La Estación Espacial Internacional (ISS) lleva más de 25 años operando de forma continua en órbita: unos 290 astronautas de 26 países diferentes en unas 411 misiones de ida y vuelta. Puede que nos hayamos acostumbrado a este trasiego después de tantos vuelos, pero si lo pensamos un momento, se trata de un logro extraordinario que ha permitido a generaciones de astronautas vivir y trabajar en el espacio, evaluando tecnologías y realizando experimentos científicosque un día podrían llevarnos a la Luna y Marte.. Ayer cuatro nuevos astronautas llegaron a la ISS tras una travesía de 34 horas desde su lanzamiento, restaurando la tripulación al número completo de siete personas y marcando el inicio de una misión de larga duración.. Los cuatro miembros de la misión, conocidos como Crew-12, viajaron a bordo de la cápsula Dragon “Freedom” lanzada por un cohete Falcon 9 desde la base de Cape Canaveral Space Force Station en Florida el 13 de febrero de 2026 y se acoplaron al módulo Harmony de la ISS el 14 por la tarde.. Encabezando la misión está la veterana astronauta estadounidense Jessica Meir, que ejerce como comandante. Meir no es nueva en la estación: participó en las Expediciones 61/62 y en las primeras caminatas espaciales exclusivamente femeninas, y su experiencia será clave para supervisar el trabajo del equipo durante los próximos ocho meses. A su lado está el piloto de la misión, Jack Hathaway, también de la NASA, un astronauta más reciente cuya sólida formación en la Marina de los Estados Unidos y su entrenamiento en vuelos militares aportan una combinación de disciplina operativa y adaptación rápida a situaciones cambiantes.. Completan el cuarteto Sophie Adenot, astronauta de la Agencia Espacial Europea (ESA) y especialista de misión, y Andrey Fedyaev, cosmonauta de la agencia espacial rusa Roscosmos y también especialista de misión. Adenot, ingeniera y piloto de helicóptero, es una de las pocas mujeres francesas que han llegado al espacio, mientras que Fedyaev regresa a la ISS tras una misión anterior, aportando experiencia valiosa en operaciones orbitales.. La llegada de Crew-12 se produce tras un episodio inusual en la historia de la ISS: el regreso anticipado de la misión anterior, Crew-11, debido a una evacuación médica sin precedentes, que dejó temporalmente a la estación con una tripulación reducida de apenas tres personas.. Aunque este tipo de misiones pueda sonar rutinario, la realidad es que cada ascenso de astronautas a la ISS representa un desafío gigantesco. La física orbital impone ventanas de lanzamiento estrictas, cualquier retraso meteorológico puede obligar a aplazar el despegue, y cada maniobra de acoplamiento automático con la estación debe ejecutarse con milimétrica precisión para evitar impactos o errores de presión entre las naves. Además, las condiciones del espacio, que incluyen microgravedad, radiación aumentada y la falta de la atmósfera terrestre, convierten cada operación en un ejercicio de adaptación extrema para los astronautas.. El acoplamiento de una nave a la Estación Espacial Internacional es, en apariencia, un gesto sencillo: una cápsula que se acerca lentamente hasta “encajar” en un puerto circular de la ISS. Pero detrás de esa coreografía silenciosa hay una de las maniobras más delicadas de toda la misión.. Estamos ante dos “vehículos” del tamaño de un autobús moviéndose a unos 28.000 kilómetros por hora alrededor de la Tierra. La clave es que no se trata de frenar hasta detenerse, sino de igualar con extrema precisión la velocidad y la órbita. La nave (por ejemplo, una SpaceX Dragon o una Soyuz) realiza durante horas una serie de encendidos de sus motores para ajustar su trayectoria hasta situarse a pocos kilómetros de la estación.. A partir de ahí comienza el “enlace” final. La nave activa sensores láser, radares y cámaras que miden la distancia y el ángulo respecto a la ISS. Todo está automatizado, pero bajo supervisión constante desde Tierra y desde el interior de la estación. La aproximación se hace, literalmente, a velocidad de peatón: los últimos metros se recorren a apenas unos centímetros por segundo.. El momento crítico llega cuando el sistema de guiado alinea perfectamente ambos anillos de acoplamiento. La ISS dispone de puertos estandarizados (los International Docking Adapters) diseñados para absorber el contacto inicial. Primero se produce lo que se llama soft capture o captura suave: unos ganchos o pétigas amortiguan el impacto mínimo y mantienen las dos estructuras unidas. Después, motores y cerrojos refuerzan la unión en la fase de hard capture o captura dura, sellando la conexión para que pueda igualarse la presión entre ambas naves. Solo entonces se abren las escotillas.. Pero, pese a los controles, precauciones y experiencias previas, no siempre sale todo según lo planeado. A lo largo de las décadas ha habido intentos abortados en el último momento por problemas de software, sensores defectuosos o discrepancias en los datos de navegación. En 2019, por ejemplo, una nave Soyuz MS-14 tuvo que retirarse tras no lograr un acoplamiento automático correcto debido a un problema en el sistema de guiado; días después se repitió con éxito en otro puerto. También ha habido ocasiones en que una SpaceX Dragon canceló la aproximación por lecturas anómalas en sus sensores, alejándose de forma segura para volver a intentarlo más tarde.
Tras décadas de viajes a la Estación Espacial Internacional, los cambios de tripulación deberían ser rutinarios, pero no siempre se produce un acoplamiento limpio.
La Estación Espacial Internacional (ISS) lleva más de 25 años operando de forma continua en órbita: unos 290 astronautas de 26 países diferentes en unas 411 misiones de ida y vuelta. Puede que nos hayamos acostumbrado a este trasiego después de tantos vuelos, pero si lo pensamos un momento, se trata de un logro extraordinario que ha permitido a generaciones de astronautas vivir y trabajar en el espacio, evaluando tecnologías y realizando experimentos científicosque un día podrían llevarnos a la Luna y Marte.. Ayer cuatro nuevos astronautas llegaron a la ISS tras una travesía de 34 horas desde su lanzamiento, restaurando la tripulación al número completo de siete personas y marcando el inicio de una misión de larga duración.. Los cuatro miembros de la misión, conocidos como Crew-12, viajaron a bordo de la cápsula Dragon “Freedom” lanzada por un cohete Falcon 9 desde la base de Cape Canaveral Space Force Station en Florida el 13 de febrero de 2026 y se acoplaron al módulo Harmony de la ISS el 14 por la tarde.. Encabezando la misión está la veterana astronauta estadounidense Jessica Meir, que ejerce como comandante. Meir no es nueva en la estación: participó en las Expediciones 61/62 y en las primeras caminatas espaciales exclusivamente femeninas, y su experiencia será clave para supervisar el trabajo del equipo durante los próximos ocho meses. A su lado está el piloto de la misión, Jack Hathaway, también de la NASA, un astronauta más reciente cuya sólida formación en la Marina de los Estados Unidos y su entrenamiento en vuelos militares aportan una combinación de disciplina operativa y adaptación rápida a situaciones cambiantes.. Completan el cuarteto Sophie Adenot, astronauta de la Agencia Espacial Europea (ESA) y especialista de misión, y Andrey Fedyaev, cosmonauta de la agencia espacial rusa Roscosmos y también especialista de misión. Adenot, ingeniera y piloto de helicóptero, es una de las pocas mujeres francesas que han llegado al espacio, mientras que Fedyaev regresa a la ISS tras una misión anterior, aportando experiencia valiosa en operaciones orbitales.. La llegada de Crew-12 se produce tras un episodio inusual en la historia de la ISS: el regreso anticipado de la misión anterior, Crew-11, debido a una evacuación médica sin precedentes, que dejó temporalmente a la estación con una tripulación reducida de apenas tres personas.. Aunque este tipo de misiones pueda sonar rutinario, la realidad es que cada ascenso de astronautas a la ISS representa un desafío gigantesco. La física orbital impone ventanas de lanzamiento estrictas, cualquier retraso meteorológico puede obligar a aplazar el despegue, y cada maniobra de acoplamiento automático con la estación debe ejecutarse con milimétrica precisión para evitar impactos o errores de presión entre las naves. Además, las condiciones del espacio, que incluyen microgravedad, radiación aumentada y la falta de la atmósfera terrestre, convierten cada operación en un ejercicio de adaptación extrema para los astronautas.. El acoplamiento de una nave a la Estación Espacial Internacional es, en apariencia, un gesto sencillo: una cápsula que se acerca lentamente hasta “encajar” en un puerto circular de la ISS. Pero detrás de esa coreografía silenciosa hay una de las maniobras más delicadas de toda la misión.. Estamos ante dos “vehículos” del tamaño de un autobús moviéndose a unos 28.000 kilómetros por hora alrededor de la Tierra. La clave es que no se trata de frenar hasta detenerse, sino de igualar con extrema precisión la velocidad y la órbita. La nave (por ejemplo, una SpaceX Dragon o una Soyuz) realiza durante horas una serie de encendidos de sus motores para ajustar su trayectoria hasta situarse a pocos kilómetros de la estación.. A partir de ahí comienza el “enlace” final. La nave activa sensores láser, radares y cámaras que miden la distancia y el ángulo respecto a la ISS. Todo está automatizado, pero bajo supervisión constante desde Tierra y desde el interior de la estación. La aproximación se hace, literalmente, a velocidad de peatón: los últimos metros se recorren a apenas unos centímetros por segundo.. El momento crítico llega cuando el sistema de guiado alinea perfectamente ambos anillos de acoplamiento. La ISS dispone de puertos estandarizados (los International Docking Adapters) diseñados para absorber el contacto inicial. Primero se produce lo que se llama soft capture o captura suave: unos ganchos o pétigas amortiguan el impacto mínimo y mantienen las dos estructuras unidas. Después, motores y cerrojos refuerzan la unión en la fase de hard capture o captura dura, sellando la conexión para que pueda igualarse la presión entre ambas naves. Solo entonces se abren las escotillas.. Pero, pese a los controles, precauciones y experiencias previas, no siempre sale todo según lo planeado.A lo largo de las décadas ha habido intentos abortados en el último momento por problemas de software, sensores defectuosos o discrepancias en los datos de navegación.En 2019, por ejemplo, una nave Soyuz MS-14 tuvo que retirarse tras no lograr un acoplamiento automático correcto debido a un problema en el sistema de guiado; días después se repitió con éxito en otro puerto. También ha habido ocasiones en que una SpaceX Dragon canceló la aproximación por lecturas anómalas en sus sensores, alejándose de forma segura para volver a intentarlo más tarde.
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