Hay expresiones que repetimos sin pensar demasiado en ellas. “Tenemos mucha química”, “Conectamos desde el primer momento”, o una de las más populares: “Estamos en la misma onda”. Durante décadas parecía solo una metáfora. Una forma poética de describir esa sensación de entenderse sin apenas hablar. Sin embargo, un grupo internacional de neurocientíficos lleva más de diez años intentando averiguar si, al menos en parte, esa intuición tiene un fundamento biológico. La respuesta es sorprendente: sí… aunque no exactamente como solemos imaginar. En un estudio publicado en Trends in Cognitive Sciences, científicos de la Universidad de Nueva York, la Universidad de Gante y la Universidad de Montreal, liderados por Suzanne Dikker, han demostrado que, durante determinadas interacciones sociales, la actividad eléctrica del cerebro de dos personas puede sincronizarse parcialmente. No significa que ambos piensen lo mismo, ni mucho menos que uno pueda leer la mente del otro. Lo que coincide son ciertos ritmos eléctricos que reflejan cómo ambos cerebros procesan una misma experiencia compartida. La protagonista de esta historia es la electroencefalografía, más conocida como EEG. Es una técnica utilizada desde hace casi un siglo que registra la actividad eléctrica cerebral mediante pequeños electrodos colocados sobre el cuero cabelludo. Cada uno de esos impulsos genera oscilaciones, conocidas como ondas cerebrales, que cambian continuamente mientras prestamos atención, aprendemos, conversamos o simplemente descansamos. Durante mucho tiempo los neurocientíficos estudiaron esas ondas de manera individual. Pero el equipo de Dikker decidió plantearse una pregunta diferente: ¿qué ocurre cuando dejamos de observar un cerebro aislado y analizamos dos o cientos de ellos al mismo tiempo? Y para ello abandonaron el laboratorio. En lugar de reclutar únicamente voluntarios sentados frente a un ordenador, llevaron sus dispositivos portátiles a colegios, museos, festivales de música e incluso actuaciones artísticas. Miles de personas aceptaron colocarse un casco de EEG mientras hablaban, colaboraban, jugaban o asistían a una experiencia compartida. Entre los participantes hubo amigos, familiares, desconocidos… e incluso artistas como Bad Bunny, Residente, Marina Abramović, Mike Gordon y Bob Weir. Uno de los experimentos más llamativos tuvo lugar en 2019, cuando Bad Bunny y Residente compusieron juntos la canción Bellacoso. Mientras trabajaban, los científicos registraban en tiempo real la sincronización de sus ondas cerebrales y les mostraban cómo cambiaba según las distintas estrategias creativas que utilizaban.
Es solo el primer paso para responder a una pregunta recurrente: ¿existe “estar en la misma onda” con otra persona? Los resultados muestran que sí.
Hay expresiones que repetimos sin pensar demasiado en ellas. “Tenemos mucha química”, “Conectamos desde el primer momento”, o una de las más populares: “Estamos en la misma onda”. Durante décadas parecía solo una metáfora. Una forma poética de describir esa sensación de entenderse sin apenas hablar. Sin embargo, un grupo internacional de neurocientíficos lleva más de diez años intentando averiguar si, al menos en parte, esa intuición tiene un fundamento biológico.La respuesta es sorprendente: sí… aunque no exactamente como solemos imaginar. En un estudio publicado en Trends in Cognitive Sciences, científicos de la Universidad de Nueva York, la Universidad de Gante y la Universidad de Montreal, liderados por Suzanne Dikker, han demostrado que, durante determinadas interacciones sociales, la actividad eléctrica del cerebro de dos personas puede sincronizarse parcialmente. No significa que ambos piensen lo mismo, ni mucho menos que uno pueda leer la mente del otro. Lo que coincide son ciertos ritmos eléctricos que reflejan cómo ambos cerebros procesan una misma experiencia compartida. La protagonista de esta historia es la electroencefalografía, más conocida como EEG. Es una técnica utilizada desde hace casi un siglo que registra la actividad eléctrica cerebral mediante pequeños electrodos colocados sobre el cuero cabelludo. Cada uno de esos impulsos genera oscilaciones, conocidas como ondas cerebrales, que cambian continuamente mientras prestamos atención, aprendemos, conversamos o simplemente descansamos. Durante mucho tiempo los neurocientíficos estudiaron esas ondas de manera individual. Pero el equipo de Dikker decidió plantearse una pregunta diferente: ¿qué ocurre cuando dejamos de observar un cerebro aislado y analizamos dos o cientos de ellos al mismo tiempo? Y para ello abandonaron el laboratorio. En lugar de reclutar únicamente voluntarios sentados frente a un ordenador, llevaron sus dispositivos portátiles a colegios, museos, festivales de música e incluso actuaciones artísticas. Miles de personas aceptaron colocarse un casco de EEG mientras hablaban, colaboraban, jugaban o asistían a una experiencia compartida.Entre los participantes hubo amigos, familiares, desconocidos… e incluso artistas como Bad Bunny, Residente, Marina Abramović, Mike Gordon y Bob Weir. Uno de los experimentos más llamativos tuvo lugar en 2019, cuando Bad Bunny y Residente compusieron juntos la canción Bellacoso. Mientras trabajaban, los científicos registraban en tiempo real la sincronización de sus ondas cerebrales y les mostraban cómo cambiaba según las distintas estrategias creativas que utilizaban. La colaboración entre Yale y el cantante de Puerto Rico, resultó tan fructífera que hasta se ha abierto una cátedra titulada Bad Bunny: Estética musical y política. Pero los conciertos y los estudios de grabación eran solo una parte del proyecto. Quizá uno de los resultados más interesantes apareció en
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