La inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida profesional y sería absurdo negarlo. La usamos para redactar mejor, organizar información, preparar documentos y ganar tiempo en tareas que antes ocupaban buena parte de la jornada. Su utilidad está fuera de discusión. Pero precisamente porque se ha vuelto tan habitual, conviene hacerse una pregunta que pocos se plantean: ¿la estamos usando con criterio o simplemente nos estamos dejando llevar por ella?. Seguir leyendo
Su apariencia de precisión facilita bajar la guardia ante errores ocultos
La inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida profesional y sería absurdo negarlo. La usamos para redactar mejor, organizar información, preparar documentos y ganar tiempo en tareas que antes ocupaban buena parte de la jornada. Su utilidad está fuera de discusión. Pero precisamente porque se ha vuelto tan habitual, conviene hacerse una pregunta que pocos se plantean: ¿la estamos usando con criterio o simplemente nos estamos dejando llevar por ella?. El riesgo no está en que la inteligencia artificial trabaje a nuestro lado, sino en que empecemos a trabajar como si pudiera sustituir nuestro juicio. Una herramienta puede ahorrarnos camino, pero no puede decidir hacia dónde merece la pena ir ni qué consecuencias tendrá una conclusión mal asumida. Cuando aceptamos un resultado sin revisarlo, firmamos algo sin haberlo entendido del todo o dejamos que una máquina marque el sentido de una decisión, no estamos innovando. Estamos cediendo una parte esencial de nuestro oficio.. En cualquier profesión, pensar sigue siendo una responsabilidad que no se puede delegar. No basta con que un texto esté bien escrito si nadie ha verificado lo que afirma, ni con que una respuesta suene razonable si nadie ha medido sus efectos. La velocidad es útil cuando acompaña a la reflexión, pero se convierte en un problema si la sustituye. Y ese es un límite que cada profesional debería tener muy claro antes de pulsar “aceptar”.. Uno de los peligros más sutiles de la inteligencia artificial es su apariencia de precisión. Se expresa con seguridad, ordena bien las ideas y construye respuestas que parecen impecables. Pero una respuesta clara puede ser incompleta; un razonamiento convincente, partir de una premisa equivocada, y una frase elegante, ocultar un error que solo detectará quien se tome la molestia de leer con atención. Cuanto más pulido es el resultado, más fácil es bajar la guardia, y ahí es, precisamente, donde hay que subirla.. La reciente encíclica Magnifica Humanitas recuerda una idea que viene muy al caso en este momento: la técnica debe servir a la dignidad humana y no ocupar su lugar. Trasladada al ámbito profesional, esa afirmación tiene una consecuencia muy concreta. La inteligencia artificial puede ser una ayuda extraordinaria, pero no debe convertirse en la excusa perfecta para pensar menos, escuchar menos o asumir menos responsabilidad sobre lo que hacemos.. Porque el valor de un profesional nunca ha estado únicamente en producir resultados, sino en comprenderlos, en saber cuándo una respuesta necesita matices y en reconocer que detrás de cada decisión hay personas que se verán afectadas. La inteligencia artificial puede proponer un camino, pero no puede hacerse cargo de lo que ocurra al recorrerlo. Esa responsabilidad moral es intransferible, por mucho que la herramienta que tengamos delante sea cada vez más sofisticada.. Por todo ello, incorporar la inteligencia artificial al trabajo requiere mucho más que aprender a manejarla. Exige establecer una cultura de uso en la que se definan qué tareas pueden apoyarse en ella y cuáles requieren siempre una revisión humana, en la que se verifique que los datos que alimentan el sistema son adecuados y en la que quede claro quién responde cuando algo sale mal. No todo lo que puede automatizarse ha de llevarse a cabo, y saberlo a tiempo es parte del oficio.. El objetivo no debe ser que la inteligencia artificial haga más cosas por nosotros, sino que nos ayude a hacer mejor aquello que sigue siendo nuestro. Si libera tiempo, que sea para pensar con más profundidad. Si mejora un borrador, que sea para revisarlo con más criterio. Si resume información, que sea para comprender antes de decidir. La tecnología no ha de empujarnos hacia una productividad sin alma.. El gran desafío que tenemos por delante no es técnico, sino humano. Tenemos que aprender a usar esta tecnología sin que empobrezca nuestra atención, a aprovechar su potencia sin confundirla con autoridad y a aceptar su ayuda sin olvidar que la última palabra siempre debe ser nuestra. La inteligencia artificial puede transformar el trabajo, pero el progreso real no consiste en hacer más en menos tiempo, sino en trabajar mejor sin perder lo que da sentido al oficio: el criterio, la responsabilidad y la conciencia de que ninguna herramienta debe ocupar el lugar de quien la maneja.. Javier Martín Fernández es catedrático de Derecho Financiero y Tributario, socio-director de FJ-Martín Abogados y Sergi Garzón Melero es coordinador de la Escuela Fettaf.
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