate para la innovación tecnológica, contribuye a crear puestos de trabajo y mejora, en general, la economía de un país. Pero entraña también un gasto creciente de materias primas y de energía, y genera más contaminantes y residuos que es preciso gestionar adecuadamente para no perjudicar al medioambiente y a la salud de las personas. Al mismo tiempo, esta oferta creciente de bienes, diseñados además para durar poco, obliga al ciudadano, por moda o por necesidad, a consumir de modo no menos creciente. Es cierto que hoy reciclamos en mayor medida que hace unos años, pero en cambio, reutilizamos las cosas mucho menos que antes. No solo no reparamos los móviles, sino que tampoco zurcimos la ropa o llevamos las cacerolas deterioradas al calderero. Este nivel de producción, consumo y renovación de bienes era imposible hasta no hace mucho, porque los costes de extracción y procesamiento de las materias primas eran mucho mayores, como también lo eran los de producción y distribución. En paralelo, nuestras sociedades se han vuelto más ricas (y hasta cierto punto, más redistributivas), de modo que más gente puede permitirse hoy adquirir más bienes y con más frecuencia.. Ahora bien, un problema es que este modus operandi, eminentemente económico, ha acabado teniendo consecuencias sociales. Por ejemplo, ha alterado radicalmente la fisionomía de nuestras ciudades, que han dado preeminencia al vehículo sobre el peatón y se han rodeado de un cinturón de áreas industriales y de servicios. Y ha devenido, en último término, en un cambio en la mentalidad de las personas. Las filosofías de vida basadas en el sacrificio, el ahorro, la austeridad o la solidaridad han dejado paso a modos de vivir mucho más individualistas y hedonistas, que consideran que el objetivo principal de la existencia es la satisfacción inmediata de las necesidades propias (y también de los caprichos). Si vivir con poco es ya extraño para el hombre moderno, vivir con algo que no sea nuevo lo es aún más. Ocasionalmente, encuentra uno vestigios del antiguo modo de pensar y de vivir. Así, aunque es una sociedad que adolece como la que más de esta fiebre del consumismo, los japoneses se siguen sintiendo atraídos por la imperfección y valoran todavía el esfuerzo por restaurar lo que se estropea. Hay, de hecho, una palabra en japonés para esto último, «kintsugi», que se refiere a la técnica de recomponer objetos de porcelana o loza a partir de sus fragmentos, pero que, metafóricamente, alude también a una filosofía vital según la cual la adversidad ayuda a forjar el carácter de las personas y a hacerlas más resilientes. Es solo la excepción que confirma la regla, porque casi todos en casi todas partes hemos acabado interiorizando, y volviendo los ejes rectores de nuestras vidas, aquellos principios de oferta ilimitada, consumismo desaforado y obsolescencia programada. Pensemos, por poner el caso, en lo que ocurre con las relaciones de pareja. Tratamos a las personas como a la ropa barata. Las elegimos en catálogos virtuales. Nos vinculamos a ellas por un breve tiempo, sustituyéndolas al poco por otras diferentes. Y desde luego, cuando surge algún problema, pensamos que nos irá mejor abandonando la relación que tratando de enmendar lo que pueda fallar en ella. Es un gran error. Del mismo modo que está convirtiendo nuestro planeta en un lugar más hostil a la vida, la actual sociedad de consumo nos está volviendo a nosotros menos habitables por los demás y a la postre, más infelices. Y es que vivimos ciegos y sordos a la principal enseñanza de la vida, a saber, que vivir es, ante todo, cuidar y restaurar lo que ya existe, y que, como escribió el poeta ruso Ósip Mandelshtam, somos a un tiempo la flor y el jardinero.
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