El expresidente peruano Pedro Castillo difícilmente se puede considerar un modelo: en apenas año y medio de gobierno, destituyó a más de 70 ministros, generalmente por incapacidad. Fue objeto de varias investigaciones de corrupción, por ejemplo, cuando aparecieron 20.000 dólares escondidos en un baño del palacio de gobierno. Al final, intentó un golpe de Estado y acabó en prisión. En su defensa judicial, sostuvo que no quería dar el golpe, pero alguien lo drogó.. Seguir leyendo
¿Por qué el país ha decidido repetir el escenario electoral que le llevó a la actual catástrofe?
El expresidente peruano Pedro Castillo difícilmente se puede considerar un modelo: en apenas año y medio de gobierno, destituyó a más de 70 ministros, generalmente por incapacidad. Fue objeto de varias investigaciones de corrupción, por ejemplo, cuando aparecieron 20.000 dólares escondidos en un baño del palacio de gobierno. Al final, intentó un golpe de Estado y acabó en prisión. En su defensa judicial, sostuvo que no quería dar el golpe, pero alguien lo drogó.. A pesar de todo, en la campaña para las elecciones de este año, un candidato reivindicó el legado de Castillo. Roberto Sánchez, del partido izquierdista Juntos por el Perú, visitó al expresidente en la cárcel. Prometió indultarlo. Asumió su ideario. Incluso lució su sombrero. Y al final, tras un conteo largo y caótico, ha alcanzado la segunda vuelta electoral, en la que se decidirá la presidencia este domingo.. Su oponente, Keiko Fujimori, hija del autócrata de derecha que gobernó durante los años noventa, llega al balotaje por cuarta oportunidad, habiendo perdido todas las anteriores, contra Castillo, por menos de 50.000 votos. Keiko confía en que, tras el desastre de la última vez, suficientes progres de clase media se traguen el sapo de votar por ella.. Pero Keiko tampoco luce medallas de estadista. Después del golpe de Castillo, ella quedó al mando del mayor grupo del Parlamento, y maniobró para cambiar de gobernante tres veces más sin pasar por elecciones: la primera sucesora se hizo famosa por ordenar una represión de manifestantes que se cobró decenas de muertos… y por hacerse una cirugía estética facial. El siguiente presidente había sido acusado por violación y conminado por el juez a buscar terapia psicosexual. El último defendió públicamente el sexo con menores, vamos, la pederastia.. Aunque en rigor, es inexacto considerar al partido de Keiko “mayoritario”. La verdadera mayoría del último Congreso (67 de 130 escaños) la forman los acusados en investigaciones fiscales, por cargos que van desde la corrupción hasta la implicación en banda criminal. Muchos de estos legisladores ofrecen sus votos al mejor postor para lo que haga falta, especialmente para conseguir beneficios en los tribunales. Mimada así desde el poder legislativo, la criminalidad en el país se ha disparado. La tasa de homicidios se ha multiplicado por dos. La de extorsiones, por cinco.. ¿Por qué el Perú ha decidido repetir el escenario electoral que llevó a esta catástrofe? ¿Por qué ofrecer el liderazgo precisamente a dos opciones protagonistas del caos y la anarquía de los últimos cinco años? ¿Se han vuelto locos los votantes? ¿O es que la polarización ha borrado las posiciones moderadas, incluso a costa de cualquier problema real?. Sí podemos hablar de polarización. Pero no de la misma polarización que en el resto del mundo. Y tampoco está desligada de la realidad.. Roberto Sánchez —y su héroe Pedro Castillo— no representan exactamente a lo que el mundo llama izquierda. En lo moral, Castillo rechaza el enfoque de género y considera que la escuela debe defender a la familia tradicional. Su Gobierno aprobó un veto parental contra la educación sexual que Vox habría firmado con orgullo. Uno de los aliados de Sánchez ha declarado que la homosexualidad es “una monstruosidad” y el matrimonio igualitario, “una estupidez”.. A Keiko tampoco le calza con precisión la etiqueta de derechista. Un derechista tiene un programa. El poder parlamentario de esta candidata, en cambio, lejos de proyectar una visión del país, se ha dedicado a bombardear el mismo sistema que pretende liderar, votando frecuentemente en acuerdo con los supuestos congresistas de izquierda.. La verdadera polarización no está en las ideas, sino en la geografía: los votantes de Sánchez se concentran en los Andes, y sobre todo en el sur, la zona más pobre e inaccesible, históricamente postergada. Ellos exigen un cambio de orden económico y asistencia social. Pero tienen claro que no pueden esperar nada de la capital. Eligen un candidato propio. Si lo hace mal, vuelven a intentarlo, una y otra vez, hasta que lo haga mejor.. Los votantes de Keiko, en cambio, están en la costa y la selva, las zonas más industrializadas, fértiles y conectadas con el mercado internacional. Ellos no se hacen ilusiones sobre su candidata, pero tampoco confían en el Estado. Consideran que roba más de lo que ayuda, así que lo prefieren reducido y conservador.. En primera vuelta, los Andes eligieron a Hugo Chávez. La costa, a Bukele. Las elecciones peruanas ilustran un país roto.. Para la segunda vuelta, los dos candidatos basan su campaña más en el peligro del rival que en sus propias cualidades. En una sociedad que nunca tuvo un gobernante progresista exitoso, como Felipe González, Lula, o López Obrador, tampoco la derecha ha necesitado lucirse. Al final, ambas mitades se temen mutuamente, incluso se odian, pero son las dos caras del mismo fracaso.. Santiago Roncagliolo es escritor.
Opinión en EL PAÍS
