Hay conciertos que se disfrutan durante dos horas y otros que empiezan muchos años antes de que se apaguen las luces. El de My Chemical Romance en Madrid pertenecía a esta segunda categoría. Para miles de personas, la cita en el Iberdrola Music no suponía únicamente volver a escuchar unas canciones, sino reencontrarse con una parte de su adolescencia que permanecía intacta a pesar del paso del tiempo. Desde primeras horas de la tarde, las inmediaciones del recinto comenzaron a llenarse de camisetas negras, corbatas, delineador y referencias a una estética que marcó a toda una generación. El calor madrileño apenas frenó a un público dispuesto a esperar durante horas para volver a ver sobre un escenario a una banda cuya separación parecía haber convertido ese momento en algo imposible. Cuando las luces se apagaron, el recinto estalló antes incluso de que apareciera Gerard Way. Bastaron unos segundos para comprobar que el protagonista no era únicamente el grupo estadounidense. También lo eran las miles de voces que, desde el primer acorde, asumieron el papel de un gigantesco coro capaz de convertir cada canción en un recuerdo compartido. Lejos de limitarse a un recital de éxitos, My Chemical Romance volvió a demostrar que entiende el directo como una representación. La escenografía, cuidadosamente diseñada, envolvió el escenario en un universo propio, con elementos teatrales, cambios constantes de ambientación y una puesta en escena que convirtió el concierto en algo más parecido a una obra narrativa que a una sucesión de canciones. Gerard Way apareció completamente entregado a ese personaje ambiguo que lleva años construyendo entre la ficción y la realidad. Su manera de ocupar el escenario, sus gestos y la interpretación casi dramática de cada tema reforzaron la sensación de que el espectáculo pretendía contar una historia más que enlazar un repertorio. Musicalmente, la banda se mostró sólida de principio a fin. Ray Toro volvió a exhibir la contundencia de su guitarra, Frank Iero aportó la energía habitual en cada movimiento sobre el escenario y Mikey Way sostuvo con precisión una base instrumental que permitió que cada canción sonara con la fuerza que el público esperaba. Todo ello acompañado por una producción de gran formato en la que iluminación, sonido y efectos visuales caminaron en la misma dirección. Uno de los momentos más especiales llegó con la interpretación íntegra de «The Black Parade». Veinte años después de su publicación, el disco mantiene intacta su capacidad para emocionar. Lo que en 2006 fue la banda sonora de una generación de adolescentes hoy se ha transformado en un ejercicio de memoria colectiva para un público que ha crecido junto a aquellas canciones. No importaba la edad. Entre los asistentes convivían quienes descubrieron el álbum cuando salió y quienes lo hicieron años después gracias a internet o a las plataformas digitales. Padres e hijos, grupos de amigo
La banda estadounidense reunió a miles de seguidores en el Iberdrola Music con un espectáculo que mezcló teatralidad, nostalgia y un repertorio que sigue formando parte de la memoria colectiva veinte años después de «The Black Parade»
Hay conciertos que se disfrutan durante dos horas y otros que empiezan muchos años antes de que se apaguen las luces. El de My Chemical Romance en Madrid pertenecía a esta segunda categoría. Para miles de personas, la cita en el Iberdrola Music no suponía únicamente volver a escuchar unas canciones, sino reencontrarse con una parte de su adolescencia que permanecía intacta a pesar del paso del tiempo.Desde primeras horas de la tarde, las inmediaciones del recinto comenzaron a llenarse de camisetas negras, corbatas, delineador y referencias a una estética que marcó a toda una generación. El calor madrileño apenas frenó a un público dispuesto a esperar durante horas para volver a ver sobre un escenario a una banda cuya separación parecía haber convertido ese momento en algo imposible.Cuando las luces se apagaron, el recinto estalló antes incluso de que apareciera Gerard Way. Bastaron unos segundos para comprobar que el protagonista no era únicamente el grupo estadounidense. También lo eran las miles de voces que, desde el primer acorde, asumieron el papel de un gigantesco coro capaz de convertir cada canción en un recuerdo compartido.Lejos de limitarse a un recital de éxitos, My Chemical Romance volvió a demostrar que entiende el directo como una representación. La escenografía, cuidadosamente diseñada, envolvió el escenario en un universo propio, con elementos teatrales, cambios constantes de ambientación y una puesta en escena que convirtió el concierto en algo más parecido a una obra narrativa que a una sucesión de canciones.Gerard Way apareció completamente entregado a ese personaje ambiguo que lleva años construyendo entre la ficción y la realidad. Su manera de ocupar el escenario, sus gestos y la interpretación casi dramática de cada tema reforzaron la sensación de que el espectáculo pretendía contar una historia más que enlazar un repertorio.Musicalmente, la banda se mostró sólida de principio a fin. Ray Toro volvió a exhibir la contundencia de su guitarra, Frank Iero aportó la energía habitual en cada movimiento sobre el escenario y Mikey Way sostuvo con precisión una base instrumental que permitió que cada canción sonara con la fuerza que el público esperaba. Todo ello acompañado por una producción de gran formato en la que iluminación, sonido y efectos visuales caminaron en la misma dirección.Uno de los momentos más especiales llegó con la interpretación íntegra de «The Black Parade». Veinte años después de su publicación, el disco mantiene intacta su capacidad para emocionar. Lo que en 2006 fue la banda sonora de una generación de adolescentes hoy se ha transformado en un ejercicio de memoria colectiva para un público que ha crecido junto a aquellas canciones.No importaba la edad. Entre los asistentes convivían quienes descubrieron el álbum cuando salió y quienes lo hicieron años después gracias a internet o a las plataformas digitales. Padres e hijos, grupos de amigos y par
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