El escenario es único. Podemos buscar doscientos lugares bellísimos, o emblemáticos, o idóneos, a lo largo de la geografía española, pero no hay otro como este. No hay dos Méridas en España. No existen dos Teatros Romanos como el que hizo las delicias de los ciudadanos de Augusta Emerita hace más de 2.000 años. Por mucho que busquen, no encontrarán una plaza de este pedigrí ni de esta capacidad en toda la península. Lo sabía la realización y, con razón, se deleitó con planos aéreos del momento.. Así que por esto, y mucho más, la noche fue especial para el teatro. Era, sin duda, un regreso a los orígenes y a la reivindicación de «la prioridad cultural». A esos tiempos en los que los pinganillos y los micrófonos eran inimaginables en las mentes de los presentes (de entonces). En realidad, solo faltaron las togas que, sin ir más lejos, lucieron Nao y Marcel hace bien poco en la presentación de sus «Estunmen». Pero esa es otra historia.. La jornada era primaveral pese a que pareciera una más del Festival de Teatro Clásico de Mérida. Los calores eran dignos del verano. Y en esas, hay un nombre que sobresale en la agenda emeritense desde hace ya quince años (y, en general, desde hace cuatro décadas en el panorama teatrero). Es el de Jésus Cimarro, desde anoche, primer productor en ser reconocido con un Max de Honor. Asegura que lo primero que pensó al concederle el premio es que lo querían retirar, pero: «Tengo que dar guerra. Hay cuerda para unos cuantos años más», prometía a LA RAZÓN días antes de la gala de ayer, donde una vez más chocaron los reconocimientos con los de sus «hermanos» Talía (concedidos por la Academia de Artes Escénicas).. «Cuiden la cultura». Un hombre que, como le presentó Magüi Mira, «sabe lo que es el riesgo» y que, ya en sus palabras, entiende el arte escénico con dos términos: «Cabeza y corazón». Equiparó así la cultura «vivienda, sanidad y educación» y lanzó un aviso: «Cuiden la cultura; porque un país que no cuida su cultura es un país que no va muy bien».. En esta ocasión, la Fundación SGAE tomó otro camino, uno bien diferente a los premios que se repartieron en los Teatros del Canal hace apenas dos semanas: con prácticamente los mismos montajes, aunque con diferentes bases y con un jurado también distinto, el resultado no podía ser más que diferentes (un año más). «1936» volvió (sí, volvió) a los Max para hacerse con el reconocimiento de mejor espectáculo de teatro. En danza, el «sí» fue para «No», de La Venidera, que sumó otras dos manzanas (coreografía e intérprete femenina, Irene Tena) para convertirse en los máximos «recolectores» de la noche; y en el apartado de musical y lírica, Nao d’Amores vio reconocida su arriesgada apuesta de «Hacia ecos de lo sagrado».. Fueron los premios «grandes» de una noche en la que, estando en Extremadura, no podía faltar el nombre de Robe Iniesta, citado por Antonio Onetti, presidente de la SGAE, y protagonista, entre otros, de un «in memoriam» al que puso música con sus «Puntos suspensivos».
En otra gala muy repartida, ‘No’, de La Venidera, escribe su nombre en el palmarés de la SGAE como los máximos «recolectores» de manzanas de la noche
El escenario es único. Podemos buscar doscientos lugares bellísimos, o emblemáticos, o idóneos, a lo largo de la geografía española, pero no hay otro como este. No hay dos Méridas en España. No existen dos Teatros Romanos como el que hizo las delicias de los ciudadanos de Augusta Emerita hace más de 2.000 años. Por mucho que busquen, no encontrarán una plaza de este pedigrí ni de esta capacidad en toda la península. Lo sabía la realización y, con razón, se deleitó con planos aéreos del momento.. Así que por esto, y mucho más, la noche fue especial para el teatro. Era, sin duda, un regreso a los orígenes y a la reivindicación de «la prioridad cultural». A esos tiempos en los que los pinganillos y los micrófonos eran inimaginables en las mentes de los presentes (de entonces). En realidad, solo faltaron las togas que, sin ir más lejos, lucieron Nao y Marcel hace bien poco en la presentación de sus «Estunmen». Pero esa es otra historia.. La jornada era primaveral pese a que pareciera una más del Festival de Teatro Clásico de Mérida. Los calores eran dignos del verano. Y en esas, hay un nombre que sobresale en la agenda emeritense desde hace ya quince años (y, en general, desde hace cuatro décadas en el panorama teatrero). Es el de Jésus Cimarro, desde anoche, primer productor en ser reconocido con un Max de Honor. Asegura que lo primero que pensó al concederle el premio es que lo querían retirar, pero: «Tengo que dar guerra. Hay cuerda para unos cuantos años más», prometía a LA RAZÓN días antes de la gala de ayer, donde una vez más chocaron los reconocimientos con los de sus «hermanos» Talía (concedidos por la Academia de Artes Escénicas).. Un hombre que, como le presentó Magüi Mira, «sabe lo que es el riesgo» y que, ya en sus palabras, entiende el arte escénico con dos términos: «Cabeza y corazón». Equiparó así la cultura «vivienda, sanidad y educación» y lanzó un aviso: «Cuiden la cultura; porque un país que no cuida su cultura es un país que no va muy bien».. En esta ocasión, la Fundación SGAE tomó otro camino, uno bien diferente a los premios que se repartieron en los Teatros del Canal hace apenas dos semanas: con prácticamente los mismos montajes, aunque con diferentes bases y con un jurado también distinto, el resultado no podía ser más que diferentes (un año más). «1936» volvió (sí, volvió) a los Max para hacerse con el reconocimiento de mejor espectáculo de teatro. En danza, el «sí» fue para «No», de La Venidera, que sumó otras dos manzanas (coreografía e intérprete femenina, Irene Tena) para convertirse en los máximos «recolectores» de la noche; y en el apartado de musical y lírica, Nao d’Amores vio reconocida su arriesgada apuesta de «Hacia ecos de lo sagrado».. Fueron los premios «grandes» de una noche en la que, estando en Extremadura, no podía faltar el nombre de Robe Iniesta, citado por Antonio Onetti, presidente de la SGAE, y protagonista, entre otros, de un «in memoriam» al que puso música con sus «Puntos suspensivos».
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