Esta artista, que posee una dilatada y brillante trayectoria performativa, ha sido galardonada con el Premio Nacional de Bellas Artes 2026, lo que constituye un enorme acto de justicia
La concesión a Pilar Albarracín (Aracena, 1968) del Premio Nacional de Bellas Artes 2026 constituye un enorme acto de justicia, al que solo cabe aplaudir. Con una de las trayectorias más sólidas de las prácticas artísticas españolas contemporáneas, la contundencia discursiva de esta autora se ha desplegado a través de múltiples lenguajes -vídeo, dibujo, instalación, fotografía, bordado-, pero muy especialmente en su dilatada y brillante trayectoria performativa. Si hubiera que subrayar aquellos dos elementos que, desde muy temprano, han articulado dialécticamente su obra, estos no son otros que el feminismo y los estereotipos identitarios andaluces, convertidos en imágenes metonímicas de “lo español”. De la deconstrucción, en clave de género, de los modelos de mujer andaluza se derivan una serie de piezas que, unas veces, caen del lado de un humor tan corrosivo como hilarante, y, otras, de una reproducción dramática de la violencia contra la mujer de un alcance raramente logrado en la performance contemporánea.. No cabe duda que, dentro de la categoría de obras elaboradas desde la potencia política del humor, el trabajo más conocido de Pilar Albarracín es “Viva España” (2004). Vestida de amarillo y con gafas de sol ocultando sus ojos, la artista se pasea por Madrid mientras una orquesta la sigue e interpreta “Que viva España”. Poco a poco, Albarracín se siente intimidada por la presencia de los músicos, y acelera su paso para deshacerse de ellos -objetivo que no consigue, ya que estos incrementan su velocidad para no perderla de vista-. En “Tortilla a la española” (1999), una video-performance que toma como referencia las míticas “Semiotics of the Kitchen” (1975), de Martha Rosler-, y “Cut Piece” (1964), de Yoko Ono, Albarracín aparece en una cocina de acero inoxidable, con un atuendo rojo. Tras romper los huevos para hacer una tortilla, coge unas tijeras y comienza a cortar trozos de su vestido, los cuales echa, junto a los huevos, en un cuenco de cristal. Una vez preparada esta extraña mezcla, es vertida en una sartén y convertida en una reivindicativa tortilla.. Aunque en “Viva España” y “Tortilla a la española”, la violencia contra la mujer es el principal tema de denuncia, el tamiz de humor que la filtra amortigua el impacto que, por ejemplo, se percibe en “Sangre en la calle” (1992) -una de sus grandes creaciones-. En esta performance, Albarracín se tumbó en la calle, a plena luz del día y con una gran mancha de sangre, mientras los viandantes transitaban junto a ella sin apenas inmutarse. Sobrecogedora, igualmente, es “Lunares” (2004), en la que, luciendo un traje blanco de gitana, se pincha una aguja en diferentes partes de su cuerpo, hasta que el vestido se salpica de círculos de sangre.. Tampoco se pueden olvidar trabajos como “Bailaré sobre tu tumba” (2004), video-performance grabada en plano detalle, donde un hombre y una mujer zapatean mientras los pies del hombre se imponen e intimidan a los de la mujer, o la desconcertante “Le duende volé” (2012), en el que Albarracín, vestida de sevillana, se descuelga de la fachada de un edificio para escapar de ese captor que nunca llega a ser visualizado. Este proyecto -que establece un sugerente diálogo con la mítica “Man Walking Down the Side of a Building” (1970), de Trisha Brown- resume perfectamente el tenor de su denuncia: una mujer en “bata de cola”, descendiendo por un edificio de VPO de una barriada sevillana junto a un cementerio.
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La concesión a Pilar Albarracín (Aracena, 1968) del Premio Nacional de Bellas Artes 2026 constituye un enorme acto de justicia, al que solo cabe aplaudir. Con una de las trayectorias más sólidas de las prácticas artísticas españolas contemporáneas, la contundencia discursiva de esta autora se ha desplegado a través de múltiples lenguajes -vídeo, dibujo, instalación, fotografía, bordado-, pero muy especialmente en su dilatada y brillante trayectoria performativa. Si hubiera que subrayar aquellos dos elementos que, desde muy temprano, han articulado dialécticamente su obra, estos no son otros que el feminismo y los estereotipos identitarios andaluces, convertidos en imágenes metonímicas de “lo español”. De la deconstrucción, en clave de género, de los modelos de mujer andaluza se derivan una serie de piezas que, unas veces, caen del lado de un humor tan corrosivo como hilarante, y, otras, de una reproducción dramática de la violencia contra la mujer de un alcance raramente logrado en la performance contemporánea.. No cabe duda que, dentro de la categoría de obras elaboradas desde la potencia política del humor, el trabajo más conocido de Pilar Albarracín es “Viva España” (2004). Vestida de amarillo y con gafas de sol ocultando sus ojos, la artista se pasea por Madrid mientras una orquesta la sigue e interpreta “Que viva España”. Poco a poco, Albarracín se siente intimidada por la presencia de los músicos, y acelera su paso para deshacerse de ellos -objetivo que no consigue, ya que estos incrementan su velocidad para no perderla de vista-. En “Tortilla a la española” (1999), una video-performance que toma como referencia las míticas “Semiotics of the Kitchen” (1975), de Martha Rosler-, y “Cut Piece” (1964), de Yoko Ono, Albarracín aparece en una cocina de acero inoxidable, con un atuendo rojo. Tras romper los huevos para hacer una tortilla, coge unas tijeras y comienza a cortar trozos de su vestido, los cuales echa, junto a los huevos, en un cuenco de cristal. Una vez preparada esta extraña mezcla, es vertida en una sartén y convertida en una reivindicativa tortilla.. Aunque en “Viva España” y “Tortilla a la española”, la violencia contra la mujer es el principal tema de denuncia, el tamiz de humor que la filtra amortigua el impacto que, por ejemplo, se percibe en “Sangre en la calle” (1992) -una de sus grandes creaciones-. En esta performance, Albarracín se tumbó en la calle, a plena luz del día y con una gran mancha de sangre, mientras los viandantes transitaban junto a ella sin apenas inmutarse. Sobrecogedora, igualmente, es “Lunares” (2004), en la que, luciendo un traje blanco de gitana, se pincha una aguja en diferentes partes de su cuerpo, hasta que el vestido se salpica de círculos de sangre.. Tampoco se pueden olvidar trabajos como “Bailaré sobre tu tumba” (2004), video-performance grabada en plano detalle, donde un hombre y una mujer zapatean mientras los pies del hombre se imponen e intimidan a los de la mujer, o la desconcertante “Le duende volé” (2012), en el que Albarracín, vestida de sevillana, se descuelga de la fachada de un edificio para escapar de ese captor que nunca llega a ser visualizado. Este proyecto -que establece un sugerente diálogo con la mítica “Man Walking Down the Side of a Building” (1970), de Trisha Brown- resume perfectamente el tenor de su denuncia: una mujer en “bata de cola”, descendiendo por un edificio de VPO de una barriada sevillana junto a un cementerio.
