A comienzos de la década de 1990, Pablo Carbonell (Cádiz, 63 años) vivía como una estrella de rock. Sus días con Los Toreros Muertos eran muy cortos y sus noches eran muy largas. Carbonell, líder de la banda, vivía como si no hubiera un mañana, hasta que un día se despertó con miedo a que no hubieran más mañanas. Empezó a perder peso y a tener diarreas. La espalda se le llenó de manchas rojas y estaba agotado. Sus amigos le dijeron que se hiciera pruebas, pero él no lo consideró necesario. Eran principios de los noventa y el VIH estaba matando a su generación, así que no tuvo dudas: él iba a ser el siguiente. Estaba convencido de que tenía sida.. Seguir leyendo
El actor, músico y humorista se crio en el seno de una familia fervientemente católica. En su nuevo libro, ‘Jesús, qué vida llevo’, narra su viaje psicodélico de monaguillo devoto a estrella del rock atea. “Cambié la fe por las mujeres”, confiesa
A comienzos de la década de 1990, Pablo Carbonell (Cádiz, 63 años) vivía como una estrella de rock. Sus días con Los Toreros Muertoseran muy cortos y sus noches eran muy largas. Carbonell, líder de la banda, vivía como si no hubiera un mañana, hasta que un día se despertó con miedo a que no hubieran más mañanas. Empezó a perder peso y a tener diarreas. La espalda se le llenó de manchas rojas y estaba agotado. Sus amigos le dijeron que se hiciera pruebas, pero él no lo consideró necesario. Eran principios de los noventa y el VIH estaba matando a su generación, así que no tuvo dudas: él iba a ser el siguiente. Estaba convencido de que tenía sida.. “Creía que me quedaban semanas o meses de vida, que me iba a morir inmediatamente”, recuerda el cantante, actor y humorista. Sumergido en una depresión, disolvió la banda, dejó a su mujer y se refugió en la cocaína y el alcohol. Iba, como dice, “con los huevos de corbata, caminando por una vida que no podía llamarse vida”. Durante tres años peregrinó por ese desierto, preguntándose si había un Dios y si le iba a perdonar la vida.. “Yo intentaba saber si Dios existía para pedirle tiempo extra”, explica mientras saborea un plato de rabo de toro en el restaurante Casa Salvador, en el madrileño barrio de Chueca. Fantaseaba con cruzarse con ese ser supremo al que, cuando era pequeño, le había rezado tantas noches. Una madrugada, bebiendo solo en un bar, se cruzó con un hombre. No lo conocía de nada, pero le contó lo que le estaba pasando. “Tú lo que tienes es el colon irritable”, le dijo el extraño. No era Dios. Era un médico y, para más inri, experto en nutrición. El doctor tenía razón. Lo supo cuando se hizo las pruebas médicas. “Esa fue mi resurrección”, afirma.. Tras el “milagro”, dejó el alcohol y la farlopa y empezó a comer mejor. Las manchas de su espalda desaparecieron, ganó peso y recobró las ganas de vivir. Carbonell cuenta este episodio en Jesús, qué vida llevo (Almuzara), un libro en el que narra su infancia en el seno de una familia fervientemente católica y su viaje psicodélico de monaguillo devoto a estrella del rock sin Dios. Jesús, qué vida llevo navega entre la memoria familiar, la cultura popular y las grandes preguntas existenciales, pero no es una apología del cristianismo. Al revés, es una alabanza a la espiritualidad sin religión. “Hago mucho el cabra y a la gente le puede sorprender un poco que haya escrito un libro teológico. No reniego de mi educación religiosa, soy lo que soy por ella”, explica.. “Yo intentaba saber si Dios existía para pedirle tiempo extra”, confiesa Pablo Carbonell sobre el tiempo en el que pensó que se moría.Santi Burgos. Carbonell es un ateo confeso. Vive sin fe en un ser superior, en lo sobrenatural o en el más allá. “El cielo en la tierra es la coherencia, vivir de acuerdo a como piensas”, reflexiona. Pero hubo un tiempo en que tuvo una fe tan ciega y tan férrea como la de Santa Teresa. “Nací dentro de Dios. Dios presidía nuestra casa”, cuenta en Jesús, qué vida llevo. Su padre era creyente y del Opus Dei y su madre rezaba en casa el ángelus a las doce de la mañana. Su tío, perito agrícola, era misionero y enseñaba a los yanomamis a cultivar la tierra. Los Carbonell bendecían la mesa al mediodía, rezaban el rosario a la caída de la tarde e iban a misa todos los domingos. Pablo ejercía de monaguillo y estudiaba en el colegio Salesianos de Cádiz. Sacaba notables y sobresalientes en Religión y no se perdía los campamentos del Opus.. Durante la infancia y la adolescencia fue un chaval creyente y practicante, aunque a veces le asaltaban los pensamientos “impuros”. La tentación sorprende en los lugares más insospechados. “Mis primeras erecciones fueron en la iglesia”, confiesa. “Tuve una novia a la que la imagen de Cristo en la cruz le ponía como una moto, pero no era mi caso”. Él evitaba masturbarse. Le habían dicho que era “un pecado”, “una ofensa a Dios”, que “la vida sexual era una cosa de dos, que había que compartir”.. Le costó mucho perder la fe. Pasó parte de su adolescencia con una camisa de escayola por culpa de la escoliosis. Cuando se la quitaron, cerca de los 17 años, todavía era virgen; virgen y devoto. Liberado de aquel corsé, empezó a explorar el mundo genital “como se lanza una cabra desde un campanario”. El sexo se convirtió en su Dios. “Cambié la fe por las mujeres”, recuerda. Lo echaron de los campamentos del Opus, dejó los estudios y empezó a probar las drogas. “A mi padre, la persona más bondadosa que he conocido, le dolió que dejara los estudios, pero más le entristeció constatar que había perdido la fe”.. Carbonell creció en una familia fervientemente católica; su padre era del Opus Dei y su madre rezaba el ángelus a las doce de la mañana.Santi Burgos. Hace más de 30 años que no va a misa o reza. La última vez que asistió a una ceremonia fue cuando lo nombraron ciudadano honorable de la Ciudad de los Muchachos, la comuna juvenil fundada por el padre Jesús Silva Méndez en Ourense. “Yo sabía que no podía comulgar porque llevaba años sin confesarme, pero me sentí invitado a la mesa y tomé la comunión. Se lo confesé al cura y me dijo: ‘Estabas invitado’. Me sentí aliviado. Me jarté de llorar”. Después de eso, nunca más volvió a pisar una iglesia.. A principios de los ochenta formó el dúo cómico Pedro y Pablo junto a Pedro Reyes y luego Los Toreros Muertos. Después llegó la televisión. La bola de cristal, con Alaska, y su larguísima colaboración con El Gran Wyoming en La noche se mueve, El peor programa de la semana, Caiga quien Caiga, La azotea de Wyoming y El intermedio. Lo ha hecho todo: tele, cine, teatro, música. “Se que hago muchas cosas con una fuerza que no está dentro de mis músculos. Es una fuerza que recibo del exterior. Una de las intenciones del libro era encontrar la definición de esa fuerza”, explica.. Esa “fuerza” misteriosa le ha ayudado a sobrellevar la muerte temprana de una hermana y la enfermedad rara que sufre una de sus hijas. Por esa fuerza se sigue considerando una persona espiritual, aunque se mantiene alejado de la Iglesia. “La Iglesia se ha acercado demasiado al poder. Ese ha sido un gran fallo. Jesús no tenía intención de estar cerca del poder. A Jesús lo mató el poder”, señala. No quiere saber nada de ningún credo. “Por culpa de la Biblia hay muchísima gente que comete unas tropelías abismales. Hay muchísima discordia por culpa de los dioses. ‘Mi amigo invisible es mejor que el tuyo y como el mío es mejor, te voy a matar”.. Le preocupa el auge de la religiosidad entre los más jóvenes, pero lo entiende. “Tienen muchas razones para estar desesperados y creer en Dios, tanto los que estudian una carrera como los que no. Las salidas laborales y la independencia nunca han sido tan complicadas como ahora. Los chavales tienen dos opciones: emborracharse o rezar para no caer en la depresión”, argumenta.. View this post on Instagram. De la misma manera que perdió la fe en Dios, también la ha perdido en la política. En sus años de reportero en Caiga quien Caiga intentaba que los políticos salieran de su versión oficial. Dice que quería humanizarlos y que se llevaba bien con todos. Esperanza Aguirre, en las antípodas de sus creencias, llegó a invitarle a bailar un vals. “Ahora los políticos se han quitado la careta o se les ha caído. Hay mucha ruindad, mucho conflicto, muy pocas ganas de trabajar juntos”. Le gustaría que volviera Caiga quien Caiga y que lo llamaran de reportero para intentar volver a humanizar la política: “En este clima de polaridad, me parecería un acto de bondad hacia ellos y hacia la sociedad”. No soporta la crispación y la polarización actual. Para él, la ideología de las personas es algo secundario. “Está a la cola de mi apreciación hacia un ser humano. Nadie elige la cuna que tiene, ni sus apellidos, ni su educación”. Predica la tolerancia con el ejemplo: “Uno de mis grandes amigos, con el que casi hablo todos los días, considera a Vox un partido de extrema izquierda. Y es una persona con la que me rio un montón. Y luego también soy amigo de El Gran Wyoming”.. Pablo Carbonell sigue cantando con Los Toreros Muertos y sigue actuando. Hace unos días terminó en Madrid las funciones de Género de dudas, obra que protagoniza con Pastora Vega.Solo viene a la capital cuando tiene un trabajo. Se mantiene alejado de esta Babilonia moderna. Desde la pandemia vive en el campo, donde se dedica a la vida contemplativa, “otra forma de eternidad”. “Yo he visto llorar a los árboles y pedirme abrazos. Soy un poco psicodélico. Siempre se dice que Dios se manifiesta en su obra. Yo veo su obra y, aunque carezca de fe, me maravillo y vivo eternidades simplemente parándome a mirar”.. Hace un par de años se separó de su segunda mujer. Habla de una “segunda resurrección”. Este libro forma parte de esta nueva vida. Entregó el manuscrito de Jesús, qué vida llevo el 5 de abril, Domingo de Resurrección. En él se hace muchas preguntas.Él mismo responde algunas de ellas: “¿Quieres saber si Dios existe o no? Muérete ya y sal de dudas”, aconseja. A él no le importaría morirse hoy mismo. “He sido coherente conmigo mismo y he hecho muchas cosas. Casi ningún día de mi vida ha sido igual que el anterior. He visitado muchos países, he tenido miles de experiencias, le he sacado mucho jugo a la vida. Ahora que empiezan a rechinarme las rodillas y tengo dolor de espalda, digo: ‘Es un buen momento para irse”. Luego piensa en su hija pequeña, que es una adolescente, y matiza sus palabras.. ¿Quién se muere con más tranquilidad? ¿Los creyentes en el más allá, en el juicio final, en la reencarnación, o los que abandonan la vida y vuelven al sueño del que proceden? Él cree que los segundos: “Santa Teresa sufría mucho porque no se moría, por la dicha que le esperaba con la muerte. Yo me quedo con Shakespeare: volvemos al sueño del que venimos”.
