En el año 331 a.C., Roma fue escenario de un acontecimiento extraordinario que involucró a 170 mujeres pertenecientes a la élite de la sociedad. Numerosos patricios comenzaron a fallecer en circunstancias misteriosas, lo que llevó a la detención de un grupo de matronas de familias prominentes, acusadas de ser responsables de estos crímenes. El incidente fue percibido como una amenaza y un aviso de los dioses, por lo que se interpretó como un prodigio y dio lugar a un ritual colectivo de purificación: el «clavus figendus». Según los relatos de la época, una joven esclava acusó a estas mujeres de ser las responsables de los homicidios a través del empleo de venenos. Este insólito episodio fue recogido por autores como Valerio Máximo y, posteriormente, por San Agustín. Sin embargo, la narración más detallada se encuentra en el libro VIII del «Ab urbe condita» de Tito Livio. Lo que en principio parecía una epidemia terminó transformándose en uno de los escándalos más desconcertantes de la historia de la República romana.. El caso resulta fascinante no solo por la magnitud de la supuesta conspiración, sino porque revela aspectos profundos de la mentalidad romana: el temor al desorden social, la percepción de la mujer que se apartaba de los modelos tradicionales y la estrecha relación entre religión, política y justicia. Livio describe aquel año como especialmente funesto. Roma sufría fenómenos climáticos adversos y una serie de muertes que afectaban principalmente a miembros de las familias más influyentes. Todos parecían sucumbir a una enfermedad similar, lo que hacía pensar en una epidemia. La situación cambió cuando una esclava se presentó ante el edil Quinto Fabio Máximo para denunciar que la causa de aquellas muertes no era una enfermedad natural, sino una conspiración organizada por varias matronas romanas. Según su testimonio, estas mujeres elaboraban venenos en secreto y podían ser sorprendidas en plena actividad.. Las autoridades tomaron en serio la acusación. El asunto fue trasladado al Senado y se autorizó una investigación. Siguiendo las indicaciones de la esclava, los magistrados descubrieron a varias mujeres preparando sustancias sospechosas y hallaron otras ocultas en sus domicilios. La denuncia parecía confirmarse. Entre las mujeres detenidas destacaban dos matronas pertenecientes a familias patricias: Cornelia y Sergia. Ambas sostuvieron que las sustancias encontradas eran remedios medicinales y no venenos. Para demostrarlo, se les exigió beber las pócimas que habían preparado. Tras consultar con las demás acusadas, aceptaron hacerlo. El resultado fue fatal: murieron después de ingerirlas. La investigación se amplió entonces hasta alcanzar a unas ciento setenta mujeres.. Uno de los aspectos más interesantes del relato es que el propio Livio muestra dudas sobre su veracidad. El historiador reconoce que algunas fuentes consideraban falsas las acusaciones y sostenían que las muertes habían sido causadas por una epidemia real. Incluso él mismo parece inclinarse parcialmente hacia esa interpretación. Esta vacilación resulta significativa. Livio no presenta los hechos como una verdad indiscutible, sino como una tradición que ha sido transmitida a través de los antiguos anales romanos. La ambigüedad recorre todo el episodio: ¿hubo de verdad una conspiración femenina? ¿Fueron las matronas víctimas de una acusación colectiva? ¿Se buscó un culpable humano para explicar una enfermedad que no se comprendía? La ausencia de respuestas definitivas es precisamente uno de los elementos que hacen tan atractivo este episodio para el historiador moderno.. Lo más sorprendente es que las autoridades romanas acabaron interpretando el episodio como un prodigio, es decir, una señal de que se había roto el equilibrio entre los dioses y la comunidad. A juicio del Senado, el comportamiento de las matronas era tan anómalo que no podía explicarse únicamente como un crimen común, sino como una alteración del orden natural y religioso. Livio señala que se creyó que aquellas mujeres actuaban más por una especie de enajenación colectiva que por auténtica maldad. Sus mentes parecían haberse apartado del comportamiento esperado, como si una fuerza extraña hubiera perturbado su juicio. En consecuencia, el problema dejó de ser exclusivamente jurídico para convertirse también en una cuestión religiosa que afectaba a toda la comunidad. Para restaurar el equilibrio, se recurrió a un antiguo ritual llamado «clavus figendus», literalmente «clavar el clavo». El Senado nombró un dictador y un jefe de caballería con la única misión de realizar esta ceremonia expiatoria. Tras cumplirla, ambos abandonaron inmediatamente sus cargos.. Un clavo en un lugar sagrado. El ritual consistía en fijar un clavo en un lugar sagrado para neutralizar los males que amenazaban a la comunidad. Aunque originalmente había servido para marcar el paso del tiempo, con el paso de los siglos adquirió un notable carácter protector y purificador. De acuerdo con la lógica de la magia simpática, los clavos detenían simbólicamente las fuerzas negativas que alteraban el orden social. La recuperación de una ceremonia tan antigua demuestra hasta qué punto el episodio fue percibido como una amenaza excepcional. Esta historia encierra un tema social de gran relevancia. Las matronas en Roma tenían un rol específico: debían ser recatadas, obedientes, castas y estar siempre relacionadas con el ámbito doméstico. La virtud de la mujer consistía exactamente en honrar esos límites.. Cualquier desviación de ese modelo despertaba sospechas, especialmente cuando implicaba la actuación coordinada de varias mujeres. Algunos estudiosos han señalado que el Senado estableció un paralelismo implícito entre esta supuesta conjura femenina y las antiguas secesiones de la plebe. Ambas representaban movimientos colectivos capaces de desafiar el orden establecido. Por ello, las matronas dejaron de ser percibidas únicamente como individuos para convertirse en una amenaza social. No era solo el supuesto envenenamiento lo que preocupaba a Roma, sino la posibilidad de que un grupo de mujeres hubiera actuado de forma organizada al margen de la autoridad masculina. Otro elemento fundamental es la relación entre las acusadas y la magia. Las matronas defendían que las sustancias halladas eran medicamentos. Sin embargo, en la Antigüedad, la línea entre medicina, veneno y hechicería era extremadamente fina y difusa.. Los términos utilizados por Livio reflejan bien esta ambigüedad. Las mujeres aparecen preparando «medicamentos», remedios que podían ser beneficiosos o perjudiciales. Pero también se emplean expresiones como «venena coquere», «cocinar venenos», que evocan la imagen actual de la hechicera elaborando pócimas en secreto. En la antigüedad, era común que las mujeres expertas en hierbas medicinales fueran sospechosas. El mero hecho de preparar remedios ocultos podía hacer que una matrona honorable se convirtiera en una posible bruja a la vista de los demás. Más allá de su posible historicidad, el caso de las matronas de 331 a.C. constituye un documento excepcional para comprender la mentalidad romana. En él convergen el miedo a la enfermedad, la obsesión por el orden social, la desconfianza hacia el poder femenino y la necesidad de interpretar cualquier crisis mediante categorías religiosas.. Quizá nunca sepamos si aquellas mujeres fueron realmente asesinas. Tampoco si existió una epidemia que desencadenó el pánico colectivo. Y quizá por eso esta historia sigue ejerciendo hoy la misma fascinación que hace más de dos mil años. Porque no habla únicamente de venenos ni de matronas acusadas de asesinato. Habla del miedo. Del miedo a lo desconocido, a la enfermedad, a aquello que amenaza con quebrar el orden de las cosas. Nos muestra a una Roma poderosa que, como cualquier sociedad, buscó respuestas en medio de la incertidumbre, culpables cuando no encontraba explicaciones y refugio en antiguos rituales cuando la realidad parecía escaparse a su control. Y es precisamente en esa mezcla de temor, superstición y poder donde reside la fuerza de un episodio que, todavía hoy, continúa envuelto en el misterio.
El autor de «Innocentia», un thriller histórico implacable sobre justicia, poder y ambición, escribe para LA RAZÓN un suceso en la Roma del 331 a.C. en el que los patricios comenzaron a fallecer. ¿Trama o epidemia?
En el año 331 a.C., Roma fue escenario de un acontecimiento extraordinario que involucró a 170 mujeres pertenecientes a la élite de la sociedad. Numerosos patricios comenzaron a fallecer en circunstancias misteriosas, lo que llevó a la detención de un grupo de matronas de familias prominentes, acusadas de ser responsables de estos crímenes. El incidente fue percibido como una amenaza y un aviso de los dioses, por lo que se interpretó como un prodigio y dio lugar a un ritual colectivo de purificación: el «clavus figendus». Según los relatos de la época, una joven esclava acusó a estas mujeres de ser las responsables de los homicidios a través del empleo de venenos. Este insólito episodio fue recogido por autores como Valerio Máximo y, posteriormente, por San Agustín. Sin embargo, la narración más detallada se encuentra en el libro VIII del «Ab urbe condita» de Tito Livio. Lo que en principio parecía una epidemia terminó transformándose en uno de los escándalos más desconcertantes de la historia de la República romana.. El caso resulta fascinante no solo por la magnitud de la supuesta conspiración, sino porque revela aspectos profundos de la mentalidad romana: el temor al desorden social, la percepción de la mujer que se apartaba de los modelos tradicionales y la estrecha relación entre religión, política y justicia. Livio describe aquel año como especialmente funesto. Roma sufría fenómenos climáticos adversos y una serie de muertes que afectaban principalmente a miembros de las familias más influyentes. Todos parecían sucumbir a una enfermedad similar, lo que hacía pensar en una epidemia. La situación cambió cuando una esclava se presentó ante el edil Quinto Fabio Máximo para denunciar que la causa de aquellas muertes no era una enfermedad natural, sino una conspiración organizada por varias matronas romanas. Según su testimonio, estas mujeres elaboraban venenos en secreto y podían ser sorprendidas en plena actividad.. Las autoridades tomaron en serio la acusación. El asunto fue trasladado al Senado y se autorizó una investigación. Siguiendo las indicaciones de la esclava, los magistrados descubrieron a varias mujeres preparando sustancias sospechosas y hallaron otras ocultas en sus domicilios. La denuncia parecía confirmarse. Entre las mujeres detenidas destacaban dos matronas pertenecientes a familias patricias: Cornelia y Sergia. Ambas sostuvieron que las sustancias encontradas eran remedios medicinales y no venenos. Para demostrarlo, se les exigió beber las pócimas que habían preparado. Tras consultar con las demás acusadas, aceptaron hacerlo. El resultado fue fatal: murieron después de ingerirlas. La investigación se amplió entonces hasta alcanzar a unas ciento setenta mujeres.. Uno de los aspectos más interesantes del relato es que el propio Livio muestra dudas sobre su veracidad. El historiador reconoce que algunas fuentes consideraban falsas las acusaciones y sostenían que las muertes habían sido causadas por una epidemia real. Incluso él mismo parece inclinarse parcialmente hacia esa interpretación. Esta vacilación resulta significativa. Livio no presenta los hechos como una verdad indiscutible, sino como una tradición que ha sido transmitida a través de los antiguos anales romanos. La ambigüedad recorre todo el episodio: ¿hubo de verdad una conspiración femenina? ¿Fueron las matronas víctimas de una acusación colectiva? ¿Se buscó un culpable humano para explicar una enfermedad que no se comprendía? La ausencia de respuestas definitivas es precisamente uno de los elementos que hacen tan atractivo este episodio para el historiador moderno.. Lo más sorprendente es que las autoridades romanas acabaron interpretando el episodio como un prodigio, es decir, una señal de que se había roto el equilibrio entre los dioses y la comunidad. A juicio del Senado, el comportamiento de las matronas era tan anómalo que no podía explicarse únicamente como un crimen común, sino como una alteración del orden natural y religioso. Livio señala que se creyó que aquellas mujeres actuaban más por una especie de enajenación colectiva que por auténtica maldad. Sus mentes parecían haberse apartado del comportamiento esperado, como si una fuerza extraña hubiera perturbado su juicio. En consecuencia, el problema dejó de ser exclusivamente jurídico para convertirse también en una cuestión religiosa que afectaba a toda la comunidad. Para restaurar el equilibrio, se recurrió a un antiguo ritual llamado «clavus figendus», literalmente «clavar el clavo». El Senado nombró un dictador y un jefe de caballería con la única misión de realizar esta ceremonia expiatoria. Tras cumplirla, ambos abandonaron inmediatamente sus cargos.. El ritual consistía en fijar un clavo en un lugar sagrado para neutralizar los males que amenazaban a la comunidad. Aunque originalmente había servido para marcar el paso del tiempo, con el paso de los siglos adquirió un notable carácter protector y purificador. De acuerdo con la lógica de la magia simpática, los clavos detenían simbólicamente las fuerzas negativas que alteraban el orden social. La recuperación de una ceremonia tan antigua demuestra hasta qué punto el episodio fue percibido como una amenaza excepcional. Esta historia encierra un tema social de gran relevancia. Las matronas en Roma tenían un rol específico: debían ser recatadas, obedientes, castas y estar siempre relacionadas con el ámbito doméstico. La virtud de la mujer consistía exactamente en honrar esos límites.. Cualquier desviación de ese modelo despertaba sospechas, especialmente cuando implicaba la actuación coordinada de varias mujeres. Algunos estudiosos han señalado que el Senado estableció un paralelismo implícito entre esta supuesta conjura femenina y las antiguas secesiones de la plebe. Ambas representaban movimientos colectivos capaces de desafiar el orden establecido. Por ello, las matronas dejaron de ser percibidas únicamente como individuos para convertirse en una amenaza social. No era solo el supuesto envenenamiento lo que preocupaba a Roma, sino la posibilidad de que un grupo de mujeres hubiera actuado de forma organizada al margen de la autoridad masculina. Otro elemento fundamental es la relación entre las acusadas y la magia. Las matronas defendían que las sustancias halladas eran medicamentos. Sin embargo, en la Antigüedad, la línea entre medicina, veneno y hechicería era extremadamente fina y difusa.. Los términos utilizados por Livio reflejan bien esta ambigüedad. Las mujeres aparecen preparando «medicamentos», remedios que podían ser beneficiosos o perjudiciales. Pero también se emplean expresiones como «venena coquere», «cocinar venenos», que evocan la imagen actual de la hechicera elaborando pócimas en secreto. En la antigüedad, era común que las mujeres expertas en hierbas medicinales fueran sospechosas. El mero hecho de preparar remedios ocultos podía hacer que una matrona honorable se convirtiera en una posible bruja a la vista de los demás. Más allá de su posible historicidad, el caso de las matronas de 331 a.C. constituye un documento excepcional para comprender la mentalidad romana. En él convergen el miedo a la enfermedad, la obsesión por el orden social, la desconfianza hacia el poder femenino y la necesidad de interpretar cualquier crisis mediante categorías religiosas.. Quizá nunca sepamos si aquellas mujeres fueron realmente asesinas. Tampoco si existió una epidemia que desencadenó el pánico colectivo. Y quizá por eso esta historia sigue ejerciendo hoy la misma fascinación que hace más de dos mil años. Porque no habla únicamente de venenos ni de matronas acusadas de asesinato. Habla del miedo. Del miedo a lo desconocido, a la enfermedad, a aquello que amenaza con quebrar el orden de las cosas. Nos muestra a una Roma poderosa que, como cualquier sociedad, buscó respuestas en medio de la incertidumbre, culpables cuando no encontraba explicaciones y refugio en antiguos rituales cuando la realidad parecía escaparse a su control. Y es precisamente en esa mezcla de temor, superstición y poder donde reside la fuerza de un episodio que, todavía hoy, continúa envuelto en el misterio.
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