Ellos no lo notan. O dicen que no quieren pensarlo, pero su nombre resuena ya como un secreto a voces, como firmes candidatos a ser la nueva sensación de la música nacional. «Hacemos lo que podemos» es apenas su segundo disco, pero la banda valenciana Mala Gestión saca la cabeza muy por encima de las excitantes aguas de nuestra escena. Anoche, en el que será, a buen seguro, solo el primer paso de un año virtuoso para ellos, el quinteto dio el salto a La Riviera de Madrid dentro de la programación de Sound Isidro. Pero parece como si con ellos no fuera la cosa. «Nos han dicho algo, nuestros padres, que los hijos de sus amigos están escuchando una banda nueva que les parece muy graciosa, pero para nosotros es solo ruido, no hacemos caso», dice Pablo Prats, bajista de la banda.. «La vida te cambia si eres Aitana, pero nuestra realidad cotidiana es exactamente la misma», apunta Prats. Una realidad que pasa por encajar los exámenes de la carrera con los conciertos. Esta entrevista la llevamos a cabo con el «sector TDH» del quinteto, como ellos mismos se definen. Inquietos, hiperactivos, vacilones y obsesivos con la idea de hacer canciones, hablamos con Pablo Prats (bajo, estudiante de filología hispánica) y Héctor Soriano (batería) y Guillermo Llop (guitarra), ambos técnicos de sonido, sobre los detalles de su nuevo elepé, asombrosamente bueno e insultantemente imberbe. No están presentes Elías MacCabe (vocalista), que se enfrenta a sus exámenes de ingeniería bioquímica y Joan Adsuar (que estudió ADE) y que es quien se ocupa de las finanzas del grupo, según sus compañeros, «los serios» de la banda. El «trío TDH» confirma que el origen del grupo fue la de mantenerles entretenidos y ocupados, haciendo versiones de Elvis hasta Green Day, la banda en la que coincidían todos, para que no se dispersen. «Pero llegó la pandemia y empezamos a hacer canciones. Nuestra idea, en ese momento, solo era quejarnos. Después de todo lo que había pasado necesitábamos un desahogo, algo en lo que volcar nuestro impulso satírico», confirma Guillermo.. Terrible «Noche de casino». De Viagra Boys a Idles, de Pony Bravo a Carolina Durante, sus canciones en este largo están llenas de guitarras brillantes, melodías coreables y absoluta ausencia de prejuicios para mezclar el post punk con el break beat. Y, sobre todo ello, sentido del humor, lírica automática y bromas privadas de las que nos hacen partícipes para ver quién las pilla. Temas rabiosos y vacilones para hacer pogo o para bailar con los puñitos como Donald Trump (¡incluso balanceando los codos!). Un trabajo en el que, con la producción maestra de Diego Escriche (La Plata), el grupo ha dado un salto inmenso. «Pues te digo una cosa: no teníamos casi ni una canción completa cuando entramos a grabarlas. Había muchas cosas, muchas ideas, varias que estaban cerca, pero acabadas… ni una», revela Héctor, desvelando una capacidad instintiva para fabricar himnos que ya le gustaría artistas «mainstream». Letras como «Diesel», una canción que juega con las promesas incumplidas de la Humanidad y que les hermana con Alcalá Norte, la otra sensación reciente. «Y si los coches nunca llegan a volar / prométeme que el diésel volverá», líneas que hablan a la vez del futuro cancelado y del negacionismo: «carriles bici ahogan / los motores de combustión tradicional / ¿qué haremos con el coche de papá?». «Anda, pues no lo habíamos pensado así, pero nos mola eso que dices», dicen partidos de la risa.. También está el ácido potencial viral de «Noche de casino», surgida de una experiencia real y aterradora. «Íbamos en un ferry a Ibiza porque tocábamos allí, y empezamos a jugar al póker en la cubierta cuando se nos acercó un hombre de una manera un poco brusca. Nos contó su historia, que había peleado con su mujer y que se estaban reconciliando, pero también que llevaba tres noches sin dormir. ‘‘¿Por qué?’’, le preguntamos. ‘‘¿Por qué va a ser? Por la cocaína’’’, nos dijo. Y ya no sabíamos qué hacer para que se marchase», cuenta Prats sobre un suceso espeluznante que coloca al narrador dentro de la mente de un ludópata cocainómano. «Nosotros tocábamos la música en bucle, una y otra vez, mientras Elías iba improvisando palabras, una tras otra, hasta que encontró la letra. Habrá quien piense que es una apología de la cocaína, pero es todo lo contrario. Eso sí: la música llevaba como cinco meses esperando una letra”, cuenta Pablo Prats. «Sandalias del PSOE» surge de la adquisición de unas Birkenstock «socialdemócratas» justo el día que firmaron ante notario para constituirse como empresa. «En general es casi todo azar, que nadie le busque explicaciones. De hecho, muchas de las canciones que han terminado en el disco se suponían que no eran para el grupo, sino para solo experimentos», explica Héctor con la naturalidad del talento. Todavía no son masivos, pero el contagio está a punto de dispararse. Ya han tirado la puerta abajo.. Demasiado jóvenes hasta para los jóvenes. La pregunta surge: ¿se sienten Mala Gestión parte de la «tercera generación del indie»? ¿Forman parte de la misma escena de treintañeros que Cora Yako, Niña Polaca, Camellos o Carolina Durante? «Entiendo la pregunta, pero creo que no estamos exactamente en el mismo sitio –dice Prats–. Ellos ya tienen un circuito y nosotros, no». «Yo sí veo que tenemos algo que ver, la verdad, pero es que la gente que viene a vernos es más joven todavía. Muchos de ellos vienen con sus padres y no sabes cuántos han dicho que hemos sido el primer concierto de su vida», apunta Guillermo. «¿Y sabes qué? Que a los padres también les gustamos. Puede que más», ríe Héctor.
Los valencianos sorprenden con su segundo largo, una ametralladora de temas ácidos y desencantados
Ellos no lo notan. O dicen que no quieren pensarlo, pero su nombre resuena ya como un secreto a voces, como firmes candidatos a ser la nueva sensación de la música nacional. «Hacemos lo que podemos» es apenas su segundo disco, pero la banda valenciana Mala Gestión saca la cabeza muy por encima de las excitantes aguas de nuestra escena. Anoche, en el que será, a buen seguro, solo el primer paso de un año virtuoso para ellos, el quinteto dio el salto a La Riviera de Madrid dentro de la programación de Sound Isidro. Pero parece como si con ellos no fuera la cosa. «Nos han dicho algo, nuestros padres, que los hijos de sus amigos están escuchando una banda nueva que les parece muy graciosa, pero para nosotros es solo ruido, no hacemos caso», dice Pablo Prats, bajista de la banda.. «La vida te cambia si eres Aitana, pero nuestra realidad cotidiana es exactamente la misma», apunta Prats. Una realidad que pasa por encajar los exámenes de la carrera con los conciertos. Esta entrevista la llevamos a cabo con el «sector TDH» del quinteto, como ellos mismos se definen. Inquietos, hiperactivos, vacilones y obsesivos con la idea de hacer canciones, hablamos con Pablo Prats (bajo, estudiante de filología hispánica) y Héctor Soriano (batería) y Guillermo Llop (guitarra), ambos técnicos de sonido, sobre los detalles de su nuevo elepé, asombrosamente bueno e insultantemente imberbe. No están presentes Elías MacCabe (vocalista), que se enfrenta a sus exámenes de ingeniería bioquímica y Joan Adsuar (que estudió ADE) y que es quien se ocupa de las finanzas del grupo, según sus compañeros, «los serios» de la banda. El «trío TDH» confirma que el origen del grupo fue la de mantenerles entretenidos y ocupados, haciendo versiones de Elvis hasta Green Day, la banda en la que coincidían todos, para que no se dispersen. «Pero llegó la pandemia y empezamos a hacer canciones. Nuestra idea, en ese momento, solo era quejarnos. Después de todo lo que había pasado necesitábamos un desahogo, algo en lo que volcar nuestro impulso satírico», confirma Guillermo.. Terrible «Noche de casino». De Viagra Boys a Idles, de Pony Bravo a Carolina Durante, sus canciones en este largo están llenas de guitarras brillantes, melodías coreables y absoluta ausencia de prejuicios para mezclar el post punk con el break beat. Y, sobre todo ello, sentido del humor, lírica automática y bromas privadas de las que nos hacen partícipes para ver quién las pilla. Temas rabiosos y vacilones para hacer pogo o para bailar con los puñitos como Donald Trump (¡incluso balanceando los codos!). Un trabajo en el que, con la producción maestra de Diego Escriche (La Plata), el grupo ha dado un salto inmenso. «Pues te digo una cosa: no teníamos casi ni una canción completa cuando entramos a grabarlas. Había muchas cosas, muchas ideas, varias que estaban cerca, pero acabadas… ni una», revela Héctor, desvelando una capacidad instintiva para fabricar himnos que ya le gustaría artistas «mainstream». Letras como «Diesel», una canción que juega con las promesas incumplidas de la Humanidad y que les hermana con Alcalá Norte, la otra sensación reciente. «Y si los coches nunca llegan a volar / prométeme que el diésel volverá», líneas que hablan a la vez del futuro cancelado y del negacionismo: «carriles bici ahogan / los motores de combustión tradicional / ¿qué haremos con el coche de papá?». «Anda, pues no lo habíamos pensado así, pero nos mola eso que dices», dicen partidos de la risa.. También está el ácido potencial viral de «Noche de casino», surgida de una experiencia real y aterradora. «Íbamos en un ferry a Ibiza porque tocábamos allí, y empezamos a jugar al póker en la cubierta cuando se nos acercó un hombre de una manera un poco brusca. Nos contó su historia, que había peleado con su mujer y que se estaban reconciliando, pero también que llevaba tres noches sin dormir. ‘‘¿Por qué?’’, le preguntamos. ‘‘¿Por qué va a ser? Por la cocaína’’’, nos dijo. Y ya no sabíamos qué hacer para que se marchase», cuenta Prats sobre un suceso espeluznante que coloca al narrador dentro de la mente de un ludópata cocainómano. «Nosotros tocábamos la música en bucle, una y otra vez, mientras Elías iba improvisando palabras, una tras otra, hasta que encontró la letra. Habrá quien piense que es una apología de la cocaína, pero es todo lo contrario. Eso sí: la música llevaba como cinco meses esperando una letra”, cuenta Pablo Prats. «Sandalias del PSOE» surge de la adquisición de unas Birkenstock «socialdemócratas» justo el día que firmaron ante notario para constituirse como empresa. «En general es casi todo azar, que nadie le busque explicaciones. De hecho, muchas de las canciones que han terminado en el disco se suponían que no eran para el grupo, sino para solo experimentos», explica Héctor con la naturalidad del talento. Todavía no son masivos, pero el contagio está a punto de dispararse. Ya han tirado la puerta abajo.. Demasiado jóvenes hasta para los jóvenes. ►La pregunta surge: ¿se sienten Mala Gestión parte de la «tercera generación del indie»? ¿Forman parte de la misma escena de treintañeros que Cora Yako, Niña Polaca, Camellos o Carolina Durante? «Entiendo la pregunta, pero creo que no estamos exactamente en el mismo sitio –dice Prats–. Ellos ya tienen un circuito y nosotros, no». «Yo sí veo que tenemos algo que ver, la verdad, pero es que la gente que viene a vernos es más joven todavía. Muchos de ellos vienen con sus padres y no sabes cuántos han dicho que hemos sido el primer concierto de su vida», apunta Guillermo. «¿Y sabes qué? Que a los padres también les gustamos. Puede que más», ríe Héctor.
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