La primavera de 2026 confirma una paradoja incómoda para las grandes potencias: los dos conflictos armados más importantes del momento –Ucrania y el Golfo Pérsico– están estancados, y las potencias que los iniciaron o impulsaron no encuentran la salida. La sorpresa estratégica no está en la fuerza del agresor, sino en la resistencia del agredido. EE UU tiene un producto 61 veces mayor al de Irán, Rusia 11 veces mayor que el de Ucrania. En Ucrania, Rusia lleva seis meses sin avances territoriales significativos. Sus exportaciones de crudo han caído de 5,1 a 3,7 millones de barriles diarios, sus bajas superan el millón entre muertos y heridos, y sus desfiles militares más importantes se reducen ante la amenaza de drones ucranianos, que alcanzan hasta 1.500 kilómetros en territorio ruso. La derrota electoral de Viktor Orban ha desbloqueado 90.000 millones de euros europeos para Kiev. Europa y el Reino Unido, más que Washington, sostienen hoy a Ucrania.. El papel de EE UU es errático: indispensable en inteligencia, pero políticamente inestable. Aunque nadie lo habría pensado, el Ejército ucraniano es hoy el más efectivo que la UE puede disponer; su capacidad armamentística es ya reconocida por EE UU, que les piden acuerdos. Lo que hace ahora falta es negociar con Putin directamente, ante la falta de voluntad de Washington. Difícil, pero no imposible.. En el Golfo, el alto el fuego con Irán no resuelve nada. El Estrecho de Ormuz lleva más de 70 días bloqueado. El precio del petróleo ha superado los 116 dólares por barril. Un solo nudo impide el acuerdo: los 400 kilos de uranio enriquecido al 60% que Teherán se niega a sacar del país. La Administración Trump se ha visto impelida a declarar el fin de las hostilidades, ante la negativa de su Congreso a concederle una ampliación más allá de los 60 días de potestad presidencial. La situación es como poco, confusa para Washington, después de una cumbre Trump- Xi Jinping sin resultados palpables, salvo una advertencia explicita china sobre Taiwán. La Administración y el Congreso habían aprobado enviar 11.000 millones de dólares en armas. Si esto se anula, el mensaje será inequívoco en Asia, Japón para empezar, si no Bejing reaccionará con dureza. Mientras tanto, Israel sigue operando en el sur del Líbano, Hizbulá hace imposible a los ciudadanos del norte de Israel volver a sus casas. Con elecciones en la proximidad, Netanyahu necesita demostrar que tanta matanza ha servido para tener más estabilidad. La anexión «de iure» de Cisjordania al pasar a depender de las autoridades civiles de Tel Aviv es desde luego un puntazo en la creación del Gran Israel. Varios senadores demócratas quieren bloquear la venta de armas a Tel Aviv.. La credibilidad occidental sobre la defensa de derechos humanos es inexistente en el resto del mundo, lo que beneficia a China e incluso a Rusia, que no los respetan nunca. Lo que ambos conflictos comparten es revelador: ninguna gran potencia tiene garantizado imponer su voluntad. La fragmentación del poder geopolítico es ya una evidencia. Los drones baratos y la resistencia nacional han redefinido el equilibrio militar. Irán, devastado materialmente, sigue siendo el único contrapeso regional frente a Israel, para frustración de Arabia Saudí. Ucrania, con 800.000 soldados curtidos en combate y una industria de drones de vanguardia, es probablemente el ejército más eficaz de Europa.. Las consecuencias económicas se acumulan. El FMI ha revisado a la baja las previsiones de crecimiento para todos los países. Los precios del combustible han subido un 42% en EE UU, aunque sus empresas del ramo han multiplicado sus exportaciones, pero sin aumentar sus capacidades. El Golfo concentra el 30% de los fertilizantes mundiales; el cierre de Ormuz amenaza con agravar la inflación alimentaria global. Los bancos centrales mantienen tipos, pero la presión de segunda ronda se acerca. El déficit público estadounidense ronda el 7% del PIB, su posición deudora exterior ha alcanzado el 90% de su producción, y la nueva presidencia de la Reserva Federal llega con la expectativa política –no técnica– de bajar tipos. Si lo hace, nadie salvo Donald Trump lo considerará adecuado, ni positivo.. China avanza en silencio. Controla el 90% de las placas solares, el 80% de las baterías y las turbinas de viento mundiales. Su superávit comercial ha pasado del 0,2% al 7% de su PIB desde 2008. Xi Jinping se dirige a su tercer mandato en 2028, durante el Congreso Nacional del Partido. Trump ha viajado a Pekín este mismo mayo, como todos los líderes occidentales antes que él, sin llevarse nada más que un aviso sobre Taiwán. Ni las armas nucleares ni la Inteligencia Artificial están maduros para un Tratado, tipo los años 1970. El multilateralismo chino –con sus defectos– resulta más predecible que la impulsividad norteamericana.. El reordenamiento que se insinúa es profundo. Canadá se acerca a la UE. Alemania y Japón se rearman. Los países del Golfo, aliados históricos de Washington, observan cómo EE UU antepone a Israel sobre cualquier otro vínculo. La hegemonía norteamericana no ha desaparecido, pero ya no es incuestionable. Y en ese vacío –geopolítico, económico y moral– otros actores, viejos y nuevos, están construyendo el orden que viene. La previsión de un impase político en Washington después de noviembre de 2026 hasta enero de 2029, ya con otro presidente, no será la primera vez que se produzca. Es más, ha sucedido muchas veces. Las diferencias son sin embargo remarcables, para empezar las relaciones con los europeos, que EE UU quiere distintas. Una UE con unos 500.000 millones de dólares anuales en gasto en defensa, en tercer lugar, mundial, es ya una realidad. Si se consigue cerrar la guerra de Ucrania sin perderla, con una economía de 30 billones en paridad de poder de compra y 2 billones anuales de ahorro privado bruto, el mundo tendrá un nuevo foco, que no será Moscú. Mas bien Berlín tapado por Bruselas. Solo la losa de una regulación imposible puede frenar a la UE, con casi 29.000 normas aprobadas por la Comisión desde 2010, y sin ningún campeón tecnológico. No está claro que esto tenga freno.. Otra gran diferencia es la existencia de otro poder militar, económico, tecnológico, el primer socio comercial de muchísimos países y el mayor inversor mundial en desarrollo en 2025. Pekín tiene mucho que ofrecer. Entre que Washington decide como llevarse con socios y adversarios, el resto del mundo camina. No será la Trampa de Tucídides, sino no saber lo que se quiere.
La primavera de 2026 confirma una paradoja incómoda para las grandes potencias: los dos conflictos armados más importantes del momento –Ucrania y el Golfo Pérsico– están estancados, y las potencias que los iniciaron o impulsaron no encuentran la salida. La sorpresa estratégica no está en la fuerza del agresor, sino en la resistencia del agredido. EE UU tiene un producto 61 veces mayor al de Irán, Rusia 11 veces mayor que el de Ucrania. En Ucrania, Rusia lleva seis meses sin avances territoriales significativos. Sus exportaciones de crudo han caído de 5,1 a 3,7 millones de barriles diarios, sus bajas superan el millón entre muertos y heridos, y sus desfiles militares más importantes se reducen ante la amenaza de drones ucranianos, que alcanzan hasta 1.500 kilómetros en territorio ruso. La derrota electoral de Viktor Orban ha desbloqueado 90.000 millones de euros europeos para Kiev. Europa y el Reino Unido, más que Washington, sostienen hoy a Ucrania.. El papel de EE UU es errático: indispensable en inteligencia, pero políticamente inestable. Aunque nadie lo habría pensado, el Ejército ucraniano es hoy el más efectivo que la UE puede disponer; su capacidad armamentística es ya reconocida por EE UU, que les piden acuerdos. Lo que hace ahora falta es negociar con Putin directamente, ante la falta de voluntad de Washington. Difícil, pero no imposible.. En el Golfo, el alto el fuego con Irán no resuelve nada. El Estrecho de Ormuz lleva más de 70 días bloqueado. El precio del petróleo ha superado los 116 dólares por barril. Un solo nudo impide el acuerdo: los 400 kilos de uranio enriquecido al 60% que Teherán se niega a sacar del país. La Administración Trump se ha visto impelida a declarar el fin de las hostilidades, ante la negativa de su Congreso a concederle una ampliación más allá de los 60 días de potestad presidencial. La situación es como poco, confusa para Washington, después de una cumbre Trump- Xi Jinping sin resultados palpables, salvo una advertencia explicita china sobre Taiwán. La Administración y el Congreso habían aprobado enviar 11.000 millones de dólares en armas. Si esto se anula, el mensaje será inequívoco en Asia, Japón para empezar, si no Bejing reaccionará con dureza. Mientras tanto, Israel sigue operando en el sur del Líbano, Hizbulá hace imposible a los ciudadanos del norte de Israel volver a sus casas. Con elecciones en la proximidad, Netanyahu necesita demostrar que tanta matanza ha servido para tener más estabilidad. La anexión «de iure» de Cisjordania al pasar a depender de las autoridades civiles de Tel Aviv es desde luego un puntazo en la creación del Gran Israel. Varios senadores demócratas quieren bloquear la venta de armas a Tel Aviv.. La credibilidad occidental sobre la defensa de derechos humanos es inexistente en el resto del mundo, lo que beneficia a China e incluso a Rusia, que no los respetan nunca. Lo que ambos conflictos comparten es revelador: ninguna gran potencia tiene garantizado imponer su voluntad. La fragmentación del poder geopolítico es ya una evidencia. Los drones baratos y la resistencia nacional han redefinido el equilibrio militar. Irán, devastado materialmente, sigue siendo el único contrapeso regional frente a Israel, para frustración de Arabia Saudí. Ucrania, con 800.000 soldados curtidos en combate y una industria de drones de vanguardia, es probablemente el ejército más eficaz de Europa.. Las consecuencias económicas se acumulan. El FMI ha revisado a la baja las previsiones de crecimiento para todos los países. Los precios del combustible han subido un 42% en EE UU, aunque sus empresas del ramo han multiplicado sus exportaciones, pero sin aumentar sus capacidades. El Golfo concentra el 30% de los fertilizantes mundiales; el cierre de Ormuz amenaza con agravar la inflación alimentaria global. Los bancos centrales mantienen tipos, pero la presión de segunda ronda se acerca. El déficit público estadounidense ronda el 7% del PIB, su posición deudora exterior ha alcanzado el 90% de su producción, y la nueva presidencia de la Reserva Federal llega con la expectativa política –no técnica– de bajar tipos. Si lo hace, nadie salvo Donald Trump lo considerará adecuado, ni positivo.. China avanza en silencio. Controla el 90% de las placas solares, el 80% de las baterías y las turbinas de viento mundiales. Su superávit comercial ha pasado del 0,2% al 7% de su PIB desde 2008. Xi Jinping se dirige a su tercer mandato en 2028, durante el Congreso Nacional del Partido. Trump ha viajado a Pekín este mismo mayo, como todos los líderes occidentales antes que él, sin llevarse nada más que un aviso sobre Taiwán. Ni las armas nucleares ni la Inteligencia Artificial están maduros para un Tratado, tipo los años 1970. El multilateralismo chino –con sus defectos– resulta más predecible que la impulsividad norteamericana.. El reordenamiento que se insinúa es profundo. Canadá se acerca a la UE. Alemania y Japón se rearman. Los países del Golfo, aliados históricos de Washington, observan cómo EE UU antepone a Israel sobre cualquier otro vínculo. La hegemonía norteamericana no ha desaparecido, pero ya no es incuestionable. Y en ese vacío –geopolítico, económico y moral– otros actores, viejos y nuevos, están construyendo el orden que viene. La previsión de un impase político en Washington después de noviembre de 2026 hasta enero de 2029, ya con otro presidente, no será la primera vez que se produzca. Es más, ha sucedido muchas veces. Las diferencias son sin embargo remarcables, para empezar las relaciones con los europeos, que EE UU quiere distintas. Una UE con unos 500.000 millones de dólares anuales en gasto en defensa, en tercer lugar, mundial, es ya una realidad. Si se consigue cerrar la guerra de Ucrania sin perderla, con una economía de 30 billones en paridad de poder de compra y 2 billones anuales de ahorro privado bruto, el mundo tendrá un nuevo foco, que no será Moscú. Mas bien Berlín tapado por Bruselas. Solo la losa de una regulación imposible puede frenar a la UE, con casi 29.000 normas aprobadas por la Comisión desde 2010, y sin ningún campeón tecnológico. No está claro que esto tenga freno.. Otra gran diferencia es la existencia de otro poder militar, económico, tecnológico, el primer socio comercial de muchísimos países y el mayor inversor mundial en desarrollo en 2025. Pekín tiene mucho que ofrecer. Entre que Washington decide como llevarse con socios y adversarios, el resto del mundo camina. No será la Trampa de Tucídides, sino no saber lo que se quiere.
Muchos conflictos tienden a alargarse o estancarse, aunque una de las partes sea militarmente mas poderosa. Existen muchos precedentes en la Historia
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