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  Cultura  Paco León rescata el fenómeno «Aída»: «Cada chiste es hijo de su tiempo»
Cultura

Paco León rescata el fenómeno «Aída»: «Cada chiste es hijo de su tiempo»

30 de enero de 2026
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Existían muchas formas previsiblemente fallidas de hacer «la película» (en negrita y en mayúsculas) de una serie que estuvo nueve años en antena instalándose en el imaginario colectivo de toda una generación y logró institucionalizarse como la comedia costumbrista española por antonomasia a comienzos de los dos mil. La escogida por Paco León no sólo no se acerca –para alivio de paladares exigentes y presuponemos que también de las expectativas de los fans– a ninguna de ellas, sino que constituye sin peros, apostillamientos, ni matices, la mejor de todas las posibles.. Y es que «Aída y vuelta», además de dialogar con los debates culturales del presente desde la ligereza expectorante del humor y el revestimiento formal y estético de León tan marca de la casa (siendo el uso amplificado de la cámara lenta, la proliferación de primeros planos y la adecuación de una banda sonora perfecta que incluye un gran himno de «El Pescaílla»), ejemplifica con inteligencia y estratégica autoconsciencia la efectividad de una propuesta divertida, aireada y tierna que, ante la clásica pregunta que surge cada vez que nos encontramos frente a la supuesta prolongación de una serie que se ha dilatado mucho en el tiempo como «¿hacía falta una película?», puede atreverse a responder «sí» de forma desacomplejada.. La propuesta dirigida por el polifacético creador sevillano, sin dejarse arrastrar por el imantado componente melodramático que deriva de la nostalgia pero contagiándose de ella en muy pequeñas dosis –sobre todo en el tercio final de la cinta–, contribuye paradójicamente a reavivar el universo del fenómeno «Aída» para regalarle un digno cierre, un final oportuno, de la manera más armada y consistente posible en términos cinematográficos en forma de renovado homenaje: tanto a los espectadores, como a los actores y actrices, guionistas, técnicos, directivos y equipo que formaron parte de ella.. Contar otras cosas. Lejos de tratarse de una prolongación capitular de la serie o de ofrecer una visión actualizada de las distintas derivas vitales de los protagonistas diez años después del final del último episodio, la película, que vuelve a contar con todo el elenco completo a excepción de Ana Polvorosa («La Lore») y que aterriza en salas el próximo viernes 30 de enero, ubica su acción «y no de manera casual», tal y como explica el propio Paco en entrevista con este periódico, en pleno 2018 bajo la premisa de qué hubiera pasado si «Aída» hubiera durado cuatro años más (la serie dejó de emitirse en junio de 2014) y el reparto se hubiera visto inevitablemente atravesado por las diferentes sensibilidades sociales y políticas que en aquel momento empezaban a vibrar con una frecuencia mayor como el movimiento del #MeToo o la conciencia antirracista. Entre medias de todo este escenario, se eleva una figura protagónica: Carmen Machi imperial con asfixia y temor en las suelas de los pies a esos zapatos que «huelen a pobre» haciendo de Carmen Machi quiere irse de la serie y rodar su último capítulo para crecer profesionalmente simulando un doble juego entre la realidad y la ficción que invita a preguntarse qué sintió verdaderamente la actriz cuando todo aquello terminó.. «En mi caso despedirme de Luisma fue muy orgánico, la verdad es que nunca me he sentido encasillado, ni he visto el peligro de encasillarme en los trabajos que he hecho. Disfruté durante muchísimo tiempo de todo lo que me dio este personaje y esta familia elegida que creamos con la serie y sí que me he esforzado mucho en utilizar esa fama, ese éxito suyo precisamente para poder hacer otras cosas, explorar otros escenarios y otros personajes. Piensa que mientras estaba en «Aída» ya empecé a dirigir mis películas y también a hacer cine, cosa que no había hecho antes. Nunca quise quitarme el personaje de encima porque lo respeto y quiero lo suficiente como para ser consciente de que me ha servido para lanzar mi carrera», cuenta León. «Y en cuanto a Machi -prosigue-, todo lo que vivió fue muy intenso. Bueno es que Carmen… Carmen es que para mí de las mejores actrices de España. Fue la primera a la que se le ocurrió hacer una película de la serie de hecho y enseguida tuve claro que si alguien que podía contar y encarnar esa especie de amor-odio hacia la serie, hacia el personaje mismo de Aída y todo lo que representaba, evidentemente era ella. Y también Miren y toda esta trama del acoso que vemos en la película y de las contradicciones que le suponía decir algunos chistes, cosa que era verdad. Son todos increíbles, ¿sabes? pero las que llevan el peso en este caso son actrices que hacen protagónicos muy sólidos y desde luego había muchas razones para que fueran ellas».. Esta vez no hay papeles ni casi pareciera que máscaras, sino un ejercicio metanarrativo de los actores interpretándose a ellos mismos en el rodaje del que será el último capítulo de la serie: compartiendo lecturas de guion, complicaciones, líos, confesándose miedos y necesidades, perspectivas de futuro, inquietudes profesionales y jugando de manera brillante con la inversión de esa deslenguada incorrección política que barnizaba todos y cada uno de sus diálogos y que incluso ha suscitado críticas y señalamientos recientes que tildaban la serie de misógina, racista, capacitista, homófoba e intolerante siendo irónicamente la figura de Aída una de las representaciones televisivas más reivindicativas de la mujer de edad media de la periferia (en este caso del ficticio barrio de Esperanza Sur), clase obrera y superviviente. «Aída es un personaje muy serio en un ambiente de comedia. Era una mujer sin recursos, separada, maltratada, madre de un delincuente, hermana de un yonqui, mejor amiga de una prostituta, sin ser capaz de llegar a fin de mes, con una madre que no la soporta y una hija sin aspiraciones. En fin, con una vida súper complicada pero sin dejar de ser un ejemplo de supervivencia», comentaba Machi recientemente. Eso sí, si los códigos humorísticos fundacionales de la serie generaron grupúsculos de ofendidos, es posible que la película los triplique.. León explica que tenía muchas ganas de «darle la vuelta a la cámara, contar otras cosas, aprovechar esa nostalgia generada por la serie también para contar un poco cómo ha cambiado el mundo, cómo han cambiado las miradas y reflexionar sobre los límites del humor y también contar cómo vivimos nosotros ese éxito, cómo es el trabajo del cómico, del actor y otras cosas que me parecían más actuales e interesantes que simplemente volver a ver al Luisma otra vez haciéndose más viejo». Darle en definitiva un aire nuevo desde un lugar distinto, porque «todas las adaptaciones cinematográficas de éxitos televisivos han sido sistemáticamente fracasos, muy sonados y muy decepcionantes».. «Una crítica falsa que se hace de «Aída» es que en realidad estamos perpetuando estereotipos». Paco León. Cuenta además el director de «Arde Madrid» o «Carmina o revienta» que la indagación retrospectiva de ese cambio de miradas entra en contacto directo con esos revisionismos contemporáneos que dictaminan los temas elegidos para hacer humor y los que voluntaria o involuntariamente escogemos para reírnos. ¿Hasta qué punto las cosas que nos hacen gracia secundan moralmente quiénes somos? ¿Hasta qué punto nos definen? ¿Si me río de un chiste que tiene un cariz racista, significa que soy racista? le y nos interrogamos. «Bueno, esto es una cuestión sobre la que hemos pensado mucho todos a raíz de este reencuentro y yo personalmente también en los últimos años. Esta cosa de decir »cuidado con los chistes de los que te ríes en la película porque habla más de ti que de quién hace el chiste». Creo que el humor es muy subjetivo y que sus límites siempre dependen de la direccionalidad, del timing, de la época donde se dice, del contexto en el que se propicia. No es lo mismo hacer un chiste en televisión, en prime time, que hacerlo entre amigos con una cerveza, no tiene nada que ver. En ese sentido cada chiste es hijo de su tiempo», señala antes de continuar: «En la película hemos incluido y puesto los chistes que nos hacen gracia y también esos que nos hacen reflexionar, porque creo que el humor no tiene por qué ser un sinónimo de frivolización respecto a un tema. Muchas veces hacer humor de ello te puede llevar a tener conciencia sobre lo que implica», subraya refiriéndose a una escena concreta de la cinta relacionada con el acoso que sufre Miren y los chistes que emite el propio Eduardo Casanova sobre la enfermedad del VIH que él mismo padece.. «Ese momento de »ponte una rebeca, que no sé si pareces más Mónica Bellucci o Nevenka» genera seguramente risa en el espectador duda, esa cosa de decir no sé si se puede hacer un chiste con eso o si me puedo reír en el caso de quien lo está viendo. Pero de repente la realidad es que estás hablando también de lo ridículo que resulta tener que parecer una víctima. Estás parodiando una realidad absurda, estás hablando de feminismo a través de un chiste. A mí siempre me parece como muy interesante el humor para contar cosas», indica.. «En 2018 el mundo empezó a tomar conciencia de las cosas sobre las que nos reíamos y también de que hacer ficción implicaba tener una responsabilidad con los valores transmitidos como dice Lennie en la peli, cosa que me parece importante. Hay una cosa muy concreta, que para mí es muy clara y representativa: a mí hace 10 años, cuando rodamos «Kiki, el amor se hace», me hacía mucha gracia que un señor drogara a su mujer y la violara todas las noches. Ahora no me hace ninguna. Han pasado muchas cosas socialmente, la gente ha visto realidades como el caso de Pelicot en Francia por ejemplo».. «Lo interesante de la corrección política y de la evolución del humor es que no conlleve nunca una autocensura». Paco León. Cuando le preguntamos por esa práctica intensificada en los últimos años de relecturas de series míticas como «Friends» por parte de generaciones más jóvenes, León explica que en el caso de «Aída», «una crítica falsa que se hace es que en realidad estamos perpetuando estereotipos. Pero de repente qué ternura también da a esa facha que se mete con el inmigrante desde un lugar condescendiente y costumbrista. También depende del que lo escucha. Creo que lo bonito del humor es eso, que logra que mucha gente se puede sentir identificada de repente con un Mauricio Colmenero o pueda llegar a gustarle también precisamente porque lo entiende como una parodia de un actitud que no le gusta. Lo interesante de la corrección política y de la evolución del humor es que no conlleve nunca una autocensura, ni un tipo de humor pacato o políticamente correcto. Ahora por ejemplo hay un humor nuevo muy interesante. Un humor hecho por monologuistas mujeres que hacen humor feminista o gente como Juan Dávila, que hace humor muy negro, ¿sabes? con la complicidad de gente discapacitada. O gente racializada que hace humor desde su propia posición. El humor siempre es necesario y sano. Sobre todo reírse de uno mismo, que es lo que se está perdiendo», se despide al director antes de confesarnos con esa lúdica expresión de curiosidad perpetua sellada en el rostro el último episodio que le ha causado gracia. «Me río tanto de todo… Me acaba de mandar mi representante un vídeo de un cura que está con un perro y el perro hace ¡guau! y ella dice ¡ay! y le da susto eso, ¿sabes?. Ya estaba descojonado. Cualquier cosa, cualquier cosa. Me río fácil», clama destilando la esencia de como debería ser todo, en realidad, siempre. Fácil.

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Existían muchas formas previsiblemente fallidas de hacer «la película» (en negrita y en mayúsculas) de una serie que estuvo nueve años en antena instalándose en el imaginario colectivo de toda una generación y logró institucionalizarse como la comedia costumbrista española por antonomasia a comienzos de los dos mil. La escogida por Paco León no sólo no se acerca –para alivio de paladares exigentes y presuponemos que también de las expectativas de los fans– a ninguna de ellas, sino que constituye sin peros, apostillamientos, ni matices, la mejor de todas las posibles.. Y es que «Aída y vuelta», además de dialogar con los debates culturales del presente desde la ligereza expectorante del humor y el revestimiento formal y estético de León tan marca de la casa (siendo el uso amplificado de la cámara lenta, la proliferación de primeros planos y la adecuación de una banda sonora perfecta que incluye un gran himno de «El Pescaílla»), ejemplifica con inteligencia y estratégica autoconsciencia la efectividad de una propuesta divertida, aireada y tierna que, ante la clásica pregunta que surge cada vez que nos encontramos frente a la supuesta prolongación de una serie que se ha dilatado mucho en el tiempo como «¿hacía falta una película?», puede atreverse a responder «sí» de forma desacomplejada.. La propuesta dirigida por el polifacético creador sevillano, sin dejarse arrastrar por el imantado componente melodramático que deriva de la nostalgia pero contagiándose de ella en muy pequeñas dosis –sobre todo en el tercio final de la cinta–, contribuye paradójicamente a reavivar el universo del fenómeno «Aída» para regalarle un digno cierre, un final oportuno, de la manera más armada y consistente posible en términos cinematográficos en forma de renovado homenaje: tanto a los espectadores, como a los actores y actrices, guionistas, técnicos, directivos y equipo que formaron parte de ella.. Lejos de tratarse de una prolongación capitular de la serie o de ofrecer una visión actualizada de las distintas derivas vitales de los protagonistas diez años después del final del último episodio, la película, que vuelve a contar con todo el elenco completo a excepción de Ana Polvorosa («La Lore») y que aterriza en salas el próximo viernes 30 de enero, ubica su acción «y no de manera casual», tal y como explica el propio Paco en entrevista con este periódico, en pleno 2018 bajo la premisa de qué hubiera pasado si «Aída» hubiera durado cuatro años más (la serie dejó de emitirse en junio de 2014) y el reparto se hubiera visto inevitablemente atravesado por las diferentes sensibilidades sociales y políticas que en aquel momento empezaban a vibrar con una frecuencia mayor como el movimiento del #MeToo o la conciencia antirracista. 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Nunca quise quitarme el personaje de encima porque lo respeto y quiero lo suficiente como para ser consciente de que me ha servido para lanzar mi carrera», cuenta León. «Y en cuanto a Machi -prosigue-, todo lo que vivió fue muy intenso. Bueno es que Carmen… Carmen es que para mí de las mejores actrices de España. Fue la primera a la que se le ocurrió hacer una película de la serie de hecho y enseguida tuve claro que si alguien que podía contar y encarnar esa especie de amor-odio hacia la serie, hacia el personaje mismo de Aída y todo lo que representaba, evidentemente era ella. Y también Miren y toda esta trama del acoso que vemos en la película y de las contradicciones que le suponía decir algunos chistes, cosa que era verdad. Son todos increíbles, ¿sabes? pero las que llevan el peso en este caso son actrices que hacen protagónicos muy sólidos y desde luego había muchas razones para que fueran ellas».. Esta vez no hay papeles ni casi pareciera que máscaras, sino un ejercicio metanarrativo de los actores interpretándose a ellos mismos en el rodaje del que será el último capítulo de la serie: compartiendo lecturas de guion, complicaciones, líos, confesándose miedos y necesidades, perspectivas de futuro, inquietudes profesionales y jugando de manera brillante con la inversión de esa deslenguada incorrección política que barnizaba todos y cada uno de sus diálogos y que incluso ha suscitado críticas y señalamientos recientes que tildaban la serie de misógina, racista, capacitista, homófoba e intolerante siendo irónicamente la figura de Aída una de las representaciones televisivas más reivindicativas de la mujer de edad media de la periferia (en este caso del ficticio barrio de Esperanza Sur), clase obrera y superviviente. «Aída es un personaje muy serio en un ambiente de comedia. 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Esta cosa de decir »cuidado con los chistes de los que te ríes en la película porque habla más de ti que de quién hace el chiste». Creo que el humor es muy subjetivo y que sus límites siempre dependen de la direccionalidad, del timing, de la época donde se dice, del contexto en el que se propicia. No es lo mismo hacer un chiste en televisión, en prime time, que hacerlo entre amigos con una cerveza, no tiene nada que ver. En ese sentido cada chiste es hijo de su tiempo», señala antes de continuar: «En la película hemos incluido y puesto los chistes que nos hacen gracia y también esos que nos hacen reflexionar, porque creo que el humor no tiene por qué ser un sinónimo de frivolización respecto a un tema. Muchas veces hacer humor de ello te puede llevar a tener conciencia sobre lo que implica», subraya refiriéndose a una escena concreta de la cinta relacionada con el acoso que sufre Miren y los chistes que emite el propio Eduardo Casanova sobre la enfermedad del VIH que él mismo padece.. «Ese momento de »ponte una rebeca, que no sé si pareces más Mónica Bellucci o Nevenka» genera seguramente risa en el espectador duda, esa cosa de decir no sé si se puede hacer un chiste con eso o si me puedo reír en el caso de quien lo está viendo. Pero de repente la realidad es que estás hablando también de lo ridículo que resulta tener que parecer una víctima. Estás parodiando una realidad absurda, estás hablando de feminismo a través de un chiste. A mí siempre me parece como muy interesante el humor para contar cosas», indica.. «En 2018 el mundo empezó a tomar conciencia de las cosas sobre las que nos reíamos y también de que hacer ficción implicaba tener una responsabilidad con los valores transmitidos como dice Lennie en la peli, cosa que me parece importante. Hay una cosa muy concreta, que para mí es muy clara y representativa: a mí hace 10 años, cuando rodamos «Kiki, el amor se hace», me hacía mucha gracia que un señor drogara a su mujer y la violara todas las noches. Ahora no me hace ninguna. Han pasado muchas cosas socialmente, la gente ha visto realidades como el caso de Pelicot en Francia por ejemplo».. «Lo interesante de la corrección política y de la evolución del humor es que no conlleve nunca una autocensura». Cuando le preguntamos por esa práctica intensificada en los últimos años de relecturas de series míticas como «Friends» por parte de generaciones más jóvenes, León explica que en el caso de «Aída», «una crítica falsa que se hace es que en realidad estamos perpetuando estereotipos. Pero de repente qué ternura también da a esa facha que se mete con el inmigrante desde un lugar condescendiente y costumbrista. También depende del que lo escucha. Creo que lo bonito del humor es eso, que logra que mucha gente se puede sentir identificada de repente con un Mauricio Colmenero o pueda llegar a gustarle también precisamente porque lo entiende como una parodia de un actitud que no le gusta. Lo interesante de la corrección política y de la evolución del humor es que no conlleve nunca una autocensura, ni un tipo de humor pacato o políticamente correcto. Ahora por ejemplo hay un humor nuevo muy interesante. Un humor hecho por monologuistas mujeres que hacen humor feminista o gente como Juan Dávila, que hace humor muy negro, ¿sabes? con la complicidad de gente discapacitada. O gente racializada que hace humor desde su propia posición. El humor siempre es necesario y sano. Sobre todo reírse de uno mismo, que es lo que se está perdiendo», se despide al director antes de confesarnos con esa lúdica expresión de curiosidad perpetua sellada en el rostro el último episodio que le ha causado gracia. «Me río tanto de todo… Me acaba de mandar mi representante un vídeo de un cura que está con un perro y el perro hace ¡guau! y ella dice ¡ay! y le da susto eso, ¿sabes?. Ya estaba descojonado. Cualquier cosa, cualquier cosa. Me río fácil», clama destilando la esencia de como debería ser todo, en realidad, siempre. Fácil.

 

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