Comenzaba hace un tiempo la catedrática de Historia Antigua Eva Tobalina una conferencia afirmando que lo más honesto que se puede decir acerca del colapso de las civilizaciones ocurrido al final de la Edad del Bronce, es que no sabemos qué pasó, y que por tanto ya podía marcharse el público a su casa. Sinceridad ante todo. Por suerte nadie se movió y la conferencia prosiguió. Quienes lean estas líneas tampoco deberían pasar página, por más que sea cierto que ignoramos qué pudo suceder para que hace 3.200 años y a unos 3.200 kilómetros de nuestras casas el mundo se derrumbara. Porque algo sí sabemos, y es bueno conocerlo.. ¿Sucedió entonces una especie de apocalipsis en el mundo? En efecto, pero maticemos: el mundo al que nos referimos es el que giraba en torno al Mediterráneo oriental, desde las costas de la península balcánica hasta el delta del Nilo pasando por la península de Anatolia. Todo ese territorio, salpicado de innumerables ciudades dispersas por la franja costera y por el interior, muchas de ellas prósperas y florecientes, fue asolado, destruido, como si una terrible catástrofe se hubiera cernido sobre la superficie terrestre. Esto ocurrió en un lapso de tiempo relativamente corto: las últimas décadas del siglo XIII y primeras del XII a.C. Antonio Gramsci dejó escrito en sus «Cuadernos de la cárcel» algo que podría aplicarse plenamente a estos sucesos: las crisis consisten en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer. En la crisis del final de la Edad del Bronce podemos entender que sucedió exactamente eso: esa crisis fue el abismo que se abrió entre el fin de una época y el inicio de la siguiente.. El levante mediterráneo llegaba a esa época crítica dominado por una serie de potencias que en principio parecían hallarse, al menos alguna de ellas, en su mejor momento. En el territorio de la actual Grecia habitaban los reinos micénicos, los famosos «aqueos de hermosas grebas» que cantaba Homero en la «Ilíada». Se desconoce si estos reinos vivían con independencia unos de otros, o si existía entre ellos algún tipo de jerarquía del tipo que fuera, como sugiere la lectura del poema homérico. Pilos era una ciudad próspera y comercial, como Micenas, Tirinto, o más al norte Gla, Yolcos, Tebas…. En la crisis del final de la Edad del Bronce, los hallazgos arqueológicos indican que algunas de esas ciudades fueron destruidas por incendios; otras presentan síntomas de haber padecido el derrumbe de sus muros a causa de movimientos sísmicos; otras fueron abandonadas sin más; en algunas hay indicios de haber sufrido algún tipo de asedio… Tras el desastre no hubo reconstrucción, las murallas que protegían a la mayoría de ciudades no fueron restauradas (en el caso de Micenas sí fue levantada tras caer varias veces hasta que finalmente fue abandonada) y la arqueología pierde la pista de los grupos humanos que las habitaban. Incluso desapareció todo rastro de la escritura que empleaban para sus documentos contables, el Lineal B –nombre poco imaginativo que a principios del siglo XX decidió usar su descubridor, Arthur Evans, tras haber hallado poco antes otro tipo de escritura en Creta al que había bautizado como Lineal A–.. En cuanto a la península anatolia, su territorio estaba repartido en numerosos reinos pero la mayoría rendían algún tipo de vasallaje, más o menos complaciente, a la potencia que imperaba en la región: el País de Hatti. El imperio hitita, nombre moderno de aquel imperio, a finales del siglo XIII a.C. se encontraba en su período de máxima expansión. La capital era Hattuša, ciudad de imponentes murallas situada a unos 700 kilómetros del Mediterráneo. Hasta allí llegó la devastación: al parecer la ciudad fue abandonada en fechas tempranas por motivos que aún son asunto de debate: presión de las belicosas tribus «kaška» del norte, problemas dinásticos –el Gran Rey Šuppiluliuma II quizá no gozaba del favor de toda la extensa familia real–, epidemias –la política habitual de los reyes hititas de reinstalar en territorio de Hatti pueblos conquistados alguna vez ocasionó problemas de este tipo–, hambrunas provocadas por sequías –se conservan registros epigráficos que evidencian grandes cargamentos de grano viajando de Egipto a Hatti–… La costa anatolia sufrió también los estragos de la crisis del final de la Edad del Bronce –Millawanda, Tarso, Mersin…–, así como Chipre, la famosa «isla del cobre», enclave importantísimo en las rutas comerciales marítimas.. El año clave. Especial mención merece la que podríamos llamar ciudad de los muchos nombres: Wiluša, Wilušiya, Wilios, Taruiša, Toroja, Ilión. Se trata de la famosa Troya, destruida en más de una ocasión a lo largo de su historia. ¿Fue su destrucción una más entre las que se produjeron durante este período? Es más que probable y, en ese caso, aquí tendríamos una pista del posible origen de la debacle general. ¿Fueron sus atacantes reales los aqueos, como canta Homero en la «Ilíada», a quienes los hititas llamaban «ahhiyawa» y nosotros micénicos? Una respuesta afirmativa contaría incluso con el apoyo de los mitos de los descendientes de esos mismos micénicos, los griegos: antes de Aquiles y Agamenón, el héroe griego Heracles ya destruyó Troya por una desavenencia con el rey troyano Laomedonte. Por otro lado, los micénicos fueron una sociedad fuertemente militarizada y volcada hacia el mar. La cuestión que se suscita entonces es: ¿jugaron ellos algún papel en el colapso de la Edad del Bronce?. La devastación alcanzó también toda la franja oriental de la costa mediterránea: ciudades como la esplendorosa Ugarit, Alalakh, Biblos, Ascalón… Y así, al sur de todas ellas, llegamos a la otra gran potencia de la región: Egipto. Mizri, como lo llamaban los hititas, fue el único reino que sobrevivió al caos. En las paredes y pilonos del templo funerario de Ramsés III en Medinet Habu, encontramos inscripciones e imágenes grabadas que narran una gran victoria sobre unos «pueblos venidos del mar» que «conspiraban desde sus islas», ante cuyas armas ninguna tierra había podido resistir: Hatti, Arzawa, Karkemiš, Alašiya –Chipre–… Estos pueblos del mar, como se dio en llamarlos desde que los franceses Rougé y Maspero popularizaron la expresión a mediados del siglo XIX, se convirtieron para la historiografía posterior en los culpables del colapso. Eran una amalgama de gentes de orígenes oscuros y diversos: «sherden», «shekelesh», «teresh», «peleset», «lukka», y así hasta nueve pueblos. Pero ¿causaron ellos realmente la caída de Hatti o de los reinos micénicos?. En la actualidad la tendencia es otra, y la novela «Fuego y bronce. Una epopeya de los pueblos del mar» se alinea con lo que hace ya unas décadas se piensa acerca de esta cuestión. Esos pueblos fueron una consecuencia del colapso, no su causa: seguramente grupos humanos que huían del verdadero motivo del desastre. Dice el historiador Eric Cline en su conocidísimo libro 1177 a.C.: «el año en que la civilización se derrumbó» –en él sitúa en esa fecha la batalla de Ramsés III contra los pueblos del mar–, que lo más probable es que el colapso se debiera a una «tormenta perfecta». Una combinación de calamidades –terremotos, sequías, hambrunas, conflictos civiles internos, posibles invasiones externas, caída del comercio internacional– originaron corrientes migratorias como la de los pueblos del mar, que buscaban sobrevivir al precio que fuera, y que con el tiempo se asentaron en territorios más benevolentes.. La arqueología hace plausible un origen mayoritariamente anatolio y micénico de esas migraciones. El hebreo David, cuando a finales del siglo XI a.C. abatió al filisteo Goliat, es muy probable que estuviera tumbando a un descendiente de los «peleset» de origen micénico. Esos fueron los mimbres de lo que emergió tras el colapso. Parafraseando en cierto modo la cita de Gramsci acerca del nacimiento de algo nuevo, dice Julian Barnes en «El sentido de un final» que en las épocas en que todo se desmorona, algo nuevo va a nacer. ¿Qué nació después del colapso de la Edad del Bronce? Nosotros, claro.. Para saber más:. Fuego y bronce. Una epopeya de los pueblos del mar. Luis Villalón. Desperta Ferro. 680 páginas. 26.95 euros
Desde el Egeo y Anatolia hasta Chipre y Canaán, la nueva novela histórica de Luis Villalón narra en la novela histórica «Fuego y bronce» la odisea de los supervivientes de Troya, de Pilos y de Hatti. Una epopeya de migrantes y piratas, de comerciantes y asaltadores
Comenzaba hace un tiempo la catedrática de Historia Antigua Eva Tobalina una conferencia afirmando que lo más honesto que se puede decir acerca del colapso de las civilizaciones ocurrido al final de la Edad del Bronce, es que no sabemos qué pasó, y que por tanto ya podía marcharse el público a su casa. Sinceridad ante todo. Por suerte nadie se movió y la conferencia prosiguió. Quienes lean estas líneas tampoco deberían pasar página, por más que sea cierto que ignoramos qué pudo suceder para que hace 3.200 años y a unos 3.200 kilómetros de nuestras casas el mundo se derrumbara. Porque algo sí sabemos, y es bueno conocerlo.. ¿Sucedió entonces una especie de apocalipsis en el mundo? En efecto, pero maticemos: el mundo al que nos referimos es el que giraba en torno al Mediterráneo oriental, desde las costas de la península balcánica hasta el delta del Nilo pasando por la península de Anatolia. Todo ese territorio, salpicado de innumerables ciudades dispersas por la franja costera y por el interior, muchas de ellas prósperas y florecientes, fue asolado, destruido, como si una terrible catástrofe se hubiera cernido sobre la superficie terrestre. Esto ocurrió en un lapso de tiempo relativamente corto: las últimas décadas del siglo XIII y primeras del XII a.C. Antonio Gramsci dejó escrito en sus «Cuadernos de la cárcel» algo que podría aplicarse plenamente a estos sucesos: las crisis consisten en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer. En la crisis del final de la Edad del Bronce podemos entender que sucedió exactamente eso: esa crisis fue el abismo que se abrió entre el fin de una época y el inicio de la siguiente.. El levante mediterráneo llegaba a esa época crítica dominado por una serie de potencias que en principio parecían hallarse, al menos alguna de ellas, en su mejor momento. En el territorio de la actual Grecia habitaban los reinos micénicos, los famosos «aqueos de hermosas grebas» que cantaba Homero en la «Ilíada». Se desconoce si estos reinos vivían con independencia unos de otros, o si existía entre ellos algún tipo de jerarquía del tipo que fuera, como sugiere la lectura del poema homérico. Pilos era una ciudad próspera y comercial, como Micenas, Tirinto, o más al norte Gla, Yolcos, Tebas…. En la crisis del final de la Edad del Bronce, los hallazgos arqueológicos indican que algunas de esas ciudades fueron destruidas por incendios; otras presentan síntomas de haber padecido el derrumbe de sus muros a causa de movimientos sísmicos; otras fueron abandonadas sin más; en algunas hay indicios de haber sufrido algún tipo de asedio… Tras el desastre no hubo reconstrucción, las murallas que protegían a la mayoría de ciudades no fueron restauradas (en el caso de Micenas sí fue levantada tras caer varias veces hasta que finalmente fue abandonada) y la arqueología pierde la pista de los grupos humanos que las habitaban. Incluso desapareció todo rastro de la escritura que empleaban para sus documentos contables, el Lineal B –nombre poco imaginativo que a principios del siglo XX decidió usar su descubridor, Arthur Evans, tras haber hallado poco antes otro tipo de escritura en Creta al que había bautizado como Lineal A–.. En cuanto a la península anatolia, su territorio estaba repartido en numerosos reinos pero la mayoría rendían algún tipo de vasallaje, más o menos complaciente, a la potencia que imperaba en la región: el País de Hatti. El imperio hitita, nombre moderno de aquel imperio, a finales del siglo XIII a.C. se encontraba en su período de máxima expansión. La capital era Hattuša, ciudad de imponentes murallas situada a unos 700 kilómetros del Mediterráneo. Hasta allí llegó la devastación: al parecer la ciudad fue abandonada en fechas tempranas por motivos que aún son asunto de debate: presión de las belicosas tribus «kaška» del norte, problemas dinásticos –el Gran Rey Šuppiluliuma II quizá no gozaba del favor de toda la extensa familia real–, epidemias –la política habitual de los reyes hititas de reinstalar en territorio de Hatti pueblos conquistados alguna vez ocasionó problemas de este tipo–, hambrunas provocadas por sequías –se conservan registros epigráficos que evidencian grandes cargamentos de grano viajando de Egipto a Hatti–… La costa anatolia sufrió también los estragos de la crisis del final de la Edad del Bronce –Millawanda, Tarso, Mersin…–, así como Chipre, la famosa «isla del cobre», enclave importantísimo en las rutas comerciales marítimas.. Especial mención merece la que podríamos llamar ciudad de los muchos nombres: Wiluša, Wilušiya, Wilios, Taruiša, Toroja, Ilión. Se trata de la famosa Troya, destruida en más de una ocasión a lo largo de su historia. ¿Fue su destrucción una más entre las que se produjeron durante este período? Es más que probable y, en ese caso, aquí tendríamos una pista del posible origen de la debacle general. ¿Fueron sus atacantes reales los aqueos, como canta Homero en la «Ilíada», a quienes los hititas llamaban «ahhiyawa» y nosotros micénicos? Una respuesta afirmativa contaría incluso con el apoyo de los mitos de los descendientes de esos mismos micénicos, los griegos: antes de Aquiles y Agamenón, el héroe griego Heracles ya destruyó Troya por una desavenencia con el rey troyano Laomedonte. Por otro lado, los micénicos fueron una sociedad fuertemente militarizada y volcada hacia el mar. La cuestión que se suscita entonces es: ¿jugaron ellos algún papel en el colapso de la Edad del Bronce?. La devastación alcanzó también toda la franja oriental de la costa mediterránea: ciudades como la esplendorosa Ugarit, Alalakh, Biblos, Ascalón… Y así, al sur de todas ellas, llegamos a la otra gran potencia de la región: Egipto. Mizri, como lo llamaban los hititas, fue el único reino que sobrevivió al caos. En las paredes y pilonos del templo funerario de Ramsés III en Medinet Habu, encontramos inscripciones e imágenes grabadas que narran una gran victoria sobre unos «pueblos venidos del mar» que «conspiraban desde sus islas», ante cuyas armas ninguna tierra había podido resistir: Hatti, Arzawa, Karkemiš, Alašiya –Chipre–… Estos pueblos del mar, como se dio en llamarlos desde que los franceses Rougé y Maspero popularizaron la expresión a mediados del siglo XIX, se convirtieron para la historiografía posterior en los culpables del colapso. Eran una amalgama de gentes de orígenes oscuros y diversos: «sherden», «shekelesh», «teresh», «peleset», «lukka», y así hasta nueve pueblos. Pero ¿causaron ellos realmente la caída de Hatti o de los reinos micénicos?. En la actualidad la tendencia es otra, y la novela «Fuego y bronce. Una epopeya de los pueblos del mar» se alinea con lo que hace ya unas décadas se piensa acerca de esta cuestión. Esos pueblos fueron una consecuencia del colapso, no su causa: seguramente grupos humanos que huían del verdadero motivo del desastre. Dice el historiador Eric Cline en su conocidísimo libro 1177 a.C.: «el año en que la civilización se derrumbó» –en él sitúa en esa fecha la batalla de Ramsés III contra los pueblos del mar–, que lo más probable es que el colapso se debiera a una «tormenta perfecta». Una combinación de calamidades –terremotos, sequías, hambrunas, conflictos civiles internos, posibles invasiones externas, caída del comercio internacional– originaron corrientes migratorias como la de los pueblos del mar, que buscaban sobrevivir al precio que fuera, y que con el tiempo se asentaron en territorios más benevolentes.. La arqueología hace plausible un origen mayoritariamente anatolio y micénico de esas migraciones. El hebreo David, cuando a finales del siglo XI a.C. abatió al filisteo Goliat, es muy probable que estuviera tumbando a un descendiente de los «peleset» de origen micénico. Esos fueron los mimbres de lo que emergió tras el colapso. Parafraseando en cierto modo la cita de Gramsci acerca del nacimiento de algo nuevo, dice Julian Barnes en «El sentido de un final» que en las épocas en que todo se desmorona, algo nuevo va a nacer. ¿Qué nació después del colapso de la Edad del Bronce? Nosotros, claro.
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