A Maruja Mallo se le atribuye el mérito de fundar el club de Las Sinsombrero en las faldas de la Generación del 27. Cuenta la leyenda que lo primero que recibió fueron pedradas, pero la verdad es que este accidente no frenó el génesis de contar con una voz propia dentro del controvertido grupo que formó aquella Edad de Plata de la cultura española. Como tantas, su vida cambió con la Guerra Civil cuando partió hacia América gracias a Gabriela Mistral vía Lisboa. Desde entonces, Ana María Gómez González (Vivero, 1902) comenzó un exitoso exilio hasta los años sesenta, cuando vuelve a un Madrid que la deslumbra.. Esa treintena de años forma el corazón de la correspondencia de la pintora que acaba de publicar Renacimiento y editada por Guillermo de Osma. “Cartas de Maruja Mallo” recopila 121 textos enviados a 36 destinatarios tan variopintos como Salvador Dalí, Alfonso Guerra, Jorge Oteiza o María Zambrano. Sin embargo, la mayoría de ellas no desvela la controvertida personalidad de la pintora ni aportan nada nuevo sobre su relación con otros miembros de la Generación del 27. Lo que sí descubre es el perfil inédito de una mujer decidida a hacerse un hueco en el panorama artístico de su época y una sagaz vendedora de su pintura. Ya fuera desde los años de los treinta en la capital española como en Nueva York, donde escribe misivas para intentar exponer en los mejores museos de la ciudad o directamente al Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). Tan lejos llega su entusiasmo que en más de una ocasión exagera la acogida que le brinda la élite neoyorkina: “…Estuve invitada por la más importante fundación de Estados Unidos, donde realicé una exposición en Nueva York con un total éxito, como posiblemente hayas visto en los telegramas de United Press”, narra en una de las cartas publicadas.. “Maruja hace dos viajes a NY, uno en el 47 donde ya lleva alguna obra que presenta en una suite del Hotel Plaza. En ese viaje seguramente consigue que la Galería Carroll Carstairs le haga una exposición al año siguiente en el mes de octubre donde expone algunos cuadros históricos como el ‘Canto de las Espigas’ (en la actualidad expuesto en el Reina Sofía) y sus últimas producciones, ‘Los retratos bidimensionales’, que demuestran su particular interés por el tema de las razas y que fueron considerados por la crítica como una gran novedad. En esos viajes le escribe al legendario director del MOMA, Alfred H. Barr en repetidas ocasiones insistiéndole para que no deje de visitar la exposición y ver su obra. Maruja tenía una muy alta consideración de su ser como artista y siempre apuntó a lo más alto. Contactó también con Nelson Rockefeller, presidente del MoMA y gran coleccionista y a Salomon Guggenheim”, señala Osma.. Una gran vendedora comercial de su trabajo que luchaba por defender su talento y que incluso aplaude el avance de las tropas franquistas si eso le permitía salir de España hacía el exilio. Es diciembre de 1936 y desde Vigo remata la carta que envía a José Ferradás con la siguiente declaración: “Ya podrá figurarse la alegría que tendremos los españoles ante los triunfos del Glorioso ejército nacional salvador de España. Ud estará encantado también”. No sabemos si se trata de un ejercicio de cínica ironía o exclusivamente se trata de pura supervivencia. Ferrarás acabará años después muerto en Gusen tras pasar por Francia. Maruja Mallo tiene la prudencia, con la ciudad gallega ocupada desde julio, de dar los vivas suficientes para que nadie sospeche de su adhesión a la II República cuando el texto sea intervenido. No da ni un paso en falso ni tampoco deja un resquicio en toda su correspondencia para descubrir su personalidad, que queda fuera de cualquier párrafo.. Cuenta Osma que la recopilación comenzó hace varios años: “La primera carta la compré en un librero de Buenos Aires, una carta muy importante a Luisa Sofovich, mujer de Ramón Gómez de la Serna y muy amiga de Maruja. Ya está definitivamente de vuelta en Madrid y le cuenta su intensa actividad social y cultural en un Madrid lleno de eventos. A partir de esa carta dimos con las de Oteiza y Miriam Sainz de la Maza, que ha colaborado en este libro, dio con las de Rafael Zabaleta. Entonces decidimos recopilar todo lo que pudimos encontrar hasta tener un corpus suficiente para tener un libro”.. Desde la primera lectura la pintora deja claro cuál quiere que sea la trayectoria de su carrera y por dónde quiere dirigirla. Por eso escoge muy bien a quién manda las cartas y cuándo debe hacerlo. Una intención que no se altera a lo largo de los años, porque su personalidad se mantiene prácticamente inalterada. “Desde el principio MM tuvo claro que era una gran artista y una parte importante de las cartas tenía la finalidad de dar a conocer su obra y promoverla”, escribe el editor. Su determinación y su visión como artista por encima de las circunstancias no es ni nueva ni está propiciada por la necesidad. A finales de los años veinte, Mallo define los límites de su universo creativo desde que expone en la sede de la «Revista de Occidente» gracias a José Ortega y Gasset. Así, en 1928 le escribe a Sebastiá Gasch: “Me parece muy justo lo que me dice de las ‘Verbenas’, pues aunque de composición son bastante geométricas no me he preocupado en hacer una cosa de abstracción sino una cosa más espontánea y lírica”. Tiene 26 años, aunque en algunos momentos de su vida falsea con su fecha de nacimiento, pero en la misma carta subraya el espacio en el que quiere que la crítica la coloque. “Por ser una chica no se me debe colocar en el grupo de las pintoras pues yo creo como usted VD que la pintura es una arte andrógino”. En ese sentido se expresa en unas notas enviadas a Melchor Fernández Almagro también en el mismo año: “M. M. manipula temas de toros, naipes, balcones, colmados, esta elección de objetos pudiera acaso inducir a sospechar de una proclividad hacia lo pintoresco; sería inocente creer esto”, dice sobre su propia obra.. Sí llama la atención la ausencia de una correspondencia más abundante con otros miembros de la Generación del 27. Ya que sólo se recogen dos cartas a Salvador Dalí y otras dos a Gregorio Prieto. Para Osma, se trata de una situación normal debido a la cercanía que compartían todos. “Eran sus amigos a los que veía regularmente con lo cual, no tenía mucho sentido escribirles cartas. También es verdad que muchas veces la correspondencia no se ha guardado y no se le ha dado la importancia que realmente tiene”.. Mención especial requieren las que se intercambia con el mexicano Alfonso Reyes en las que le cuenta sus peripecias por Buenos Aires a la vez que le da buena cuenta de cómo se buscan la vida otros exiliados y artistas entre los años 1938 y 1945. En ellas, el eco de la guerra y la agitación impregna los párrafos, intercalando los progresos con las preguntas por la situación de los recién llegados desde España a México. Le escribe Maruja: “Alfonso, estoy trabajando mucho. Dígale qué españoles hay y los que llegaron”. Conforme pasan los años, se amplían los temas comunes y las confidencias. “Aquí Ortega no ve a nadie, está sólo, ha vuelto a colaborar en ‘La Nación’. De María Zambrano no sé nada desde diciembre que me envió sus libros. No sé si Neruda está en México, por aquí se dijo”.
La editorial Renacimiento rescata toda la correspondencia existente de la pintora gallega. Dalí, Ortega y Gasset o Gregorio Prieto forman parte de un epistolario irregular y variopinto
A Maruja Mallo se le atribuye el mérito de fundar el club de Las Sinsombrero en las faldas de la Generación del 27. Cuenta la leyenda que lo primero que recibió fueron pedradas, pero la verdad es que este accidente no frenó el génesis de contar con una voz propia dentro del controvertido grupo que formó aquella Edad de Plata de la cultura española. Como tantas, su vida cambió con la Guerra Civil cuando partió hacia América gracias a Gabriela Mistral vía Lisboa. Desde entonces, Ana María Gómez González (Vivero, 1902) comenzó un exitoso exilio hasta los años sesenta, cuando vuelve a un Madrid que la deslumbra.. Esa treintena de años forma el corazón de la correspondencia de la pintora que acaba de publicar Renacimiento y editada por Guillermo de Osma. “Cartas de Maruja Mallo” recopila 121 textos enviados a 36 destinatarios tan variopintos como Salvador Dalí, Alfonso Guerra, Jorge Oteiza o María Zambrano. Sin embargo, la mayoría de ellas no desvela la controvertida personalidad de la pintora ni aportan nada nuevo sobre su relación con otros miembros de la Generación del 27. Lo que sí descubre es el perfil inédito de una mujer decidida a hacerse un hueco en el panorama artístico de su época y una sagaz vendedora de su pintura. Ya fuera desde los años de los treinta en la capital española como en Nueva York, donde escribe misivas para intentar exponer en los mejores museos de la ciudad o directamente al Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). Tan lejos llega su entusiasmo que en más de una ocasión exagera la acogida que le brinda la élite neoyorkina: “…Estuve invitada por la más importante fundación de Estados Unidos, donde realicé una exposición en Nueva York con un total éxito, como posiblemente hayas visto en los telegramas de United Press”, narra en una de las cartas publicadas.. “Maruja hace dos viajes a NY, uno en el 47 donde ya lleva alguna obra que presenta en una suite del Hotel Plaza. En ese viaje seguramente consigue que la Galería Carroll Carstairs le haga una exposición al año siguiente en el mes de octubre donde expone algunos cuadros históricos como el ‘Canto de las Espigas’ (en la actualidad expuesto en el Reina Sofía) y sus últimas producciones, ‘Los retratos bidimensionales’, que demuestran su particular interés por el tema de las razas y que fueron considerados por la crítica como una gran novedad. En esos viajes le escribe al legendario director del MOMA, Alfred H. Barr en repetidas ocasiones insistiéndole para que no deje de visitar la exposición y ver su obra. Maruja tenía una muy alta consideración de su ser como artista y siempre apuntó a lo más alto. Contactó también con Nelson Rockefeller, presidente del MoMA y gran coleccionista y a Salomon Guggenheim”, señala Osma.. Una gran vendedora comercial de su trabajo que luchaba por defender su talento y que incluso aplaude el avance de las tropas franquistas si eso le permitía salir de España hacía el exilio. Es diciembre de 1936 y desde Vigo remata la carta que envía a José Ferradás con la siguiente declaración: “Ya podrá figurarse la alegría que tendremos los españoles ante los triunfos del Glorioso ejército nacional salvador de España. Ud estará encantado también”. No sabemos si se trata de un ejercicio de cínica ironía o exclusivamente se trata de pura supervivencia. Ferrarás acabará años después muerto en Gusen tras pasar por Francia. Maruja Mallo tiene la prudencia, con la ciudad gallega ocupada desde julio, de dar los vivas suficientes para que nadie sospeche de su adhesión a la II República cuando el texto sea intervenido. No da ni un paso en falso ni tampoco deja un resquicio en toda su correspondencia para descubrir su personalidad, que queda fuera de cualquier párrafo.. Cuenta Osma que la recopilación comenzó hace varios años: “La primera carta la compré en un librero de Buenos Aires, una carta muy importante a Luisa Sofovich, mujer de Ramón Gómez de la Serna y muy amiga de Maruja. Ya está definitivamente de vuelta en Madrid y le cuenta su intensa actividad social y cultural en un Madrid lleno de eventos. A partir de esa carta dimos con las de Oteiza y Miriam Sainz de la Maza, que ha colaborado en este libro, dio con las de Rafael Zabaleta. Entonces decidimos recopilar todo lo que pudimos encontrar hasta tener un corpus suficiente para tener un libro”.. Desde la primera lectura la pintora deja claro cuál quiere que sea la trayectoria de su carrera y por dónde quiere dirigirla. Por eso escoge muy bien a quién manda las cartas y cuándo debe hacerlo. Una intención que no se altera a lo largo de los años, porque su personalidad se mantiene prácticamente inalterada. “Desde el principio MM tuvo claro que era una gran artista y una parte importante de las cartas tenía la finalidad de dar a conocer su obra y promoverla”, escribe el editor. Su determinación y su visión como artista por encima de las circunstancias no es ni nueva ni está propiciada por la necesidad. A finales de los años veinte, Mallo define los límites de su universo creativo desde que expone en la sede de la «Revista de Occidente» gracias a José Ortega y Gasset. Así, en 1928 le escribe a Sebastiá Gasch: “Me parece muy justo lo que me dice de las ‘Verbenas’, pues aunque de composición son bastante geométricas no me he preocupado en hacer una cosa de abstracción sino una cosa más espontánea y lírica”. Tiene 26 años, aunque en algunos momentos de su vida falsea con su fecha de nacimiento, pero en la misma carta subraya el espacio en el que quiere que la crítica la coloque. “Por ser una chica no se me debe colocar en el grupo de las pintoras pues yo creo como usted VD que la pintura es una arte andrógino”. En ese sentido se expresa en unas notas enviadas a Melchor Fernández Almagro también en el mismo año: “M. M. manipula temas de toros, naipes, balcones, colmados, esta elección de objetos pudiera acaso inducir a sospechar de una proclividad hacia lo pintoresco; sería inocente creer esto”, dice sobre su propia obra.. Sí llama la atención la ausencia de una correspondencia más abundante con otros miembros de la Generación del 27. Ya que sólo se recogen dos cartas a Salvador Dalí y otras dos a Gregorio Prieto. Para Osma, se trata de una situación normal debido a la cercanía que compartían todos. “Eran sus amigos a los que veía regularmente con lo cual, no tenía mucho sentido escribirles cartas. También es verdad que muchas veces la correspondencia no se ha guardado y no se le ha dado la importancia que realmente tiene”.. Mención especial requieren las que se intercambia con el mexicano Alfonso Reyes en las que le cuenta sus peripecias por Buenos Aires a la vez que le da buena cuenta de cómo se buscan la vida otros exiliados y artistas entre los años 1938 y 1945. En ellas, el eco de la guerra y la agitación impregna los párrafos, intercalando los progresos con las preguntas por la situación de los recién llegados desde España a México. Le escribe Maruja: “Alfonso, estoy trabajando mucho. Dígale qué españoles hay y los que llegaron”. Conforme pasan los años, se amplían los temas comunes y las confidencias. “Aquí Ortega no ve a nadie, está sólo, ha vuelto a colaborar en ‘La Nación’. De María Zambrano no sé nada desde diciembre que me envió sus libros. No sé si Neruda está en México, por aquí se dijo”.
Noticias de cultura en La Razón
