Probablemente entre lo mucho y bueno que escribió Ramón J. Sender su testamento literario, «Monte Odina», sea el texto que ha quedado más olvidado. En el segundo tomo de la narrativa esencial del autor aragonés, publicado por la Biblioteca Castro, aparece ese título que, leído hoy, tiene algo de memoria, de confesión y epílogo. Entre las andanzas que cuenta Sender en sus páginas probablemente sorprenda que nos hable de sus encuentros con Marilyn Monroe, de cuyo nacimiento se cumplen cien años en este 2026.. En unas páginas dedicadas a autoras que decidieron acabar con su vida, como Sylvia Plath o Alfonsina Storni, Sender aprovecha para hacer memoria y señalar que «el suicidio de Marilyn dio a su frivolidad juvenil un doble fondo trágico y de una resonancia cósmica. Porque Marilyn era un poco la novia universal».. El autor de «Crónica del alba» coincidió con la actriz cuando ya era un nombre consagrado de la gran pantalla, cuando intentaba deshacerse la imagen de rubia boba con la que la habían vestido los grandes estudios, especialmente la 20th Century Fox. Sender y Marilyn coincidieron por primera vez en Nueva York, durante una reunión de la Academia Americana de Artes y Letras. Ella acompañaba a su marido, el dramaturgo Arthur Miller, quien presidía el acto ante un auditorio formado por unas doscientas personas. Sin embargo, como reconoce Sender, los allí presentes estaban más interesados en ella que en las palabas de Miller. «Ella se daba cuenta y sonreía y distribuía infantil y gozosa sus miradas según nuestros merecimientos de modo que a cada cual le llegara algo». Aquel día nuestros dos protagonistas hablaron y se hicieron amigos.. El segundo encuentro recordado por el responsable de «Réquiem por un campesino español» fue mientras Marilyn formaba parte de un encuentro con otras actrices que reflexionaban alrededor del amor. El grupo preguntó a aquel aragonés exiliado en Estados Unidos sobre el tema y este contestó que «la relación de hombre y mujer era desde el primer día una batalla que uno de los dos tenía que ganar. Si ganaba la mujer, podía resultar bien, pero yo creía que por razones de naturaleza era mejor que la ganara el hombre». Ellas estuvieron de acuerdo con aquella afirmación, aunque Marilyn matizó que llevaba algunos años con la aspiración de esperar al hombre que «la venciera y convenciera para siempre».. En este apartado de «Monte Odina» tenemos también la constatación de aquella pesadilla que perseguía a Marilyn como era que aquellos que la trataban no la tomaban en serio. Sender, a diferencia de la inmensa mayoría, sí sabía que estaba ante alguien sumamente inteligente. La protagonista de «Con faldas y a lo loco» murió una madrugada de agosto de 1962 en su casa, a diez minutos del hotel en el que se hospedaba Ramón J. Sender a quien no le produjo extrañeza aquel trágico final: «Tenía Marilyn temporadas de depresión y en aquellos últimos años esa especie de neurosis que produce la soledad de las alturas».
El autor aragonés recogió su encuentros con la actriz en su libro «Monte Odina»
Probablemente entre lo mucho y bueno que escribió Ramón J. Sender su testamento literario, «Monte Odina», sea el texto que ha quedado más olvidado. En el segundo tomo de la narrativa esencial del autor aragonés, publicado por la Biblioteca Castro, aparece ese título que, leído hoy, tiene algo de memoria, de confesión y epílogo. Entre las andanzas que cuenta Sender en sus páginas probablemente sorprenda que nos hable de sus encuentros con Marilyn Monroe, de cuyo nacimiento se cumplen cien años en este 2026.. En unas páginas dedicadas a autoras que decidieron acabar con su vida, como Sylvia Plath o Alfonsina Storni, Sender aprovecha para hacer memoria y señalar que «el suicidio de Marilyn dio a su frivolidad juvenil un doble fondo trágico y de una resonancia cósmica. Porque Marilyn era un poco la novia universal».. El autor de «Crónica del alba» coincidió con la actriz cuando ya era un nombre consagrado de la gran pantalla, cuando intentaba deshacerse la imagen de rubia boba con la que la habían vestido los grandes estudios, especialmente la 20th Century Fox. Sender y Marilyn coincidieron por primera vez en Nueva York, durante una reunión de la Academia Americana de Artes y Letras. Ella acompañaba a su marido, el dramaturgo Arthur Miller, quien presidía el acto ante un auditorio formado por unas doscientas personas. Sin embargo, como reconoce Sender, los allí presentes estaban más interesados en ella que en las palabas de Miller. «Ella se daba cuenta y sonreía y distribuía infantil y gozosa sus miradas según nuestros merecimientos de modo que a cada cual le llegara algo». Aquel día nuestros dos protagonistas hablaron y se hicieron amigos.. El segundo encuentro recordado por el responsable de «Réquiem por un campesino español» fue mientras Marilyn formaba parte de un encuentro con otras actrices que reflexionaban alrededor del amor. El grupo preguntó a aquel aragonés exiliado en Estados Unidos sobre el tema y este contestó que «la relación de hombre y mujer era desde el primer día una batalla que uno de los dos tenía que ganar. Si ganaba la mujer, podía resultar bien, pero yo creía que por razones de naturaleza era mejor que la ganara el hombre». Ellas estuvieron de acuerdo con aquella afirmación, aunque Marilyn matizó que llevaba algunos años con la aspiración de esperar al hombre que «la venciera y convenciera para siempre».. En este apartado de «Monte Odina» tenemos también la constatación de aquella pesadilla que perseguía a Marilyn como era que aquellos que la trataban no la tomaban en serio. Sender, a diferencia de la inmensa mayoría, sí sabía que estaba ante alguien sumamente inteligente. La protagonista de «Con faldas y a lo loco» murió una madrugada de agosto de 1962 en su casa, a diez minutos del hotel en el que se hospedaba Ramón J. Sender a quien no le produjo extrañeza aquel trágico final: «Tenía Marilyn temporadas de depresión y en aquellos últimos años esa especie de neurosis que produce la soledad de las alturas».
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