En los últimos dos meses, el intérprete barcelonés Oriol Pla ha recibido dos premios que reflejan bien su inmensa personalidad artística. Primero, el 24 de noviembre ganó en Nueva York el Premio Emmy Internacional a mejor actor por su papel en la serie Yo, adicto. Un hito nunca antes logrado por ningún español y que a sus 32 años lo ha coronado definitivamente como rostro central del cine y la televisión nacionales, después de más de una década en ascenso tras trabajar con cineastas como Jaime Rosales, Cesc Gay, Elena Martín y Mariano Barroso o participar en producciones como Merlí, fenómeno de Netflix. Poco después del Emmy, el 16 de diciembre fue distinguido junto a su familia con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes por su contribución a la evolución del circo contemporáneo y las artes escénicas. Su padre es Quimet Pla, cofundador de la legendaria compañía catalana Comediants; su madre, Núria Solina, violinista y fundadora de Picatrons y Circ Cric. Con ellos y con su hermana, Diana, se forjó haciendo circo y teatro popular desde que era niño.. Seguir leyendo
El actor presenta en Madrid su último éxito en los escenarios, ‘Gula’, tras la distinción internacional por su trabajo en la serie ‘Yo, adicto’
En los últimos dos meses, el intérprete barcelonés Oriol Pla ha recibido dos premios que reflejan bien su inmensa personalidad artística. Primero, el 24 de noviembre ganó en Nueva York el Premio Emmy Internacional a mejor actor por su papel en la serie Yo, adicto. Un hito nunca antes logrado por ningún español y que a sus 32 años lo ha coronado definitivamente como rostro central del cine y la televisión nacionales, después de más de una década en ascenso tras trabajar con cineastas como Jaime Rosales, Cesc Gay, Elena Martín y Mariano Barroso o participar en producciones como Merlí, fenómeno de Netflix. Poco después del Emmy, el 16 de diciembre fue distinguido junto a su familia con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes por su contribución a la evolución del circo contemporáneo y las artes escénicas. Su padre es Quimet Pla, cofundador de la legendaria compañía catalana Comediants; su madre, Núria Solina, violinista y fundadora de Picatrons y Circ Cric. Con ellos y con su hermana, Diana, se forjó haciendo circo y teatro popular desde que era niño.

Quienes solo conocen a Oriol Pla por sus éxitos en las pantallas alucinan cuando lo ven por primera vez en un escenario. Este viernes, invitado por el Centro Dramático Nacional, presenta en el teatro Valle-Inclán de Madrid la versión española de su espectáculo Gula, que estrenó en catalán la temporada pasada (con el título de Gola) en el Festival Temporada Alta de Girona y el Teatre Nacional de Catalunya, donde despliega un arsenal insólito de habilidades interpretativas. Se mueve sobre las tablas con la ligereza del acróbata, el desparpajo del payaso, la técnica del mimo, la disciplina corporal del bailarín, la pericia del comediante de carretera y el carácter disruptivo del artista posdramático. Canta, baila, hace piruetas, llora, ríe, cuenta chistes y puede hablar como si le hubieran puesto la velocidad acelerada de los mensajes del WhatsApp.
Todo eso está contenido en Gula. El espectáculo recrea el colapso del hombre contemporáneo devorado por el consumo compulsivo: comida, alcohol, redes sociales, política, series, viajes, emociones. Es la metralla de estímulos y placeres inmediatos que lanza la sociedad contemporánea y que desata un ansia insaciable. Una ansiedad focalizada en la obra en una reluciente máquina expendedora de comida y personificada en el fascinante personaje que compone el actor, mezcla de arlequín, bufón, payaso carablanca, acróbata circense y héroe trágico. “Es la gula hecha persona. La incapacidad de soportar el vacío convertida en pulsión por engullir cualquier cosa sin digerir”, explicaba ayer el intérprete a EL PAÍS en la sala donde se va a representar la pieza, desde esta noche hasta el 15 de febrero, mientras los técnicos montaban la escenografía.

Hay más elementos en el escenario aparte de la máquina expendedora, pero el actor ruega que no se desvelen para no destripar el espectáculo al público. Insiste también, pese a que él es la estrella mediática del momento, en retratarse siempre con el dramaturgo Pau Matas, cocreador del espectáculo, también presente en escena durante las casi dos horas que dura la obra, observando callado la batalla de Pla con la máquina y tocando la guitarra en algunos momentos.
“Mi presencia es una especie de contrapunto calmo a la locura que desata el personaje de Oriol”, comenta Matas, con quien Pla lleva colaborando desde que se conocieron en el instituto a los 17 años y empatizaron por su carácter omnívoro. “Primero nos unió la música. Después los guiones. Más tarde el teatro. Hemos hecho de todo juntos”, recuerda Pla.
Juntos también escribieron Travy, un delicioso espectáculo estrenado en 2018 con producción del Teatre Lliure de Barcelona y que todavía se mantiene en cartel agotando entradas allá por donde pasa. Tanto es así que la próxima primavera (del 30 de abril al 24 de mayo) repetirá temporada por aclamación popular en el Teatro de la Abadía de Madrid, tras reventar la taquilla el año pasado. No es para menos: la obra reúne en el escenario a los cuatro miembros del clan Pla-Solina, conocido artísticamente como la Familia Travy, en un emocionante montaje que los espectadores viven desde la butaca como si hubieran sido invitados a cenar a su casa. Es también un encuentro entre dos corrientes escénicas: el circo y el teatro popular de los padres frente a las formas posdramáticas de los hijos.
Las entradas ya están volando para ambos espectáculos. No solo entre los espectadores habituales del teatro, sino también por el arrastre de nuevos públicos propiciado por el ascenso mediático de Pla. Su trabajo en la serie Yo, adicto, en la que su creador y codirector, Javier Giner, adapta el libro homónimo en el que relata su proceso de desintoxicación del alcohol y las drogas, disparó su proyección entre las grandes audiencias hasta estallar con el Emmy.
El nuevo año se presenta tan trepidante como el anterior. Justo cuando le anunciaron la nominación al Emmy, Pla estaba terminando de rodar su próxima película, Esta soledad, dirigida precisamente por Javier Giner, que debuta en el largometraje con este filme ambientado en Bilbao y protagonizado por dos jóvenes que intentan superar su desolación tras romper su relación de cinco años como pareja.
En medio de esta montaña rusa de emociones, el actor parece, sin embargo, tranquilo. Asegura que alternar esa cara tan mediática con sus proyectos teatrales personales lo mantiene en tierra. “Siempre he tenido el problema o la virtud, depende de cómo se mire, de sentirme interesado por muchas cosas diferentes. Eso tiene la ventaja de que amplías tus límites, pero también el precio de que tal vez no profundizas del todo en algunos aspectos”, reflexiona. En todo caso, afirma que por muchos proyectos audiovisuales que tenga entre manos, nunca dejará los escenarios: “Porque me gustan y porque son mi casa”. La casa en la que se crio desde que nació y donde se forjó como uno de los mejores actores de su generación.
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