Lo que comenzó como un pasatiempo de adolescentes hoy es algo muy serio. Pau Matas y Oriol Pla. Oriol Pla y Pau Matas. Tanto monta, monta tanto. Por separado son buenos, pero cuando se juntan son una bomba. «Somos dos muy golosos», ríen.. Con apenas 17 años, amigos del instituto, cogieron sus guitarras y se fueron de terraza en terraza a sacarse unas perras. Pasaban la gorra y allí nadie quería hacerse rico, o al menos, esa no era la excusa (y, «spoiler», tampoco es el final… de momento): «Parábamos cuando nos daba para tomar un café, un croissant y coger el bus», explica Pla. «La idea nunca fue hacer pasta. No nos íbamos a pagar la universidad. Solo era una experiencia», responde su socio.. El uno, Pla, creció al son de la farándula que marcaban sus padres, Quimet Pla y Núria Solina. Siendo un niño ya actuaba en la calle junto a su hermana Diana. Él mismo bromea con la idea de la «explotación infantil». Pero lo cierto es que por aquel trabajo cobraron 5.000 pesetas, aunque eso fue lo de menos. Aquel acto llevaba implícito algo mucho más importante: era una decisión paterna muy meditada para que sintieran de qué iba esto. «Empezamos a entender el oficio», confiesa un hombre que hoy, a los 33 años, es uno de los actores más cotizados del panorama nacional (Premio Emmy incluido).. El otro, de padre y madre profesores, tuvo una infancia mucho más «normal». Quería ser astronauta, pero el punk iba dentro de él. Lo suyo era el arte; y fue el teatro «y toda esta movida», dice, «la que me ha llevado a salir de esa zona un poco más aburrida para mí». «El mundo de la rumba, la guitarra, el gitano… ya te llamaba», le indica Pla.. Dos generaciones enfrentadas. Los años pasaron, los trabajos llegaron y, entre otras, Matas se sumó a la familia Pla Solina como si de un hijo adoptivo se tratase. Basta con ver su relación con la matriarca del clan: es mediodía en el Teatro de la Abadía, y el artista llega de tomar un café cuando se encuentra con la madrina de su hijo, Núria Solina. «¡Ya está aquí la estrella del rock!», dice mientras abraza a esta leyenda del teatro catalán. Y es que los Pla Solina (& co.) están de vuelta en la capital para saciar la sed que dejaron el año pasado con ‘Travy’ al colgar el cartel de «todo vendido» (y que avivaron aún más con el otro gran éxito de esta pareja de «hermanos», ‘Gula’).. Recuperan así, durante algo menos de un mes (hasta el 24 de mayo) este homenaje a la familia Pla-Solina (de nombre artístico «la Familia Travy») que supone «un (des)encuentro entre dos corrientes teatrales: el clown, el teatro folklórico y popular; y enfrente, las formas post-dramáticas y metateatrales», presentan. Un espectáculo que enfrenta dos momentos vitales: «Los que ya ven el final del camino sin miedo y los que ven el principio del mismo con pánico. Un juego entre la vida y el teatro; la mentira y la verdad», reza el programa de mano de una obra en la que los cuatro Travy están sobre el escenario. «¡Qué suerte!», celebra Oriol Pla: «Con el paso de los años y de las funciones me he dado cuenta de que aquí está la fricción entre la mejor versión de la familia, lo que imaginamos que tenemos, y la realidad, la que tenemos. Aparece el amor de la familia».. El montaje firma así su sexta temporada desde que se estrenase en 2018, cuando el Lliure dio carta blanca a Oriol Pla. Este no dudó en llamar a su amigo Pau para crear un artefacto que se ha convertido en una fiesta familiar en la que el espectador encontrará a dos payasos viejos con poca gracia, pero que en tiempos de dictadura hicieron «explotar» este país a carcajadas, junto a dos hijos perdidos en sí mismos. Una familia de juglares que se entiende más con las máscaras puestas que mirándose a los ojos y que pretenden levantar su último «show». Con los veteranos de la compañía agotados y con la hija en rebeldía contra todas las formas artísticas heredadas, el hijo pequeño vuelve a casa para, de vuelta a los orígenes, encontrar su discurso artístico y a sí mismo.. Del colectivo al individualismo. Dos generaciones y dos filosofías muy diferenciadas que se han entendido a golpe de «negociar, pactar, conciliar y bailar con el otro». Un choque artístico en el que Matas, desde la autoría, anhela «haber tenido un colectivo con el que transgredir o poner a prueba el panorama cultural –apunta–. La generación de nuestros padres estaba en el momento. Nosotros somos más mercenarios o más artistas individuales porque estamos educados así». «Su expresión artística tenía un motivo contracultural, político, una necesidad de rebelión. Todo se movía en esa dirección. Ahora está la necesidad del ‘yo’: hay más miedo, más comparación y más autocensura», responde Pla Jr.. Ambos coinciden que sus mayores «hackearon» el sistema y que «el mundo ahora es otro». Pero no por ello pierden la esperanza de intervenir la vida, aunque les falta algo básico: «El enemigo no está claro», afirma un pareja que en ‘Gula’ demostró una capacidad sublime para la crítica de la sociedad actual. «Quizá lo tengamos dentro y eso es muy confuso. ¿Hacia dónde disparo? Soy muy pequeño. ¿Servirá de algo mi lucha? Antes había otra conciencia y la dirección estaba muy clara; ahora no lo tenemos tan claro porque obviamente el sistema no quiere nuestra libertad. Han desarticulado todo», sentencia Matas.
Han regresado a Madrid con ‘Travy’ para contar de nuevo la historia de los Pla Solina y, a su vez, saciar la sed de aquellos que el año pasado se toparon con el cartel de «todo vendido» en La Abadía
Lo que comenzó como un pasatiempo de adolescentes hoy es algo muy serio. Pau Matas y Oriol Pla. Oriol Pla y Pau Matas. Tanto monta, monta tanto. Por separado son buenos, pero cuando se juntan son una bomba. «Somos dos muy golosos», ríen.. Con apenas 17 años, amigos del instituto, cogieron sus guitarras y se fueron de terraza en terraza a sacarse unas perras. Pasaban la gorra y allí nadie quería hacerse rico, o al menos, esa no era la excusa (y, «spoiler», tampoco es el final… de momento): «Parábamos cuando nos daba para tomar un café, un croissant y coger el bus», explica Pla. «La idea nunca fue hacer pasta. No nos íbamos a pagar la universidad. Solo era una experiencia», responde su socio.. El uno, Pla, creció al son de la farándula que marcaban sus padres, Quimet Pla y Núria Solina. Siendo un niño ya actuaba en la calle junto a su hermana Diana. Él mismo bromea con la idea de la «explotación infantil». Pero lo cierto es que por aquel trabajo cobraron 5.000 pesetas, aunque eso fue lo de menos. Aquel acto llevaba implícito algo mucho más importante: era una decisión paterna muy meditada para que sintieran de qué iba esto. «Empezamos a entender el oficio», confiesa un hombre que hoy, a los 33 años, es uno de los actores más cotizados del panorama nacional (Premio Emmy incluido).. El otro, de padre y madre profesores, tuvo una infancia mucho más «normal». Quería ser astronauta, pero el punk iba dentro de él. Lo suyo era el arte; y fue el teatro «y toda esta movida», dice, «la que me ha llevado a salir de esa zona un poco más aburrida para mí». «El mundo de la rumba, la guitarra, el gitano… ya te llamaba», le indica Pla.. Dos generaciones enfrentadas. Los años pasaron, los trabajos llegaron y, entre otras, Matas se sumó a la familia Pla Solina como si de un hijo adoptivo se tratase. Basta con ver su relación con la matriarca del clan: es mediodía en el Teatro de la Abadía, y el artista llega de tomar un café cuando se encuentra con la madrina de su hijo, Núria Solina. «¡Ya está aquí la estrella del rock!», dice mientras abraza a esta leyenda del teatro catalán. Y es que los Pla Solina (& co.) están de vuelta en la capital para saciar la sed que dejaron el año pasado con ‘Travy’ al colgar el cartel de «todo vendido» (y que avivaron aún más con el otro gran éxito de esta pareja de «hermanos», ‘Gula’).. Recuperan así, durante algo menos de un mes (hasta el 24 de mayo) este homenaje a la familia Pla-Solina (de nombre artístico «la Familia Travy») que supone «un (des)encuentro entre dos corrientes teatrales: el clown, el teatro folklórico y popular; y enfrente, las formas post-dramáticas y metateatrales», presentan. Un espectáculo que enfrenta dos momentos vitales: «Los que ya ven el final del camino sin miedo y los que ven el principio del mismo con pánico. Un juego entre la vida y el teatro; la mentira y la verdad», reza el programa de mano de una obra en la que los cuatro Travy están sobre el escenario. «¡Qué suerte!», celebra Oriol Pla: «Con el paso de los años y de las funciones me he dado cuenta de que aquí está la fricción entre la mejor versión de la familia, lo que imaginamos que tenemos, y la realidad, la que tenemos. Aparece el amor de la familia».. El montaje firma así su sexta temporada desde que se estrenase en 2018, cuando el Lliure dio carta blanca a Oriol Pla. Este no dudó en llamar a su amigo Pau para crear un artefacto que se ha convertido en una fiesta familiar en la que el espectador encontrará a dos payasos viejos con poca gracia, pero que en tiempos de dictadura hicieron «explotar» este país a carcajadas, junto a dos hijos perdidos en sí mismos. Una familia de juglares que se entiende más con las máscaras puestas que mirándose a los ojos y que pretenden levantar su último «show». Con los veteranos de la compañía agotados y con la hija en rebeldía contra todas las formas artísticas heredadas, el hijo pequeño vuelve a casa para, de vuelta a los orígenes, encontrar su discurso artístico y a sí mismo.. Del colectivo al individualismo. Dos generaciones y dos filosofías muy diferenciadas que se han entendido a golpe de «negociar, pactar, conciliar y bailar con el otro». Un choque artístico en el que Matas, desde la autoría, anhela «haber tenido un colectivo con el que transgredir o poner a prueba el panorama cultural –apunta–. La generación de nuestros padres estaba en el momento. Nosotros somos más mercenarios o más artistas individuales porque estamos educados así». «Su expresión artística tenía un motivo contracultural, político, una necesidad de rebelión. Todo se movía en esa dirección. Ahora está la necesidad del ‘yo’: hay más miedo, más comparación y más autocensura», responde Pla Jr.. Ambos coinciden que sus mayores «hackearon» el sistema y que «el mundo ahora es otro». Pero no por ello pierden la esperanza de intervenir la vida, aunque les falta algo básico: «El enemigo no está claro», afirma un pareja que en ‘Gula’ demostró una capacidad sublime para la crítica de la sociedad actual. «Quizá lo tengamos dentro y eso es muy confuso. ¿Hacia dónde disparo? Soy muy pequeño. ¿Servirá de algo mi lucha? Antes había otra conciencia y la dirección estaba muy clara; ahora no lo tenemos tan claro porque obviamente el sistema no quiere nuestra libertad. Han desarticulado todo», sentencia Matas.
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