La zona de bajas emisiones (ZBE) implantada en el área metropolitana de Barcelona en 2020 consiguió reducir de forma significativa las concentraciones de dióxido de nitrógeno (NO₂) en el aire, pero tuvo un impacto mucho más limitado sobre las partículas en suspensión. Así lo concluye un estudio publicado en la revista ‘Atmospheric Environment: X’ y liderado por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal).. La contaminación atmosférica representa uno de los principales riesgos para la salud pública en las ciudades, donde el tráfico rodado es una de sus fuentes más relevantes. Para hacer frente a este problema, cada vez más municipios europeos optan por restringir la circulación de los vehículos más contaminantes en determinadas áreas urbanas. Barcelona fue pionera en Cataluña al poner en marcha, en enero de 2020, una ZBE permanente que abarca 95 km² y que prohíbe circular entre semana, de 7 de la mañana a 8 de la tarde, a los vehículos diésel EURO 3 o anteriores y gasolina EURO 2 o anteriores, incluidas las motocicletas más antiguas. Actualmente existen 363 zonas de este tipo en toda Europa, aunque la evidencia científica sobre su eficacia real sigue siendo escasa.. Evaluar el impacto de la ZBE no fue una tarea sencilla. Su puesta en marcha coincidió con la pandemia de COVID-19, que alteró profundamente la movilidad y extendió el teletrabajo, y con otros procesos simultáneos como la renovación del parque automovilístico o el impulso de la movilidad sostenible. Todo ello podía distorsionar los resultados y atribuir a la ZBE mejoras que en realidad se debían a otros factores.. Para sortear este problema, el equipo investigador recurrió a una técnica estadística innovadora llamada SC-PI, que permite construir una versión simulada de la zona sin la ZBE. Esta área ficticia actúa como referencia y sirve para estimar qué niveles de contaminación se habrían registrado si la medida nunca se hubiera aplicado. «Utilizamos el método estadístico SC-PI, que permite construir una versión simulada de la zona sin la ZBE, para comparar qué habría pasado si la medida no se hubiera aplicado», explica Vanessa N. dos Santos, investigadora predoctoral de ISGlobal y de la Universitat Pompeu Fabra y primera autora del estudio. Las mediciones se tomaron entre 2015 y 2022 en 29 estaciones oficiales de Cataluña, 11 de ellas dentro de la ZBE y 18 en zonas de control.. Los resultados muestran que la ZBE se asoció con una reducción de hasta 7,6 microgramos por metro cúbico de NO₂ en las estaciones de tráfico, lo que equivale a una disminución del 15,8%. Un dato relevante, ya que el dióxido de nitrógeno es un gas directamente ligado a la combustión de los motores y tiene efectos negativos bien documentados sobre el sistema respiratorio.. En cambio, la reducción de partículas en suspensión —tanto PM10 como PM2.5— fue mucho menor, en torno a 1 microgramo por metro cúbico, y dejó de ser estadísticamente significativa con algunos métodos de análisis. Los investigadores apuntan que esto se explica porque una parte importante de estas partículas no procede directamente del escape de los vehículos, sino que se forma en la atmósfera a partir de gases de distintas fuentes, incluyendo también fuentes naturales. Este origen secundario las hace más difíciles de atajar con medidas locales como la ZBE.. Hacen falta medidas adicionales para cumplir con la OMS. «Nuestros resultados sugieren que la ZBE del área metropolitana de Barcelona es una herramienta eficaz para mitigar la contaminación atmosférica, aunque sus efectos dependen del tipo de contaminante», explica Xavier Basagaña, investigador en ISGlobal y coordinador del estudio. El experto subraya, no obstante, que la medida por sí sola no es suficiente para alcanzar los niveles recomendados por la Organización Mundial de la Salud en 2021. Para lograrlo, señala, probablemente sean necesarias actuaciones adicionales, como una mayor reducción del tráfico o intervenciones sobre otras fuentes de emisión, incluidas las de origen agrícola. El estudio supone un avance importante para evaluar científicamente una política pública de amplio alcance y puede servir de referencia para otras ciudades europeas que estén valorando implantar o ampliar sus propias zonas de bajas emisiones.
ISGlobal analiza los primeros años de su puesta en marcha y aboga por actuaciones más amplias
La zona de bajas emisiones (ZBE) implantada en el área metropolitana de Barcelona en 2020 consiguió reducir de forma significativa las concentraciones de dióxido de nitrógeno (NO₂) en el aire, pero tuvo un impacto mucho más limitado sobre las partículas en suspensión. Así lo concluye un estudio publicado en la revista ‘Atmospheric Environment: X’ y liderado por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal).. La contaminación atmosférica representa uno de los principales riesgos para la salud pública en las ciudades, donde el tráfico rodado es una de sus fuentes más relevantes. Para hacer frente a este problema, cada vez más municipios europeos optan por restringir la circulación de los vehículos más contaminantes en determinadas áreas urbanas. Barcelona fue pionera en Cataluña al poner en marcha, en enero de 2020, una ZBE permanente que abarca 95 km² y que prohíbe circular entre semana, de 7 de la mañana a 8 de la tarde, a los vehículos diésel EURO 3 o anteriores y gasolina EURO 2 o anteriores, incluidas las motocicletas más antiguas. Actualmente existen 363 zonas de este tipo en toda Europa, aunque la evidencia científica sobre su eficacia real sigue siendo escasa.. Evaluar el impacto de la ZBE no fue una tarea sencilla. Su puesta en marcha coincidió con la pandemia de COVID-19, que alteró profundamente la movilidad y extendió el teletrabajo, y con otros procesos simultáneos como la renovación del parque automovilístico o el impulso de la movilidad sostenible. Todo ello podía distorsionar los resultados y atribuir a la ZBE mejoras que en realidad se debían a otros factores.. Para sortear este problema, el equipo investigador recurrió a una técnica estadística innovadora llamada SC-PI, que permite construir una versión simulada de la zona sin la ZBE. Esta área ficticia actúa como referencia y sirve para estimar qué niveles de contaminación se habrían registrado si la medida nunca se hubiera aplicado. «Utilizamos el método estadístico SC-PI, que permite construir una versión simulada de la zona sin la ZBE, para comparar qué habría pasado si la medida no se hubiera aplicado», explica Vanessa N. dos Santos, investigadora predoctoral de ISGlobal y de la Universitat Pompeu Fabra y primera autora del estudio. Las mediciones se tomaron entre 2015 y 2022 en 29 estaciones oficiales de Cataluña, 11 de ellas dentro de la ZBE y 18 en zonas de control.. Los resultados muestran que la ZBE se asoció con una reducción de hasta 7,6 microgramos por metro cúbico de NO₂ en las estaciones de tráfico, lo que equivale a una disminución del 15,8%. Un dato relevante, ya que el dióxido de nitrógeno es un gas directamente ligado a la combustión de los motores y tiene efectos negativos bien documentados sobre el sistema respiratorio.. En cambio, la reducción de partículas en suspensión —tanto PM10 como PM2.5— fue mucho menor, en torno a 1 microgramo por metro cúbico, y dejó de ser estadísticamente significativa con algunos métodos de análisis. Los investigadores apuntan que esto se explica porque una parte importante de estas partículas no procede directamente del escape de los vehículos, sino que se forma en la atmósfera a partir de gases de distintas fuentes, incluyendo también fuentes naturales. Este origen secundario las hace más difíciles de atajar con medidas locales como la ZBE.. Hacen falta medidas adicionales para cumplir con la OMS. «Nuestros resultados sugieren que la ZBE del área metropolitana de Barcelona es una herramienta eficaz para mitigar la contaminación atmosférica, aunque sus efectos dependen del tipo de contaminante», explica Xavier Basagaña, investigador en ISGlobal y coordinador del estudio. El experto subraya, no obstante, que la medida por sí sola no es suficiente para alcanzar los niveles recomendados por la Organización Mundial de la Salud en 2021. Para lograrlo, señala, probablemente sean necesarias actuaciones adicionales, como una mayor reducción del tráfico o intervenciones sobre otras fuentes de emisión, incluidas las de origen agrícola. El estudio supone un avance importante para evaluar científicamente una política pública de amplio alcance y puede servir de referencia para otras ciudades europeas que estén valorando implantar o ampliar sus propias zonas de bajas emisiones.
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